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    Crítica | Después del amor (After Love) | Filmin

    Unidas tras la muerte

    Crítica ★★★☆☆ ½ de «Después del amor», de Aleem Khan.

    Reino Unido, 2020. Presentación: Festival de Toronto 2020. Director: Aleem Khan. Guion: Aleem Khan. Producción: The Bureau / BBC Films / British Film Institute (BFI). Fotografía: Alexander Dynan. Montaje: Gareth C. Scales. Música: Chris Roe. Diseño de producción: Sarah Jenneson. Vestuario: Nirage Mirage. Reparto: Joanna Scanlan, Nathalie Richard, Talid Ariss, Nasser Memarzia. Duración: 89 minutos.

    Es sabido que a menudo no se llega a saber algo de una persona hasta después de su fallecimiento, cuando afloran secretos que hasta entonces mantenía ocultos. Uno de tales secretos puede ser perfectamente el adulterio, y hay varios ejemplos en el cine que han tratado esta temática. Basta citar esa conocida película de Sydney Pollack, Caprichos del destino (Random Hearts, 1999), coprotagonizada por Harrison Ford y Kristin Scott Thomas, que interpretaban a los respectivos y engañados cónyuges supérstites. Este calificativo se debe a que dicha película sumaba un elemento algo más inverosímil, aunque solo sea por estadística, como era la muerte simultánea de los dos amantes en nada menos que un accidente de avión. También la ópera prima del joven cineasta británico Aleem Khan añade una capa más a la sola premisa de una viuda que descubre, poco después de morir su marido, que este la engañaba con otra mujer. Esto ya daría para un interesante conflicto, pero la cinta que ahora abordamos, titulada After Love, no se contenta con ello, como decimos, sino que plantea un trance más rebuscado y complejo. No lo desvelamos del todo para permitir al futuro espectador disfrutar de la sorpresa y de su desarrollo: solo procede adelantar que la interacción entre esas capas que sostienen el meollo dramático del filme, si bien roza a veces la completa inverosimilitud, permite que su desenlace sea único y ofrezca múltiples lecturas. Incluso hay un detalle hacia el final del metraje que, de forma casi anodina, insiste en esa idea de lo fina que es la línea entre la vida y la muerte, entre la presencia y la ausencia de un ser querido, aunque se piense que siempre va a estar ahí y así sea en cierto modo.

    De hecho, After Love se crece en sus pequeños detalles, tanto narrativos como estéticos. Desde miradas y gestos que evocan más que largos discursos, hasta planos concretos cargados de significado, como el reflejo de la viuda protagonista (conmovedora Joanna Scanlan) en el espejo partido de un baño, o incluso ese breve plano de una madre y su hijo reflejados en la pantalla de un televisor apagado, justo después de emitir un video que los dos personajes compartían con un hombre ahora desaparecido. Como puede advertirse, Khan y su equipo juegan a menudo con los reflejos, a veces para ilustrar una metáfora bastante clara, otras más bien por la riqueza compositiva, como esas sombras de pájaros en varias direcciones que atraviesan la calle antes de que nuestra heroína se introduzca a la mujer con la que le engañaba su marido. El reflejo, a mayor escala, se produce igualmente entre estas dos mujeres, y de ahí que la evolución del relato huya de todo lugar común y plantee un efecto más poderoso, casi catártico. Para ello también son importantes las escenas previas que las dos comparten, donde ese engaño adquiere a su vez otros niveles, pero sobre todo son momentos en los que se advierte una curiosa complicidad, una forma similar de ver las cosas, pese a lo mucho que las separa (desde la nacionalidad hasta la religión): en fin, una necesidad inconsciente de compartir un mismo destino.

    After Love, Aleem Khan
    Película ganadora de los Premios del Cine Independiente Británico.

    «After Love se crece en sus pequeños detalles, tanto narrativos como estéticos. Desde miradas y gestos que evocan más que largos discursos, hasta planos concretos cargados de significado».


    Toda esta profundidad dramática subyace en una propuesta que de primeras puede parecer muy sencilla: solo cuatro personajes relevantes, apenas un par de localizaciones principales y un tratamiento caracterizado en general por la economía narrativa. Valen más ciertos silencios que algunas palabras, las contadas elipsis que las escenas explícitas (el plano inicial es claro en este sentido, y es todavía más meritorio tratándose de un plano secuencia), y lo más curioso de todo es que los distintos conflictos que se han ido acumulando (al menos en la superficie) se resuelven en una sola y relativamente breve secuencia. En lugar de un tercer acto donde esos traumas o problemas irían estallando progresivamente, como es más habitual, los mismos se sintetizan aquí en un simple intercambio que, eso sí, da pie a un epílogo, que es donde se manifiesta realmente esa catarsis a la que nos referíamos. Por cierto, la mención de ese plano inicial exige traer a colación una técnica que de nuevo no hace gala de grandes trucos o recursos, pero que cuida aspectos que con demasiada frecuencia no son atendidos. Véanse por ejemplo la transición entre el travelling de acercamiento hacia la protagonista durante el funeral, seguido del travelling vertical del acantilado cercano al puerto; u otra transición menos llamativa aunque igual de efectiva, como es la montada entre un plano con un niño subido a unas escaleras, cortando justo cuando se dispone a bajar, y el siguiente plano, que nos muestra a la protagonista mirando hacia arriba desde una estancia inferior. La suavidad del montaje queda entonces asegurada por el paralelismo en los movimientos de cámara o en las direcciones de las miradas. La puesta en escena no es perfecta: de hecho, se pueden criticar los leves e innecesarios ajustes laterales del encuadre en el antedicho primer plano, o un sutil salto de eje en una salida y entrada en campo de un personaje hacia el final. Sin embargo, como puede comprobarse, son fallos muy menores, que no minusvaloran una película repleta de sensibilidad en todos los sentidos. Partiendo de hechos y tramas poco originales, les da la vuelta para buscar una esencia más inédita, sin caer en la artificiosidad melodramática, sino priorizando el drama puro y simplemente humano.


    Ignacio Navarro Mejía |
    © Revista EAM / Madrid


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