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    Crítica | De óxido y hueso

    De óxido y hueso

    LA BESTIA Y LA BESTIA

    crítica de De óxido y hueso | De rouille et d'os (Rust & Bone), Jacques Audiard, 2012

    De óxido y hueso buscaba ser lo que no era Un profeta (2009). Jacques Audiard afirmaba en su estreno que todas las películas acarrean, para el cineasta, una frustración. En el caso del drama carcelario que obtuvo un gran éxito de crítica y público –alcanzando nominaciones a los Oscar, los Globo de Oro y ganando el Gran Premio del Jurado en Cannes– el desasosiego era provocado por la ausencia de mujeres, de amor y de espacios abiertos. Tanto él como su colaborador habitual, el guionista Thomas Bidegain, querían que su siguiente proyecto fuese algo romántico. Obviamente el oscuro y bestial relato penitenciario que narraba la vida y la capacidad de adaptación y supervivencia de un joven árabe en minoría étnica, Malik El Djebena, en una prisión en la que la mafia corsa tenía la supremacía dejaba poco lugar para el amor y otros vicios. De ahí las pretensiones del realizador francés. No obstante, ese cambio no suponía tan sólo una ruptura con su anterior película, sino también un alejamiento del género negro que impregna su filmografía. Una propensión que responde a códigos genéticos, herencia de un padre –guionista– que se movía por esos lares. De esa necesidad creativa nació De óxido y hueso, y a tenor del listón fijado por Un profeta y su anterior película De latir mi corazón se ha parado (2005) –galardonada con el Oso de Plata en Berlín–, se puede afirmar que ésta aguanta el envite. A medio camino entre una y otra en lo que a parámetros de calidad se refiere. Si, como decía, es rupturista con su obra en el abandono de ciertos usos, no es menos cierto que sigue el mismo compás de sus anteriores cintas; le delata la violencia, empleada por sus personajes, como canalizadora del conflicto.

    El argumento está basado en un par de relatos breves del canadiense Craig Davison, pero en ellos no existía la figura femenina, que en este caso se encorseta en el guion con un tino digno de elogio. Incluso me atrevería a decir que de ellos tan sólo coge el título, un par de localizaciones y las peleas ilegales. Para muchos críticos, el director galo, le da otra vuelta de tuerca al cuento de la bella y la bestia. En todo caso, haciendo una concesión al parecido, la ambigüedad de quién es quién es significativa. Sería más acertado afirmar que se trata de dos bestias. Una mutilada por fuera, otra mutilada por dentro. La historia tercia sobre la relación amorosa que surge entre una entrenadora de orcas que pierde las piernas en un accidente durante el espectáculo acuático –Marion Cotillard– y un ex luchador rudo, tosco, hasta cierto punto primitivo que se recorre Francia con su hijo de cinco años con la esperanza de encontrar un trabajo –Matthias Schoenaerts–; lo consigue con ayuda de su hermana al tiempo que se parte la cara en peleas clandestinas. Tenemos pues, la relación entre un inadaptado que esconde sus sentimientos en un físico descomunal y una discapacitada que no sabe cómo engancharse a la vida. Llegados a este punto, mitad de metraje, hemos visto lo mejor de la cinta. Una primera parte espectacular que roza el cielo para poco a poco ir haciéndose más terrenal, eso sí, sin que uno pierda un ápice de interés. Audiard habla de amor sucio, grosero, bruto y cuasi dañino; y lo hace humedeciéndolo todo con un halo de ilusión y esperanza.

    De óxido y hueso

    A tenor de lo contado es difícil explicar cómo es posible que a pesar de las circunstancias el espectador sólo vea luz al final del túnel, no la desgracia predominante. El secreto reside en esa capacidad del realizador francés para hacer un cine dispuesto para crear sensaciones en el espectador, llevándolo por los derroteros emocionales convenientes a pesar de lo arriesgado y complicado del filme. Juega con la cámara aplicando exhalaciones de luz que franquean los planos, oxigenando la asfixiante realidad, señalando los anhelos. A ese saber hacer con las imágenes se une una banda sonora atípica –desde una canción de Katy Perry, pasando por los temas compuestos por Alexandre Desplat para la ocasión, hasta una del Boss– pero que entra sin calzador y se percibe armoniosa con el conjunto. Su factura técnica es exquisita, con el detalle estrella del retoque digital por medio de la tecnología CGI. Casi por arte de magia se hacen desaparecer las piernas de Marion Cotillard. Algo sublime y que juega en contra de la película en un principio, pues desvía la atención del espectador en busca de la trampa del trucaje. Empero, no es todo mérito de las técnicas digitales también es fundamental la destreza interpretativa de la oscarizada actriz francesa –véanse: la escena del resbalón en el asiento del coche por no tener punto de apoyo, la inmovilidad de las piernas en la preciosa escena del chapuzón, ligeramente malograda por un frenético montaje en un momento que exigía reposo–.

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    Avisaba en el segundo párrafo de un pequeño bajón en la segunda mitad de la cinta. Habida cuenta de la calidad de la primera parte. Se debe a que la apuesta arriesgada toma rumbos más convencionales, coge un tufillo a cosas ya vistas en pantalla que tienen mucho que ver con la exoneración y las pulsiones siniestras exageradas para alcanzar el clímax dramático. Meros apuntes que le alejan de su obra maestra Un profeta y que son más propios de un habitante de Sibaris, dada la genialidad. Pues no podría ser otra la palabra para definir a una película que muestra el amor en sus múltiples formas –incluido el sexo, nunca se me había antojado, a toro pasado, tan necesaria su exhibición–, obviando el sentimentalismo de mercadillo y el romanticismo de folletín. Sin olvidar, lo que refuerza su condición de imprescindible, la complejidad de sus aristas al retratar a los afectados de una realidad adversa dominada por el azote del capitalismo más radical que convierte a las víctimas en verdugos –empleados poniendo cámaras al servicio del patrón, para espiar al trabajador–. Una reactualización de la banalidad del mal. Un ejercicio de discreta militancia, sutilmente encubierta. Complemento que enriquece la atmósfera de la brutalidad de un amor sin más concesiones que las congénitas. ★★★★

    Andrés Tallón Castro.
    crítico de cine.

    Francia, 2012, De rouille et d'os. Director: Jacques Audiard. Guion: Jacques Audiard, Thomas Bidegain (Relatos: Craig Davidson). Productora: Coproducción Francia-Bélgica; France 2 Cinéma / Les Films du Fleuve / Page 114. Fotografía: Stéphane Fontaine. Música: Alexandre Desplat. Reparto: Marion Cotillard, Matthias Schoenaerts, Céline Sallette, Bouli Lanners, Alex Martin, Corinne Masiero, Tibo Vandenborre. Presentación: Sección Oficial Cannes 2012.

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