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    Crítica | La luz de mi vida

    Cuentos

    Crítica ★★★★☆ de «La luz de mi vida», de Casey Affleck.

    Estados Unidos, 2019. Título original: Light of my Life. Director: Casey Affleck. Guion: Casey Affleck. Productores: Saban Films y Black Bear Pictures (Michael Heimler, Whitaker Lader, Geoff Linville, John Powers Middleton, Geoffrey Quan y Teddy Schwarzman, Ben Stillman). Fotografía: Adam Arkapaw. Música: Daniel Hart. Montaje: Dody Dorn y Christopher Tellefsen. Reparto: Casey Affleck, Anna Pniowsky, Tom Bower, Elisabeth Moss, Hrothgar Mathews, Timothy Webber, Patrick Keating, Monk Serrell Freed, Lloyd Cunnington. 119 min.

    A la hora de contar historias, la imaginación permite tanto crearlas de cero como reinventarlas de maneras sorprendentes. En muchos casos, estas modificaciones pueden capturar la esencia del narrador, por mucho que este se esfuerce en camuflarlo. La primera escena de Light of My Life, segundo largometraje de Casey Affleck, es un buen ejemplo de ello. Aquí, el director –quien interpreta uno de los roles protagonistas– ofrece una original versión sobre una escena tan cotidiana como la de un padre contándole un cuento a su hija antes de ir a dormir. En una toma sin apenas cortes, en la que predomina el plano cenital, vemos cómo su personaje inventa un spin-off de la historia del Arca de Noé, protagonizada por dos zorros –Goldie y Art–, presentándolos como los verdaderos héroes. Cuando empieza a contar la historia, hay cierta tensión con su hija Rag –a la que da vida Anna Pniowsky–, pues no quiere que esta trate sobre ella, como su padre suele hacer. Y, aunque él –un personaje sin nombre– lo niegue, poco a poco se descubre que no solo ella es el centro del relato, sino que él también se ve representado en él.

    Esta idea, tan presente en el comienzo, es una constante durante toda la película. Partiendo de un argumento no muy original –las comparaciones con The Road son inevitables–, Affleck introduce en la cinta una temática arriesgada, quizá por un deseo de reescribir un cuento que ya se ha contado antes. La trama se sitúa en un mundo post-apocalíptico en el que un virus ha acabado con casi todas las mujeres, dejando solo unas pocas supervivientes. Una de ellas es Rag, que, obligada a vestirse como un chico por motivos tristemente comprensibles para el público, nunca ha tenido ningún modelo femenino más allá de lo que lee en sus libros y lo que le cuenta su padre acerca de su madre. Sin embargo, es precisamente su feminidad lo que le permite salvar a su padre, algo muy explícito en la escena final. Ella es la luz de su vida, aunque el título, muy cursi, no se corresponda en absoluto con el tono de la película. De esta manera, el cineasta toma el significado de este símbolo y lo pone al servicio del tema central: ensalzar la figura de la mujer. Este recurso se lleva a cabo tanto en el fondo como en la forma, pues, precisamente la luz es uno de los aspectos estéticos más llamativos del filme. El tratamiento que hace de esta el director de fotografía, Adam Arkapaw, deja muy claro la importancia de los contrastes en la obra. Aunque los entornos sean oscuros, en la mayoría de los planos existe una fuente de luz, a veces única, que capta la atención del espectador: una ventana, una vela, una linterna… Así, la luz actúa como reflejo de la esperanza del protagonista, muy presente en las escenas más positivas –como en el inicio, en el que la linterna ilumina la tienda de campaña en medio de la oscuridad del bosque– y completamente ausente en las más pesimistas –como la pelea final entre el personaje de Affleck y los hombres que vienen a llevarse a su hija. Esta idea se muestra en su máxima expresión en el plano final: el rostro sereno de la niña, completamente iluminado por la luz de la ventana, contrasta con la oscuridad de la figura de su padre, a la que la misma fuente de luz ejerce como contra. De este modo, la propuesta estética confluye con el planteamiento narrativo que Affleck pretende transmitir.

    Light of my Life, Casey Affleck.
    Tras su paso por Perlas del Festival de San Sebastián la estrena en España BTeam Pictures.

    «Los espacios dicen tanto como los personajes que los transitan: su indigencia es un reflejo de las desgracias de sus habitantes. Evidentemente, esta aspereza y desolación queda retratada en la interpretación de ambos protagonistas».


    Además del acertado uso de la luz, cabe señalar otro aspecto que nos conduce hacia el cogollo del filme: la puesta en escena. Predominan tanto la naturaleza muerta como los lugares abandonados, metáfora perfecta de un mundo sin mujeres: desamparado, yermo, sin ningún atisbo de fertilidad. Los parajes nevados tan presentes en la película no solo sirven a este propósito, sino que también aporta mucha luz a cada plano. Los espacios dicen tanto como los personajes que los transitan: su indigencia es un reflejo de las desgracias de sus habitantes. Evidentemente, esta aspereza y desolación queda retratada en la interpretación de ambos protagonistas. Por un lado, –destacando también el trabajo de dirección– la sólida interpretación de Pniowski –– que, pese a su corta edad, muestra una madurez que en varias ocasiones supera a la de su padre en la ficción. A este respecto, Affleck desempeña un papel verdaderamente creíble. Frente a la frialdad de ella, él se muestra humano –y, por tanto, débil–, despertando la empatía del espectador en escenas tan crudas como aquella en la que reconoce, por primera vez y ante un extraño, que ese chico de pelo corto es en realidad su hija. La fragilidad del personaje queda reflejada hasta en su nombre –o la falta de este–: mientras él “no es nadie”, su hija tiene hasta tres identidades: su nombre real, su apodo y su tapadera. Y así, se va entrelazando en la historia una tensión constante por ver “quién salva a quién”. Aunque en el caso de Light of My Life, quien lleva el peso del relato es el padre, es ella –como Goldie en la historia del arca, ahora reinterpretada por la pequeña– la verdadera clave para que se dé un final feliz. A lo largo de la película, somos testigos de un traspaso de poder entre padre e hija. Solo cuando ella toma parte activa en la acción, cuando deja de estar en la sombra, es cuando se establece un verdadero equilibrio. Las historias siempre tienen un narrador, pero eso no quiere decir que sus oyentes no tengan nada que decir | ★★★★☆


    Carmina Martínez Martínez |
    © Revista EAM / Madrid


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