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    Mostra de Venecia 2016 (VIII) | Críticas: Jackie / Austerlitz / Planetarium / Paradise / The journey

    Natalie Portman

    Memoria histórica

    Crónica de la octava jornada de la 73ª edición de la Mostra de Venecia.

    Abordar figuras trágicas no suele ser fácil. Y cuando estas arrastran tras de sí una leyenda maldita el peligro de pervertir una visión íntima y desprejuiciada con la perspectiva consciente del tiempo puede llevar al traste las buenas intenciones. Era uno de los temores primordiales previos a Jackie (80/100). La última cinta de Pablo Larraín se ha presentado esta mañana en la Mostra con mucha expectación tras el exitoso paso de Neruda por la Croisette y con el importante añadido de tener como productor a otra fuerza creativa notable: Darren Aronofsky. Él mismo fue el que le ofreció al chileno encargarse de este proyecto, con la única condición de Natalie Portman fuera la protagonista. La decisión no podía ser más acertada, y la simbiosis que la actriz experimentó en Cisne negro ha vuelto a producirse. La mirada introspectiva con la que se estudia a Jackie Kennedy refleja la complejidad de una mujer a la que el mundo calificó de fría. Larraín, poco amigo de sentimentalismos, evoca una sensación incómoda muy subrayada por la compositora Mica Levi (autora también de la sonoridad de Under the Skin de Jonathan Glazer), que aquí sigue apostando por tracks donde la extrañeza y el misterio enrarezcan todos los sentimientos extrapolados. A través de Portman, uno puede atisbar parte de la inmensa desesperanza del personaje, de la tristeza contenida y agotamiento que el rostro de la actriz contiene siempre en el límite y que, a veces, lleva a una suerte de exageración teatral cuando las cámaras entran en las estancias de la Casa Blanca para presentarle al mundo aquello que hasta hace poco perteneció a su difunto marido. Larraín, traicionado en ocasiones por la morbosidad, contrapone una cara pública y falsamente complaciente a otra resentida y cínica que se mueve ebria por las habitaciones mientras en el tocadiscos suena la canción preferida de su esposo, el final del musical Camelot. Es la imagen de una mujer que ha perdido la ilusión. Jackie es un retrato crepuscular imbuido de nostalgia y anhelo sobre la pérdida dolorosa de un tiempo en el que los ideales todavía eran algo tangible y que hombres como John Fitzgerald encarnaron a la perfección, erigiéndose a su muerte los recuerdos de promesas que nunca llegarían a cumplirse. En ellos quedará materializada para siempre la memoria de ese Camelot que moriría con Mrs. Kennedy.

    El conmovedor retrato de Larraín ha tenido su réplica con The Journey (60/100), la cómica especulación de Nick Hamm sobre la conversación que llevó a los dos archienemigos de la política irlandesa, Martin McGuinness e Iain Paisley, a terminar forjando un trato de paz aparentemente imposible y una amistad por la que se les acabaría conociendo como The Chuckle Brothers. Sin ser un alarde de dirección, la película se beneficia de un tema y unas figuras que a los anglosajones les toca de cerca y que ha definido su Historia de manera imborrable; pero, sobre todo, se ve elevada por un casting impecable donde Timothy Spall borda la terquedad del veterano Paisley. Hamm, más conocido por ser artífice de aquella entretenida tontería que era The Hole con Thora Birch, ha recurrido aquí a unos mañas teatrales bastante caricaturescas que, en sus evidentes metáforas, restan bastante eficacia a un guion por otro lado bastante interesante, que apela a una percepción muy vigente sobre esos políticos incapaces de dar su brazo a torcer (eso los españoles lo sabemos bien) aunque eso conlleve perjuicios para la propia población que gobiernan. Ese concepto que tan bien retrata The Journey, habla de algo en lo que uno desea creer desesperadamente. Que dos políticos, por muy distintos que sean, por mucha animadversión que se tengan, deben ser capaces de limar asperezas para tomar decisiones por un bien común que trascienda orgullos personales. Es un optimismo mediocremente plasmado pero estamos tan faltos de él que es harto difícil no dejarse conquistar por el mismo, aunque sea un poco.

    Planetarium
    La protagonista del día en Venecia, Natalie Portman, en un fotograma de Planetarium.

    Estas dos propuestas, cercanas al biopic aunque sin abrazarlo del todo, han continuado con el pase de público de lo último del bielorruso Sergei Loznitsa: Austerlitz (70/100). Un árido golpe a la indiferencia con la que lidiamos la historia reciente basado en una serie de planos estáticos en blanco y negro que registran los movimientos de turistas en un campo de exterminio nazi. El viajero, en su afán por registrar cada recuerdo, parece olvidarse dónde se encuentra, lo que está viendo y lo que allí ha ocurrido. Loznitsa, apostando una mirada limpia y sencilla, la del que observa sin emitir juicio, apenas con una cámara y varios planos, captura momentos reveladores sobre la facilidad con la que desatendemos a la memoria histórica, banalizando monumentos que siguen siendo la representación de una atrocidad que parece que ya no nos afecta. Desde el cuestionable dogmatismo o indiferencia de algunos guías, hasta el momento de un turista imitando la posición de los torturados para la fotografía de familia, pasando por la necesidad acuciante de tomar las fotos en nuestro móvil. La cuestión es registrar nuestras vivencias con el automatismo ciego y veloz del visitante. Complementaria a la perspectiva de Loznitsa, la rusa Paradise (60/100) de Andrei Konchalovsky ofrecía otro estudio de estos mismos espacios, esta vez volviendo cronológicamente al pasado pero de nuevo en blanco y negro, siguiendo a varios individuos que terminarán cruzándose en diversos puntos: una editora de moda arrestada por acoger dos niños judíos en su casa, un soldado alemán ferviente creyente del ‘nuevo paraíso’ que pregona el Nazismo, y el oficial que comienza a gestionar la detención de la periodista. Alternando sus relatos en primera persona, contados directamente a cámara en un espacio neutro con los flashbacks de cada uno, Paradise despliega sus cartas con la aportación de una fotografía de gran elegancia y una interpretación femenina que, atención, podría dar la sorpresa el próximo sábado. La rusa Yuliya Vysotskaya, la encargada de encarnar a Olga, transmite una dignidad altiva, a medio camino entre el orgullo herido y la tristeza que se revela como lo más emocionante de toda película. Lástima que al final Konchalovsky no pueda evitar transmitir un ideario moralizante y tome una decisión importantísima en el cierre que condiciona todo lo narrado. Aun con todo, el contraste casual que han ofrecido tanto Konchalovsky como Loznitsa en la programación no podría haberse estructurado de mejor forma. Ambos muestran la cara y la cruz de unos lugares ya desenfocados por el progreso. El día concluyó de forma circular. Portman abrió y Portman cerró. Lo hizo con Planetarium (30/100), presentada en la sección paralela de Orizzonti en una proyección especial a última hora apenas concurrida. Rebecca Zlotowski llegaba con un guion ambientado en los años 30 que tan pronto juntaba médiums con cine o México con orgasmos espirituales, creando un batiburrillo intencionadamente confuso y presuntuoso. Llenar de elipsis un montaje, eliminar toda continuidad espacial y apoyar tus fortalezas en el rostro de grandes actrices no es el mejor camino. La directora confunde conceptos y, en lugar de convertir su película en un atractivo puzle esotérico de referencias cinéfilas (cóctel cuando menos curioso), acaba embarrancada en la pretenciosidad, merced a una escritura regida más por el azar que por la coherencia. No hay explicaciones para las actitudes de sus personajes. ¿Qué han querido contarnos? Nadie puede dar una respuesta clara. Quizá la realizadora gala quería emular el tour mental como el que las protagonistas ofrecen a sus clientes. Excusa algo débil para sostener un metraje que ni siquiera una esforzada Natalie Portman puede llevar a buen puerto.


    Gonzalo Hernández Espinosa
    © Revista EAM / 73ª Mostra de Venecia


    El fulgor efímero

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