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    Crítica | Charulata, la esposa solitaria (1964)

    Pasiones en una jaula de oro

    Crítica ★★★★★ de «Charulata, la esposa solitaria», de Satyajit Ray.

    India, 1964. Título original: Charulata / চারুলতা Cārulatā. Dirección y guion: Satyajit Ray. Reparto: Soumitra Chaterjee, Madhabi Mukherjee, Shailen Mukherjee, Shyamal Ghoshal, Gitali Roy. Distribuidora: R. D.Banshal & Co. Productora: R.D.Banshal & Co. Argumento: Basada en la obra Nashta Neer/The Broken Nest: Rabindranath Tagore. Diseño de producción: Bansi Chandragupta. Fotografía: Subrata Mitra. Montaje: Dulal Dutta. Música: Satyajit Ray. Sonido: Atul Chatterjee, Nripen Paul, Sujit Sarkar. Duración: 117 minutos.

    «No haber visto el cine de Ray significa existir en el mundo sin haber visto el sol o la luna». Akira Kurosawa. Nada puede ser tan absoluto como el reconocimiento del maestro Kurosawa hacia la obra de su contemporáneo Satyajit Ray, pero no le falta razón cuando asomarse a los retratos individuales y sociales del director indio y a su manera de colocar, y mover, la cámara ofrece un abanico de sensaciones tan universales, tratadas con tanto humanismo y con tanta credibilidad que, quien no los conozca, albergará un vacío en su conocimiento cinematográfico que cuando empiece a ser solucionado provocará la doble reacción del lamento por llegar tan tarde a cine tan primoroso y superlativo; y por otro la alegría de descubrir a un cineasta de primera categoría y una larga obra pendiente de ver por delante. Si algo quedará como bueno de esta larga crisis social y sanitaria que vivimos para el mundo del cine es la mirada que han lanzado las distribuidoras hacia piezas del pasado. Es verdad que la apuesta ha sido muy medida, en ocasiones incomprensible revitalizando títulos o muy vistos o de muy poco calado, pero si la huida de los espectadores ha provocado acordarse de la filmografía de Wong kar Wai o del centenario del nacimiento de Ray, hay que celebrar la ocasión de ver en pantalla grande la película que en mayor consideración tenía el propio director dentro de su obra.

    Charulata se resume perfectamente en la mirada y los movimientos de Madhabi Mukherjee (Charu), una de las actrices fundamentales de la historia del cine indio; y en la ingenuidad poética de Soumitra Chatterjee (Amal) otro habitual del cineasta, mientras el mundo interior de Shailen Mukherjee (Bupathi) le impide darse cuenta del terremoto que está ocurriendo entre las paredes de su mansión. Ray, conocedor de primera mano del ambiente de las élites del país, lo que no le impidió acercarse con idéntica maestría a los padecimientos de las clases populares (como máximo exponente la archinombrada Trilogía de Apu, se apoya en un relato de Tagore, con quien también mantenía cierta cercanía personal al tratarse de uno de los referentes morales y culturales de la India (en sus obras menores, dedicadas a mostrar a Occidente la riqueza cultural de la India, filmó un mediometraje sobre la figura del poeta y pensador), para construir todo un microcosmos de sometimiento, resignación y pasión sin abandonar, salvo de manera muy puntual en un par de escenas, el recinto privilegiado de la casa en la que vive Charu con su marido, su hermano y al que se incorporan, sucesivamente, su cuñada y el hermano de su marido, Amal, a quien le acerca el arte, contemplar la vida como algo efímero y ligado a lo terrenal sin dependencias severas de lo económico o lo político. La jaula en la que vive Charu va poblándose de personajes porque si Charu no puede salir al mundo, que el mundo se acerque a esos muros impermeables para permitir que la asfixia no sea definitiva como una especie de concesión marital a la sumisa esposa.

    Charu ha conocido el mundo real, pero su estatus social y su casta predominante le impide pisar los exteriores de su microcosmos de comodidades materiales e insatisfacciones personales. Su marido no es capaz de fijarse en esa circunstancia. Universitaria, formada, escritora; para Bupathi lo importante es dirigir un periódico crítico con el poder (Calcuta finales del S.XIX, India sigue bajo dominio británico y la influencia de la metrópoli, en lo cultural, es abrumadora) que sólo atiende reseñas de contenido político. Buscando autores y colaboradores piensa en su desocupado hermano Amal; pero no es capaz de mirar a su esposa de quien conoce sobradamente su capacidad poética, quien ha de contentarse con mirar el mundo, a hurtadillas, a través de unos anteojos que le devuelven una visión muy parcial y muy irónica de la realidad; una mirada de pocos segundos, los que se tarda en seguir el deambular de los transeúntes por la sucesión de ventanas que se asoman a la calle en el pegajoso clima del trópico. Los días se suceden con monotonía, las noches tampoco ofrecen descanso, y el peso de la decepción, la frustración y la sensación de una vida que se desaprovecha entre el lujo material agotan las resistencias mentales de la joven esposa, quien nunca pierde la compostura externa.

    চারুলতা, Satyajit Ray.
    Joya del cine bengalí | A contracorriente.

    «La puesta en escena, plagada de movimientos de cámara elegantes y sinuosos, como el caminar de Charu por los pasillos de la mansión, tiene los contrapuntos del deseo y la pasión en fogonazos de violentos acercamientos a los personajes, como quien se sobrecoge ante una emoción insospechada y siente el escalofrío en su espina dorsal. La enorme reivindicación femenina de la película, de una mujer no maltratada, pero sí ignorada como individuo autónomo, nace del arte, de la posibilidad de expresión propia».


    Los anteojos marcan la distancia, como quien nunca más va a poder acercarse a la fuente del problema o de la satisfacción personal y ha de resignarse a observar a través de otros o mediante artificios. El confinamiento social de Charu va a relajarse con la llegada de Amal y a través del instrumento poético. Lo prosaico, lo material, los ideales políticos de incipientes movimientos que reivindican lo nacional frente a lo impuesto, forman parte de la esencia del marido; con parlamentos de hombres que, reunidos en un salón, disertan sobre el futuro de un país al que son incapaces de mirar cara a cara. Ese mundo al que asiste muda Charu va a sufrir un colapso mediante el chispazo eléctrico que proporciona la palabra que habla de sentimientos, y que, por fin, permite a Charu hablar de tú a tú con alguien que escucha y comprende, que no la trata como una niña sin deseos ni necesidades. Oír y escuchar, pero también ser escuchada. Si los diálogos con el marido apenas se reducen a lo cotidiano de los problemas de él para aumentar la difusión del periódico, o la sensación de traición cuando el cuñado huye después de un desfalco que hiere su sentido de la familia más que su patrimonio, los diálogos con Amal entran en la intimidad de las palabras que no se terminan de pronunciar por pudor pero que se oyen más que un grito sin llegar a emitir sonido alguno. Las miradas entre Charu y Amal van haciéndose cada vez más cercanas, aunque se mantenga la distancia de seguridad que recomienda la casta a la que pertenecen. Asistimos al nacimiento de una pasión condenada a mantenerse secreta, clandestina, casi inarticulada y que sólo permite renovar el aire mientras se escribe en el jardín de la mansión, uno de los pocos momentos en que el cuerpo de Charu puede sentir algo de la vida exterior sobre su rostro.

    La puesta en escena, plagada de movimientos de cámara elegantes y sinuosos, como el caminar de Charu por los pasillos de la mansión, tiene los contrapuntos del deseo y la pasión en fogonazos de violentos acercamientos a los personajes, como quien se sobrecoge ante una emoción insospechada y siente el escalofrío en su espina dorsal. La enorme reivindicación femenina de la película, de una mujer no maltratada, pero sí ignorada como individuo autónomo, nace del arte, de la posibilidad de expresión propia sin depender de un hombre que, aunque sin mala intención, la ignora; nace de la mirada límpida, pero hermética, de una mujer que ha de guardarse las sensaciones para mostrar en público la imagen que se espera de ella, mientras por dentro es abrasada por la imposibilidad de dejarse llevar por esas mismas emociones que la reviven y alejan su marchitamiento vital. Ray confronta dos pasiones; la del marido que se siente rejuvenecer con sus luchas políticas olvidando los sentimientos, como si el matrimonio hubiera marcado el momento de desocuparse de lo más próximo; y la de la mujer, siempre con esa conexión hacia lo terrenal que proporciona pisar descalza para sentir la relación con lo más básico e instintivo. Los caminos interiores de la casa parece que no permiten compatibilizar ambas necesidades personales, como carreteras paralelas que apenas encuentran tangentes que se acomoden a los dos, por eso su final es digno de las antologías del cine, un final que se congela, en el que el tiempo parece dilatarse hasta el extremo del interrogante y donde Ray suprime el movimiento por cuatro o cinco fotogramas estáticos en los que, hombre y mujer, quieren acercarse, darse un nueva oportunidad, pero dudamos mucho si podrán conseguirlo. 60 años después, la película sigue tan viva como si el tiempo no pasara, es lo que identifica a las grandes obras del arte mundial, su intemporalidad.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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