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    Crítica | Claroscuro | Netflix

    El verano indio

    Crítica ★★★☆☆ de «Claroscuro», de Rebecca Hall.

    Estados Unidos, 2021. Título original: «Passing». Dirección: Rebecca Hall. Guion: Rebecca Hall (novela: Nella Larsen). Compañía productora: Film4 Productions, Flat Five Productions, Forest Whitaker’s Significant Productions, Gamechanger Films, Picture Films, Sweet Tomato Films, TGCK Partners, XRM Media, AUM Group. Dirección de fotografía: Eduard Grau. Música: Devonte Hynes. Montaje: Sabine Hoffman. Producción: Nina Yang Bongiovi, Forest Whitaker, Margot Hand, Rebecca Hall. Intérpretes: Tessa Thompson, Ruth Negga, André Holland, Bill Camp, Gbenga Akinnagbe, Antoinette Crowe-Legacy, Alexander Skarsgård. Duración: 99 minutos.

    El tiempo es inusualmente caluroso en Nueva York, donde las altas temperaturas, el tráfico asfixiante y la humedad atlántica han convertido la ciudad en un horno intolerable. Es lo que los norteamericanos llamaban verano indio, cuando el otoño se niega a batirse en retirada y el invierno aún no ha llegado. Entre el bullicio de los viandantes y el tañido de los cláxones se dibuja la figura de Irene “Reenie” Redfield en una mañana de compras de Navidad frustradas. Es un panorama extraño; la multitud, bañada por el sol inclemente, se antoja como una masa informe en la que Reenie camufla una pigmentación poco habitual en esas latitudes de Manhattan. La ópera prima de la veterana actriz Rebecca Hall se suma así a toda una serie de películas que abordan la experiencia afroamericana en Estados Unidos, añadiendo en este caso una perspectiva todavía por explotar: la del passing que da nombre al título original, a saber, cuando una persona hace «pasar» su pertenencia racial por otra.

    Claroscuro es, en esencia, la historia de dos desencuentros. El primero de ellos surge, irónicamente, de un reencuentro previo. Sofocada por el ambiente, Reenie busca refugio en cualquier lugar que la aleje del asfalto –incluso si es en el muy sofisticado Hotel Drayton. Un plano contrapicado acentúa la majestuosidad de un edificio que, a ojos de nuestra protagonista, es más imponente y temeroso si cabe que el castillo del mismísimo Vlad el Empalador. En su interior tropieza con Clare (atención al nombre), una amiga de la infancia a la que por poco no reconoce con su cabellera rubia y sus pendientes de perlas. Le cuenta que, tras la muerte de su padre, decidió dejar Harlem para terminar casándose con John, un banquero (blanco) de Chicago. Imbuido de una suspensión de la incredulidad casi tan poderosa como la que el filme exige al espectador en algunos puntos, su marido no parece tener la menor idea de la carga de melanina de Clare. No solo eso, sino que además presume de ser un racista recalcitrante –si bien, añade, no tanto como ella. Esta revelación supone una experiencia catártica para una mujer militante y abiertamente orgullosa de su descendencia como Reenie, quien comienza a cuestionarse el verdadero significado de la negritud así como su propia identidad. ¿Para qué sirvieron las revueltas de esclavos y el movimiento por los derechos civiles si los oprimidos prefieren confundirse con sus opresores antes que combatir por dejar de serlo?

    El segundo desencuentro de Irene, que viene fraguándose durante más tiempo, tiene lugar con su marido, Brian. Pronto aprendemos que es doctor por vocación, aunque desencantado tanto con su trabajo como con el mundo que le rodea. También lo está, quizá por metástasis inevitable, con su matrimonio. Mientras que ella, miembro de alto rango de la (ficticia) Negro Welfare League, concibe la lucha antirracista como la celebración de cócteles embriagados donde se reúne la socialité negra neoyorquina a ritmo de jazz y bailes de salón, para él la afrodescendencia es una condición y un castigo inescapables. Por si fuera poco, se trata de una visión –¿pesimista, realista…?, el debate de siempre– que Brian trata de inculcar a sus hijos, a los que mantiene informados sobre el último linchamiento en el país y el odio natural del blanco al negro. He aquí el otro gran desengaño al que se enfrenta Reenie: desde la óptica de su marido, la lucha es inútil; una guerra contra una estructura social infranqueable, cimentada sobre siglos de abusos y maltrato, donde las victorias son pocas y pírricas.

    PASSING, Rebecca Hall
    Sección oficial del Festival de Sundance.


    «Reenie y Clare encarnan la indigencia identitaria de la comunidad afroamericana –una comunidad a la que, lo quieran o no, pertenecen. Puede que sea precisamente en ese binarismo al que constantemente se apunta donde Claroscuro encuentre una definición».


    La debacle de la heroína coincide con las primeras ventiscas que marcan el final del verano indio (un término que ella misma emplea pese a sus connotaciones peyorativas hacia la población nativa). En nada le satisface ya su posición de prestigio en una liga en la que no cree. Su marido y Clare parecen haberse embarcado en un affaire autodestructivo con el objetivo probable de acallar el hastío que les une y del que Reenie se ha contagiado sin remedio. Tras un desarrollo reiterativo, Rebecca Hall recupera el vigor del primer acto para cerrar su debut. En una de las escenas finales, Reenie, Brian y Clare acuden a otra de las reuniones nocturnas que pueblan su calendario, esta vez en casa de unos conocidos. Mientras suben hacia su destino (un quinto sin ascensor), Reenie se queda atrás, rezagada y resignada al engaño de los amantes de arriba. El plano cenital desde el hueco de las escaleras es fabuloso porque, sirviéndose de las diferentes plantas del inmueble y la posición de los personajes (unos casi en la cúspide, la otra apenas en el rellano), encapsula en cuestión de segundos el devenir de los acontecimientos.

    Y es que, de la misma forma que las lagunas narrativas deben ser advertidas, así ocurre con los logros formales y técnicos. La fotografía de Eduard Grau, con un blanco y negro de bajo contraste que diluye las diferencias de tonalidad en la piel, prescinde del verbo para transmitir el mensaje subyacente al filme. Las interpretaciones, especialmente la de Ruth Negga en el rol de Clare, son sobresalientes. Es gracias a la música de Dev Haynes que el Nueva York de los felices años 20, con sus fiestas incansables que se asomaban a la era del swing y la Gran Depresión, cobra vida. Porque la película es algo más que un cuestionamiento sobre las raíces; también es el retrato de Estados Unidos ayer y hoy, la nación que se dice abanderada de una libertad que viene con cláusulas de exclusión. Reenie y Clare encarnan la indigencia identitaria de la comunidad afroamericana –una comunidad a la que, lo quieran o no, pertenecen. Puede que sea precisamente en ese binarismo al que constantemente se apunta donde Claroscuro encuentre una definición.


    Carlos Cruz Salido |
    © Revista EAM / Madrid


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