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    Crítica | Frantz

    Frantz

    Heridas de guerra

    crítica ★★★★ de Frantz (François Ozon, Francia, 2016).

    Ha terminado la Primera Guerra Mundial y las calles de Francia se llenan de celebraciones y desfiles festejando la victoria sobre el enemigo alemán. Soldados marchando al ritmo del ruido de sus botas golpeando las calles y de la música de fanfarria que ensordece el ambiente. Flores y abrazos y fusiles al hombro cantando el triunfo. Los altos mandos encabezando las marchas, aquí sí, esto no es el frente, con sus sables relucientes balanceándose al compás de sus pasos. Entrevemos su brillo entonces en un plano brutal: pasan ante nuestros ojos enmarcados por las muletas, la pierna y el muñón donde debería estar la otra de un soldado. La realidad de la batalla sirviendo de teatro para que se represente el espectáculo pueril de la alharaca heroica. De esta manera daba inicio una de las mejores películas anti bélicas jamás rodadas: Remordimiento (Broken Lullaby, 1932), dirigida por Ernst Lubitsch y basada en una obra teatral de Maurice Rostand. Con una concisión implacable Lubitsch desgranaba en poco más de una hora un sangrante relato sobre la pesadilla que supuso esa guerra y las dolorosas secuelas que dejó en quienes la vivieron, pero también una historia de amor y redención de un elevado romanticismo y una soberbia plasticidad. El único melodrama rodado por Lubitsch en su etapa sonora mostraba además un magistral uso del sonido en unos años en los que este aún suponía un problema para muchos directores que se adaptaban como podían a esta nueva técnica cinematográfica: el paseo de los jóvenes enamorados protagonistas, ella alemana, él francés, por la pequeña población de una Alemania aún transida por la derrota estará acompañado por el ruido de las campanillas en las puertas de las tiendas y las ventanas que se abren a su paso, espiando sus movimientos, haciendo de lo privado y emocional un espectáculo de cotilleos y maledicencia. Un Lubitsch moderno y revolucionario capaz de impactar con la misma fuerza hoy día que en aquel lejano entonces. No deja de sorprender pues que François Ozon, un director en principio ajeno a las formas del director alemán, si bien no tanto si atendemos a cómo ambos muestran a sus protagonistas femeninas o la mirada vitriólica sobre la sociedad, haya abordado el rodaje de una adaptación de este clásico con la ayuda de Philippe Piazzo al guion. Una empresa complicada pues iba a ser inevitable establecer comparaciones.

    Un joven francés, Adrien Rivoire (Pierre Niney), ha matado a un soldado alemán en combate. Acuciado por los remordimientos de lo que para él no es sino un crimen, decide como acto de contrición visitar el hogar del muerto donde viven los padres de este junto a la joven Anna (Paula Beer), su prometida. Incapaz de contarles la razón por la que ha llegado allí desde un país hasta hace nada enemigo declarado, se presenta como un antiguo amigo del fallecido. Sin pretenderlo, poco a poco se irá ganando el corazón de la familia y en especial el de Anna, que reencontrará en Adrien el amor perdido en la guerra. Durante la primera mitad de su metraje, Frantz (2016) sigue el libreto de Remordimiento solventando con elegancia una partida que sabe perdida: superar al original de Lubitsch. No lo pretende: evita la reconstrucción salvo en aquellas escenas en las que la evolución de la trama o la esencia del discurso anti bélico están presentes. Así, en la secuencia del bar en la que el padre del soldado alemán fallecido lanza su tan terrible como certero discurso en el que explica que los verdaderos culpables de las muertes de los hijos no son los soldados enemigos, sino la de los propios padres que lanzan a sus descendientes a la batalla siguiendo los dictados ciegos del orgullo y la patria. Lo que en Lubitsch resulta conmovedor aquí deviene comedida exposición, pero Ozon a pesar de ello no rompe el tono ni el ritmo de su relato pues ese es el camino por el que ha optado. Frente a la pasión romántica del clásico, Frantz se presenta más apagada y solemne, acorde con el ambiente de tristeza y pérdida con el que se inicia su película. Más sosegada e intimista que la original, con menor fuerza también, la nueva versión se despliega con una elegancia propia de otros tiempos, quizá el homenaje más sincero que su director podría ofrecer, desviándose de la línea marcada tan solo en el uso ocasional del color (la cinta está rodada en blanco y negro) para revivir las piadosas mentiras que Adrien cuenta a la familia, recuerdos inventados de su vida en París como amigo del hijo fallecido, y en el desenlace de la estadía de Adrien en el pequeño pueblecito alemán. Este retornará a su país, y esta decisión es lo que dará lugar a una segunda parte del filme que plantea una situación que nada tiene que ver con la propuesta por Lubitsch y que generará toda una trama inexistente en la de este: Anna emprenderá un viaje a Francia a la búsqueda de Adrien.

    Frantz

    «Apoyado en la magnífica interpretación de Paula Beer, que nos ofrece una Anna asolada por el dolor de la pérdida pero al tiempo capaz de volver a sentir las emociones que una vez la conmovieron, François Ozon impone un largo epílogo a una historia que bajo sus manos se torna necesario. Aporta originalidad y una emoción siempre contenida allí donde hasta ese entonces solo había respetuosa reconstrucción».


    Anna, decidida a reencontrarse con Adrien, dará inicio a su periplo francés casi a ciegas, solo siguiendo la dirección que el joven había escrito en su última carta y que ahora ya no es la suya. Ozon da vida a esta pequeña aventura de quien no se resigna a lo impuesto, a seguir la convención que impone el sentido común, manteniendo su elegante compulsión. Un periplo que, si bien no exento de ilusión, no deja de transmitir en todo momento su tono crepuscular, de melancólica tristeza, pues no otra cosa ha dejado atrás el horror de la guerra. Lo perdido se torna irrecuperable y la ensoñación de volver a abrazarlo y sentirlo en nuestra piel será un deseo condenado tal vez a no cumplirse nunca. Apoyado en la magnífica interpretación de Paula Beer, que nos ofrece una Anna asolada por el dolor de la pérdida pero al tiempo capaz de volver a sentir las emociones que una vez la conmovieron, François Ozon impone un largo epílogo a una historia que bajo sus manos se torna necesario. Aporta originalidad y una emoción siempre contenida allí donde hasta ese entonces solo había respetuosa reconstrucción. Viendo Frantz se entiende por qué revisitar un clásico insuperable: hay amor por el original, pero también un deseo de proveer de un nuevo final a la obra de Rostand. Un ejemplo perfecto de cómo acercarse a una obra maestra del pasado que permanece intacta a través del tiempo y ofrecer una visión personal y sincera de cómo le hubiera gustado que continuara. | ★★★★ |


    José Luis Forte
    © Revista EAM / 64º Festival de San Sebastián


    Ficha técnica
    Francia, Alemania, 2016. Título original: Frantz. Director: François Ozon. Guion: François Ozon y Philippe Piazzo. Productoras: Mandarin Films, X-Filme Creative Pool, FOZ, Mars Films, France 2 Cinéma, Films Distribution y Universal Pictures International (UPI). Productores: Eric Altmayer, Nicolas Altmayer, Stefan Arndt y Andreas Grosch. Estreno: 3 de septiembre de 2016. Fotografía: Pascal Marti. Música: Philippe Rombi. Montaje: Laure Gardette. Diseño de producción: Michel Barthélémy. Dirección artística: Susanne Abel. Intérpretes: Paula Beer, Pierre Niney, Ernst Stötzner, Marie Gruber, Johann von Bülow, Anton von Lucke, Cyrielle Clair, Alice de Lencquesaing, Axel Wandtke. PÓSTER OFICIAL.

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