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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Gravity

    Gravity, de Alfonso Cuarón

    ESPECTÁCULO SIN GRAVEDAD FÍSICA NI LITERAL

    crítica de Gravity, Alfonso Cuarón, 2013

    En varios momentos de su aún corta historia, el cine ha tenido que renovarse de manera llamativa y a veces precipitada para hacer frente a otras formas de ocio que estaban atrayendo al mismo consumidor potencial y tomando incluso la delantera. El ejemplo más conocido es probablemente el de la introducción del CinemaScope a principios de los años 50, ampliando la relación de aspecto de la imagen y enfréntandose así al monitor prácticamente cuadrado de una televisión que por aquel entonces estaba disfrutando de un auténtico boom. Y desde hace unos años, para intentar revertir su drástico declive de espectadores debido al visionado de las películas en el ordenador o en dispositivos móviles, los productores cinematográficos han optado por incorporar el 3D en sus proyectos más ambiciosos, aunque como ocurría con la lente anamórfica del siglo pasado, esta técnica de rodaje y proyección tiene sus problemas. Las rústicas gafas de sol que nos encasquetan o los desajustes en el enfoque de la imagen podrían ser las quejas más escuchadas, mientras que la peor experiencia personal de un servidor tuvo lugar con el estreno de La invención de Hugo (Martín Scorsese, 2011), en el que tuvieron que reiniciar la proyección pasados varios minutos porque apenas se distinguían los animados objetos del filme. Sin embargo, lo que este ejemplo pone de manifiesto es que directores de renombre, algunos de ellos veteranos consagrados, no están mostrando reparos por adaptarse a esta nueva moda, pudiendo citarse además de la película mencionada los casos de Avatar (James Cameron, 2009), La cueva de los años olvidados (Werner Herzog, 2010), Pina (Wim Wenders, 2011), Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio (Steven Spielberg, 2011), La vida de Pi (Ang Lee, 2012) y ahora Gravity (2013).

    Los anteriores ejemplos comparten todos ellos un uso del 3D bastante justificado, principalmente por la historia que cuentan, y eso es algo que no ocurre siempre. Pero es quizás en la película de Alfonso Cuarón donde tal justificación parece más clara y por ello exitosa. Las tres dimensiones suelen asociarse, aunque sea de manera trivial, con objetos flotando hacia nuestro ojos, peculiar levitación que en la vida real, fuera de los templos tibetanos, solo es posible en ausencia de gravedad. Pues precisamente sobre tal fenómeno gira este filme, como su propio título indica, por lo que al margen de la profundidad de campo y la definición que aporta su trabajado 3D, el cineasta mexicano también puede permitirse el capricho de lanzarnos de vez en cuando pequeños objetos a la cara, desde los restos de un artefacto espacial hasta un bolígrafo olvidado (¿homenaje a 2001: Una odisea del espacio incluido?). Efectivamente, casi toda la narrativa de Gravity transcurre en el espacio exterior, centrando su foco en las peripecias de unos astronautas enviados por la NASA para reparar un satélite. La misión es en un principio poco más que rutinaria, pero las cosas se tuercen cuando otros dos satélites chocan a unos cuantos miles de kilómetros de donde se encuentran los protagonistas, distancia insignificante en la órbita de la Tierra. Los restos del estropicio van por tanto orbitando hasta encontrarse con el satélite objeto del arreglo interrumpido, el cual acaba igualmente hecho pedazos. A partir de entonces los intrépidos navegantes deben por tanto sobrevivir sin un asidero claro al que agarrarse y enfréntandose además a las condiciones hostiles que les rodean, las cuales, como bien informan unos rótulos previos al arranque de la acción, imposibilitan la vida humana. Lo que esto permite en definitiva es intensificar el riesgo y engordar los obstáculos, de tal forma que el éxito sea más difícil y, de alcanzarse, más satisfactorio para el espectador.

    Gravity, de Alfonso Cuarón

    Lo anterior nos indica por otro lado que, pese a su ambiciosa técnica y su exótica localización, esta película se enmarca claramente en los parámetros del género de acción. Ello aligera un tanto la narración, algo a lo que contribuye también el hecho de que solo dos astronautas sobreviven al accidente relatado: la novata Ryan Stone (Sandra Bullock) y el veterano Matt Kowalski (George Clooney). Para la primera será por tanto incluso más complicado (y por ello, nuevamente, dramáticamente provechoso) superar el trance, pero su falta de experiencia permite tanto una mayor identificación con el espectador como una buena excusa para simplificar el rigor científico con el que realísticamente deberían manejarse estos personajes. Además, de esta forma, la relación entre Stone y Kowalski tiene más utilidad para la construcción del guion en tanto que el segundo le va explicando una serie de cosas a la primera y sirve de contrapunto a su lógico nerviosismo y desamparo. A este respecto la elección de los actores es idónea, aprovechando al máximo el consabido carisma de Clooney y la empatía popular de Bullock, quién disfruta de un papel tan exigente como jugoso para dar rienda suelta a los aspavientos y las lágrimas. Sin embargo, llegados a este punto se empieza a sortear ya la simplicidad gracias a la sabiduría y al criterio con que la familia Cuarón (padre e hijo) han elaborado el guion. Al margen de unos inteligentes diálogos vía telecomunicaciones que aportan fluidez y ritmo a falta de contactos físicos directos, el poso emocional se consigue dotando a ambos personajes del típico pero hábil desarrollo consistente en unir una faceta principal y una faceta secundaria, que aparte de dimensionarlos los adapta a las circunstancias. En concreto, me refiero al empeño de carrera de Kowalski por batir el récord de paseo espacial más largo, algo que tras el destrozo que sufre su nave se antoja bastante factible; así como a la soledad depresiva de Stone tras la muerte de su hija, fatalidad que la empujó al aislamiento espacial aunque en las circunstancias relatadas reencontrará sus ganas de vivir.

    Gravity, de Alfonso Cuarón

    El anterior detalle nos revela la sabiduría con que esta estructurada esta película, que pese a las apariencias parte de elementos mínimos hasta convertirlos en la épica más grandiosa. Para ello Cuarón se apoya sobre todo en unos planos secuencia marca de la casa, de planificación exquisita y orquestación virtuosa. De hecho, el conjunto del metraje cuenta apenas con unos setenta planos, pero hay unos cuatro que duran casi la mitad de la hora y media total, y en particular resulta asombroso el primer plano, que en unos diez minutos nos va presentando el contexto y los personajes, jugando con los términos del encuadre y amontonando progresivamente la tensión, en tiempo real, hasta que se produce el estallido. Por lo demás, este tipo de técnica, aunque podría parecer igualmente un capricho, no lo es en este caso ya que refuerza la envolvente sensación de falta de gravedad que Cuarón quiere imprimir y que lógicamente procede en esta película. La brillante coreografía de la cámara y la plástica ambientación fotográfica, a cargo del maestro Emmanuel Lubezki, son pues tanto un regalo para los ojos como una fuerte elemento de apoyo de la historia. Pero es que, dicho todo esto, ese primer plano resulta aún más admirable cuando se contrasta con el siguiente, y sobre todo cuando estos dos planos de arranque se comparan con los otros dos planos más largos, casi sucesivos, que se encuentran al inicio del segundo acto. El caso es que en ambos pares se repite el mismo esquema, con un primer plano de engañosa tranquilidad inicial y de progresiva intensidad hasta una espectacular explosión, todo ello rodado sin cortes; y un segundo plano inicialmente de desconsuelo y abandono por parte de Stone hasta que la aparición en ambos casos de Kowalski le levanta el ánimo y revierte la situación. Esta repetición tanto estilística como dramática es muy provechosa cinematográficamente, funcionando casi según una dinámica de plant/payoff, conduciendo a una estructuración redonda y controlada de una película que por sus características corría el riesgo de ser confusa o caótica.

    Gravity, de Alfonso Cuarón

    Por otro lado, todos estos elementos conllevan que el visionado de la cinta en 3D sea plenamente disfrutable, teniendo en cuenta el riesgo de mareo o jaqueca (otro defecto que no he mencionado al inicio de este texto) que amenaza a un espectador sentado en primera fila como fue mi caso. Otra forma de justificar aquellos planos secuencia sería pues ésta, ya que cuantos menos cortes y movimientos bruscos más se reduce el señalado riesgo. Por tanto, pese a tratarse de una película fundamentalmente de acción, repleta de momentos trepidantes, la misma cuenta con una extraordinaria serenidad y armonía, algo a lo que contribuyen otros elementos como esa música omnipresente que sustituye la escasez de sonido directo. De hecho, a este respecto, otro detalle digno de mención es esa alternancia de sonidos de distinta procedencia con la que comienza la película, situándonos en el meollo de la operación que se está llevando a cabo pero al mismo tiempo desorientándonos lo justo para que nos sintamos plenamente inmersos en ese infinito paisaje espacial. Dicho esto se deduce enseguida que ya no solo el 3D o la planificación tienen su plena razón de ser, sino que todos sus departamentos trabajan al unísono para llevar este viaje a buen puerto. La gente recordará Gravity por su impresionante acabado visual, pero el mismo no funcionaría sin un soporte narrativo tan claro (para lo bueno y para lo malo), al margen de otros detalles que van en la misma dirección como la simbología del renacimiento de Stone, adoptando en alguna ocasión una posición fetal; o su recobrada pureza animal, como cuando sus llantos se asemejan a los ladridos apagados de un perro. Todo ello en definitiva no hace sino demostrar el talento de un director que confiaba plenamente en este proyecto y que difícilmente le podría haber salido mejor. Ya solo falta que reviente las taquillas como revienta en la pantalla naves y satélites. ★★★★

    Ignacio Navarro.
    enviado especial a San Sebastián | 61ª edición del Festival de San Sebastián | crítico cinematográfico.

    Estados Unidos & Reino Unido, 2013. Director: Alfonso Cuarón. Guion: Alfonso Cuarón & Jonás Cuarón. Productora: Warner Bros. / Esperanto Filmoj / Heyday Films. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Musica: Steven Price. Montaje: Alfonso Cuarón & Mark Sanger. Intérpretes : Sandra Bullock, George Clooney, Ed Harris. Presentación: Festival de Venecia 2013.

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