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    Crítica | Petrov's Flu

    || Críticas | D'A FILM FESTIVAL 2022 | ★★☆☆☆ |
    Petrov's Flu
    Kirill Serebrennikov
    Del paroxismo


    Rafael Guilhem
    Cineteca (Ciudad de México) |

    ficha técnica:
    Rusia, 2021. Título original: «Petrovy v grippe/Петровы в гриппе». Director: Kirill Serebrennikov. Compañías productoras: Hype Film, Logical Pictures, Bord Cadre Films, arte France Cinéma, Charades, Razor Film, Sovereign Films. Productor: Pavel Burya. Fotografía: Vladislav Opelyants. Montaje: Yuriy Karikh. Música: Igor Poptsov. Reparto: Chulpan Khamatova, Semyon Serzin, Ivan Ivashkin, Elene Mushkaeva, Yuliya Peresild, Yuri Kolokolnikov, Yuriy Borisov, Aleksandra Revenko, Timofey Tribuntsev, Aleksandr Ilin, Sergey Dreyden, Ivan Dorn. Duración: 145 minutos.

    Petrov's Flu se articula en un sentido extensivo antes que intensivo. Avanza y amplía sus círculos de influencia horizontalmente, sin picos ni «puntos altos» o verticales. En conjunto, y a pesar de ser una película sumamente incisiva, no hay muchos sobresaltos. Somos capaces como espectadores de adaptarnos a su densidad, de participar de su exhaustividad y de recibir el efecto de cansancio como producto de su tono sostenido y prolongado. A diferencia de una experiencia común y corriente donde el sentido ya está impreso, puesto en órbita y vivido, en el cine esta vida tiene que establecerse lentamente a partir de los distintos elementos expresivos. Lo artificial nos arrastra a lo natural, nos conduce a creer en el universo particular de la película. En este caso, Kirill Serebrennikov trabaja con una suerte de inconclusión, no deja que las cosas terminen por configurarse y, de hecho, durante toda la película el sentido está en proceso de construcción sin completarse nunca. En lugar de seguir el camino habitual que consiste en instalar un mundo y después contar un relato, Serebrennikov hace avanzar ambos procedimientos paralelamente. Todo tiene la sensación de ser un prólogo; o más bien un epílogo sin un cuerpo textual que lo preceda.

    Si de algo somos conscientes como espectadores —porque la película nos lo hace saber— es que todo el extrañamiento que insufla este mundo brumoso es producto de un estado febril: el personaje principal de nombre Petrov (Semyon Serzin), un dibujante de cómics reconvertido en mecánico, su esposa Petrova (Chulpan Khamatova), una bibliotecaria con superpoderes, y su pequeño hijo postrado en la cama que se levanta únicamente para ir a una fiesta, tienen una gripe desmedida, no paran de toser y esto provoca una instancia de alucinación que bien puede ser parte de los personajes o bien puede ser parte de la atmósfera. Los límites no están claros y el director no tiene interés en definirlos. De lo que queda evidencia es que el dichoso estado febril se asimila en un estilo estético: la película misma delira, desvaría desplazando toda coordenada de orientación. Los hechos que se van acumulando a lo largo de la película poseen esta misma cualidad, la violencia, los roces entre las personas que se encuentran en el transporte público, la borrachera de un grupo de hombres dentro de un auto fúnebre cuyo muerto termina por resucitar y correr por las calles de la pequeña ciudad industrial en la que tienen lugar todos los acontecimientos, son un muestrario del caos en el que se apoya el progreso dramático de Petrov's Flu.

    ¿Cómo se puede mostrar un delirio cuando estás sumergido dentro de él? El flujo de la película es tal porque no hay contrapuntos ni dialéctica. En algún momento, sin embargo, rozamos un cierto esquema. Hay una imagen a la que volvemos una y otra vez: un festival de la Reina de las Nieves, un murmullo, una mirada que atrapan por completo a Petrov en su infancia. Los signos están dispuestos aunque obligados a ocultarse. Este tipo de orden deja constancia de la intención de caminar en círculos, de divagar como se divaga por una ciudad que ha perdido toda certeza. El riesgo de enredarse en el sinsentido es que las soluciones son arbitrarias, se puede mostrar lo uno y lo otro y las piezas van a encajar porque no están obligadas a responder con precisión. Al inicio del filme, por ejemplo, es memorable el momento en que unos sujetos con máscaras bajan del autobús a Petrov, le dan una metralleta y todos en conjunto disparan contra un grupo de anónimos como si se tratara de un pelotón de fusilamiento. Lejos de que esta escena sea significativa, los personajes continúan en sus labores sin afectación alguna. Queda claro que la acción no tiene el mismo impacto para ellos que para nosotros afuera de la pantalla. ¿Por qué filmar una imagen de ese calado cuando podría ser cualquier otra imagen en función de la arbitrariedad a la que ya hicimos alusión? Se trata de una imagen de impacto, inscrita en una lógica de explicitud y crudeza. Escenas así hay muchas más durante el filme. El hecho es que este tipo de planos detentan la conciencia de que alguien los ve. Parece algo obvio para una película, pero lo que no es obvio es el paroxismo de esta exhibición, la necesidad de remarcar ante la mirada del espectador una suerte de conmoción.

    La respuesta podría estar en la búsqueda de explicitar una sociedad en decadencia, sin respuesta a cuantas atrocidades se suscitan. Uno intuye un comentario respecto del contexto de la URSS en los años setenta (la niñez de Petrov) y su posterior disolución. Una continuidad en la anestesia y las bajas condiciones de vida en uno y otro orden político. Sea como fuere, la solución de Serebrennikov es reactiva, una actitud cada vez más común en los cineastas y artistas contemporáneos, que pasa cada vez más desapercibida. Un cine que reacciona ante algo y con ello pretende tomar una posición; estar «en contra». Es una vía posible, innegable, pero tiene un efecto muy limitado. Para mostrar la decadencia tal vez conviene hacerlo por un camino indirecto y obstinado. No es el camino más fácil pero sí el más digno. De otro modo las cosas se dicen en función de un primer discurso, por adición, sustracción o reacción. Ya no hay una preocupación por colocar cada objeto, cada gesto y cada acción en su lugar correspondiente —que bien podría ser la definición de artista—, para Serebrennikov la preocupación es dar cuenta de un caos. No dilucidarlo, no aclararlo. Solamente empujarlo a la superficie y hacerlo parte de su visión. Y así, es más fácil avanzar que detenerse, seguir hasta caer finalmente en su propia trampa. ⁜


    Петровы в гриппе, Kirill Serebrennikov
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