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    Crítica | Bad Luck Banging or Loony Porn

    Sueño americano, pesadilla rumana

    Crítica ★★★☆☆ de «Bad Luck Banging or Loony Porn», de Radu Jude.

    Rumanía, 2021. Título original: Babardeală cu bucluc sau porno balamuc. Dirección y guion: Radu Jude. Compañía productora: microFilm. Producción: Ada Solomon, Carla Fotea (productora ejecutiva). Fotografía: Marius Panduru. Montaje: Cătălin Cristuțiu. Música: Jura Ferina, Pavao Miholjevi. Sonido: Hrvoje Radnic. Diseño de producción: Cristian Niculescu. Intérpretes: Katia Pascariu, Claudia Ieremia, Olimpia Mălai, Nicodim Ungureanu, Alexandru Potocean, Andi Vasluianu. Duración: 106 minutos.

    Antes de leer este texto, les recomiendo encarecidamente que se dirijan a las líneas que Víctor Esquirol dedicó para OtrosCines Europa a Bad Luck Banging or Loony Porn, película ganadora de la pasada Berlinale. Háganlo, no solo porque su lectura sostiene de forma lúcida aquella suerte de cosquilla fílmica a la que nos castiga Radu Jude, flamante agitador que proclamaba No me importa que pasemos a la historia como unos bárbaros y que ya ganó con Aferim! el Oso de Plata a Mejor Dirección. Les encomiendo a la sabia palabra de Esquirol porque nos sirve de punto de partida, pero también de mirada a contestar: allí donde él reconoce en la cinta del rumano una obra del todo contemporánea, yo la veo condenada a la caducidad inminente desde el mismo núcleo de su apuesta formal. La de Jude se divide en tres actos, que se relacionan entre ellos de forma muy aleatoria. La primera parte se abre con un vídeo porno casero protagonizado por la que, deducimos, es la misma señora que va paseándose por las calles de Bucarest, teléfono en mano y grito al aire. Ella es Emi (Katia Pascariu), va de camino a casa de su supervisora. El motivo de su visita es funesto: por accidente, el vídeo acabó en Pornhub y ya es viral entre les niñes de la escuela, así que deberá asistir a una reunión con el claustro y los padres para debatir acerca de su futuro en la institución.

    La mujer va a pasarse la mañana caminando y llamando, en una odisea urbana para enmendar un desliz que la puede tocar de muerte. Pero no será ella el centro del plano, no más que cualquier otre transeúnte: aunque Emi se desplaza y barre lo ancho de los cuadros (de un lateral al opuesto), la cámara no la sigue, no necesariamente. En su lugar, la atención de Radu Jude va a virar o a desenfocarse, de igual forma atraída por algún detalle curioso —unas chicas que bailan en una estación de tranvía, una señora mal hablada— que difuminada entre capas y capas de cartelería chillona, que nos aseguran que Rumanía es un país más papista que el Papa en materia de consumismo. En efecto, el ruido sonoro y visual que envuelve a la protagonista, del que ella también participa —al teléfono o discutiendo con cualquiera que delante suyo se ponga—, es atronador. Música a todo volumen, cláxones, maullidos animalescos proferidos por humanos y muchísimo, muchísimo color. En el Bucarest de Jude nadie se salva del avasallo, ya sea de algún vendedor demasiado insistente o de buscavidas más o menos desocupados, pero siempre con tiempo suficiente para el enfrentamiento público. Dentro de este embrollo, Emi es protagonista solamente de forma accidental.

    Esquirol comparaba el carácter virulento del fondo urbano con aquellas páginas de Internet cuya superficie ha sido completamente colonizada por la publicidad pop-up, esperando a la aparición de le usuarie distraíde para ser activadas. «Solteras calientes en tu zona», «Te regalamos 5€ en tu primera apuesta», «Los médicos no quieren que sepas esto» —casi resultaría más apropiado ver la película de Jude en una página de streaming pirata que en una plataforma o un cine—. Lejos se sitúa este abarrotado campo de minas de una world wide web vasta y libre, proyecto que descubriremos era solo un sueño del calibre del mismísimo American Dream. A la vez, intuyo, cuán anticuada ha quedado ya, o está por quedar, esta forma tan boomer de concebir la estética internauta. El rococó ya es muy «de los dosmiles»: comparen MSN con WhatsApp, Fotolog con Instagram, incluso Bing con Chrome, o fíjense en iniciativas de resistencia estética como el proyecto Visual 404, que hace de lo kitsch un gesto de preservación histórica a la contra. De forma similar a la absolutamente histriónica Mainstream de Gia Coppola (ella es millennial), mascarillas aparte, la tentativa de Jude de enunciar sobre las puntas estéticas del presente parece condenada de facto a una caducidad prácticamente inmediata.

    Babardeală cu bucluc sau porno balamuc, Radu Jude
    Ganadora del Oso de Oro en la 71ª Berlinale.

    «Radu Jude prefiere chillar, como todos sus personajes, antes que dejar espacio para que la realidad supure el malestar que —lo sabemos— tiñe silencioso las relaciones contemporáneas».


    En una escena que podría sintetizar las tintas hipermodernas de toda la película, Emi se refugia en una sala de juego para huir de la sirena de una ambulancia, que suena fuera de plano. La mujer habla por teléfono, plantada entre recreativas, donde será molestada igualmente por los aúpas sonoros en off de un jugador, cual Mr. Jackpots en la tercera temporada de Twin Peaks. En una parábola narrativa tradicional, su conversación sería relevante en tanto que pone de manifiesto la existencia de múltiples copias del material pornográfico, que van subiéndose a cada poco a Internet y que, por lo tanto, vuelven fútil la empresa de la protagonista. Eso poco importa en la película-spam de Jude, que en un momento dado abandona a la mujer y gira la cámara hacia una de las recreativas, un jackpot. En la pantalla, las tres columnas de símbolos (números, frutas, dólares, WIN) desfilan casi sin parar un solo instante… Nos preguntamos cómo es posible para el hombre delante de la máquina dirimir si ha ganado o no.

    Este viraje de la mirada se esconde entre el ruido general, que podría confundirlo con cualquiera de las oteadas sardónicas, arriba, abajo, hacia la cartelería estridente de la calle rumana. Sin embargo, creo recordar que esta es de las contadas ocasiones en que la cámara queda fijada en un detalle a la altura de los ojos, en un ademán (¿humanista? ¿ecuánime?) verdaderamente alejado del devenir implacable del tiempo. Una cosa resulta certera: ante el fluir constante de la máquina recreativa, nos quedamos pasmades, con la atención dilatada y avizor. La cámara no asiste al conflicto, al comentario, no trata de enunciar nada, pues en la contemplación no hay ironía posible. Por un instante, Jude nos deja ser turistas de nuestro propio mundo, en silencio ante la realidad misma; en la fascinación nos deja algo de espacio para reconocernos. Vaciada de porfías rotundas y machaconas, la imagen se vuelve de pronto del todo incontestable. Eso es, solo durante un instante. Radu Jude prefiere chillar, como todos sus personajes, antes que dejar espacio para que la realidad supure el malestar que —lo sabemos— tiñe silencioso las relaciones contemporáneas. Cuánto echamos de menos el presentismo poroso de la A Sportin’ Life de Abel Ferrara, enorme película sobre la imagen pandémica… Aquella era la mirada de un maestro, claro.

    Recojamos, a modo de anexo, unos versos de T. S. Eliot, citados al inicio de las lúcidas Deambulaciones de Carlos Losilla (Muga, 2021):

    Porque estas alas ya no son alas para volar
    Sino sólo abanicos que baten en el aire
    El aire que ahora es terriblemente angosto y seco
    Más angosto y más seco que la voluntad
    Enséñanos a preocuparnos y no preocuparnos
    Enséñanos a quedarnos sentados quietos.


    T. S. Eliot, Miércoles de ceniza (1930)


    Mariona Borrull |
    © Revista EAM / 71º festival de Berlín


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