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    CRÍTICA | NO

    No, de Pablo Larraín
    TRANSPARENTE DOCUMENTO POLÍTICO
    crítica| No (Pablo Larraín, 2012)

         Un miembro del cuerpo antidisturbios agarra de la camisa a un manifestante subversivo. Éste intenta desprenderse y cae al suelo, pero aquel no cede en su empeño y, ante la mirada de otros integrantes de su bando, alza su porra y golpea en la cabeza del insurgente. Ambas son personas anónimas, representativas de los dos lados opuestos de un conflicto que divide a la sociedad. Pero a ambos les une el clima de fervor y violencia que estalla cuando se pierden de vista la empatía y los valores, sustituidos por la ceguera ideológica y las acciones impulsivas. Podría ser una escena sita en cualquier régimen dictatorial o totalitario, pero en concreto pertenece a la experiencia chilena, enmarcada entre las fechas de 1973 y 1990. Aquel año, un golpe de Estado liderado por el recién nombrado comandante en jefe del ejército chileno, Augusto Pinochet, ponía fin al Gobierno socialista de Salvador Allende e instauraba un régimen militar que se prolongaría durante esos diecisiete años. Durante este período las represalias fueron masivas, la censura estuvo al orden del día, los opositores fueron encarcelados y las organizaciones ilegalizadas… En definitiva, los derechos y las libertades eran sistemáticamente violadas, desde las facultades positivas de participación política y asociacionismo, hasta los atributos más básicos de integridad personal e igualdad ante la ley, como evidencia esa escena entre dos hombres que en apenas una instantánea plasman el antagonismo más inexplicable.

    En No, nominada en la categoría de Mejor Película Extranjera para los Oscar de este año, Pablo Larraín cierra su trilogía de análisis sociopolítico de esa época tan oscura vivida por su país. Pero lo hace con sorprendente optimismo. O quizás no tan sorprendente si tenemos en cuenta que, ahora sí a diferencia de otros Estados del mundo hispánico que sucumbieron a dictaduras similares, el pueblo chileno no era precario políticamente hablando, sino que gozaba de un demos activo y hasta cierto punto maduro. La instauración forzosa de un gobierno militar y antidemocrático suscitó por tanto, además de los mencionados enfrentamientos y protestas, un sentimiento más o menos generalizado de oposición concentrada, aunque no pocos debieron, por temor, falsificar u ocultar sus verdaderas preferencias. En cualquier caso el debate estaba latente y su realización era posible, como llegó a evidenciarse en el referéndum plebiscitario convocado por Pinochet en 1988. La película de Larraín recoge este concreto hito histórico, circunscribiendo su narrativa exclusivamente a ese referéndum, pero al mismo tiempo estirándolo hacia el pasado y hacia el presente. Por un lado aprovecha testimonios de algunas personas que vivieron tal evento, aunque integrándolos en dicha narrativa, sin adoptar nunca un estilo propiamente documental; y por otro lado arroja luz sobre imágenes de archivo anteriores, que acaban fundiéndose asimismo con la narrativa del proceso consultivo sobre el que gira la trama. Una de estas imágenes es la del agente antidisturbios y el manifestante, de forma que ambos vuelven a cobrar vida y se convierten en sujetos individualizados para la lucha que ahora se libra ante las urnas.

    No, de Pablo Larraín

         Pero la capacidad que tiene esta película para revitalizar un acontecimiento pasado va más allá. Desde el empleo de las mismas cámaras que se usaban entonces para los programas televisivos, hasta una iluminación en ocasiones saturada y algunas secuencias de montaje brusco, todos son recursos que degradan la imagen para asociarla a la época en que tiene lugar. Con esto se consigue que uno se sienta espectador privilegiado de tal acontecimiento, como si realmente volviese a ocurrir ante nuestros ojos, pero a la vez impide que uno se sienta absorbido o incluso atraído por esta historia. Aunque los que tengan interés por las dinámicas de un proceso político sabrán apreciar el detalle y la verosimilitud con que Larraín nos recrea este proceso en concreto, parte del público puede permanecer más bien impasible ante la forma en que se nos transmite tal información, a excepción de los momentos de más humor o mayor tensión. En otras palabras, este discurso en apariencia ligero pero en el fondo cargado de examen y datos, y presentado con tal estética anacrónica, puede echar atrás a más de uno.

    Al mismo tiempo, esta complejidad visual y narrativa se ve contrapuesta por un desarrollo relativamente convencional, previsible por naturaleza y extrañamente superficial en algunos de sus puntos, principalmente los más dramáticos. El propósito de esta película se orienta entonces hacia la documentación más fidedigna posible, pero con una marcada inclinación por el mero entretenimiento. Así lo ponen de manifiesto una puesta en escena muy dinámica, basada en secuencias de diálogos ágiles y cargados de significado que se suceden en localizaciones dispares; y una temática que realza su componente no ya optimista sino travieso e incluso lúdico, acorde a la estrategia publicitaria en defensa del “no”. La política se mezcla en definitiva con el marketing, y ello tiene un evidente reflejo en el rodaje de los diferentes montajes que pasarán a integrar el espacio televisado de dicha campaña, que contemplamos primero desde el punto de vista de su equipo técnico, y luego junto al público al que se dirigen. Asistimos así a otro nivel de ejercicio autorreferencial que acentúa la distancia entre el espectador y la historia, entre la realidad y la ficción. Pero también se trata de un recurso que se asegura la complicidad entre dicho espectador y los personajes que pueblan la película, pues aquel les acompaña a éstos por las diferentes causalidades de esta empresa en busca del convencimiento y el apoyo de los ciudadanos chilenos.

    Optimismo frente al terror. Diversión frente a la zozobra. Estos son los lemas del protagonista que, casi sin quererlo, se convierte en el líder de la oposición electoral a Pinochet. Interpretado con eficacia por Gael García Bernal, representa no ya al insurgente movilizado contra las injusticias de una autoridad ilegítima, sino al sentir del ciudadano de a pie. Quizás es más lúcido que los demás por acertar a transmitir realmente lo que añora mayoritariamente el pueblo chileno, pero sus aspiraciones a corto plazo se corresponden con las de éste y su comportamiento es igual de pragmático. Por eso esta película se debe acomodar a una difícil dicotomía, aquella que distingue el proceso y el sujeto, a la vez que busca el equilibrio entre el documental y la ficción. Lo primero se corresponde con el panorama de la investigación, mientras que lo segundo nos remite al mundo de las emociones. Compaginar ambos, mostrándonos este referéndum clave desde una óptica tan humana, supone garantizar el espectáculo sin olvidar el contenido casi noticiario. Como bien sabemos, ambos no tienen por qué estar reñidos, pero esta yuxtaposición sí conduce a un resultado no tan profundo ni memorable como podría haber llegado a ser, sobretodo teniendo en cuenta los dilemas que toca. ★★★★★

    Ignacio Navarro.
    director y crítico cinematográfico.

    Chile, México, Estados Unidos, 2012. Director: Pablo Larraín. Guionista: Pedro Peirano. Productora: Fabula production / Participant Media / Funny Balloons. Presentación: Quincena de Realizadores (mejor película) de Cannes 2012. Fotografía: Sergio Armstrong. Música: Carlos Cabezas. Intérpretes: Gael García Bernal, Alfredo Castro, Luis Gnecco, Antonia Zegers, Néstor Cantillana, Alejandro Goic, Diego Muñoz, Jaime Vadell, Marcial Tagle, Manuela Oyarzún, Pascal Montero, José Manuel Salcedo, Enrique Garcia. Nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa.

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