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    Crítica | De amor y monstruos / Netflix

    La naturaleza es muy bonita
    cuando no intenta matarte

    Crítica ★★★☆☆ de «De amor y monstruos», de Michael Matthews.
    ► en NETFLIX.

    Estados Unidos, 2020. Título original: Love and Monsters. Director: Michael Matthews. Guion: Michael Matthews, Brian Duffield. Productores: Dan Cohen, Shawn Levy, Becca Edelman. Productoras: 21 Laps Entertainment, Paramount Players, Entertainment One, Paramount Pictures, MTV Films, Distribuidora: Netflix. Fotografía: Lachlan Milne. Música: Marco Beltrami, Marcus Trumpp. Montaje: Debbie Berman, Nancy Richardson. Reparto: Dylan O'Brien, Jessica Henwick, Michael Rooker, Dan Ewing, Ariana Greenblatt, Ellen Hollman, Tre Hale.

    En una época difícil, en la que está costando que la normalidad vuelva a llegar a las salas de cine tras el impacto que el Covid está teniendo en la sociedad –aunque el reciente éxito de Godzilla vs. Kong (Adam Wingard, 2021) podría empujarnos a empezar a soñar con una luz al final del túnel–, las grandes productoras han apostado, con resultados desiguales, por la opción del streaming a la hora de estrenar sus apuestas más ambiciosas, aquellas que fueron elaboradas para lucir imponentes en una pantalla grande, pero que han encontrado su tabla de salvación en el calor de los hogares. En este sentido, hay que aplaudir el buen olfato que ha demostrado Netflix, marcándose un tanto al hacerse con los derechos de distribución de De amor y monstruos, una simpática aventura postapocalíptica que llega con aspiraciones de funcionar (si la taquilla lo permitiera) como primera entrega de una nueva franquicia. Su protagonista, el simpático Dylan O'Brien, se convirtió en emergente estrella, con cierto tirón entre el público juvenil, gracias a otra saga distópica de similares características: El corredor del laberinto y Paramount Pictures había invertido 30 millones de dólares en la creación de esta película. Tal vez pueda resultar un presupuesto alejado de las descomunales cifras que se suelen barajar para levantar un blockbuster de primera categoría, pero sí es lo suficientemente generoso como para asegurar un entretenimiento más que digno y con un estupendo acabado formal. Para llevar las riendas del proyecto se ha contratado a Michael Matthews, director sudafricano con nula experiencia en manejarse en este tipo de espectáculos, con una experiencia anterior dedicada al cine independiente, destacando en su filmografía un premiado western moderno como Five Fingers for Marseilles (2017). Esta arriesgada elección, a la postre, se ha revelado como todo un acierto, ya que Matthews, responsable también del guion junto a Brian Duffield, parece empeñado en no dejarse contaminar de esos clichés culpables del adocenamiento de este tipo de sagas juveniles recientes que precedieron al éxito de Los juegos del hambre (Gary Ross, 2012), tan fáciles de consumir como faltos de trascendencia, debido a esa falta de alma propia de unos productos milimétricamente facturados con el único objetivo de amasar taquilla. Y es que, siendo De amor y monstruos un producto honestamente comercial, posee un sentido del espectáculo que bebe de fuentes más ilustres, esencialmente de la nostálgica década de los 80.

    La historia, sobre el papel, es de lo más sencilla. Se le puede achacar una evidente falta de originalidad, ya que muchas son las películas que han fantaseado con sociedades futuras asoladas por las más diversas causas –de hecho, serían abundantes las similitudes que guarda con la comedia Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009), tanto en su tono como en el dibujo de ciertos personajes–, pero esta llega en un momento muy oportuno en el que, al igual que el protagonista, la gente ha aprendido a valorar más que nunca el lujo de poder salir a la superficie para respirar aire fresco, con absoluta libertad y sin verse expuesta a cualquier peligro, ya sea una pandemia mortal o la invasión de monstruosas criaturas. De amor y monstruos, desde su título, no deja lugar a dudas en cuanto a lo que va a ofrecer. Una odisea fantástica en la que lo único que separa al protagonista del amor de su vida son 100 kilómetros de terreno dominado por todo tipo de animales gigantescos y, en la mayoría de los casos, letales. La función da comienzo con una breve introducción en la que se pone al espectador al tanto de cómo han llegado los humanos a ver mermada su población considerablemente en este futuro fabulado por los guionistas Michael Matthews y Brian Duffield. ¿Qué ha pasado para que los escasos supervivientes hayan terminado viviendo en refugios construidos bajo tierra? La explicación está en las desastrosas consecuencias que tuvo en el medio ambiente la destrucción, mediante armas químicas, del asteroide Agatha 616, que amenazaba con impactar contra el planeta. Los residuos desprendidos tras la acción de dichas armas, al entrar en contacto con la fauna, convirtieron a insectos, reptiles y más especies animales en enormes criaturas que se han adueñado de la superficie terrestre. La presentación del protagonista nos devuelve a aquellos héroes imperfectos del cine juvenil de los 80 que tan bien se le daban a John Hughes. El Joel de Dylan O'Brien es el típico pardillo de manual, carente de maña para la acción y sin fortuna en el amor, que se ha pasado los últimos 7 años ejerciendo de cocinero en un búnker, en compañía de otros supervivientes de la catástrofe. Cuando Aimee (Jessica Henwick en un rol femenino empoderado, afín a los tiempos que corren), su antigua novia de instituto, contacta con él a través de una radio, el protagonista encuentra la fuerza y el valor necesarios para emprender el peligroso camino para reunirse con ella.

    Love and Monsters, Michael Matthews.
    El inesperado éxito de la plataforma nominado al Oscar a mejores efectos visuales.

    «Es una lástima que el filme pierda algo de fuelle en su último tercio, ese que coincide, curiosamente, con un mayor protagonismo del personaje de la novia. Esto deja en evidencia que la faceta romántica no funciona igual de bien que la fantástica, del mismo modo que el sentido del humor, mucho más presente en el inicio de la película, va olvidando la refrescante ironía presentada en su genial prólogo animado para mantenerse en un tono mucho más blanco, detalles que impiden que la película explote todo su extraordinario potencial como prometía».


    El viaje de Joel, a través de una tierra repleta de amenazas, recupera parte del espíritu aventurero de cintas míticas como Lady Halcón (Richard Donner, 1985), Legend (Ridley Scott, 1985) o Willow (Ron Howard, 1988), donde sus héroes emprendían cruzadas imposibles en las que les tocaba aprender, madurar y crecer como personas, viviendo todo tipo de peligros. Al igual que en aquellas, hay aquí una atractiva galería de personajes secundarios que ayudan al protagonista en su objetivo, desde el socarrón cazador interpretado por el excelente Michael Rooker –muy deudor del Woody Harrelson de Zombieland– y la valiente niña (encantadora Ariana Greenblatt) que le acompaña, a Boy, ese perro que se convierte en su mejor compañía y que protagoniza algunos de los momentos más tiernos de la función. Las escenas de acción, sin ser espectaculares, cumplen a la perfección, gracias a la espléndida labor de unos efectos especiales puestos al servicio de la historia y no al revés. Estos son los responsables de dar vida a una amplia gama de descomunales criaturas de sangre fría (cangrejos, ciempiés, sapos...) que se interponen en los planes de Joel y que se adueñan de la pantalla por completo cuando hacen acto de presencia en escenas que nos retrotraen, por igual, a las añejas aventuras de Julio Verne, los monstruos creados por el maestro Ray Harryhausen (aunque aquí el CGI prevalece sobre la artesanía de aquel) y a aquellos furibundos ataques de las criaturas subterráneas de Temblores (Ron Underwood, 1990). Es una lástima que el filme pierda algo de fuelle en su último tercio, ese que coincide, curiosamente, con un mayor protagonismo del personaje de la novia. Esto deja en evidencia que la faceta romántica no funciona igual de bien que la fantástica, del mismo modo que el sentido del humor, mucho más presente en el inicio de la película, va olvidando la refrescante ironía presentada en su genial prólogo animado para mantenerse en un tono mucho más blanco, detalles que impiden que la película explote todo su extraordinario potencial como prometía. Aun así, se agradece el corazón que sus guionistas han puesto en determinados pasajes, como esa emotiva escena de Joel junto al robot averiado Mav1s –otro fabuloso acierto de personaje que merecía más presencia– contemplando cómo un grupo de medusas parece bailar en el cielo al son del Stand My Me de Ben E. King, así como la apuesta de su director por una aventura fantástica familiar de calidad, que no atenta contra la inteligencia y que se muestra orgullosa, en todo momento, de su condición de monster movie para todos los públicos. No es poco para los tiempos que corren.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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