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    CRÍTICA | SPRING BREAKERS

    Spring Breakers
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    crítica de Spring Breakers | Harmony Korine, 2012

       Hace un par de años una película trastocó el panorama del cine policial, en concreto del neo-noir, revitalizando muchos de sus componentes y convirtiéndose casi instantáneamente en cinta de culto tras su exitoso paso por varios festivales. Hablamos, no haría falta explicitarlo, de Drive (Nicolas Winding Refn, 2011), que supuso la consagración de un director que ya apuntaba maneras en sus anteriores trabajos. Lo mismo debería ocurrir con Spring Breakers (EE.UU, 2012), lo último del rebelde Harmony Korine. Lo cierto es que la comparación que se ha hecho entre ambas películas no es nada ociosa (como precisaremos más adelante), por lo que Korine parece haber tomado buena nota del trabajo de Refn y utilizado algunos de sus ingredientes para dar forma a su película por ahora más accesible. En efecto, estamos hablando del guionista de Kids (Larry Clark, 1995) o Ken Park (Larry Clark, 2002), responsable también de varios cortos, películas casi experimentales e instalaciones de video arte. Pero ahora abandona la suciedad de aquellas y la marginalidad de éstos para presentarnos una película que, aunque más que las anteriores, tiene con todo poco de comercial, y puede dejar perpleja a buena parte del público que, por lo demás poco informado, vaya a verla simplemente por entrar en el perfil de espectador al que en principio parece dirigida.

    La trama es de lo más básica. Cuatro chicas quieren salir de su apática ciudad e irse de vacaciones a Florida aprovechando el tradicional “spring break” estadounidense. Aunque para ello, por falta de dinero, tengan que atracar un restaurante de comida rápida, llegan finalmente al paraíso sureño y se suceden las fiestas desenfrenadas. Bailes de multitudes, playas, piscinas y puestas de sol confluyen con el alcohol, la droga, el sexo y demás vicios terrenales. Todo es un fluir de sensaciones, una catarsis corporal que no parece tener fin… Hasta que las cuatro universitarias son encarceladas por consumo de cocaína. Entonces son liberadas mediante fianza por un ser estrambótico, que dice venir de otro planeta, rapero ocasional y gánster de profesión, que las arrastrará a un submundo de crimen y si caben más excesos, aunque ello ya había sido apuntado por el robo con el que iniciaron esta trascendental aventura. ¿Podrán sobrevivir a todo esto que se les viene encima? Esta pregunta adquiere poca relevancia en una película que deriva progresivamente hacia lo irreal. Acaba con una entrada domiciliaria ilegal que remite no solo a El precio del poder (Brian De Palma, 1983), cinta que el liberador de las chicas dice tener puesta en bucle, sino directamente a una misión de videojuego (no por nada una de las chicas dice en la secuencia del atraco que sencillamente lo tienen que hacer “como en un videojuego”), como la irrupción kamikaze en la mansión de Díaz en Grand Theft Auto: Vice City (2002). La sensación final es ya no solo irreal o etérea sino onírica, aunque cabe dudar si es algo más propio de un sueño o de una pesadilla.
     
    Spring Breakers
         Esta referencia estética es en cualquier caso solo una de las muchas que pueblan el filme. Y aquí es donde entran claramente las analogías con Drive, desde unos créditos iniciales rosas e iluminados por luces de neón. A continuación se nos muestra a una aglomeración pasándoselo en grande en una playa anónima, cuerpos en bikini o directamente desnudos rociados por el champán y las olas del mar, todo ello en cámara lenta, con una composición envolvente y una música discotequera que hace vibrar los tímpanos. Este estilo casi videoclipero es llevado al extremo a lo largo de la película: existe un hueco igualmente para escenas más alargadas e íntimas, de inesperada sensibilidad, pero el dinamismo es en todo momento imparable. Korine impone un ritmo que no deja margen para el respiro, combinando planos y secuencias al son de un cargador de arma de fuego, estilizando el tratamiento de la violencia, ahondando en diversas connotaciones de la venganza, todo ello armonizado por una banda sonora marcada por el pop y el karaoke (uno de sus responsables es Cliff Martinez, el mismo que en Drive). Y sin embargo los colores chillones transmiten desasosiego y vacuidad, antes que excitación y animación… Muchos de estos elementos nos recuerdan efectivamente al filme de Refn, aunque Korine los lleve a un terreno cercano a la abstracción.

    Por ello cabe afirmar también que aunque la historia tenga un desarrollo relativamente simple, tiene a su vez muchas capas. No se trata solo de un reverso negativo del sueño americano o de las fiestas de las nuevas generaciones, sino de un retrato radical y diversificado de los trastornos y pulsiones de una sociedad autocondenada a la extinción. Los componentes religiosos, paterno-filiales y capitalistas montan una película que se alimenta de contradicciones y comportamientos irracionales, pero que subyacen sin remedio cuando uno “intenta encontrarse a si mismo”. Por otro lado, aquella no juega solo con estos choques bipolares, sino igualmente con conjunciones unidimensionales, pues su montaje altera con riesgo la cronología de la historia, repitiendo escenas y diálogos que adquieren un significado distinto según el momento en que aparecen. Con ello Korine logra igualmente añadir complejidad y alargar un metraje que, aunque apenas supera la hora y media, podría ser incluso más corto teniendo en cuenta la esencialidad de la narrativa. Hay que admitir sin embargo que, en algunas ocasiones, este recurso no funciona tan bien, como en el excesivo y pobremente justificado uso de la frase “spring break forever”, más allá de ahondar con poca sutileza en el mencionado mensaje de la cinta.

    Spring Breakers

         Para transmitirnos todo esto, Korine cuenta con unas actrices entregadas a la causa, sin miedo a desmontar la imagen popular que les han dado varias series televisivas o les ha proporcionado la factoría Disney, aunque en el caso de Vanessa Hudgens ya decidió emprender este giro de 180 grados con Sucker Punch (Zack Snyder, 2011). Además, una de ellas es la propia esposa de Korine (Rachel Korine), por lo que es previsible que al menos ella haya seguido sin temor las retorcidas directrices del cineasta, arrastrando a las demás en este juego infernal. Aterradora es, aunque también hilarante, la caracterización de James Franco como el estrafalario y trágico delincuente que conduce a estas chicas (al final solo a dos de ellas, porque visto el panorama las otras dos deciden volverse a casita) por el camino de la perdición. En parte para extraer lo mejor de cada uno ellos, Korine emplea una dirección heterogénea pero a la vez muy precisa, que acumula grandes momentos. Ya hemos mencionado la secuencia inicial y la traca final, pero destacan igual y particularmente el brillante plano secuencia con que está rodado el atraco al restaurante, o la intensidad del diálogo seductor entre los personajes de Franco y Selena Gomez, visiblemente la más vulnerable y a la vez desarrollada de las protagonistas. Pero realmente todo suma en este conjunto febril y alucinatorio, sólo apto para los que quieran entregarse a las emociones fuertes. ★★★★

    Ignacio Navarro.
    director & crítico cinematográfico.

    Estados Unidos, 2012. Director: Harmony Korine. Guión: Harmony Korine. Productora: A24/Hero/MJZ/Muse Productions/O'Salvation/Annapurna Pictures. Presentación: Sección oficial Venecia 2012. Fotografía: Benoît Debie. Música: Cliff Martinez, Skrillex. Montaje: Douglas Crise. Reparto: James Franco, Selena Gomez, Ashley Benson, Vanessa Hudgens, Rachel Korine.

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