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    Crítica | Ad Astra

    Ver para creer

    Crítica ★★★★☆ de Ad Astra de James Gray

    Estados Unidos, 2019. Título original: Ad Astra. Director: James Gray. Guion: Ethan Gross, James Gray. Productores: Plan B (Brad Pitt, Jeremy Kleiner, Dede Gardner), Keep Your Head Productions (James Gray, Anthony Katagas), RT Features (Rodrigo Teixeira), New Regency Productions (Arnon Milchan), Bona Film Group, MadRiver Pictures. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Max Richter. Montaje: John Axelrad, Ace y Lee Haugen. Reparto: Brad Pitt, Tommy Lee Jones, Ruth Negga, Liv Tyler, Donald Sutherland. 124 min.

    No hace tanto tiempo que James Gray abandonó las calles de Brooklyn para embarcarse en su primer viaje épico hacia lo desconocido. Tras presentar hace ya tres años La ciudad perdida de Z, ahora, Gray vuelve para dirigir, coescribir y coproducir –entre otros, con Brad Pitt, también en el rol protagónico– una historia trenzada entre lo épico y lo existencial, esta vez, en el vacío del espacio exterior. Cuando un poderoso rayo de energía venido de Plutón causa estragos por todas las centrales eléctricas de la Tierra, el mayor Roy McBride (Pitt), reconocido astronauta, es enviado en una misión altamente confidencial: localizar a su padre, quien supuestamente desapareció hace muchos años en el lejano enano azul, y descubrir qué relación tiene con el fulgor que amenaza con acabar con la humanidad. Sin embargo, el tambaleo emocional que experimenta McBride cada vez que se acerca a la figura de su padre pone en su contra al gobierno, que para nada necesita un enviado con daddy issues al cargo del futuro del planeta.

    Ahí entra el guion de James Gray y Ethan Gross, que se desenvuelve con facilidad en el avance de la trama, a pesar de algún que otro atajo (como la estancia de McBride en Marte) y desvío sin repercusión alguna (el rescate de la nave Vesta). A nivel narrativo, no hay diferencia radical alguna respecto a su última película, con la que parece resonar de forma mucho más próxima que con el resto de su filmografía: queda en el corazón de la historia una relación entre padre e hijo que es turbulenta porque se basa en una ausencia, cubierta a duras penas por el imaginario heroico proyectado sobre la figura paterna. Una imagen creada tanto por el Gobierno como por el propio hijo, quien, a falta de conocer a su padre, intenta encarnar las acciones que hicieron del McBride sénior un héroe. Su emulación no queda corta pues, como él, lo deja todo (su pareja y moral) de lado para embarcarse hacia lo desconocido. Siempre «con un ojo en la salida». El tema del viaje como vía de escape, efectivamente, también nos traslada a su última película, con la que también comparte la imperiosa necesidad de poner en imágenes, de traer a casa (a lo visible) lo desconocido: en este caso, la ciudad de Z es remplazada por un padre perdido (a quien da vida Tommy Lee Jones). La cinta, que empieza con un halo de luz con una forma que recordaría una óptica de cine, al fin y al cabo empieza con un viaje épico en busca de aquello que sigue oculto a nuestros ojos (la vida extraterrestre), a pesar de que sí, efectivamente, conocemos su existencia a través de la ecuación de Drake.

    Ver, y por lo tanto conocer, es una forma de concretar en lo tangible un viaje interior hacia la redención de Roy McBride: con su novia (Liv Tyler), con su padre y, al final, consigo mismo. Porque, más allá de los infortunios (las «Per Aspera» del latinajo epónimo), el mayor obstáculo de astronauta no es la dificultad de desenvolverse en el espacio exterior –de hecho, el personaje se acerca en muchas ocasiones al terreno del Gary Stu– sino la barrera mental que ha construido para protegerse del dolor que supone la pérdida de contacto con sus prójimos. Así es que el personaje de Pitt, definitivamente ideado de cara al lucimiento –notorio– del actor en la temporada de premios, esté constantemente intentando «sentir algo» para dejar de ser una réplica espacial de la «Fitter, Happier» de Radiohead. No arruina nada descubrir que, efectivamente, las distracciones del Roy McBride del principio de la película han cambiado completamente al final de su viaje. Subrayado por la propia voz del actor explicando, en un tanto evidente monólogo interior, qué es lo que piensa de todo lo que hace, con el silencio inherente del espacio exterior como escenario perfecto para el mensaje humanista que la cinta de Gray no para de formular. Humanista y familiar, por otro lado: mientras que McBride padre está obcecado con encontrar alguna pista sobre vida extraterrestre –una suerte de Dios para la ciencia moderna–, su hijo viaja hasta los confines del mundo conocido para por fin acabar con la distancia que lo separa de él, y del afecto en general. El relato de este viaje sanador es efectivo y con un despliegue de pathos casi descarado, pero los viajes espaciales ya han disfrutado de muy buenos referentes anteriores con alta carga sentimental (Solaris, High Life y hasta videojuegos tan recientes como Tacoma) como para que no se caiga en una cierta sensación de déjà vu.

    «Gray se mueve de maravilla en un tiempo en que predomina la voluntad de hacer del cine en salas un espectáculo inimitable desde la pantalla de nuestro salón. Tanto por su uso del gran plano general, compuesto con elegancia y voluntad empequeñecedora, como por su reciente introducción a una primera persona, es muy fácil reconocer una imagen estrictamente contemporánea en el estilo visual del director neoyorquino».


    Lo cual no quita la inteligencia de Gray a la hora de plantear su puesta en escena, de cuya fotografía se encarga Hoyte van Hoytema (también detrás de la fotografía de Interstellar). El realizador es un experto en construir auténticas óperas, creadas a partir de bellas setpieces, diseñadas desde la óptica formalista de un clasicismo sin reparos para elevar nuestro estado de ánimo y conectarnos con la emoción que predomina en cada escena. Una emoción expresa –cantada, en el símil operístico– que, no obstante, suele esconder una gruesa capa de subtexto. Así es que, por ejemplo, en la citada La ciudad perdida de Z Gray aprovechase para abarcar temas de especial relevancia para la época en que se desarrollaba la acción y aún en portadas hoy en día: el despotismo racial, la corrupción en la supuesta meritocracia del ejército, el colonialismo, la subordinación de la mujer... Unas reflexiones que no dejan de encontrar su equivalente en Ad Astra. El padre de McBride, sin ir más lejos, es un individuo tan idealista y cegado por la búsqueda de una verdad cuasi religiosa que no duda en sacrificarlo todo para conseguir lo que quiere. Aunque no se ponga en palabras en ningún momento de la película, este individuo resuena de forma con la imagen que podemos tener de un terrorista, ante los métodos del cual las acciones del Gobierno de los EE.UU. no quedan cortas: ahí sigue la etiqueta de «a toda costa», el uso de armas nucleares como posible forma de «mediación» con el padre y la adoración de un ídolo falso. Todo esto, claro, en nombre de un progreso no necesariamente deseable.

    Al final, todas estas son ideas que ahí están pero nunca acaban de hallar su referente en la imagen, que es la que tendría que tener mayor importancia en el discurso narrativo. Así que permítanme concluir con algo que sí se encuentra dentro de plano: la espectacularidad de la acción de la película, que tiene momentos visuales de una pulcritud asombrosa (véase la caída de la torre al principio del filme) y, queriendo o no, posiciona la cinta en un debate de actualidad rigurosa. En un momento en que cada vez más títulos están reivindicando su espíritu «cinemático» y de autor (lo comentaba Carlos Losilla en un maravilloso texto en Sensacine acerca de La casa de Jack), James Gray aparece como un autor más en boga que nunca con la imagen que el cine comercial quiere lucir hoy en día. Gray, en este sentido, se mueve de maravilla en un tiempo en que predomina la voluntad de hacer del cine en salas un espectáculo inimitable desde la pantalla de nuestro salón. Tanto por su uso del gran plano general, compuesto con elegancia y voluntad empequeñecedora, como por su reciente introducción a una primera persona con concomitancias con Al filo del mañana (Doug Liman, 2014), es muy fácil reconocer una imagen estrictamente contemporánea en el estilo visual del director neoyorquino. Es por eso que, a pesar de las imperfecciones que pueblan su última obra, resulta tremendamente excitante sumergirse en esta epopeya que aúna grandilocuencia y minimalismo y que ratifica a Gray como uno de los grandes autores del cine norteamericano contemporáneo. | ★★★★☆


    Mariona Borrull
    © Revista EAM / Mostra de Venecia


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