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    50º Festival de Gramado: Tercera crónica

    || Festivales
    Gramado 2022
    Tercera crónica
    Dar entradas por comida


    Mariona Borrull Zapata
    Gramado (Brasil) |

    fechas
    | Del 12 al 20 de agosto de 2022. |

    Que Nicolás Branca, director de la lúcida 9, nos hizo constatar una línea compartida por todas las películas de la Competencia Internacional del Festival de Gramado: todas las películas latinoamericanas, sin excepción, tenían algún elemento de maltrato infantil. Ya fuera como asesinato, en La Pampa (del peruano Dorian Fernández Moris) y en Inmersión (del chileno Nicolas Postiglione); como secuestro, en Cuando oscurece (del argentino Néstor Mazzini) y en El camino de sol (de la mexicana Claudia Sainte-Luce); o directamente como abuso, en la misma 9. El trauma es constante, se repite y se reinterpreta casi bajo forma de acto ritual. El cine no tiene por efecto natural visibilizar realidades ajenas, incluyendo las agresiones bárbaras más lejanas o silenciadas. Tomando esta función natural por lema, en su quincuagésimo aniversario el Festival de Gramado se ha volcado enteramente en dar voz a quien la necesita, se ha entregado sin pensarlo dos veces a temas importantes, urgentes. A dos meses de las próximas elecciones brasileras (unos comicios que, recordemos, puede volver a colocar al mayor destructor del Amazonas al frente del gobierno), celebramos encontrar un programa de cortometrajes repleto de historias en, sobre y de la floresta; así llaman la selva en portugués.

    Sin embargo, nos siguen saltando alarmas al contemplar la profunda contradicción que el espíritu marcadamente social de la programación conlleva para con el resto del embalaje festivalero. Hoy he sabido que en las oficinas del festival se cambian donaciones de dos kilos de comida por una entrada al cine. Prensa e industria fuimos invitadas a un evento que gastó decenas de millares de reales brasileños en atraernos, para discutir en galas elegantes las paupérrimas condiciones en que viven les protagonistas de las películas. ¿El cine lo vale? Como en Gramado, problemáticas irresolubles entre el dentro y el fuera de la pantalla nacen en cualquier certamen mayúsculo, pero en un festival totalmente sacado de (mi) contexto se vuelven palpables, imposibles de ignorar. Qué hacer con estas problemáticas en el camino de vuelta a casa, esa debería ser la verdadera misión de cualquier turista. Hasta entonces, hablemos de cine.

    En Competencia brasileña, Tinnitus, de Gregorio Graziosi (estrenada en Proxima de Karlovy Vary), arrastraba la cuestión del sufrimiento más allá de lo testimonial. El dolor pasa de tema a filtro, empañando todo lo que acontece en una película que bien podría ser un drama de deportes, si no estuviera constantemente enmarcada en los códigos (crueles) del cine de terror. Su protagonista, Marina (Joana de Verona, habitual de la filmografía de Miguel Gomes), representa a Brasil en las pruebas olímpicas de salto de trampolín, pero un ataque repentino de tinnitus, un zumbido constante en el oído, la aparta de la competición. Con una rutina ahora marcada por la sensación persistente de tener «grillos en las orejas», Marina trata de sobrellevar su nueva etapa vital como nadadora en un acuario y como esposa-paciente ideal de un médico que, no obstante, la tiene siempre por objeto.

    En un afán de inmersión (quizás en buscando torpemente la empatía), Graziosi tendrá por costumbre trabajar con la materia prima que tortura a su protagonista, amplificando los sonidos diegéticos y añadiendo capas de sonido más o menos discretas, más o menos molestas. La voluntad de primera persona comparte espacio con una puesta en escena que, por el contrario, encuentra en el frío ultraformalismo à la A24 el lenguaje para graduar la balanza entre los estados de turbación y de calma. Porque, en su búsqueda del equilibrio, Marina también tendrá escenarios de paz (unas escaleras sobre la ciudad inmóvil, las congregaciones de creyentes que meditan en rincones inesperados). La inquietud, por el contrario, viene escrita con las formas burdas del cine de género: tal como la secuencia de créditos iniciales se construye a partir de dibujos perturbadores de grillos y cavernas, los momentos de psicosis y alucinación se tienden con un colorismo que nos lleva de vuelta, directamente, al cine de Nicolas Roeg. Body thriller (así la venden) que no llega nunca a las cuotas de malestar de un Miike o una Ducournau, arraigará las formas del terror psicológico para que la «discapacidad» de la protagonista, una suerte de condición monstruosa, le permita subvertir un régimen normativo y funcional, pero estancado en dinámicas definitivamente enfermizas: el marido condescendiente, la competitividad extrema entre atletas.

    Tinnitus, 2022.
    Gregorio Graziosi
    Ganadora del Leonado de Oro al Mejor Cortometraje Internacional en el Festival de Locarno y dirigida por el brasileño Leonardo Martinelli (O prazer de matar insectos), Fantasma Neon también entiende la visibilización como acto de resistencia. El corto se construye, en primer lugar, como forma de poner rostro a un colectivo omnipresente pero sin voz. Incluso en tiempos de pandemia, cuando están más solicitades que nunca, les riders siguen luchando por tener una mínima capacidad de respuesta ante los abusos de unas compañías que les consideran perfectamente sustituibles. La película de Martinelli les da cara y nos obliga a mirar, de frente, a quienes no sabemos ver «ni bajo las luces de neón». Ese es uno de los versos que canta João (Dennis Pinheiro), el repartidor protagonista, a quien prometieron que «la vida es como un musical», para ofrecerle a cambio turnos interminables en una prefectura abstracta y sin ni final a la vista.

    Montada de forma errática, la película combina imágenes de día y noche, trozos de carretera recortados de aquí y de allí, aceras variopintas donde la troupe de repartidores se sienta, ya sea a esperar una entrega o a comer del tupper. Igual que los tiempos del día, los episodios de trabajo y los de descanso se confunden en una lógica totalmente absurda, donde quien queda más retratado es aquel cliente que no mueve el trasero de casa pero se queja al mensajero de que su restaurante ha olvidado enviarle un sobrecito de salsa. En un mundo irracional y disperso, la ley la impone el cine mismo, aquel que puede concatenar imágenes y sonidos dispares, redistribuyendo valores y significados. Por edición, un atropellamiento suena a lata de refresco abriéndose, huele a comida rápida algo mordisqueada. A la vez, también el cine puede hacer sonar orquestas desaforadas por encima de un turno de reparto cualquiera… Las contradicciones del capitalismo tardío —si es que aún debemos llamarlo así—, traspasan a la pantalla, oprimen y se abren a revoluciones inesperadas.

    Ganaba la competición de documentales brasileños (premio anunciado un día antes que el resto de palmarés), Um par pra chamar de meu de Kelly Cristina Spinelli. La película de Spinelli toma un título replicado hasta el infinito en la música brasileña (en Spotify hay infinidad de canciones tituladas «Um… pra chamar de meu», a sustituir puntos por amor, coraçao, homem…) y convierte la pasión inherente en esos puntos suspensivos en algo mucho menos arrebatado. De amor a simple par: «Una pareja para llamar mía». De igual forma, el documental rebaja pasiones y pide claridad, se postula como retrato colectivo y como manifiesto. La cinta interroga a varias mujeres quienes, a falta de un hombre con quien hacer pareja en los bailes de salón, han decidido contratar a un personal dancer, un bailarín joven y experto. Antes diáfano que agudo, de corte eminentemente clásico (bustos parlantes, acompañamiento de las rutinas de cada cual y algún pasaje de contemplación estética), el reportaje dibuja cuáles son los términos que este tipo de relación establece.

    Las declaraciones de las protagonistas parecían honestas, lógicas y medianamente deconstruidas (por lo menos, hasta donde mi portugués me permitió entender): las mujeres no quieren dejar de bailar por no tener a un hombre con quien hacerlo, admiten que pagar a alguien para acompañarlas es un privilegio y niegan en rotundo que su relación tenga la más mínima relación con el trabajo sexual (aunque los meninos sean expertos en cortesía de esa que las hace sentir «auténticas damas»). Sin embargo, la directora explicita sus dudas como apuntes a lo largo del metraje: al ser las mujeres quienes contratan a hombres como acompañantes, ¿las dinámicas de poder propias del patriarcado sobreviven, se invierten o se transforman? Esa inquietud es respondida a trozos y a medias, con la dispersión relajada de una galaxia de anécdotas que despertaron la complicidad en el patio de butacas, pero que no son suficientes para considerarse una investigación profunda. Para empezar, hubiéramos adorado poner contra las cuerdas esos supuestos acerca de la necesidad de un hombre para bailar o, por lo menos, hubiéramos podido indagar un poco más en cómo se mueven dos cuerpos que son radicalmente diferentes. En su lugar, la película funciona cual mera constatación de la existencia de dichas mujeres, celebrándolas y poco más. Decíamos que, desde su título, la de Spinelli quiere ser tanto retrato como una suerte de manifiesto. Que las mujeres bailen no es una cuestión de pasión, sino de emancipación, de lucha. Incluso a través de un reportaje totalmente alejado de cualquier reivindicación urgente, el Festival de Gramado extendía su programación hacia el terreno de lo político. ⁜

    Um par pra chamar de meu, 2022.
    Kelly Cristina Spinelli

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