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    Crítica | Dark Glasses, de Dario Argento

    ¡Está vivo!

    Crítica ★★★☆☆ de «Dark Glasses», de Dario Argento.

    Italia, Francia, 2022. Título original: «Occhiali Neri». Dirección: Dario Argento. Guion: Dario Argento, Franco Ferrini. Producción: Concepcion Airoldi. Compañías productoras: Urania Picture, Getaway Films, RAI Cinema, Canal+. Presentación oficial: Berlinale 2022 (Fuera de Competición). Música: Arnaud Rebotini. Dirección de fotografía: Matteo Cocco. Reparto: Ilenia Pastorelli, Asia Argento, Andrea Gherpelli, Mario Pirrello, Maria Rosaria Russo, Gennaro Iaccarino, Andrea Zhang, Paola Sambo, Ivan Alovisio, Giuseppe Cometa. Duración: 90 minutos.

    La única película de Dario Argento que, hasta ahora, había podido ver en pantalla grande, la tengo grabada en la memoria como una de las experiencias más dolorosas que haya vivido jamás en una sala de cine. Y esto que fue una de las veces que más me he reído durante una proyección. Aunque pensado en frío, lo más seguro es que este punto traumático se debiera precisamente a dicha circunstancia: a esa angustia solo comparable a una carcajada incontenible, soltada en el peor momento. Por ejemplo, en pleno oficio funerario. Exactamente así se vivió aquella sesión de Drácula 3D en el Auditori de Sitges, puesta de largo en nuestro territorio del por aquel entonces último trabajo del maestro italiano. Buena parte del equipo de la película, por cierto, estaba ahí presente, y ni así pudimos mantener la compostura ante aquellas casi dos horas de cine en descomposición.

    Las gafas polarizadas que llevábamos puestas sirvieron al menos para cubrir con cierta oscuridad el siempre vergonzoso espectáculo de la comedia involuntaria, en aquella ocasión invocada por la conjunción extrema del descalabro en prácticamente todos los frentes analizables en una película. El conjunto hacía aguas por todos sitios: no había a lo que agarrarse; no había por dónde cogerlo. El guion, los diálogos, el trabajo con el elenco actoral, el vestuario, los decorados, los efectos visuales… Todo, absolutamente todo lució como el doloroso síntoma de un cineasta que, a sus 71 años de edad, y después del sonado tropiezo de Giallo, su anterior proyecto, a lo mejor ya había dicho todo lo que tenía que decir. ¿Hasta quedarse seco? Porque una cosa es «hacerse viejo y dejar de molar», como diría Sick Boy en Trainspotting, y otra mucho más grave es acabar haciendo el ridículo, o lo que es lo mismo, convertirse en un objeto de burla, sin derecho a réplica posible.

    Pero por suerte, las dinámicas más negativas, incluso los casos que parecen irrecuperables, pueden encontrar un punto de inflexión milagroso. Recuerdo, por ejemplo, los ánimos derrotistas con los que entramos a ver El reverendo, de Paul Schrader, en la Mostra de Venecia; pero sobre todo recuerdo la alegría con la que salimos de aquel pase. Conviene recordar que la filmografía del mítico guionista de Taxi Driver, estaba por aquel entonces marcada por una década de títulos a los que, rascando mucho, aún podía sacárseles, y gracias, el extraño encanto de los intérpretes con los que se asoció: Lindsay Lohan o Nicolas Cage, por ejemplo, dos estrellas en permanente estado de implosión. Hasta que llegó Ethan Hawke en hábitos de capellán, suerte de mártir bressoniano en tiempos de calamidades medioambientales de proporciones bíblicas, y dio por inaugurada una etapa en la que, de momento, también encontramos El contador de cartas. O sea, una racha para hacer saltar la banca.

    En esta inesperadamente alegre atmósfera cabe inscribir la llegada de Dark Glasses, película que sin acercarse al nivel del renacer de Schrader (tampoco lo pretende), sí puede ser recibida como esa buena noticia tan inesperada… y que tanto esperábamos: ahora Dario Argento supera los 80 años de edad, y parece que aún le queda combustible en el depósito. Para mayor alegría, conviene recordar que nuestro último «contacto» con él fue en Vortex, otro golpe inesperado, este por parte de Gaspar Noé, donde el cineasta romano se puso delante de las cámaras para regalarnos uno de los trabajos actorales más acongojantes de la temporada: el de un hombre que, junto a su mujer, se apagaba, sin que nada ni nadie pudieran revertir dicha decadencia. Casualidad o no, su nuevo trabajo, ya de vuelta como director y guionista, arranca con las ominosas imágenes de una luz que se desvanece.

    Occhiali Neri, Mariona Borrull.
    Proyección especial en la Berlinale 2022.

    «Dark Glasses marca y se ciñe al tono de un conjunto que se eleva en los picos de tensión (ahí donde la adrenalina, con plena legitimidad, lo agita todo), y que para nada se preocupa por quedar en evidencia durante los momentos de calma».


    El mundo se ha detenido, pero no por las terribles razones que a nosotros nos obligan a llevar una mascarilla en la sala de cine, sino porque para hoy mismo se ha anunciado un eclipse solar total. Durante unos instantes, el día se convertirá en noche, en lo que va a ser un impresionante espectáculo de sombras del que nadie querrá apartar la mirada, aún a sabiendas de que con ello, exista un alto riesgo de quemarse la retina; de perder la visión. La gran ciudad, sumida en un silencio expectante, aguarda el momento señalado, mirando a lo mejor hacia donde no debe… ignorando lo que realmente importa, la amenaza que activa el instinto de supervivencia de esta película. Un asesino anda suelto, y cómo no, acecha a su próxima víctima. Más allá de las posibles dobles lecturas que se puedan sacar de ella (teniendo en cuenta tanto el momento en el que nos encontramos como aquel en el que se encuentra la carrera de Argento), Dark Glasses no deja de ser un producto diseñado para poder ser disfrutado desde su más llana superficie.

    Es, para entendernos, un slasher en el que aquello que se oye y se ve es exactamente lo que aparece en pantalla. Hasta el punto en que la historia puede seguirse con el mismo —nulo— esfuerzo intelectual que pide la mayor parte de superhero movies. Hay, de hecho, muchos puntos de conexión entre este subgénero del cine de aventuras/acción, y la película que ahora nos ocupa. Está, por supuesto, el evento que pone en marcha el nudo argumental: un suceso traumático que cambiará, de forma igualmente traumática, la vida de la protagonista. Un ataque violento, perpetrado con nocturnidad y alevosía (es decir, una agresión que ha buscado ese momento en que el mundo tiene los ojos cerrados) con un saldo final bañado en sangre de víctimas colaterales, y con la pérdida de la vista por parte de una joven prostituta a la que no le quedará otra que readaptar sus rutinas íntimas y laborales.

    Dark Glasses convierte las gafas de sol en una especie de antifaz protector. Si en Están vivos, de John Carpenter, estas servían para ver la auténtica naturaleza de la sociedad, aquí es casi al revés: están para que esta no pueda ver nuestras debilidades. A partir de aquí, la película incide en los procesos de aprendizaje (a la hora de agudizar el resto de sentidos útiles, o de familiarizarse con el bastón blanco) del mismo modo en que las cintas de superhéroes retratan los períodos de adaptación a las nuevas habilidades adquiridas. Solo que ahora, claro está, el factor distintivo, más que un privilegio, es un lastre. Un hándicap que, como tal, pone a quien lo sufre en una posición de desventaja. Aunque para ser justos, lo que se está haciendo aquí es acentuar unas desigualdades que, ya desde los primeros movimientos, estaban determinado los posibles resultados de esta terrible partida. Con todo esto sobre la mesa, Dario Argento habla sobre las diferencias entre hombres, mujeres y, ya puestos, niños, expresándose precisamente con el arrojo y la falta de sutileza de estos últimos. Como si la mente de este veterano artista estuviera inmersa en un episodio de regresión aguda… y nadie, ni mucho menos él mismo, hiciera nada para evitarlo.

    Desde su impactante presentación, en la que un asesinato es filmado con filia gore, y acompañado con música electrónica que acelera el ritmo cardíaco, Dark Glasses marca y se ciñe al tono de un conjunto que se eleva en los picos de tensión (ahí donde la adrenalina, con plena legitimidad, lo agita todo), y que para nada se preocupa por quedar en evidencia durante los momentos de calma. En estas últimas escenas es donde la película pierde pulso narrativo, y donde el endeble talento actoral queda expuesto ante una serie de situaciones que van hacia el ridículo como los críos van a una videoconsola. Pero a Dario Argento esto no parece importarle lo más mínimo, y ya está bien así. Esto es, al fin y al cabo, un giallo que ya no está para florituras, y al que solo le quedan fuerzas (y ganas) para ir al grano. Una crónica amarilla que no entiende por qué debe someterse a operaciones estéticas que oculten su verdadera apariencia; su actual estado.

    Es el encanto entrañable de esa veteranía que, con todo el derecho que le otorgan los logros conquistados (o simplemente, el largo camino recorrido), siente que ya no tiene por qué dar explicaciones a nadie; que sabe que el mero hecho de existir (¡de vivir!) ya es justificación suficiente para cualquier imagen que se esté proyectando en la pantalla. Poderoso efecto anestésico y estimulante a la vez, que incluso sirve como eximente para los puntos más comprometidos, como podría ser, por ejemplo, el blanqueamiento de la controvertida figura de Asia Argento, aquí en funciones de inmaculado punto de apoyo para las mujeres desvalidas que, de repente, aprenden a valerse por sí mismas. Lo hacen, esto sí, no resignándose a su condición de «sola en la oscuridad», sino aprendiendo a apoyarse en los demás: debajo de sus truculencias, Dark Glasses no deja de ser un cuento de cómo los lazos sanadores se imponen y se fortalecen en las circunstancias más adversas. Y por supuesto, las tesis se enarbolan con la inocencia de los espíritus infantiles; con la sinceridad desarmante de quien ya se presta a que se rían «de» y «con» él. Porque no le acomplejan las discapacidades que los demás puedan estar colgando sobre su persona; porque sabe que nuestra complicidad es un escudo protector impenetrable para las miradas de incomprensión de los demás. ⁜


    Víctor Esquirol Molinas |
    © Revista EAM / 72ª edición de la Berlinale


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