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    Crítica | Maniac

    Maniac

    EL COLECCIONISTA DE MANIQUÍES

    crítica de Maniac | Franck Khalfoun, 2012

    En los últimos tiempos, en Hollywood viene proliferando un fenómeno que se podría achacar a la falta de ideas de los guionistas, pero que ciertamente, genera estupendos dividendos en la taquilla: actualizar películas de terror clásicas –especialmente de los 70 y 80–, aprovechando los últimos avances en efectos especiales. Los resultados artísticos de estas nuevas versiones se mueven desde lo notable –Halloween (2007), de Rob Zombie, Las colinas tienen ojos (2006), de Alexandre Aja, Posesión infernal (2012), de Fede Álvarez– al desastre más absoluto –Viernes 13 (2009), de Marcus Nispel, Pesadilla en Elm Street (2010), de Samuel Bayer, La profecía (2006), de John Moore–. Pocos iconos del terror quedan sin conocer su remake correspondiente, pero llama la atención que se hayan fijado en uno de los slashers más enfermizos y violentos del cine americano de principios de los 80. Maniac (1980), dirigida por el poco prolífico William Lustig –responsable también de la popular saga de serie B Maniac Cop–, nos presentó a uno de los asesinos en serie más inquietantes y repulsivos –mucho influyó el rostro pétreo de su protagonista, Joe Spinell– de la Historia del Cine: Frank Zito. Italo-americano, veterano de Vietnam y poco agraciado físicamente, Zito sufre un importante problema de trastorno de personalidad, que le hace salir cada noche a las calles de Nueva York en busca de chicas a las que asesina y arranca sus cabelleras. Con el pelo y la ropa de sus víctimas, decora la tétrica colección de maniquíes que puebla su apartamento, hasta que aparece en su vida una guapa fotógrafa –interpretada por la chica Bond Caroline Munro– de la que se enamora. 

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    Alexandre Aja, uno de los realizadores, productores y guionistas más talentosos del reciente cine de terror, con éxitos del calibre del título de culto Alta tensión (2003) y dos remakes tan aplaudidos como los de Las colinas tienen ojos y Piraña 3D (2010), junto a su habitual colaborador Grégory Levasseur, es el encargado de escribir el guión de esta puesta al día de Maniac. En la dirección tenemos a Franck Khalfoun, que en 2007 ya dio sobradas muestras de saber inquietar al personal con el thriller psicológico Parking 2, mientras que el personaje del perturbado Frank recae en esta ocasión en Elijah Wood. Pese a que de entrada, no me parecía la opción más lógica para tan oscuro personaje, por el encasillamiento del actor en papeles bondadosos y blanditos –con la excepción de su rol del psicópata caníbal Kevin en la excelente Sin City (2005), de Frank Miller y Robert Rodríguez–, lo cierto es que ofrece una actuación sobresaliente. No tiene el físico repulsivo de Spinell, por lo que su Frank es más aterradoramente cercano. Aparentemente no debería tener problemas para relacionarse con las féminas. Utiliza internet para contactar con chicas y, en las citas, suele gustar por su aspecto agradable. Pero al llegar el momento de intimidad, Frank reacciona de manera violenta ante las provocaciones eróticas, viniéndole a la mente los traumas provocados en el pasado por una madre demasiado ligerita de cascos, con la que en algún momento se llega a sugerir una posible relación incestuosa. En este sentido, el personaje central recuerda mucho al Norman Bates encarnado por Anthony Perkins en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock, donde el mal también procedía de una niñez traumática. Las alucinaciones donde aparece la madre de Frank manteniendo tórridos encuentros sexuales con distintos hombres, parecen sacadas de los clásicos giallos italianos de Dario Argento o, si me apuran, de las cintas eróticas de Tinto Brass, recreándose en la exuberante belleza de America Olivo. Se agradece que Khalfoun no rebaje en ningún momento la gran carga de violencia explícita del Maniac de Lustig, alejándose de los descafeinados caminos del cine comercial estadounidense. Los asesinatos están rodados con gran crudeza y realismo, modélicamente coreografiados. Las cuchilladas y los cortes de cabellera están plasmados con todo lujo de detalles, con el añadido morboso de estar rodados en cámara subjetiva –el espectador toma la perspectiva del asesino–, lo que hace de la película una experiencia de lo más intensa. El director demuestra una gran pericia técnica durante todo el filme, con unos movimientos de cámara de un virtuosismo colosal, un trabajo de Maxime Alexandre en la fotografía magnífico y una inquietante banda sonora de Rob. Resulta magistral en su combinación de todos estos elementos, la escena de seducción y posterior asesinato de la camarera, al son de la canción de los 80 Goodbye, Horses, de Q Lazzarus –que ya fue utilizada con fines igualmente perturbadores en la escena del baile ante el espejo de Buffalo Bill en El silencio de los corderos (1991)–.

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    Ya que la historia no presenta cambios demasiado significativos respecto a la cinta original, se nota cierto esmero en ofrecer un artefacto sofisticado, repleto de virguerías visuales y hallazgos sorprendentes –Elijah Wood sólo aparece reflejado en espejos en la mayor parte del metraje, por lo que su actuación se apoya mayoritariamente en la voz–. Otro acierto, esta vez de casting, es la elección de la protagonista femenina, la francesa Nora Arnezeder, uno de los rostros más bellos y fotogénicos que se pueden ver en el cine reciente. Su actuación es más que correcta, logrando una considerable química con su compañero de reparto. En este sentido, hay que resaltar que la trama romántica del Maniac de 2012 está mucho mejor desarrollada y resulta más creíble que la de 1980. No estamos pues, ante un vulgar remake más. Se trata de una obra magnética, que no dejará indiferente a nadie. Habrá quien la valore negativamente por sus enormes dosis de sexo y violencia, pero pocos le podrán discutir sus aciertos estrictamente cinematográficos. Hacía años que no presenciaba una película sobre asesinos en serie tan brutal, fría y arriesgada, cayendo en el gore en muchas ocasiones, sobre todo en el impactante desenlace del personaje de Frank. Me tendría que remontar a 1986, cuando John McNaughton nos regalaba aquella pequeña joya de cine independiente titulada Henry, retrato de un asesino, donde Michael Rooker ofrecía la actuación de su vida como el monstruoso Henry Lee Lucas, para recordar sensaciones similares. Está condenada a pasar desapercibida por las salas cinematográficas. Su calificación R en Estados Unidos será un obstáculo para que alcance las recaudaciones millonarias de otras propuestas similares, pero estamos hablando, desde ya, de una obra de culto inmediato. Es el ejemplo perfecto de que, con el talento necesario y partiendo de un material sucio y discutible, se puede superar –al menos en términos artísticos– al clásico en que se basa. De lo mejorcito que ha dado el género en muchos años. ★★★★

    José Antonio Martín.
    crítico de cine.

    Francia-USA. 2012. Título original: Maniac. Director: Franck Khalfoun. Guión: Alexandre Aja, Grégory Levasseur. Productora: Coproducción Francia-USA; Aja/Levasseur Productions/Blue Underground/P2 Productions. Presupuesto: 6.000.000 dólares. Localización principal: Los Ángeles (California). Fotografía: Maxime Alexandre. Música: Rob. Montaje: Baxter, Franck Khalfoun. Intérpretes: Elijah Wood, Nora Arnezeder, America Olivo, Megan Duffy, Liane Balaban, Jan Broberg, Genevieve Alexandra, Sammi Rotibi, Steffinnie Phrommany, Dan Hunter.

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