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    Crítica | ¿Dónde está mi cuerpo?

    Caprichos del destino

    Crítica ★★★★☆ de «¿Dónde está mi cuerpo?», dirigida por Jéremy Clapin.

    Francia 2019. Título original: J'ai perdu mon corps. Dirección: Jérémy Clapin. Guion: Jérémy Clapin, Guillaume Laurant. Productoras: Xilam, Auvergne Rhône-Alpes Cinéma. Música: Dan Levy. Montaje: Benjamin Massoubre. Diseño de producción: Jocelyn Charles, Jérôme Florencie. Producción: Lucie Bolze, Marc Du Pontavice, Camille Wiplier. Reparto (voces): Hakim Faris, Victoire Du Bois, Patrick d'Assumçao, Alfonso Arfi, Hichem Mesbah, Myriam Loucif, Bellamine Abdelmalek. Duración: 81 minutos.

    La puerta del refrigerador de un hospital se agita convulsamente. Algo de dentro quiere salir. Al cuarto golpe, la puerta se abre y salta de la tercera balda una bolsa de plástico con una mano amputada en su interior. Con la agitación caen dos botellas de cristal que se rompen, y el miembro se las ingenia para deshacerse del plástico cortándolo con los trozos de cristal. Como si de un parto se tratase, el miembro emprende su atípica epopeya en busca del resto de su cuerpo. Así nos presenta el francés Jérémy Clapin a la mano de Naoufel, el protagonista de ¿Dónde está mi cuerpo?. El director no quería ambientar la película en la era tecnológica actual. «Quería una época en la que lidiásemos con las cosas de forma más personal de lo que lo hacemos ahora. Hoy la mano hubiese pedido un Uber para reencontrarse con su cuerpo, y claramente no queríamos eso.» Esta premisa se ha respetado al máximo. En ¿Dónde está mi cuerpo? cobra especial relevancia la ambientación temporal —entre los 80 y los 90— porque es evidente que se vivía de otra manera. No existían ni Google ni Whatsapp, así que por fuerza tenías que buscar un teléfono en las páginas amarillas o poner una nota en la puerta de tu habitación. Asentar estas acciones en lo manual (nunca mejor dicho) contribuye a la naturaleza propia de la película, sitúa en unas circunstancias muy concretas a un personaje tan atípico como una mano recorriendo París por los tejados.

    ¿Dónde está mi cuerpo? destaca en un magnífico trabajo de los ambientes sonoros. Lo primero que se escucha es el zumbido de una mosca, que va a estar presente durante el resto de la película como principal leitmotiv de lo inalcanzable. Un zumbido nada común, pues cuando agita las alas se escucha el sonido metálico de una máquina. Contradictorio pero brillante. Los primeros fotogramas de la película presagian una desgracia, y justo antes del primer flashback vemos cómo la mosca, antes de echar a volar, se posa en la mejilla de Naoufel. Vacilante, socarrona, como si en cualquier momento pudiera gritar con una voz distorsionada: «Ja, he ganado». Son estos detalles los que nos meten en la película desde el principio, pues la contradicción acciona una palanca en nuestra cabeza que nos captura. Estos detalles dotan de personalidad a una cinta que sabe establecer su propio tono y códigos. Uno de estos códigos que Clapin mantiene tan bien es la grabadora de Naoufel. Unido al sonido, este gadget del protagonista actuará como principal nexo con su pasado, un pasado que actúa generalmente de obstáculo pero que al final será crucial para avanzar. Son muchas las preguntas que genera el aparato conforme avanza la trama, pero en último término todo se limita a unir las piezas (en este caso las partes del cuerpo) para entender por qué el sonido es tan significante dentro del universo de la película.

    ▼ ¿Dónde está mi cuerpo?, Jéremy Clapin.
    Tres líneas temporales.

    «¿Dónde está mi cuerpo? versa sobre la recuperación de una identidad que fue usurpada por los caprichos de la vida, una vida que puede asestar cualquier revés y que es tan volátil como el vuelo de una mosca que se empeña en no dejarse atrapar».


    ¿Dónde está mi cuerpo? es una rareza que podría haber firmado Buñuel en su día. Ahí están el miembro amputado como protagonista absoluto, una cabeza de paloma desnucada y la mano repleta de hormigas, que Clapin toma prestadas de Un perro andaluz o Las Hurdes. La película combina hasta tres líneas temporales, con el riesgo que conlleva de perder a su espectador. Solo comenzamos a entender la historia de Naoufel en su segunda mitad. Hasta ese momento se alterna entre la historia de la mano, la del protagonista y flashbacks (en blanco y negro) de su infancia. La alternancia funciona. Conocemos al protagonista, dónde vive y en qué trabaja. Hasta este punto Clapin retrata una vida de sueños frustrados y pasiones reprimidas, una visión bastante pesimista que va a virar, paradójicamente, durante su trabajo: repartir pizzas. Gabrielle es introducida de una manera que hoy también sería impensable. Tras una colisión con la moto y una noche lluviosa, el repartidor llega al piso con cuarenta minutos de retraso. Después de una conversación por el interfono y una cancela caprichosa que no quiere abrirse, el repartidor decide no entregar la pizza por los daños sufridos en el trayecto. Cuando Naoufel toma la decisión de comérsela y Gabrielle lo escucha todo, llega el siguiente diálogo:

    —Cuando mira al frente, ¿qué es lo que ve?
    —Nada vertical, solo el horizonte.
    —Es relajante estar aislada del mundo así.

    En esta conversación se concentra toda la esencia de ambos personajes, y desde ese momento sabemos que Naoufel va a hacer lo que haga falta por estar al lado de Gabrielle. Hoy habríamos averiguado su Instagram en media horita, y al momento le habríamos escrito un mensaje. Sin embargo, Clapin ya lo deja muy claro, las cosas no tienen que ser tan fáciles. Es en esa búsqueda cuando Naoufel comienza a crecer y cuando queda patente el paralelismo con su propia mano. Ambos añoran estar completos alcanzando una libertad que se les fue negada en su momento, y que el director se encarga de marcar a fuego en la historia. Al fin y al cabo ¿Dónde está mi cuerpo? versa sobre la recuperación de una identidad que fue usurpada por los caprichos de la vida, una vida que puede asestar cualquier revés y que es tan volátil como el vuelo de una mosca que se empeña en no dejarse atrapar. | ★★★★☆


    Javier del Río |
    © Revista EAM / Pamplona



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