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    Crítica | La hija

    La negatividad del lugar

    Crítica ★★★☆☆ de «La hija», de Manuel Martín Cuenca.

    España, 2021. Presentación: Festival de Toronto 2021. Director: Manuel Martín Cuenca. Guion: Manuel Martín Cuenca y Alejandro Hernández (basado en el argumento de Félix Vidal). Producción: Mod Producciones / La Loma Blanca Producciones Cinematográficas. Fotografía: Marc Gómez del Moral. Montaje: Ángel Hernández Zoido. Música: Vetusta Morla. Dirección artística: Montse Sanz. Vestuario: Ester Lucas Jaqueti y Pedro Moreno. Reparto: Javier Gutiérrez, Patricia López Arnaiz, Irene Virgüez, Juan Carlos Villanueva, Sofian El Benaissati, María Morales. Duración: 122 minutos.

    Dentro de la puesta en escena de una película, la mera colocación de la cámara puede entenderse en dos sentidos, igual de importantes. Por un lado, se trata de colocar la cámara en un lugar determinado. Y, por otro, se trata de colocarla de una determinada manera. Si se atiende correctamente a ambas posibilidades, la imagen resultante tendrá un gran poderío, con la correspondiente carga emocional o el correspondiente impacto visual. Piénsese, por ejemplo, en una cámara colocada encima de un coche en movimiento. El efecto puede ser poderoso. Pero si, una vez colocada ahí la cámara, está enfocando hacia abajo, en un plano cenital o incluso gran picado, ese efecto puede quedar muy limitado. O piénsese, por poner otro ejemplo, en una cámara situada en una habitación vacía. El efecto puede ser anodino. Pero si, además, la cámara cuenta con un teleobjetivo, o ciñe el encuadre de tal manera que se aprecian detalles insólitos de dicha habitación, el efecto puede ser más revelador. Ahora bien, difícilmente superable es, por ejemplo, una cámara colocada en un lugar único, como en las profundidades marítimas o a la altura misma del cielo, y además situada o enfocada de tal forma que abarque lo mejor posible la extensión de ese espacio sin igual. Es más difícil atender al lugar donde se coloca la cámara, ya que vendrá limitado por las exigencias narrativas o presupuestarias, en general, de la película. En cambio, es más fácil, una vez elegido ese lugar, colocar la cámara de una manera u otra. Pero, insistimos, es igual de importante. Más vale una cámara bien colocada en un lugar a priori menos interesante que una cámara mal colocada en un lugar a priori más interesante, porque esta mala colocación desaprovechará ese potencial interés.

    Hacemos estas explicaciones previas para abordar una paradoja interesante, valga la redundancia, que surge en la última película de Manuel Martín Cuenca, titulada La hija. La misma se ambienta en la espectacular sierra de Jaén, rodada además en invierno, por lo que se ofrece un paraje muy provechoso para las posibilidades dramáticas que plantea su relato. Sin embargo, una vez se ha conseguido desplazar a esta localización a todo el equipo, con su cámara o cámaras, esta última a menudo no se coloca correctamente. Ello se debe en concreto a los frecuentes saltos de eje que pueden advertirse en las conversaciones entre los personajes, diálogos cuyo estatismo y serenidad no parecen justificar tal «fallo» de planificación y montaje. Para quien esto escribe, en efecto, es difícilmente justificable que tales escenas no se hayan rodado con una cámara que respete el eje de las miradas, para que, en una sucesión de plano/contraplano, no tengamos a un personaje y su interlocutor mirando ambos a la derecha, o ambos a la izquierda. Esto provoca que los personajes no parezcan enfrentados, el diálogo se vea alterado, el montaje no sea fluido y el espectador se distraiga de lo que se está contando. No solo es difícilmente comprensible por la frecuencia del error y la experiencia del equipo responsable, sino precisamente por la extensión del escenario donde se está rodando, donde perfectamente se podría haber colocado la cámara, para rodar estas escenas, sin saltarse el eje. Los saltos de eje son uno de los fallos más comunes en el cine moderno, y al mismo tiempo uno de los más fáciles de evitar (cuando no están justificados por motivos inherentes a la narración), por lo que resulta obligado llamar la atención sobre los mismos, más en una película, como decimos, donde es tan visible esa contradicción entre lo oportuno de la localización donde se ha decidido desplazar la cámara y lo desafortunado de la manera concreta en que a menudo se sitúa.

    Esta contradicción condiciona un tanto la valoración de una cinta que, todo sea dicho, goza de indudables cualidades. Para empezar, su premisa sí justifica sobradamente la ubicación de los personajes principales en tal escenario, el cual además alimenta su conflicto. Una pareja que no puede tener hijos, interpretada por Javier Gutiérrez y Patricia López Arnaiz, acoge en su remota casa rústica a una joven que precisamente está embarazada, que ha huido del centro donde estaba confinada y que está encarnada por Irene Virgüez. Las interpretaciones de los dos primeros actores, más experimentados, están más logradas que la de la joven Virgüez, que a veces no encuentra el tono adecuado en un personaje cuyo dilema, hay que reconocerlo, es quizá el más complicado. A partir de estas bases, la narración discurre por una senda que en ocasiones roza la inverosimilitud, pero sin caer plenamente en ella, en parte gracias a ese microcosmos al que nos traslada, cuyas reglas propias están bastante claras. Seres aislados y, de una forma u otra, marginados; naturaleza bella pero inhóspita; y conductas marcadas por la rutina pero también por una cierta liberación de las convenciones sociales: tales son los presupuestos de una acción que irremediablemente caerá en la violencia, ya sea moral o física. Por ello las escenas más memorables tienen lugar en el último acto, con una tensión muy bien desarrollada y culminada: destaca en este sentido la secuencia climática de la protagonista enfrentada a los perros que guardan la casa. Observamos ahí una gran conjunción de ritmo y planificación.

    La hija, Manuel Martín Cuenca.
    Sección oficial del Festival de San Sebastián.

    El cuidado de […] apartados técnicos contrasta con el […] problema de los saltos de eje, pero en cualquier caso La hija es recomendable, porque su historia nunca pierde su interés.


    Y es que, más allá de la crítica esbozada en el segundo párrafo de esta reseña, la puesta en escena no está exenta de méritos: cabe mencionar al respecto, como elemento más llamativo, la sugerente utilización de angulares tanto en los exteriores como en los interiores de la localización principal. Aquí su extensión sí es aprovechada, y al usarse objetivos similares dentro de la casa, se establece una correspondencia entre el interior y el exterior, el cual, contra todo pronóstico, implica igualmente el encierro de los personajes. En otras palabras, estos están enclaustrados pese a la aparente apertura del escenario en que habitan. Y esto dota de mayor riqueza a esa puesta en escena, ya puede interpretarse en el sentido de que dicha apertura es engañosa, y tales personajes no pueden escapar del destino y la naturaleza (la suya, no la que los rodea) que los ciñe. Por lo demás, resulta bastante efectiva la música de Vetusta Morla, empleada con carácter esporádico, y con una mención especial para el leitmotiv de la melodía cercana a una canción de cuna. El que esta partitura sea efectiva se debe aquí al dominio del silencio (al menos extradiegético) en buena parte del metraje, donde también son importantes los momentos en que se escucha uno u otro sonido. En suma, el cuidado de estos apartados técnicos contrasta con el referido problema de los saltos de eje, pero en cualquier caso La hija es recomendable, porque su historia nunca pierde su interés, y al fin y al cabo ese interés del que hablábamos, como factor clave en un rodaje, debe atribuirse esencialmente a la narración.


    Ignacio Navarro Mejía |
    © Revista EAM / Madrid


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