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    Crítica | Bacurau

    Violencia contra la violencia de estado

    Crítica ★★☆☆☆ de «Bacurau», de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles.

    Brasil, 2019. Título original: Bacurau. Dirección y guión: Kleber Mendonça, Juliano Dornelles. Compañías Productoras: SBS Productions, ARTE France Cinéma, CinemaScópio (BR), Globo Filmes (BR). Presentación: competición del Festival de Cannes 2019. Productores: Tiago Melo, Saïd Ben Saïd, Michel Merkt. Producción Ejecutiva: Emilie Lesclaux. Fotografía: Pedro Sotero. Edición: Eduardo Serrano. Música: Gustavo Montenegro. Intérpretes: Udo Kier, Sonia Braga, Barbara Colen, Jonny Mars, Chris Doubek, Karine Teles, Alli Willow, Brian Townes, Antonio Saboia, Silvero Pereira. Duración: 132 minutos.

    Macondo, Santa María, Comala. Territorios que estarían en el inconsciente de este Bacurau, un lugar que, de repente, deja de aparecer en los mapas, como si el espacio, las casas, los habitantes, nunca hubieran existido como un preámbulo al olvido interesado. Y en el inicio de Bacurau, última película del director brasileño Kleber Mendonça Filho, en esta ocasión a cuatro manos con Juliano Dornelles, transpira esa esencia literaria del realismo mágico, de lugares donde la realidad puede verse superada por cualquier hecho inexplicable que pasa a formar parte de la colectividad con la mayor de las naturalidades. Un funeral en el que los asistentes previamente toman una poderosa droga alucinógena, una muerta insultada en su propio funeral, un ovni que sigue a un lugareño, un profesor incapaz de encontrar junto con sus alumnos el pueblo vía satélite porque éste ha desaparecido. Parecería que nos movemos en el espectro de lo inexplicable, de lo carente de lógica, más cerca del espíritu de Chuva e cantoria na aldea dos mortos que de la narrativa reconocible y amable de la anterior película de Mendonça, Doña Clara.

    Pero esta impresión inicial queda despejada muy pronto, el envoltorio que adorna los primeros minutos de película muta de lo fantástico o irreal a la fábula, y dentro de ésta a la de contenido político, acercándose a las anteriores películas del director aunque nos hubiera podido parecer que había un cambio de registro. Lo onírico, lo intangible, lo irreal, da paso a lo material, a lo tribal, a lo indigenista, aunque maquillado para hacerlo más contemporáneo. Si en Doña Clara o en O som ao redor la lucha se individualizaba, el sistema era enfrentado por voluntades individuales resistentes y dispuestas a no dejarse quebrar fácilmente, en Bacurau es la existencia del grupo la que justifica y refuerza esa lucha que, individualmente, estaría condenada al fracaso. La primera escena de presentación es sintomática, un cielo estrellado va dando paso, gradualmente, a un acercamiento al planeta Tierra, al continente sudamericano, a Brasil y al pequeño pueblo que se debate ante una crisis de subsistencia, organizado para que la falta de agua provocada por los poderes de siempre no determine su abandono. Sería como la creación de Uderzo y Goscinny, aquel mapa de la Galia que iniciaba todas las aventuras de Astérix donde la irreductible aldea era aumentada con una lupa para que supiéramos que ahí estaba el objetivo a seguir y el germen de la resistencia.

    Bacurau, Kleber Mendonça Filho, Juliano Dornelles.
    Presentada en la sección oficial del Festival de Cannes.

    «La intención fabulística de la película y la metáfora política resultan demasiado evidentes para fijarse con credibilidad en nuestra mente, las imágenes no buscan la belleza estética ni la realización o puesta en escena supera lo rutinario, con una mezcla de actores, como Sonia Braga y Udo Kier, y no actores que, en la desaforada y excesiva performance de los primeros hacen buenos a los amateurs».


    El tono ligero que suele caracterizar el cine de este director, y con el que empieza Bacurau, se va embruteciendo progresivamente y volviéndose violento. En medio de una campaña electoral por la alcaldía, aunque no se diga expresamente, el territorio del pueblo es objeto de deseo económico. El primer paso de la presión para que los habitantes se marchen ha sido privarles de agua mediante la construcción de una presa fuertemente vigilada por gente armada de corte paramilitar, a lo que el pueblo responde con la contratación de cisternas de agua. El segundo es conseguir que el político sea renovado haciéndole aparecer como solucionador de problemas cuando es uno de los responsables corrompido por las multinacionales, y al que el pueblo desprecia (podría señalarse como lo peor de la película en concepción y en realización). El tercero, mantenida la fortaleza de la unión que se autogestiona como un reducto militar y asume tácticas de guerrilla para sobrevivir, es el del exterminio con un grupo de mercenarios sádicos internacionales en connivencia con la administración. No se puede olvidar que el relato, que puede parecer exagerado en cuanto a las consecuencias finales, donde el humor negro se multiplica, viene precedido de una realidad en el continente sudamericano: la del asesinato selectivo de cualquier líder medioambiental que amenaza la rapiña de empresas de explotación forestal, minera o ganadera. Lo que está ocurriendo con una frecuencia, y parálisis persecutoria, obscena en Centroamérica, en Colombia, en Brasil; Mendonça y Dornelles lo llevan al extremo de representarlo como una evolución propia del sistema capitalista, vender la población a un grupo de extranjeros que se divierten compitiendo mediante la caza humana, un elemento que funciona mientras se mantiene la intriga de la amenaza, pero que se desinfla en cuanto entran en escena los mercenarios.

    Aquí no hay científicos locos amantes de la caza como en El malvado Zaroff, y frente a la huida en estampida como solución, el pueblo opta, como la aldea de los galos, por la autodefensa y el ataque reclutando a sus violentos como ayuda. Brasil aparece así como un territorio en guerra, la de los pobres pero honrados contra los ricos desalmados. La palabra no es bastante, ni la razón convence. Al enemigo violento y exterminador Mendonça y Dornelles oponen el mismo remedio. Los pandilleros reinsertados y los desterrados del pueblo han de volver para liderar la resistencia y, en el fondo, reivindicar el origen de las comunidades indígenas a través de un museo en el que se guardan las evidencias gráficas de otras resistencias. Viejas leyendas, viejas tradiciones, vuelven a ponerse en activo como respuesta. Como los vecinos de Obélix, estos bacurenses toman su pócima antes de la batalla, ahora no para volar como una rapaz como ocurría en La selva esmeralda de Boorman, sino para despertar todos los sentidos al estar en juego la propia vida. La intención fabulística de la película y la metáfora política resultan demasiado evidentes para fijarse con credibilidad en nuestra mente, las imágenes no buscan la belleza estética ni la realización o puesta en escena supera lo rutinario, con una mezcla de actores, como Sonia Braga y Udo Kier, y no actores que, en la desaforada y excesiva performance de los primeros hacen buenos a los amateurs. La unión del pueblo, la lucha contra el poder despótico no es suficiente para que la película remonte de un letargo que se desespereza con la violencia extrema, pero al que la gravedad de lo que se cuenta no le acompaña el mínimo de sutileza necesario para sentirlo más cercano y evitar cierto sonrojo ante lo arquetípico de muchos personajes y situaciones. Buenas intenciones, fallido resultado | ★★☆☆☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


    La familia Samuni

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