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    Crítica | Saturday Fiction

    Juego de espías

    Crítica ★★★☆☆ de «Saturday Fiction, 蘭心大劇院», de Lou Ye.

    China, 2019. Título original: «Lan Xin Da Ju Yuan | 蘭心大劇院». Director: Lou Ye. Guion: Ma Yingli. Productoras: Yingfilms (Ma Yingli), Qianyi Times, Lou Ye, Bai An Films, Tianyi Movie & Tv. Dirección de fotografía: Zeng Jian. Montaje: Lou Ye, Feng Shan Yulin. Diseño de producción: Zhong Cheng. Diseño de sonido: Fu Khang. Vestuario: Linlin May. Intérpretes: Gong Li, Mark Chao, Joe Odagiri, Pascal Greggory, Tom Wlaschiha, Huang Xiangli. Duración: 126 minutos.

    Shanghái, 1937, la «Isla solitaria», recientemente ocupada por los japoneses. En un café, una chica espera, fumando. Al son de la banda de jazz que anima el ambiente del local, entra Tan Na (Mark Chao) y se sienta en la silla vacía al lado de ella. Hablan sobre una supuesta huelga de trabajadores, cuando el mismo Tan para la acción: él, director de teatro, entra y sale de escena algunas veces más, hasta lograr, con el repetitivo ciclo, confundir la escena teatral de lo que no lo es («la vida real» me parece un término un tanto absurdo para usar en el cine de Lou Ye), poniendo en peligro –o meta-peligro– a los dos personajes. Así es que, en menos de cinco minutos y un solo set, el director ya ha establecido la lógica que articulará la narración durante todo el tiempo de la película.

    Diciembre de 1941. La mujer del bar es, de hecho, la famosa actriz Jean Yu (Gong Li), que vuelve a Shanghái para protagonizar la nueva obra de teatro de Tan, de nombre Saturday Fiction. Entre una turba de paparazzis, Jean llega a su hotel, donde la recibirá el mánager del lugar, Saul Speyer (Tom Wlaschiha), quien pronto se descubre como un espía enviado por las fuerzas aliadas. Sin embargo, la misión real de Jean no queda nunca clara: ¿ha vuelto a la urbe a rescatar a su marido, retenido por los japoneses? ¿A ejercer de agente para los Aliados? ¿A trabajar socavando información para su padre adoptivo, el agente doble Frédéric (Pascal Greggory)? ¿O quizás a recoger a su ex-amante Tan para huir al extranjero? Son muchas preguntas para una trama que apenas en su primera hora introduce un puñado de personajes más: Bai Mei (Huang Xiangli), aspirante a actriz y Mata Hari a media jornada; Mo Zhiyin (Wang Chuanjun), sospechoso productor de la obra de Tan; e incluso a japoneses como el especialista en código Saburo (Joe Odagiri). Todos ellos tendrán algo que decir en sus respectivos papeles de espías, a veces como agentes dobles, otras como poseedores de información trascendental acerca de la táctica militar del Japón prePearl Harbour. Así, es sencillo perderse en la maraña de tramas y subtramas que entre las paredes del teatro, del hotel y de la delegación francesa tienen lugar, con una primera hora de estupefacción constante ante los inacabables giros de un guion que no duda en virar innumerables ocasiones, en introducir elementos de duda nuevos junto con cada pequeña verdad que logramos retener.

    No es de extrañar: nos encontramos delante de una historia de Lou Ye, quien en 2000 firmó aquel melodrama hitchcockiano a la Sexta Generación, Suzhou River, para después transformar su carrera en un seguido de meandros por las formas más audaces del cine chino contemporáneo, tanto visual como narrativamente. Con él, Gong Li, uno de los iconos más representativos de la Generación anterior, descubierta por Zhang Yimou en esa ya lejana Sorgo rojo (1987) y que después tendría su consagración definitiva con la Palma de Oro por su papel en Adiós a mi concubina (1993). Una de las grandes damas del cine chino, de corte frío y elegante, una novela de culto –Muerte en Shanghái, de Hong Ying– y un director que ha renovado sus formas en innumerables ocasiones, con algún que otro éxito en el mundo del art-house; ante ellos, un género plenamente maduro (el del espionaje, con sus lugares ya muy comunes) y un contexto histórico relativamente conocido –la ocupación durante la segunda guerra sinojaponesa–. Con todos estos elementos, parece sencillo orquestar un buen melodrama al uso, portentoso hijo chino de Casablanca, o un thriller de enredo donde todo al final quede bien explicado, incluido el tranquilizador cartel de «basado en hechos reales».

    «Para Lou Ye, la ambigüedad es mucho más atractiva que cualquier respuesta cerrada, conclusiva. La suya es, en el fondo, una anti-trama que le deja espacio para recrearse en el puro vaivén entre realidad y metarealidad (o ficción y meta-ficción, si así se le quiere llamar) que inauguraba en Suzhou River y que, por su naturaleza potencialmente falsa (ficticia), puede incluso a conectar dos tiempos diferentes».


    Pero cuando el cartel que nos asegura la historicidad del telón de fondo cae, al final de la película, ni nos conforta ni sirve, de forma alguna, para explicar qué ha pasado entremedias; Lou Ye es un creador netamente posmoderno, que no duda en jugar con los hechos que narra, independientemente de la gravedad que estos conlleven –me atrevería a decir que, cuanto más serio sea lo que narra, más va a difuminar su relato–. Un auténtico fabulador «en tiempos de fake news» (fantástica expresión ya consagrada en nuestro paquete de cinéfilos 1.0), aunque para hablar en estos términos, primero tendría que haber un interés por parte del realizador de esclarecer una verdad de la que partir y, en Saturday Fiction, resulta evidente que no lo hay. En su lugar, puro recreo: con los personajes, como el de Jean Yu, quien no es solo una agente doble, sino que trabaja a tres e incluso cuatro bandas (¡!), y con la misma historia –ese telón de fondo inmutable que tantos biopics y épicas ha condicionado–, aquí convertida en algo contingente, incluso infantil, pues la clave para entender el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial se encuentra en un mísero juego de palabras en clave (Hitchcock, siempre presente).

    Si el mover ficha para Ye es más importante que el desarrollo de su particular partida, el plato fuerte de su película será ese tránsito entre potencias de lo falso –jugosa idea deleuziana, que hace referencia a un estatuto de la narración que desentroniza la forma de «lo verdadero» en pos de presentes incomposibles o pasados falsos–, estando estas encarnadas en todos aquellos que juegan con su propia identidad y que, por lo tanto, en última instancia, están vacíos de toda entidad «real». Jean Yu, actriz, porta la antorcha en este sentido; ella es una femme fatale, atributos sin núcleo duro cuya identidad se irá tamizando por las vistas que de ella tienen los personajes que la rodean: será una peligrosa espía para los japoneses, una esposa entregada para sus fans, un referente al estilo de Eva al desnudo para Bai Mei, un doble fantasmal de su mujer para Saburo –todo ello a la vez y sin exclusión.

    Para Lou Ye, la ambigüedad es mucho más atractiva que cualquier respuesta cerrada, conclusiva. La suya es, en el fondo, una anti-trama que le deja espacio para recrearse en el puro vaivén entre realidad y metarealidad (o ficción y meta-ficción, si así se le quiere llamar) que inauguraba en Suzhou River y que, por su naturaleza potencialmente falsa (ficticia), puede incluso a conectar dos tiempos diferentes. Así, de la obra que con su compañía Tan prepara, solo asistimos a un pequeño fragmento –la escena del baile–, que no comunica ni temática ni narrativamente con lo que fuera del teatro está sucediendo, pero a la vez nos traslada a un momento y a un espacio que sí existen al bajar del escenario (el Shipyard Bar, año 1937). Como si, de alguna forma, la representación ya funcionara como flashback, solo que elevado a la categoría de obra-dentro-de-la-obra. Se explicaría de esta forma por qué en el muelle hay un doble perfecto del bar de la función, por qué Tan y Jean son amantes ficticios y reales a la vez, y por qué el cold open acaba como acaba sin tener repercusión alguna sobre el resto de la trama, totalmente interconectada. Ese es solo uno de los espacios intermedios que la cinta Saturday Fiction, más sugerente aún se ve desde una perspectiva metatextual, explota para nuestro embrollo/deleite mental.

    El otro gran gesto punk corre en la pista de la puesta en escena, con su cámara al hombro y sus maneras a lo Peter Watkins en su La Comune, 1871, reafirmando la voluntad del realizador chino a escapar de lo firme y acartonado de la épica de época. Con la «Fiction» del Saturday, Ye ataca muy directamente a la imagen «basada en hechos reales» y su generalmente polvoriento diseño de producción, tan realista como sombrío (aquí, mi crítica del absoluto tedio polanskiano, presentado también en Venecia), que solo sabe hablar en plano-contraplano y que aburre por su propia veracidad y pretendida trascendencia. Las Cosas Importantes no tendrán cabida en su película, que no tiene reparos en apartar la Wikipedia y elaborar la estética histórica en otras dimensiones. Para ello, hará uso de las imágenes que los géneros menos «realistas» han ido gestando en su seno: los hombres serios con lentes oscuras y gabardinas del cine negro; los gestos melodramáticos, como una lágrima en plano detalle, una fotografía como objeto desencadenante o la misma afectación con la que Jean sostiene una pistola; incluso, tiroteos en la más pura esencia Hard Boiled y un final abierto cuyo género no llegamos a adivinar. Al final, todo es jugar por jugar | ★★★☆☆


    Mariona Borrull |
    © Revista EAM / Mostra de Venecia


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