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    Crítica | Moonlight

    Moonlight

    Brotherhood

    crítica ★★★★★ de Moonlight (Barry Jenkins, Estados Unidos, 2016).

    El cine sobre poblaciones marginales de afroamericanos tiende a albergar un inevitable carácter doctrinal, alentado por la urgencia de una denuncia perentoria acerca de la constante amenaza que recae sobre el orden social, donde la distribución jerárquica del poder siempre está sujeta a la imposición totalitaria de la violencia mediante la implacable lucha territorial entre bandas callejeras, o las reprensibles acciones criminales que se toleran como medidas extraordinarias de contención: la exclusión, la brutalidad policial o el desamparo educacional. Siguiendo una tradición cultural preocupada por el porvenir de las nuevas generaciones de jóvenes suburbanos, Moonlight erige una correlación entre la inconveniente existencia de una sociedad amenazada por el delito y la postergación, y la influencia del gueto en su rol de espacio subyugante, un entorno de hacinamiento de minorías situado, paradójicamente, en un estado que asociamos al lujo y al excelente nivel de vida: Miami. Para tratar el trascendental tema de la supervivencia adaptativa, Barry Jenkins recurre a uno de los criterios más significativos para el posicionamiento del individuo en el escalafón colectivo: la masculinidad. Sin embargo, y aquí es donde reside la genialidad de la película, lo hace de una forma absolutamente novedosa, derribando los prejuicios y los clichés fundamentales asumidos por la influencia de décadas de constantes representaciones idiosincráticas basadas en el binomio notoriedad-virilidad. Pese a que la cinta muestra la secuencia evolutiva lógica en los barrios marginales de afroamericanos, con la altísima tasa de abandono escolar y las grandes posibilidades de que estos jóvenes terminen en prisión, en el mundo del narcotráfico, o muertos, lo verdaderamente trasgresor es la estrategia para llevarlo a cabo, ya que rompe con todos los convencionalismos asociados a este proceso.

    Little, Chiron y Black, tres actores diferentes representando el desarrollo de una misma persona en las principales etapas de la construcción de su identidad. Y aquí llegamos a otro de los conceptos clave, el conflicto de la identidad como una constante lucha introspectiva del afroamericano sin recursos. Lo cierto es que, a pesar de tratarse del mismo individuo, el único rasgo común que presentan los actores en los tres diferentes segmentos del filme será el color de su piel: Bajo la luz de la luna, todos los chicos negros parecen azules. Esta sentencia, que justifica el título y proviene del nombre de un drama corto escrito por el autor, Tarell Alvin McCraney, viene a ejemplificar esa querella connatural de su protagonista; a la que se hace textual referencia en sendas escenas de los episodios uno —“Llegado el momento, tendrás que levantarte y dejar claro quién eres. Nadie más podrá ayudarte en eso.”—, y dos — “Qué clase de tipo va por ahí poniendo motes a otros”—, que además, revelan la ansiedad de Chiron por llegar a entender su propósito como hombre, y que hallará una elocuente justificación ejemplar en el tercer y último acto —“¿Quién eres, tío?” “Soy yo, no trato de ser nada más que yo”—, lo que nos induce a pensar directamente en la letra de una canción —o interludio entre canciones— del último álbum de Frank Ocean, Blond, artista con quien relacionamos a Chiron debido a su recurrente mensaje lírico relacionado con la búsqueda de la identidad, la opresión y la inadaptabilidad del afroamericano gay, sobre todo en un entorno tan discriminador como es el mundo de la cultura hip hop; “Be yourself and know that that's good enough. Don't try to be someone else. Don't try to be like someone else, don't try to act like someone else, be yourself. Be secure with yourself”.

    Moonlight

    Moonlight

    «Moonlight parte de la contradictoria visión de Juan, un delincuente atormentado por una carga ética inapreciable que, no obstante, personifica la mayor esperanza de futuro y el modelo ejemplar a seguir para un chico que no encaja en el mundo de testosterona y egolatría donde ha nacido».


    La película comienza con la explicación —visual, no literal— del primer acercamiento al proceso de cimentación de la personalidad. Una primera fase que estará marcada por la ausencia paterna; un padre completamente inexistente en la realidad fílmica, y una madre que antepone, en su sistema de prioridades, la obtención y el consumo de drogas a los cuidados de su hijo. Con este panorama tan desesperanzador, Chiron, además de enfrentarse a una madre prostituta y heroinómana, se verá acosado por el resto de chicos del colegio quienes, intuyendo su posible —nunca asumida— homosexualidad, no dudan en vilipendiarlo de manera regular. Entonces aparece la familia sustitutiva con Juan como figura paterna y salvadora, y con él la película se adentra en una novedosísima profundidad dramática y una perspectiva insólita. Juan es un conocido jefe del narcotráfico en el barrio, el respeto y la notoriedad de los que goza se evidencian en los primeros minutos de metraje, con su simple actitud frente a otros criminales y la respuesta que obtiene de éstos. Sin embargo, en su talante y, sobre todo, en su relación con el protagonista, podemos discernir que es una persona educada, paciente y con una inusitada sensibilidad inexistente hasta la fecha en este tipo de representaciones, pues cambia la arrogancia y la superioridad por muestras de amor sincero hacia su novia, Teresa, y hacia el propio Chiron. Queda entonces, con este personaje, completamente destruido el concepto de masculinidad hegemónica que teníamos asimilado. Hasta ahora, el arquetipo masculino de estas figuras estaba asociado a la hipertrofia muscular, la bravuconería y, por encima de todo, la heterosexualidad. Moonlight parte de la contradictoria visión de Juan, un delincuente atormentado por una carga ética inapreciable que, no obstante, personifica la mayor esperanza de futuro y el modelo ejemplar a seguir para un chico que no encaja en el mundo de testosterona y egolatría donde ha nacido. El carácter taimado, lacónico, escurridizo y temeroso de Chiron hará que su hombría sea constantemente puesta en entredicho. Entonces llega la primera alusión textual de esa presumible homosexualidad, cuando el niño pregunte a Juan qué quiere decir “marica” y si a él se le podría denominar de tal manera. “Puedes ser gay, pero no tienes por qué tolerar que nadie te llame marica”.

    Moonlight

    Moonlight

    «Un producto que, al igual que The Wire, insiste en el avance narrativo reflexivo, sin efectos especiales de gran espectacularidad, y en la frontalidad del mensaje, ya que no hay nada más importante para el director que el hecho de la honesta veracidad de sus líneas sintácticas, las cuales fluirán con convincente facundia para mostrar una visión alternativa de ese determinismo trágico que dictamina la vida del afroamericano del gueto de forma inexorable».


    No se hará mayor hincapié en los conceptos expuestos, ni se buscará un apoyo visual a ellos. Cualquier tipo de aporte narrativo es sutilmente introducido por el guion, siempre dejando de lado la sobrexplicación del mensaje y la prolongación innecesaria de la trama. Así se logra una estructura definida y llena de conjeturas sujetas a la interpretación del propio espectador, lo que elimina por completo el tono discursivo que sí puede leerse en historias similares. De hecho, sería muy fácil cerrar por completo el argumento en un círculo recíproco perfecto y, aun así, el realizador opta por dejar el final abierto, para que la demostrada amplitud heterodoxa, vigente en todo el metraje, no se vea ahora reducida a la obviedad procedimental en beneficio de un mensaje más claro. Así, se produce una flagrante ambigüedad semántica, una indeterminación conceptual que se articula con paradigmática discreción al avance retórico de todo el filme, para converger en un desenlace lleno de luces y sombras, un final que no niega el evidente pesimismo de una realidad desalentadora, pero sí aporta una ilusionante esperanza en la humanidad y, en concreto, en la figura del afroamericano marginal, gracias al paralelismo casi sincrónico entre Juan y Black —la identidad asumida por Chiron en el último acto, como puede colegirse del título del episodio y de la matrícula de su coche—.

    Precisamente es con Black con quien llegamos a rescatar a uno de los grandes personajes de la ficción posmoderna, que parece haber servido de fuente de inspiración en la construcción del protagonista; el Robin Hood de los suburbios de Baltimore: Omar; uno de los casos más complejos de ambigüedad moral que nos ha ofrecido la cadena HBO, y su obra maestra: The Wire. Omar, que casualmente —o no— se apellida Little, fue de los pioneros en romper los moldes de la masculinidad y la estigmatización de la homosexualidad. Pese a responder a un hombre sin ningún tipo de reparos en mostrar su condición de gay, era la persona más respetada y temida del gueto construido por David Simon. Con un código ético muy firme, dedicado a la criminalidad y con una habilidad estremecedora para la violencia, no dudaba en enfrentarse a los principales cárteles de la droga para manifestar el fracaso sociopolítico de un sistema de gobierno que permite que los individuos se tomen la justicia por su mano. Lo que presenta Moonlight podría ser el prólogo testimonial o la construcción argumentativa de Omar, pues en su seguridad moral y su inadaptabilidad se intuye un largo y desolador proceso de edificación del yo que, posiblemente, es a lo que hayamos asistido en la austera composición de Jenkins. Un producto que, al igual que The Wire, insiste en el avance narrativo reflexivo, sin efectos especiales de gran espectacularidad, y en la frontalidad del mensaje, ya que no hay nada más importante para el director que el hecho de la honesta veracidad de sus líneas sintácticas, las cuales fluirán con convincente facundia para mostrar una visión alternativa de ese determinismo trágico que dictamina la vida del afroamericano del gueto de forma inexorable. | ★★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2016. Título original: Moonlight. Director: Barry Jenkins. Guion: Barry Jenkins, Tarell McCraney. Duración: 111 minutos. Fotografía: James Laxton. Música: Nicholas Britell. Productora: A24 / Plan B Entertainment / Upload Films. Edición: Joi McMillon, Nat Sanders. Diseño de vestuario: Caroline Eselin. Diseño de producción: Hannah Beachler. Intérpretes: Trevante Rhodes, André Holland, Janelle Monáe, Ashton Sanders, Jharrel Jerome, Naomie Harris, Mahershala Ali, Shariff Earp, Duan Sanderson, Edson Jean. Presentación oficial: Festival de cine de Telluride, 2016. PÓSTER.

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