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    Crítica | Monos

    Hijos de la guerra

    Crítica ★★★★☆ de «Monos», dirigida por Alejandro Landes.

    Colombia, 2019. Presentación: Festival de Sundance 2019. Dirección: Alejandro Landes. Guion: Alexis Dos Santos, Alejandro Landes. Productora: Stela Cine. Fotografía: Jasper Wolf. Montaje: Yorgos Mavropsaridis, Ted Guard, Santiago Otheguy. Música: Mica Levi. Diseño de producción: Daniela Schneider. Reparto: Julianne Nicholson, Moises Arias, Jorge Román, Sofia Buenaventura, Laura Castrillón, Sneider Castro. Duración: 102 minutos.

    | Este texto expone detalles de la trama |

    Monos no es una película corriente. No es un filme de guerra al uso, ni tampoco un coming-of-age a la vieja usanza. Desde el primer momento, el largometraje de Alejandro Landes se dedica a romper concienzudamente todos los moldes en los que intenta colocarse la historia que narra. El realizador colombiano parece querernos decir que, en Colombia, ni la guerra ni el alcance de la madurez pueden identificarse con ese idilio hollywoodiense que la industria norteamericana se ha esforzado por insertar en nuestro imaginario colectivo. En la cinta, Landes conjura dos influencias a priori antagónicas: por un lado, el estilo hiperbólico del cine de acción estadounidense, con frenéticas secuencias de persecución y de guerra que mantienen en vilo al espectador; y por otro, el carácter pausado y esteticista del cine de autor, con planos visualmente espectaculares que sacan el máximo partido del variado paisaje colombiano. Esta combinación introduce al espectador en una realidad contradictoria, en la que el horror de la violencia también permite adentrarse en ella desde un punto de vista más poético y reflexivo —aunque impostado en algunas ocasiones.

    En este sentido, Monos parece reconocer abiertamente su deuda con Apocalypse Now, con clarísimas referencias a la obra maestra de Coppola. La muerte de la vaca, los rostros pintados de negro o la única escena de combate de la película son pequeños homenajes que Landes dedica a su predecesor. Al igual que en la película del director americano, el colombiano se esfuerza en retratar la espiral de locura que envuelve a la violencia, ya presente desde un primer momento. Los niños, aunque al principio se muestran más ingenuos e idealistas, ya forman parte del sinsentido desde la primera secuencia: aparecen jugando, pero con ametralladoras. Es especialmente significativo que la cinta comience con dos celebraciones casi opuestas: una «quinceañera» —aunque sea la de un chico— y una boda. Estos pasajes de la cinta —imposible no acordarse de El señor de las moscas— afirman claramente que, de alguna manera, para los Monos ya es tarde desde el principio. Para ellos, la infancia —y la inocencia que esta implica— no es nunca una opción.

    Monos, Alejandro Landes.
    Uno de los hitos de Sundance 2019.

    «Monos es un filme iconoclasta, dedicado a destruir todos los convencionalismos en los que la misma industria podría pretender encorsetarla, huyendo de clasificaciones para establecerse ella misma como una referencia para el cine latinoamericano futuro. Sin olvidar sus influencias, Alejandro Landes es capaz de encontrar una voz propia y, lo que es aún más relevante, de conseguir dar resonancia a la de cada uno de los protagonistas de su historia».


    Sin embargo, esta ausencia se acentúa cada vez más a medida en que se desarrolla la trama. Los monos empiezan a traicionarse entre ellos, el romanticismo desaparece y las tensiones por el poder empiezan a destruir la armonía que, hasta cierto punto, habían conseguido establecer en el grupo. En un nuevo guiño a Coppola, los niños descubren el verdadero corazón de las tinieblas al abandonar la montaña para asentarse en la selva. Patagrande, interpretado por un convincente Moisés Arias, es el más claro reflejo de este descenso a los infiernos, un niño criado en el conflicto armado —el Mensajero, el instructor de los niños, insinúa que desde pequeño le han adiestrado únicamente para la guerra— cuya única y comprensible preocupación es la de mantenerse con vida. La evolución del personaje es sutil, pero profunda: si al comienzo de la película se muestra simplemente como un niño asalvajado, al avanzar el metraje termina erigiéndose en un verdadero tirano, un Kurtz en miniatura que no por ello deja de ser aterrador y terriblemente dañino.

    Aun así, la trama no renuncia a la esperanza, aunque con ciertos matices. A diferencia de Patagrande, el resto de los personajes dejan ver en un momento u otro algún resquicio de redención. El ejemplo más claro es el de Rambo, el único de los niños que se mantiene leal a Lobo, el primer líder del grupo que, con su suicidio, deja bastante claro el terror que las FARC genera en ellos, a pesar de pertenecer a sus filas. El niño termina siendo perseguido por sus antiguos compañeros simplemente por el hecho de no traicionarse a sí mismo, por no dejarse arrastrar por el frenesí que la violencia despierta en los demás. Es el único que consigue escapar, que consigue vivir un espejismo de normalidad cuando la familia de pescadores le acoge en su casa. Rambo —una referencia más al anabolizado cine yanqui— es el más sensible de los protagonistas, el verdadero héroe de este relato de guerrillas.

    Para comprender las decisiones de los personajes es también necesario detenerse en los ambientes en los que estos se mueven. La hostilidad del espacio es un elemento constante, recurrente, desde el frío y el viento característicos de la sierra andina hasta el calor asfixiante y la brutalidad de la fauna de la jungla amazónica. Este contraste no es solo visual, sino que también marca un cambio en el ritmo de la trama y establece un nuevo tono para la película. La pausa y la tranquilidad de la montaña muestra a los niños en un espacio más amable a pesar de las inclemencias del clima, ya que los niños y la doctora viven en una especie de fuerte —un último vestigio de civilización—. Sin embargo, en la selva toda la naturaleza se vuelve contra ellos —los mosquitos, las sanguijuelas, etc.— sin un lugar donde poder resguardarse. La fotografía, a cargo de Jasper Wolf, es tremendamente efectiva para marcar este trasvase, abandonando el estatismo presente en los planos iniciales para adoptar formas más dinámicas y confusas de mostrar la realidad de los jóvenes soldados. Una planificación que refuerza la idea de que estos no tienen ningún aliado para sobrevivir, pues hasta la misma Colombia —tanto en su aspecto social como en sus rasgos más primitivos— está en su contra.

    En definitiva, Monos es un filme iconoclasta, dedicado a destruir todos los convencionalismos en los que la misma industria podría pretender encorsetarla, huyendo de clasificaciones para establecerse ella misma como una referencia para el cine latinoamericano futuro. Sin olvidar sus influencias, Alejandro Landes es capaz de encontrar una voz propia y, lo que es aún más relevante, de conseguir dar resonancia a la de cada uno de los protagonistas de su historia. El final de la película, sin duda el momento más potente de las casi dos horas de metraje, es toda una declaración de intenciones: Rambo, recién rescatado de la horrible persecución de sus excompañeros, se lleva las manos a la cara y mira directamente a cámara, rompiendo la cuarta pared, mientras el militar sentado a su lado en el helicóptero no para de preguntar: “¿Qué hacemos con el NN?” Una muestra de que escapar del conflicto no supone el final de los problemas, sino únicamente un punto y aparte. Al final, la conclusión de Monos es muy sencilla: todos los hijos de la guerra nacen huérfanos.


    Juan Montón Velasco |
    © Revista EAM / Madrid



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