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    Crítica | Earwig y la bruja

    Entender la monstruosidad

    Crítica ★☆☆☆☆ de «Earwig y la bruja», de Gorō Miyazaki.

    Japón. 2020. Título original: Aya to Majo/アーヤと魔女. Director: Gorō Miyazaki. Guion: Hayao Miyazaki, Keiko Niwa, Emi Gunji. Productores: Kôji Hoshino, Kentaro Morishita, Kiyofumi Nakajima, Toshio Suzuki, Keisuke Tsuchihashi, Isao Yoshikuni. Productoras: Studio Ghibli, NHK Enterprises. Música: Satoshi Takebe. Reparto (voces): JB Blanc, Thomas Bromhead, Alex Cartañá, Pandora Colin, Richard E. Grant, Gaku Hamada, Logan Hannan, Taylor Henderson, Kokoro Hirasawa, Kokoro Hirasawa.

    En un exitoso hilo de Twitter, el crítico Alberto Corona hacía un repaso a las ganadoras al Goya a mejor película de animación. Esta recopilación histórica permitía cuestionar, una vez más —las veces que sea necesario—, la idoneidad de producir un filme en animación 3D a toda costa. Por sus características inherentes, este modelo de animación requiere de un presupuesto relativamente alto para que se pueda desarrollar una propuesta visual en condiciones, que sea capaz de recrear un universo que trascienda el estereotipo y unas actuaciones virtuales que consigan transmitir las emociones que se pretenden plasmar en la pantalla. A las características inherentes del medio se suma una decisión tan válida como opcional, que consiste en utilizar la animación como recreación realista de la realidad. En resumidas cuentas, si no se cuenta con un gran presupuesto, es difícil desarrollar una animación valiosa, y más si lo que se intenta es emular la imagen real, en vez de optar por alternativas donde se le saque partido a una propuesta técnicamente más sencilla —por ejemplo, la exquisita obra de Tomm Moore.

    Si Earwig y la bruja fuera una película española, ocuparía un puesto destacado en la recopilación de Corona, pues es un claro ejemplo de cómo empeñarse en animar en 3D a cualquier precio puede ser una sentencia de muerte para el proyecto. La tercera película de Gorō Miyazaki —el hijo de Hayao Miyazaki— es la primera apuesta de Studio Ghibli por un un tipo de animación diferente al del dibujo tradicional. El filme adapta la novela homónima de Diana Wynne Jones, y en ella se narran las aventuras de Earwig, una niña cuya madre da en adopción poco después de nacer. Cuando ya cuenta con 10 años, la pequeña es adoptada en contra de su voluntad por una pareja formada por un ser mágico y una bruja. Encerrada en casa y esclavizada principalmente por su madre adoptiva, la protagonista se verá forzada a trabajar para ella, mientras trata de conocer más sobre el pasado de sus nuevos padres y de aprender magia por el camino.

    Las evidentes limitaciones presupuestarias dan lugar a una obra estéticamente paupérrima, pero no explican la incapacidad de Miyazaki para narrar a través de las imágenes. Aun grotescas, las formas de Earwig y la bruja podrían ser prodigiosas en el uso de la puesta en escena y el lenguaje cinematográfico, pero no es el caso. La mayor tragedia de este producto es que sus imágenes estén completamente vacías. En paralelo transcurre el desarrollo de los subtextos, que podría ser el clavo ardiendo al que aferrarse, en busca de algo rescatable. Es cierto que se apuntan algunas ideas de valor, como el hecho de que la protagonista siga la línea del cine de Miyazaki padre, al mostrarse como un personaje que ha trascendido cualquier tentación de victimizarse, incluso cuando es prácticamente secuestrada por sus padres adoptivos. Aunque sea consciente de la gravedad del asunto, la niña opta por tratar de explorar los espacios del nuevo mundo mágico que se abre ante ella. El retrato es más bien el contrario al de una víctima, pues Earwig se muestra como una joven muy espabilada, que no dudará en utilizar sus armas de manipulación para salirse con la suya.
    アーヤと魔女, Gorō Miyazaki.
    El salvo al vación de Ghibli | Vértigo Films.

    «El mayor valor de Earwig y la bruja no es subtextual, sino formal: su mera existencia, su creación en el contexto del Studio Ghibli, y que se diera luz verde a sus delirantes imágenes, dan lugar a una experiencia que, aunque no se disfrute, desde luego que no se olvida, lo que ya es decir bastante en el panorama actual de producciones clónicas y texturas digitales de consumo y olvido inmediatos».


    Al mismo tiempo, otro detalle significativo consiste en el retrato de los personajes negativos, los de los padres adoptivos. Vistos desde la perspectiva de la protagonista, estos aparecen inicialmente como auténticos monstruos. Sin embargo, a medida que interactúa con ellos, la niña va entendiendo que su maldad es fruto de asuntos pasados sin resolver, algo que no dudará en utilizar a su favor: la idea más valiosa de la cinta consiste en la dualidad del rol de Earwig, quien, al mismo tiempo que ayuda a sus padres adoptivos a lidiar con sus pasados y ser más felices, los maneja para que hagan lo que ella desea, hasta el punto de que al final ellos pasan a ser, en cierto sentido, los esclavos de la niña. Sin embargo, no se nos debería escapar que, tratándose de una adaptación literaria, esta idea está tomada del original, por lo que ni siquiera el mayor valor del filme debería atribuirse a sus creadores.

    Sin embargo, en última instancia, se establece un gozoso diálogo metacinematográfico entre la historia de ficción y la producción del filme, pues ambas muestran la monstruosidad, tanto la de los padres adoptivos como la de las formas animadas del proyecto. En ambos casos, comprender la monstruosidad nos puede ayudar a entender mejor sus claves y, de paso, sacarle partido. Y esto nos lleva de nuevo al hilo de Alberto Corona, en donde se reivindicaba el goce de la desvergüenza, de la creación grotesca que, a su manera, y aunque de manera involuntaria, es radicalmente personal. A la hora de la verdad, el mayor valor de Earwig y la bruja no es subtextual, sino formal: su mera existencia, su creación en el contexto del Studio Ghibli, y que se diera luz verde a sus delirantes imágenes, dan lugar a una experiencia que, aunque no se disfrute, desde luego que no se olvida, lo que ya es decir bastante en el panorama actual de producciones clónicas y texturas digitales de consumo y olvido inmediatos.


    Yago Paris |
    © Revista EAM / Madrid


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