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    Entrevista: Nobuhiro Suwa


    ENTREVISTA A NOBUHIRO SUWA
    65ª edición del Festival de San Sebastián.
    Texto: Miguel Muñoz Garnica. Imágenes: Rubén Seca.

    Si tuviéramos que escoger a un guardián de las esencias de la Nouvelle Vague, Jean-Pierre Léaud sería un excelente candidato. El cine le vio crecer a caballo entre François Truffaut y Jean-Luc Godard, elevado por el primero a nivel de icono con su serie de películas sobre Antoine Doinel, cuyo rostro preadolescente en Los 400 golpes tiene la categoría de leyenda del cine. Ya en su madurez, le hemos visto prestándose a ser dirigido por directores tan afines a la esencia creativa de la nueva ola francesa como Aki Kaurismaki, Philippe Garrel, Raúl Ruiz, Tsai Ming-liang o Albert Serra. Ahora, Nobuhiro Suwa se une a esta hermosa estela de continuidad. Léaud protagoniza El león duerme esta noche (2017), el primer largo de Suwa tras ocho largos años de silencio desde Yuki & Nina (2009). El marcado «afrancesamiento» de Suwa hacía este tándem creativo casi inevitable. Su trilogía (no oficial) de las relaciones de pareja, compuesta por 2/Duo (1997), M/Other (1999) y Un couple parfait (2005) acabó, muy consecuentemente, con la última rodada y hablada en francés. Acercamientos, extrañados a la vez que naturalistas, al mundo de la pareja un tropo tan del gusto de la Nouvelle Vague que explicitaba el parentesco del nipón. También lo hizo H Story (2001), metaficción sobre el intento de rodar un remake de Hiroshima mon amour, que, puesta en abismo sobre puesta en abismo mediante, amplió sus filiaciones a los complejos cruces intertextuales típicos de Alain Resnais. Mientras que las altas dosis de improvisación y libertad en el rodaje con las que siempre ha trabajado le han permitido huir de todo atisbo de gravedad, de todo posible conato de cine de significados cerrados. El león duerme esta noche reúne todos estos ingredientes y suma a la fórmula la presencia del tótem Léaud. Nos centramos, en la breve conversación que pudimos mantener con Suwa en el festival de San Sebastián, en desentrañar cómo funcionó el proceso creativo a cuatro manos entre estos dos grandes del cine.

    ¿Cuál fue el germen de El león duerme esta noche?
    Surgió en 2012, cuando conocí a Jean-Pierre Léaud en un festival de cine en Francia. Hicieron una retrospectiva tanto de sus películas como de las mías. Yo fui allí emocionado por la posibilidad de que nos conociéramos. Luego me enteré de que él había pedido copias de mis películas para verlas. Resultó que le gustaron, empezamos a hablar, nos caímos bien y cogimos confianza fácilmente. Recuerdo que en la primera conversación que tuvimos yo le canté un par de líneas de «Allô... tu m'entends?», la canción que él cantaba en Week-end de Godard, y al momento se me unió. La cantamos juntos, y de ahí ya salió una escena de la película en la que él la canta y baila junto al personaje de Juliette (Pauline Ettiene). Enseguida nos dimos cuenta de que estábamos en buena situación para hacer algo juntos, y nos pusimos a pensar en ello.

    ¿Con qué ideas de partida trabajaron?
    En varios viajes míos a París, y alguno de Jean-Pierre a Tokio, empezamos a hablar de posibilidades para hacer una película. Una de las primeras cosas que definimos fue el título. En una de estas conversaciones, le pedí a Jean-Pierre que me cantara alguna canción que le gustara, porque me parecía interesante que una de las primeras cosas que definieran la película fueran canciones. Jean-Pierre se puso a cantar de pronto en francés: «Dans la jungle, terrible jungle…». Yo conocía la canción [«The Lion Sleeps Tonight»], claro, pero la forma de cantarla de Jean-Pierre era tan lenta y tan extraña que no reconocí la melodía. Cuando poco después me di cuenta, decidí que iba a ser el título y que la canción aparecería de algún modo.

    ¿También ahí surgió la idea de la aparición del león en varios planos?
    Sí, fue igual de caprichoso, por decirlo así. Ya que teníamos al león en el título y la canción, ¿por qué no filmar a un león de verdad? La primera intención fue traer a un león al rodaje, de hecho, pero era demasiado difícil y tuvimos que digitalizarlo. En cualquier caso, antes de definir el resto de la película ya sabíamos que el león aparecería por partida triple, en el título, en la canción y en los planos. Desde luego, no lo introduje buscando expresar una simbología concreta. Para mí puede sugerir varias ideas, y creo que es bonito que para los espectadores también.

    ¿Cómo surgió la intervención de los niños en la película?
    Fue más o menos a la vez. Mientras seguía hablando con Jean-Pierre, estuve trabajando en talleres de creación con niños de entre seis y doce años. Les pedíamos que en unos tres días rodaran una película, les dábamos todos los medios necesarios, y luego organizábamos una proyección. La experiencia me pareció estimulante, y decidí que quería que eso apareciera en mi propia película. Es decir, no niños que actuaran, sino niños que fueran los protagonistas haciendo ellos mismos cine dentro del cine.



    ¿Cuánto hubo de improvisación en el rodaje?
    Rodamos de dos maneras. En las escenas con los niños, lo dejé prácticamente todo abierto a la improvisación. No había ningún guion escrito más allá de un marco argumental mínimo, quise que actuaran con libertad. Lo mismo para Jean-Pierre, que en sus escenas con los niños también improvisó. Por otra parte, en las escenas de Jean-Pierre y el fantasma de Juliette (Pauline Ettiene) sí que teníamos diálogos escritos. Pero no los escribí yo ni Jean-Pierre.

    ¿Entonces?
    Podemos decir que ese guion lo escribió su padre.

    ¿Cómo?
    Jean-Pierre me contó que su padre era escritor de obras de teatro y su madre actriz, y que los recuerda cuando él era un niño peleándose en casa a menudo por diferencias artísticas. Hubo una vez que fue a ver al teatro una obra de su padre en la que la pareja protagonista, al igual que ellos, discutía continuamente. A Jean-Pierre le llamó tanto la atención esta obra que, pese a los más de cincuenta años que han pasado, sigue recordando los diálogos casi por completo. Me los recitó, y hay partes que me resultaron muy poéticas, como esa frase que dice él en la película, «el mar no sabe nada, el mar se queda en la ignorancia». Así que le pedí que buscara el original escrito y, tras adaptarlo un poco, lo incorporamos a la película. Pero digamos que el 90% de su contenido es tal cual lo que escribió el padre de Jean-Pierre.

    ¿Qué le resulta interesante de filmar con niños?
    Desde un punto de vista cinematográfico, creo que hay dos cosas que los hacen muy interesantes. Una, que su mundo es muy diferente al de los mayores. Ignoramos por completo cómo funcionan en su propia esfera, y esa ignorancia de alguna manera me parece muy estimulante. La otra, que los niños son capaces de romper nuestros paradigmas adultos, de destruir nuestras ideas preconcebidas sobre lo que se supone que es el mundo. Tienen una capacidad única para obligarnos a cambiar nuestros paradigmas de la realidad.

    ¿Hay una línea de continuidad con su anterior largo, Yuki & Nina, donde también había un protagonismo infantil?
    Creo que en El león duerme esta noche la simbiosis con la creatividad de los niños y con esa forma que tienen de romper paradigmas es mayor. Es verdad que en las dos he trabajado con niños y en ambos casos dejándoles improvisar. Pero la diferencia es que las actrices que hacían de Yuki y Nina sí eran profesionales, y aquí hay una relación distinta entre ellos y yo. Porque lo que hice simplemente fue darles el encargo de rodar una película para mi película. No quería que representaran un papel, sino que en cierto modo colaboráramos en el proceso creativo.

    ¿Con qué grado de libertad crearon ellos su propia película? Porque tanto usted como los niños ruedan una historia de fantasmas, por ejemplo.
    Bueno, esa idea de base sí se la di yo. Pero luego ellos desarrollaron su historia como quisieron. Por ejemplo, para su final vemos que deciden que Jean-Pierre se convierta en Charlie, el perrito de la niña que aparece en la película. Yo fui a hablar con Jean-Pierre con un poco de miedo, porque no sabía qué tal le iba a sentar que decidieran convertirle en perro. Y al acabar de decírselo, su única respuesta fue ponerse a ladrar. [Risas]. La relación que se creó entre Jean-Pierre y los niños fue maravillosa. Acabaron teniendo tanta confianza que incluso les dejaba que se metieran con él. Le llamaban «abuelo», o «viejecito».

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