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    CINE CLUB | LA GUERRA DE LOS MUNDOS (1953)

    La guerra de los mundos, de Byron Haskin (1953)
        Hubo un tiempo no muy lejano en el que el sueño espacial no era un imposible. El hombre terminaría conquistando el universo, visitaría galaxias a años luz de distancia y colonizaría otros planetas. Incluso llegaría a conocer razas alienígenas, aunque esto siempre se intuía algo más problemático. Los primeros relatos de ciencia ficción alimentaban este deseo con historias fantásticas repletas de mundos maravillosos, fabulosos hasta cuando no eran sino lugares de pesadilla. Imaginaban también a estos otros habitantes que compartían con nosotros el universo como criaturas superiores en unas ocasiones, como razas primitivas en otras, unas veces belicosas y en otras de un pacifismo desarmante. Todo valía en el campo de la fantasía y el deseo, y estas historias reflejaban nuestros más hermosos anhelos así como nuestros miedos más profundos. El escritor Herbert George Wells (1866-1946) se convirtió en uno de los pioneros de este género, y fue en su novela La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1898) donde nos presentó qué le podría suceder a la raza humana si sufriera un ataque de una raza extraterrestre que deseara exterminarnos para ocupar nuestro lugar en un planeta tan deseado como parece ser este. Aunque cuesta creer que unos improbables marcianos encontraran de verdad de su gusto la Tierra, Wells narra con mano firme su despiadado ataque sin permitirnos dudar ni por un instante que quizá los pobres marcianos no encontrarían aquí una opción en verdad válida para poder dejar al fin su moribundo planeta. Es la guerra por la supervivencia, una guerra total, y los marcianos desatan su infierno particular sobre nosotros en la que sin duda es la narración modélica de invasiones extraterrestres por antonomasia.

    Ya a mediados de los años 20 Cecil B. DeMille había mostrado interés por dirigir una adaptación para el cine de la novela de Wells. Posteriormente directores de la talla de Serguei M. Eisenstein, Alexander Korda o Alfred Hitchcock también dejarían caer en algún momento si interés por ella. Pero no sería hasta comienzos de los años 50 cuando tomaría forma de manera definitiva el llevarla a la gran pantalla. Para ello, la productora Paramount puso al frente del proyecto a George Pal, un productor que ya había sacado adelante dos películas de ciencia ficción que habían cosechado sendos éxitos, sobre todo la segunda: Con destino a la luna (Destination Moon, Irving Pichel, 1950) y Cuando los mundos chocan (When Worlds Collide, Rudolph Maté, 1951). La guerra de los mundos (The War of the Worlds, Byron Haskin, 1953) se planteó como una gran superproducción catastrofista al estilo de esta última, con mensaje apocalíptico incluido, y con la clásica diatriba ciencia-religión como eje filosófico secundario. Filosofía a la manera de Hollywood, se entiende, y pasada por el filtro cristiano de Pal, algo que los aficionados de hoy día no parecen haberle perdonado. Sin embargo, George Pal siempre fue claro tanto en su mensaje como en sus intenciones: sus producciones estaban pensadas para el gran público, prestando mucha atención a los efectos especiales y, por encima de todo, regalándonos un sentido de la maravilla que aunque bebe más de Wells que de Jules Verne no renuncia al carácter de aventura fantástica que el francés imprimió a sus mejores obras. La ecuación ciencia contra religión se resuelve de manera amable, con la comprensión por ambas partes de la que se supone su contraria, algo que ya es más que lo habitual en el cine de ciencia ficción de los años 50, plagado de científicos dementes, ansiosos por dominar el mundo cuando no se trata de la protagonista femenina que los obsesiona. Ojo, que nosotros pensamos que una película con científico loco ya es buena de por sí, pero los pobres científicos se solían llevar la peor parte, fruto esto del pánico del espectador medio a esos experimentos con nuevas armas atómicas que los japoneses, en esos mismos años, habían dado forma en su monstruo radioactivo Godzilla (Gojira para ellos), inmortalizado por primera vez en la genial Japón bajo el terror del monstruo (Gojira, Ishirô Honda, 1954).

    Dos años invertidos en la realización de sus sorprendentes efectos especiales, maravillosos de contemplar hoy mismo, y que ganaron un Oscar en el año 1954. Ya desde el mismo tráiler de la película se anunciaba esta tardanza como reclamo. Y mucho se ha escrito sobre el prodigioso diseño de las naves marcianas, con su lento pero mortal avance que las hacía más terribles. Todo un acierto que los extraterrestres apenas aparezcan en pantalla, tan solo un breve instante en la magnífica secuencia del acoso en la granja y en el plano final. Y ni siquiera podemos verlos en su totalidad. Byron Haskin, a quien se encargó la dirección, era un artesano que había destacado sobre todo en la realización de efectos especiales y que decidió pasarse a la realización recibiendo encargos de todo tipo. Aquí mostró genio en las secuencias más espectaculares, las correspondientes al ataque de las naves alienígenas, demostrando que se puede derrochar en efectos especiales y conseguir momentos de gran belleza y fuerza. Pero también en los pasajes más sosegados, aquellos en los que la inquietud y el terror a lo desconocido se imponen a la destrucción masiva. Así la comentada secuencia del acoso que sufre la pareja protagonista en la granja por parte de dos naves marcianas, con encuentro en la tercera fase incluido. Haskin y su equipo lo cuidan todo al detalle para conseguir uno de los momentos más inolvidables de la película, aquel en el cual uno de los tentáculos extraterrestres los busca entre las ruinas de la casa y cómo uno de los tripulantes se topa con ellos. Aunque este parece más asustado que los humanos, debemos decir.

    La guerra de los mundos, de Byron Haskin (1953)

        Haskin no se muestra tan hábil en otros momentos, en especial en los minutos iniciales con la multitud que se congrega alrededor de lo que se supone es un meteorito que se ha estrellado contra la tierra. Claro que el trabajo del excelente guionista Barré Lyndon tampoco se lo había dejado fácil con ciertos toque de humor que no funcionan y momentos más serios que resultan un tanto ridículos (ese sacerdote que se acerca rezando a una de las naves confiando en que la oración los hará detenerse, pues si se trata de una raza superior, por fuerza no solo han de saber de su dios cristiano, sino que estarán “más cerca de él”). El discurso de Pal es demasiado inocente y Haskin no parece darle el mínimo crédito. Todo cambia cuando la película se adentra en la destrucción a la que los marcianos someten a nuestro planeta. Es imposible no estar un poquito de su lado contemplando la magnificencia de sus naves y sabiendo que, después de todo, si conquistan este nuevo mundo es porque en el suyo solo les espera la muerte.

    El desenlace consiste en un deus ex machina ya mítico, un recurso que suele molestar mucho a todos los profesores de escritura de guion, pero que aquí demuestra ser tan noble como otro cualquiera si es original, sorprendente y no rompe con las reglas de lo mostrado hasta entonces. Que lo más grande y poderoso sea derrotado por lo más pequeño e insignificante es una idea tan bonita, sencilla y subyugante que nadie dirá que no ama este final. Y eso que Pal prácticamente lo convierte en un milagro, ya más deus y más machina imposible, pero no se lo tenemos en cuenta porque nos ha hecho disfrutar durante hora y media como condenados.

    En el año 2005 Steven Spielberg dirigiría una nueva versión de la novela de Wells, War of the Worlds. Si la obsesión de Pal era la conciliación de la religión con la ciencia, la de Spielberg es la reconciliación familiar. Pero estas manías aparte, Spielberg es un gran alumno de Pal y supo imprimir a su película todo el sentido de la maravilla, todo el carácter aventurero y, también, todo el horror de una invasión implacable en su adaptación. Una versión moderna que por momentos supera al clásico de Haskin y Pal, aunque siempre nos quedará la secuencia de la granja para demostrarnos que la versión de 1953 permanecerá viva para siempre. Y qué diablos, por muy tremebundo que resulte el ataque marciano en la de Spielberg, las naves a cámara lenta de esta que comentamos hoy dan auténticos escalofríos. Ojalá la hayas visto siendo niño, porque si fue así te sucederá como a mí: no la olvidarás jamás.

    José Luis Forte.
    escritor.

    USA, 1953. Título original: The War of the Worlds. Director: Byron Haskin. Guion: Barré Lyndon, basado en la novela de H. G. Wells. Productora: Paramount Pictures. Productor: George Pal. Productor ejecutivo: Cecil B. DeMille. Estreno: 26 de agosto de 1953. Fotografía: George Barnes. Fotografía efectos especiales: Gordon Jennings. Música: Leith Stevens. Dirección artística: Albert Nozaki y Hal Pereira. Astronomical Art: Chesley Bonestell. Miniaturas: Marcel Delgado. Montaje: Everett Douglas. Director de sonido: Loren L. Ryder. Intérpretes: Gene Barry, Ann Robinson, Les Tremayne, Robert Cornthwaite, Sandro Giglio, Lewis Martin, Vernon Rich, Henry Brandon, Cedric Hardwicke, George Pal. 

    La guerra de los mundos, de Byron Haskin (1953) poster
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    2 comentarios:

    1. Maravilloso clásico y magnífica reseña, amigo Forte. Entre el remake de Spielberg y ésta, no sabría con cuál quedarme. Tal vez con la nueva, porque soy muy fan del rey Midas de Hollywood... Ahora a planear nuestra próxima colaboración jejeje Un abrazo!

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    2. Gracias, Jose, por comentar y por tus demasiado amables palabras.


      La de Spielberg me encanta, pero me quedo pese a todo con la de Haskin y Pal porque tiene algunos momentos de una belleza inquietante. Aunque en realidad no hay por qué elegir: son dos buenas películas de ciencia ficción. Cualquier amante del género las disfrutará, o al menos eso creo...


      Y lo dicho, a pensar en la siguiente, jaja.

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