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  • In sanguis veritas.
    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Festival de Cannes 2016. Día 7. Críticas: Aquarius / Ma'Rosa / Mimosas / Captain Fantastic / Julieta

    Pedro Almodóvar en Cannes

    A Hard Day’s Night

    Crónica de la séptima jornada de la 69ª edición del Festival de Cannes.

    Llegaba Almodóvar a La Croisette arropado por los aplausos incansables de un público que lo acoge como el ídolo de masas en el que se ha convertido. Su película, Julieta, pese a ser la menos almodovariana de las que ha realizado nunca, ha despertado un gran interés en el público francés que aceptaba el encanto del manchego y lo premiaba con un respaldo absoluto. Mimosas, de otro realizador español, aunque éste prefiera responder al cosmopolitismo, nos introducía en un relato esotérico sobre las poblaciones norafricanas que sorprendía por su laicismo y su asombrosa puesta en escena. Y de un trabajo de elevada complejidad diegética a otro completamente antagónico en ese aspecto, aunque muy entretenido: Captain Fantastic resolvía con mucho oficio una crítica a los extremos ideológicos y a la sobreprotección infantil. De ahí nos marchábamos a Aquarius, una de esas cintas que alcanzan una importancia preponderante debido a su inmediatez y a la rabia con la que entonan un grito de protesta necesario. Cerrábamos la jornada con Brillante Mendoza y su Ma’Rosa, un filme que resulta algo convencional en el contenido, aunque muy bien ejecutado en base a la perfecta definición de la violencia institucional de un gobierno brutalizado.

    JULIETA

    Pedro Almodóvar, España, 2016 / COMPETICIÓN.

    Poco queda de aquel Almodóvar contestatario que se rebelaba contra los cánones de petulancia formal allá por los albores de los años 80. El manchego, en plena movida, era capaz de romper los esquemas clásicos del cine español a golpe de iconoclastia erótico-psicótica. Hoy, con el estreno de Julieta, deja claro que él ya no forma parte de la cultura rupturista a la que se unen las nuevas generaciones; el agotamiento y el paso del tiempo le han hecho asentarse en un estilo mucho más narrativo y pausado que evita el azoramiento histérico de antaño. El libreto que el realizador adapta de un relato de Alice Munro incide en sus obsesiones, u obsesión, perenne: la perturbadora relación freudiana maternofilial. Sin embargo, Almodóvar la aborda ahora desde una óptica completamente externa, sin implicarse, sin dejar entrever por ningún lado la desolación de sus inquietudes como artista y como reflejo de su obra. No aparece el desencanto de una época, ni la malicia sibilina de sus personajes. Por momentos vislumbramos una chispa de aquello personalizada en la inigualable Rossy de Palma, pero no es más que un espejismo, pues ni la soberbia actriz es capaz de devolver la agudeza a un cine que se pierde en la vaguedad de la medianía; no deja de ser una obra más del montón, incapaz de destacar por algo que no sea el nombre del autor.

    Lenta en un exceso prosaico, la trama se mantiene con vida gracias a un astuto truco de identidades, al representar a la misma persona por medio de dos actrices diferentes. No obstante, una vez que ese truco se ha afianzado y el proceso mutacional ha sido acertadamente colocado y contextualizado en un momento determinado del metraje, como indicador del fin y el comienzo de una etapa tan importante que adquiere un sentido absoluto, la película pierde entonces gran parte de su fuerza y se deja arrastrar a la deriva impulsada por la dramática historia de una familia cuyos lazos han sido arrancados con la fuerza de una tormenta salvaje. El director resuelve el entuerto con oficio pero sin despeinarse. Echamos en falta alguna vuelta de tuerca más sorprendente que premie nuestra paciencia pero, en su lugar, nos encontramos al amparo de un narrador empecinado que sigue con el ciego objetivo de aportar lirismo a un discurso cuya mayor, y puede que única, fuerza reside en la extremada gravedad dramática. (60 de 100)

    Mimosas

    MIMOSAS

    Óliver Laxe, España, 2016 / SEMANA DE LA CRÍTICA.

    En el poema The Road Not Taken (el camino no tomado), Robert Frost narraba la particular dificultad de Lawrance Thompson para afrontar una situación dicotómica pues, debido a su pensamiento pesimista, se autocondenaba al arrepentimiento eterno, ya que estaba convencido de que, tomara la decisión que tomara, siempre estaría equivocado. El camino se construye bajo los pasos del caminante quien, en su recorrido, tendrá que afrontar una serie de encrucijadas que determinarán el éxito de su empresa. Oliver Laxe plantea en Mimosas un viaje ulisiaco cuya estructura misma ya está provista de narrativa, pues proporciona el esquema básico del relato al margen del argumento o la interacción de los protagonistas. Este poema épico se compone de tres actos que corresponden a la estructura aristotélica formal y que se distinguen por un contexto narrativo diferente en cada uno de ellos: El primero, presentación, construye un montaje paralelo en el que se alternan planos entre el núcleo urbano de una ciudad de Marruecos, y un paraje desértico en torno a una remota cordillera; el segundo, nudo, desarrolla el concepto polisémico de ese viaje, tanto en el apartado físico como en el alegórico; el tercero y último, desenlace, corresponde a una breve demostración práctica de las consecuencias que acarrea romper esa dicotomía inicial y, por fin, aceptar la ineludible decisión tomada para encaminar los pasos hasta la esperada vuelta a casa, que supone la liberación absoluta y el final de proceso mutacional del individuo.

    La película ahonda en la representación de un espacio que, literalmente, devora al sujeto. La inmensidad del paisaje se extiende sobre un plano bidimensional para acentuar la longitud de las distancias y destrozar la motivación del migrante mucho antes de que comiencen a fallar sus fuerzas. Del mismo modo que el deambular urbano propio de los bohemios personajes de la Nouvelle Vague se podría interpretar como un enfrentamiento del hombre a sus raíces, y a lo tedioso y melancólico de la vida urbana, el desierto supone la transición del nómada, su encuentro con la fe, con sus creencias religiosas o con la destrucción de todas ellas a causa de una revelación espontánea. El proceso de aprendizaje trágico del héroe finaliza cuando comprende el significado de sus propios pasos, que normalmente queda representado metafóricamente con esa llegada a casa, donde se produce un encuentro con su propia sombra y se acepta el cambio definitivo, dando así sentido al viaje iniciático. Ahmed es una figura mesiánica destinada a salvar la honra de un viejo Sheikh —jeque— cuya última voluntad fue que lo enterraran en su ciudad natal. Para lograr esta misión, el protagonista cuenta con la ayuda de un fiel escudero y un excéntrico colaborador esporádico que asumirá el papel de conciencia del líder y, como tal, su ligazón con éste será absoluta, pues un hombre no puede ser separado de su moral. Laxe ejecuta un ejercicio de una gravedad visual portentosa, lleno de simbolismos metafóricos y dotado de un acertadísimo laicismo dramático. (75 de 100)

    Captain Fantastic

    CAPTAIN FANTASTIC

    Matt Ross, Estados Unidos, 2016 / UN CERTAIN REGARD.

    Cuando una persona se plantea a qué colegio enviar a sus hijos, si a uno público, a uno privado, a uno concertado… es obvio que tiene en cuenta tanto la posible parcialidad a la hora de enseñar ciertas materias, como el ambiente general del centro y la influencia que el resto de alumnos podrían ejercer sobre su perfecto vástago, indefenso y vulnerable ante un sistema aterrador. Es evidente que siempre va a existir una subjetividad inherente a todas las materias de estudio, proveniente de siglos de manipulación textual e interpretaciones personales del equipo redactor pero, pese a ello, resultaría insólito que a cualquier padre se le pasara por la cabeza llegar al extremo educativo del protagonista de Captain Fantastic, un antisistema obsesionado con la contaminación progresista, que está decidido a vivir al margen de todas las obligaciones institucionales. El director recluta a la estrella mediática Viggo Mortensen y lo viste de “último superviviente” para ejemplificar las posibilidades y las consecuencias de tratar de educar a una familia al margen de la sociedad gubernamentalmente organizada. 

    El filme comienza con el anuncio de una pésima noticia para los miembros de la familia quienes, tras una rapidísima fase de asimilación, emprenderán una excursión desde su retiro anacoreta en un remoto bosque del oeste de Estados Unidos, hasta la gran ciudad. La frialdad temperamental de los personajes, mucho más notable en los niños, queda explicada tras ver el régimen de disciplina al que están sujetos. Su padre los entrena diariamente y de manera continua en el perfeccionamiento de la mente y el intelecto: combates cuerpo a cuerpo, escalada vertical, cross-country, estudio de ensayos filosóficos, políticos, históricos, y su correspondiente desarrollo de la capacidad analítica y crítica de dichos textos… todo forma parte de un plan de enseñanza perfecto que convertirá a los jóvenes en perfectos especímenes. No obstante, pese a que la niña de ocho años sea capaz de memorizar, analizar y sintetizar el código legislativo estadounidense de memoria, es incapaz de comprender los códigos de conducta sociales que pueden llevarla a, por ejemplo, entablar amistad con alguien de su edad. El primitivismo propuesto por el protagonista será llevado a análisis y a una continua crítica debido a lo pernicioso que resulta para sus hijos, un debate que, pese a su constante critica al corporativismo y al fariseísmo de las grandes superficies, tiende a desviarse ligeramente hacia la derecha comunista, al menos en cuanto a que se erige como la única forma segura de vida para el ciudadano. El cómico guion se apoya en la singularidad de un grupo de personas que nos atraen por su superioridad intelectual y su destreza física, pero al mismo tiempo nos despiertan una sensación de tristeza y soledad al verlos desprovistos de todos los pequeños caprichos —producidos por un sistema plutócrata— y celebraciones que hacen de la infancia la etapa de inocencia con la que todos la asociamos. (70 de 100)

    Aquarius

    AQUARIUS

    Kleber Mendonça Filho, Brasil, 2016 / COMPETICIÓN.

    El brasileño Kleber Mendonça Filho se llevaba una de las grandes ovaciones de un público que asistía a la presentación de su última película: Aquarius, muy motivado y con un interés muy alto por saber los derroteros por los que esta comentadísima película iba a discurrir. La cinta compone una crítica voraz hacia un gobierno corrupto y negligente que permite todo tipo de abusos de las grandes empresas con el objetivo de eliminar esas pequeñas lacras que, en alguna ocasión, conforman los seres humanos que osan a no acceder amablemente a sus “dadivosas” exigencias. Mediante una estructuración muy elocuente del filme en tres partes, correspondientes a tres momentos importantes en la vida de la protagonista, aunque presentados de manera metafórica bajo un título muy abstracto, el realizador lleva a cabo un ejercicio de impecable elipsis y una concesión ejemplar. Sustentado por un guion muy bien construido, el relato comenzará narrando la historia de la protagonista, Clara, desde el día en el que su tía Lucía cumplía 70 años. El primer capítulo, que lleva por título, “el pelo de Clara”, sirve de contexto general y de presentación de los personajes, en concreto del personaje principal: Clara, una mujer de cabeza rapada que lucha por superar un cáncer con la ayuda de su familia. 30 años después Clara luce una melena espectacular y su aspecto corresponde al de una atractiva mujer de 65 años, marcada por el estigma de la guerra a la que tuvo que hacer frente y que la dejó con una impresionante cicatriz y una asimetría escultural. 

    La segunda parte, “El amor de Clara”, funciona a modo de episodio introspectivo en la mente de la protagonista, llegamos a entender sus azoramientos y la convicción con la que se aferra a las cosas que le importan, como por ejemplo, su piso en primera línea de playa por el que una constructora le ha ofrecido una suculenta cifra que Clara se niega, siquiera, a considerar. La película alterna aquí situaciones cotidianas de su vida y su tiempo libre con sus amigas, sus momentos de intimidad rodeada de música y, sobre todo, su playa, con otras más externas que explican el concepto que una mujer, que ha pasado por lo que ella, puede tener del amor, un concepto que ha sufrido muchas variaciones a lo largo de los años, conforme la inocencia se ha ido perdiendo. Por su parte, el líder del proyecto de construcción se muestra cada vez más agresivo en sus contactos con la protagonista, quien se verá expuesta a una situación abusiva y desestabilizante con el objetivo de hacerla huir de su casa por las malas. Unas escenas medio cortadas y ocultas bajo un borroso filtro onírico insinúan la posibilidad de que esa estrategia agresiva para convencer a Clara pudo haber tomado un giro despreciable, sin embargo, el enfoque que se le da a la situación deja en evidencia la fuerza y la capacidad de la protagonista para asumir el dolor y absorberlo como algo inamovible en su vida. El tercer y último capítulo, “El cáncer de Clara”, se olvida de todo lo que no esté relacionado con su lucha contra la constructora; una lucha sin tregua que ha alcanzado una intensidad terrible. Pero aquí es donde apreciaremos fielmente el verdadero yo de Clara, llegaremos a conocer quién es realmente y cuál es esa historia que ha quedado resumida en tres momentos anecdóticos hasta el punto de hacernos olvidar el título del filme. Una mujer que ha luchado incansablemente durante 30 años contra el peor enemigo de la sociedad contemporánea, no parece probable que vaya a doblegarse porque venga un niñato de ciudad, malcriado y consentido, a lanzarle, con una rabieta infantil, una amenaza envuelta en una declaración de guerra para que abandone su tan preciado Aquarius. (75 de 100)

    Ma'Rosa

    MA'ROSA

    Brillante Mendoza, Filipinas, 2016 / COMPETICIÓN.

    Descendiente ideológico de Lino Brocka, el filipino Brillante Mendoza no titubea a la hora de representar la inestabilidad existencial sufrida por sus compatriotas, sobre todo cuando el ámbito político se traslada de manera inexorable hacia el moral, y lo condiciona como parte de una autarquía procedimental que rige el guion de miles de vidas oprimidas. Su lenguaje cinematográfico se caracteriza por la cercanía de su mirada y la tosquedad de sus imágenes. Ma’Rosa evidencia una sintaxis coloquial estructurada en esquemas sencillos que representan la sociedad de a pie, los mártires transformados en héroes en la efímera vaguedad de un largometraje. Mendoza nos sitúa en una agónica Manila dominada por la corruptela policial y el contrabando. En medio de un paisaje tan desolador encontramos a Rosa, madre de familia y propietaria de una tienda de ultramarinos que, además, sirve como tapadera para la venta de estupefacientes con los que la mujer trata de salvar a su familia de la despiadada opresión gubernamental y la pobreza que se extiende como un mal endémico. 

    El avance narrativo, pese a que nos resulta bastante conocido, es dolorosamente lento y humilde. El director se recrea en la brutalidad por medio de una cámara frenética que no detiene su nervioso movimiento en ningún momento, tratando de dar alcance a unos inquietos personajes que deambulan de arriba abajo mientras la lente va tras ellos con un travelling de seguimiento trasero, a excepción de aquellas situaciones en las que, por su componente angustioso y claustrofóbico, precisan de unos segundos de asimilación para que la diégesis semántica llegue a realizarse con correcta interpretación. La atmósfera nocturna de Manila nos consume sin descanso y nos acorrala en nuestra butaca con su explícita crudeza, dejándonos relegados a una mera posición de espectadores atónitos ante la brutalidad y la injusticia de aquello que, por desconocido, nos resulta tan lejano. El cuerpo del orden funciona de una manera maquiavélicamente ilícita: coaccionando a sus detenidos para que declaren contra un criminal de mayor envergadura, empezando por un simple ratero muy fácil de arrestar, hasta llegar a un pez gordo que pueda ofrecerles una gran cantidad de dinero con la que ganar ese sobresueldo por el que Rosa terminó arrestada. Un círculo delictivo que se cierra en 24 horas de manera injusta y desesperanzadora. (65 de 100)


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / 69º Festival de Cannes


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