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    Crítica | Barcos. Doce cartas náuticas

    La herida abierta

    Crítica ★★★★☆ de «Barcos. Doce cartas náuticas», de Vicente Domínguez.

    España, 2021. Dirección y guion: Vicente Domínguez. Producción: Vicente Domínguez. Fotografía: Vicente Domínguez. Etalonaje: Pablo Cayuela. Música: Elle Belga (José Luis García y Fany Álvarez). Diseño de sonido: Elle Belga. Montaje: Vicente Domínguez. Documental. 79 minutos.

    «¿Qué quieren que haga con mis ojos? ¿Qué debo mirar?», preguntaba Giuliana a Corrado en el Desserto Rosso de Antonioni. Así nos lo recuerda la cartela inicial de Barcos. Doce cartas náuticas, presentada en el marco de la estimulante sección «Un impulso colectivo» del Festival D’A. La respuesta a esta pregunta se nos aparece diáfana ya desde los primeros minutos de metraje: como hacía la misma Giuliana desde su casa, simplemente tendremos que posar nuestra mirada en las embarcaciones titulares, que van y vienen lentas por la costa. Contemplar el pasar de los barcos y nada más.

    ¿Cómo, nada más? La inquietud que se despierta ante el silencio de las imágenes nos es tan cercana como irreconocible. No la reconocemos, a priori: se oculta entre la sucesión de lugares, fechas y otras puntas de la Historia, que aparecen en las cajas de texto de unos intertítulos negros que cercan, por efecto de montaje, las vistas de los barcos pasando. Sobre un fondo negro, unas letras blancas, inmaculadas, cuentan algunos de los episodios más terroríficos jamás perpetrados por la humanidad: el Holocausto, las hambrunas soviéticas o las migraciones en masa hacia las costas mediterráneas, entre otros. Ciclos de muerte y violencia tan radicales que, aun siendo de sobra conocidos por el imaginario occidental, su magnitud nos apuñala con toda fuerza que se desprende de una tipografía blanca, sin voz en off alguna. Algunos pasajes podrían llevarnos a las lágrimas con solo evocarlos.

    Por corte de plano, a la intensidad emocional del genocidio descrito se le contrapone su negativo, aquella sencillez clara de unos barcos que navegan sin prisa por aguas tranquilas. Embarcaciones mudas, rutinariamente capturadas por la cámara desde dos únicos puntos de vista. Por un lado, un tiro frontal de la costa de la península de San Juan de Nieva (Asturias). Por otro, la salida del brazo de tierra al mar, con su faro. Ni los buques ni sus trayectorias muestran interrelaciones reseñables, y del barullo de miseria que venimos de leer, quedan solo doce nombres escritos en los cascos: Wuchan, Koznitza, Queen Isabella, Bulk Freedom, Podhale… Palabras sin más. Por lo demás, silencio absoluto: la inquietud despierta y nos exhorta para que volquemos en las imágenes de los buques ecos de aquellos pasajes textuales de muerte. Así, proyectamos impunemente sobre la chapa colorida de los barcos que vienen y van. Avalados por las leyes de la Gestalt, sentimos el pavor que un objeto agigantado y oscuro suscita: por mucho que nada tenga de peligroso, el titán de hierro que se acerca imparable a cámara devendrá un receptáculo perfecto para un malestar, el nuestro, que surge cuando se nos deja solos ante el plano vacío. Decía Vicente Domínguez en la presentación de la película que esta trata, por cuenta de los barcos, de acercarse a la violencia humana en su condición inherentemente irrepresentable. Con la mirada contaminada por el miedo, frente a la nada, aprehendemos el germen mismo de esta amenaza.

    Barcos. Doce cartas náuticas, Vicente Domínguez
    Un impulso colectivo | D'A Festival 2021.

    «Puede que no se trate tanto de cómo miramos a los barcos que cruzan el plano, sino de qué hacemos una vez han desaparecido».


    Sin embargo, toda nave que llega pronto se va. El tiempo entre su aparición y su partida es predeterminado, su trayectoria también. Como en el Elephant de Alan Clarke, nuestra mirada —ahí sí, ante una violencia tremendamente explícita— se destensa, acaba por acomodarse a base de repeticiones. Con ella, el movimiento de las embarcaciones adquiere un carácter ritualístico, que lleva consigo la seguridad del cuento de cada noche: los barcos iban y venían. Sus cuerpos metálicos son lentos, pero se mueven sin dificultades por encima del agua lisa, acompañados por el despliegue fluido y constante de una capa auditiva entre lo musical y un tapiz a base de sonidos recogidos. Contemplar el desplazamiento de uno de estos armatostes es relajante, lleva consigo el placer de una acción perfectamente adscrita a su tiempo. Si las cartelas no estuvieran ahí, quizás incluso aunque lo estén, nuestros ojos se posarían más allá de los barcos, ensanchando la mirada para dar la bienvenida al movimiento puro. La mirada ancha y relajada, ¿es siquiera mirada? Ahí llega el corte como toque de atención. Detrás de todo buque parece quedar solo la nada, el espacio vacío para la música… Medio minuto de quietud y cortamos: treinta segundos es suficiente tiempo para habernos ido mentalmente a cualquiera de las tareas que fuera de la sala nos esperan. Solo el corte de montaje —el último, a negro, siendo el más importante— puede devolvernos a aquello que toca.

    Ante esta tentadora invitación al fuera de campo, una idea que se repite a lo largo de los textos: peor que la violencia es la capitalización de dicha violencia, del dolor ajeno. La noción del sufrimiento como bien explotable, también por y para el arte. Queden ahí citas como la de André Breton que, en su Manifiesto del surrealismo de 1924 exclamaba su fascinación por la colonización española de América, «necesaria» a pesar del genocidio. Intúyase, si se quiere, una mordaz respuesta al más indigno explotador de la miseria de les migrantes, Gianfranco Rosi, en los cortes de voz pidiendo auxilio por radio que acompañan al barco Rojen y que recordarían a los empleados en ese martirio pornográfico llamado Fuego en el mar. Se trata en última instancia de una cuestión de responsabilidad. «¿Qué quieren que haga con mis ojos? ¿Qué debo mirar?» es, en realidad, el quid de una película sin respuesta fácil. Para enfrentarnos a ella, quizás debiéramos entrenar la mirada para volverla resistente al aburrimiento de la nada, asertiva ante el movimiento suave y, en definitiva, abierta al dolor ajeno. Al fin y al cabo, puede que no se trate tanto de cómo miramos a los barcos que cruzan el plano, sino de qué hacemos una vez han desaparecido.


    Mariona Borrull |
    © Revista EAM / Barcelona


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