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    Crítica | ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?

    El placer de mirar

    Crítica ★★★★☆ de «¿Qué vemos cuando miramos al cielo?» de Alexandre Koberidze.

    Georgia, Alemania. Título original: «Ras vkhedavt, rodesac cas vukurebt?». Dirección: Alexandre Koberidze. Guion: Alexandre Koberidze. Fotografía: Faraz Fesharaki. Montaje: Alexandre Koberidze. Música: Giorgi Koberidze. Sonido: Giorgi Koberidze. Dirección de Arte: Maka Jebirashvili. Intérpretes: Giorgi Bochorishvili, Ani Karseladze, Oliko Barbakadze, Giorgi Ambroladze, Vakhtang Fanchulidze. Producción: Mariam Shatberashvili. Compañía Productora: German Film- and Television Academy Berlin. Duración: 150 minutos.

    El espectador es empujado a un limbo donde sabe más de lo sucedido que cualquiera de las personas que aparecen por las exquisitas dos horas y media que Koberidze necesita para llevarnos al lugar de la realidad sin movernos nunca del mismo entorno. El placer de mirar y dejar hacer, como si en esta revisión esteticista de Tú y yo o Algo para recordar lo realmente importante no fuera esperar la resolución del enigma, sino conseguir del espectador un tranquilo estado de espera placentera mientras su principal pareja protagonista se sume en la duda de lo realmente sucedido y que impidió el reencuentro al día siguiente de un enamoramiento inmediato y fortuito. No debería suponer una sorpresa que el contado cine georgiano que aparece disponible en Occidente atesore calidad técnica y argumental. Baste recordar su pasado: Shengelaya, Chkheidze, Abuladze o el todavía activo Iosselliani como ejemplo claro de una determinada manera de enfrentarse al mundo y plasmarlo en imágenes, a medio camino del ejemplo armenio (Parajanov) o de la explosión realista y técnica de los ucranios (aquí sí que una nómina tan extensa como diversa). Un cine apegado al territorio y a sus costumbres, donde la influencia de lo religioso es patente y los conflictos étnicos constantes y perdurables. Que la violencia, o su amenaza, sea eje sobre el que gira su cine presente no es de extrañar, lo que llama la atención es encontrar un remanso de quietud y contemplación como ¿Qué vemos cuando miramos al cielo entre tanta violencia potencial, y cómo la película soslaya esa realidad sin obviarla, como un fuera de campo que ejerciera una atracción difícil de evitar y que Koberidze consigue eludir.

    Su comienzo es ya una declaración de intenciones. Se va a buscar lo sutil, lo ocasional, lo azaroso, como punto de partida. Y lo fantástico, tan fantástico como que Georgia organice en exclusiva un Mundial de fútbol; verano durante el que se desarrollan los encuentros y desencuentros de los protagonistas a los que conoceremos a través de sus pies, como ellos sólo se conocerán a través de sus rostros. Un triple encontronazo sucesivo, como dos cuerpos movidos por un imán que los atrae y no deja que se separen, al mediodía, intuimos que paseando porque sólo vemos sus pies, provoca un recíproco interés momentáneo que se confirma por la noche, cuando vuelven a encontrarse y nosotros vemos la escena desde la distancia, como los objetos que nos van a contar un hechizo amenazante. Ambos definitivamente se enamoran pero posponen la confirmación para el día siguiente en la terraza de un bar. El azar les ha unido, y lo fantástico les va a separar cuando, por culpa de ese hechizo que no llegamos a una maldición cae sobre ellos y durante el sueño cambian de aspecto. A la mañana siguiente ambos recuerdan y preparan la cita que les espera al caer la tarde, nosotros sufrimos ese extrañamiento propio de no reconocer a los rostros que brevemente habíamos contemplado en las primeras escenas, porque esos actores que despiertan poco a poco en la soleada mañana de Kutaisi no son los mismos aunque se comporten como si lo fueran. El cambio de fisonomía impide la cita aunque los dos estén sentados esperando durante horas la llegada del otro. En vez de pensar en una broma piensan en una fatalidad; algo inesperado ha ocurrido y ha impedido el encuentro, por lo que persisten en acudir al mismo lugar y a la misma hora por si el otro decide aparecer, pero lo que aparecerá será un trabajo que junta a los dos desconocidos, una como camarera, el otro como feriante ambulante en la ciudad pero trabajando ambos para la misma persona. El mecanismo destinado a que se conozcan se ha activado, ahora hay que dejar que el tiempo actúe y surja, por otra vía, el flechazo interrumpido.

    Ras vkhedavt, rodesac cas vukurebt?, Alexandre Koberidze.
    Competición de la pasada edición de la Berlinale.

    «Koberidze parece invitar a olvidarnos de lo trascendente porque no hay fuerza capaz de cambiar el rumbo de lo que nos va a afectar desde fuera, y a cambio nos ofrece una vía de escape a la monotonía. Abrir los ojos para mirarnos en una pantalla y reconocer lo que evitamos: que el cine es capaz de inventar historias que terminan haciéndose realidad».


    La película a partir de entonces se dispersa, abre caminos insospechados, rutas que se cierran de repente, anécdotas interesantes pero que no parecen conducir a nada aunque uno disfruta enormemente con su fabulación e indefinición. Surge la libertad absoluta, la de hablar de los niños del parque que todos ellos son Messi, la historia de los perros futboleros que escogen el mejor bar para ver los partidos del Mundial, o por qué unos clientes escogen una terraza u otra para hacer lo mismo. Hasta aparece una filmación de una película que quiere parecerse a los intentos de Rouch y Morin en Chronique d'un été o de Pasolini en Comizi d'amore; todo ello aparentemente inconexo con la historia que nos ha anunciado la película en su comienzo, pero que va envolviendo todo en un aura de irrealidad cómoda y tranquila, donde los personajes transcurren con la misma docilidad que las imágenes hasta que todo va encajando para que su final rompa el maleficio ¡gracias al cine! La película se transforma así en algo libérrimo, exento de prejuicios y sin ataduras encorsetadas por lo verosímil o lo aceptable desde la lógica. La amplitud de caminos abiertos por el director no buscan sino mantenernos a la espera, que no nos durmamos con una simple historia amorosa de interminable resolución añadiendo puntos de ida y vuelta que nos inviten a imaginar qué relación guarda lo visto con lo anterior, cuando quizá, sea así, que la vida no tiene mucha relación entre una persona y otra, entre un día y el siguiente, entre mi equipo y el del vecino.

    El narrador, el propio Koberidze, se sincera al final: «sé que esta película no sirve a la sociedad», quizás ese arranque no sea del todo fiel con la realidad del arte. ¿Qué película de la Historia del cine ha servido a la sociedad?, ¿Qué obra de arte ha cambiado algo la forma de pensar o de actuar de cualquiera de nosotros? La mención es dual, porque habla de algo, la historia de amor que acabamos de ver, la omnipresencia del fútbol, los perros callejeros como algo sin importancia, un divertimento que espera nos haya distraído y convencido; pero se está refiriendo a otra cosa muy distinta; a la realidad que rodea a Georgia y sus conflictos armados irresolubles por la presión rusa con los territorios de Abjasia y Osetia como detonante, como los de su vecina Armenia con Azerbaiyán; la alusión es muy sutil, pero la violencia es anunciada, avisada, ofrecida y no deja de estar presente en el ánimo vital de esa gente a la que hemos acompañado durante un verano de risas, alcohol, terrazas, música, cine o comidas. Un verano que nos puede parecer eterno pero que pasa en un suspiro cuando se echa la vista atrás y la realidad pesa más que nuestra propia vida. Koberidze parece invitar a olvidarnos de lo trascendente porque no hay fuerza capaz de cambiar el rumbo de lo que nos va a afectar desde fuera, y a cambio nos ofrece una vía de escape a la monotonía. Abrir los ojos para mirarnos en una pantalla y reconocer lo que evitamos: que el cine es capaz de inventar historias que terminan haciéndose realidad, y así en ese rodaje al que Lisa y Georgi son invitados como pareja, aunque no lo sean, el cine ha visto en su mirada más de lo que éstos han sido capaces de reconocer a simple vista. Cuando se vean desde fuera, reflejados para los demás, apreciarán la importancia del gesto por más que ello no vaya a cambiar el mundo.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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