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    Festival de Las Palmas 2016 (III) | Críticas: Cómo funcionan casi todas las cosas + Bregando historias + Cortometrajes (Figura, Paulina, Jay entre los hombres & Notre Dame des hormones)

    Cómo funcionan casi todas las cosas

    Continúa a paso firme el Festival de Las Palmas. Una vez inaugurada la Sección Oficial el día de ayer, esta mañana hemos asistido a dos nuevas propuestas sujetas a valoración del jurado. Por una parte, vimos 11 minutos, del veterano —y muy en forma— Jerzy Skolimowski, un vertiginoso artificio de circularidad, donde las diferentes líneas narrativas paralelas casi se tocan durante el lapso de 11 minutos que dura la macroestructura temporal, jugando con el espacio y los eventos de manera dinámica y muy sugerente. Posteriormente, la proyección de Cómo funcionan casi todas las cosas ofrecía elementos radicalmente opuestos: una mezcla equilibrada y solvente de road movie y comedia social, con un guion capaz de evocar temas muy diferentes y complejos, tales como la realización vital, la soledad del abandono familiar o los perros astronautas, sin generar ninguna fisura ni maniqueísmo en los personajes. De igual modo, y siguiendo la estructura que ha propuesto el festival, la sección Panorama ha ofrecido el segundo volumen de Las mil y una noches, del talentoso autor portugués Miguel Gomes. El abanico de posibilidades también ha permitido la recuperación de clásicos de la cinematografía, dentro del marco del ciclo Déjà Vu, como Rocco y sus hermanos (1960), del brillante Visconti, o esa joya de Kenji Mizoguchi que fue Historia del último crisantemo (1939). El rasgo más dinamizador del día de hoy fue, sin duda, el inicio de la otra Sección Oficial, aquella especializada en los cortometrajes a competición. Catorce películas distribuidas en pequeños grupos, de las cuales hemos podido ver cuatro, distintos entre sí y con intenciones estéticas y discursivas muy variadas.

    Cómo funcionan casi todas las cosas (íd, Fernando Salem, Argentina, 2015) [Sección oficial]

    Existe en el Cine, como en todo, una dualidad por parte de sus artesanos a la hora de contar una historia. El equilibrio entre fondo y forma, que también podemos llamar la estética y el aparato narrativo, suele ser muy complicado de conseguir. Y, todo sea dicho, no siempre es el objetivo de la película. Basta acudir a recientes ejemplos como The revenant (Alejandro González Iñárritu), que la crítica ha definido como un prodigio técnico, o, en caso contrario, ejemplos como Death in sarajevo (Danis Tanović, 2015), el cual se sustenta casi íntegramente en el complejo guion. En cualquier caso, si el director tiene talento, sabrá proyectar su intencionalidad sin ejecutar ningún movimiento de manera contraria a la lógica interna. El argentino Fernando Salem ha saltado finalmente desde el confort del cortometraje, campo que domina con soltura y ha sido merecedor de premios en numerosos festivales, y firma su primer largo, Cómo funcionan casi todas las cosas (2015). Llega al XVI Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria precedido por las credenciales que suponen el reconocimiento en el Festival de Mar del Plata. El peculiar título es una referencia propia del microcosmos retratado en la cinta, que comienza con un primer plano al interior emocional y la cotidianidad de Celina. La joven cuida de su padre enfermo y trabaja en el puesto de peaje de una carretera desplazada en importancia por la construcción de otra mayor. Los primeros compases van estableciendo los puntos guía del entorno, gracias a un guión austero en ambiciones pero muy bien ensamblado, donde cada detalle tiene su por qué en algún momento posterior. Tras la muerte del padre, Celina toma la determinación de buscar empleo en la antigua oficina de este, una empresa de venta de enciclopedias por correspondencia, con la intención de ahorrar dinero y buscar su madre, emigrada en Italia tras el abandono temprano. El nombre del libro que vende es, cómo no, “Cómo funcionan casi todas las cosas” —una suerte de oráculo demodé en tiempos del omnisciente Internet— y su estructura se transporta a la pantalla, marcando el tempo de los acontecimientos casi a modo de capítulos, mediante una pregunta que los protagonistas contestan mirando a la cámara, recurso interesante que aporta información necesaria para completar su lógica interna y humanizarlos. El filme es un trabajo ejemplar de lo que Aristóteles llamaría “Aurea mediocritas”, un equilibrio entre todas sus cualidades, su ética y estética, y gran parte del resultado es obra de la magnífica pareja de protagonistas: Verónica Gerez, quien ejecuta en Celina una gran interpretación de emociones contenidas, y Pilar Gamboa, actuación sobresaliente como Raquel, una mujer frustrada y gris cuyo fracaso personal evidencia con unas palabras de conmiseración y tristeza por los extras de «las películas de Darín», siempre prescindibles e intercambiables. Conmovedora y original, Cómo funcionan casi todas las cosas supone un ejemplo más de la buena salud del cine latinoamericano. (76/100)

    Bregando historias (íd, Nacho Bello, España, 2015) [Fuera de concurso]

    Detrás de toda producción artística existe un andamiaje de medios, materias primas procesos previos de documentación y demás infraestructuras. Pero es el Cine un ámbito alrededor del cual se ha construido una poderosísima industria, cuyo máximo exponente es, por supuesto, Hollywood. Los presupuestos ridículamente altos, los perfectos efectos especiales, localizaciones construidas ex profeso, los sueldos que cobran los actores y actrices más cotizados del momento, todo forma parte de la inversión inicial que será amortizada y superada con creces. No en todo el mundo se manejan estas cifras. Y esto es, entre otros temas, lo que pretende poner de manifiesto el joven cineasta Nacho Bello con Bregando historias, presentada fuera de concurso dentro de la sección Canarias Cinema. Estas historias a las que remite el título son, nada más y nada menos, reflejo de los sinceros esfuerzos que se llevan haciendo en las Islas Canarias desde hace muchísimo tiempo para expresar la vocación cinematográfica. Según se indica, el primer producto fílmico insular probablemente fuese El ladrón de los guantes blancos, dirigida en los años veinte del pasado siglo por José González Rivero. Este es, también, el inicio del documental. Se nos narra el recorrido de las producciones locales mediante distintas entrevistas a sus artífices. Las respuestas son más informativas y honestas que poéticas; y no se echa en falta acrobacia estética alguna, pues los testimonios son tan humanos que generan en el espectador menos docto una empatía inmediata. Durante los años setenta, el formato súper 8, sencillo de manipular y con cinta sustituible, se popularizó entre los incipientes entusiastas con vocación artística, creando algo así como un “boom” de cine amateur y muy bien intencionado. La escasez de medios y la ausencia de formación canónica, empero, no impidieron el desarrollo de la libertad creativa. Ni siquiera la censura franquista, muy pendiente de lo que se exhibía, detuvo la iniciativa. En los años recientes, lo que podría haber llegado a ser una suerte de consolidación se disolvió debido a la llegada de la fuerte crisis económica europea, cuyos resultados en España fueron devastadores también en Cultura. Se llegó a un estado de las cosas similar al de entonces, donde ha sido necesario enfrentarse a la carestía y la austeridad. Y es esto lo que Bregando historias narra: cuáles son las condiciones de la cinematografía canaria en los tiempos que corren, sin presupuestos ni profesionalización generalizada pero con grandes dosis de perseverancia tanto en género documental como ficción, donde autores como Amauri Santana, David Cánova, Zacarías de la Rosa o Jaime Falero, entre otros, discuten acerca de la conveniencia —o no— de los modelos de financiación pública, la importancia del sector privado y cuál podría ser la vía que conduzca a unas condiciones más dignas y saludables para la dinamización del campo. Este es un humilde y contundente retrato de la voluntad inquebrantable. (67/100)

    Paulina

    CORTOMETRAJES / RONDA 1


    Figura (Katarzyna Gondek, Polonia, 2015).

    Una cita de Moby Dick (Herman Melville, 1851) abre el comienzo de este breve, si cabe la palabra, cortometraje. Un plano fijo alternado con un primer plano muestran el desmembramiento de una escultura enorme por operarios especializados. Los momentos posteriores a la decapitación resultan casi cómicos, pues la cabeza se deposita en la parte trasera de un camión y emprende ruta hacia un lugar desconocido, mirando atentamente a su alrededor. Llegado a su destino, el grupo de operarios reensamblan la monumental escultura, que poco a poco irá ofreciendo pistas para su reconocimiento. Tiene la actitud de un Cristo redentor —como el del Corcovado, el monumento brasileño más conocido, emplazado en Rio de Janeiro—, los brazos abiertos y la mirada apacible. Y resulta ser, sin lugar a dudas, el mismísimo Karol Wojtyla, exPapa ahora canonizado por la Iglesia Católica. Los hechos son verídicos: la mayor escultura del pontífice está ubicada en Czestochowa, al sur de Polonia, y sus 13,8 metros de fibra de vidrio fueron creados en una fábrica de dinosaurios y gnomos decorativos. La ausencia de diálogo alguno invita a la reflexión acerca de la mitología reciente, la concepción que se tiene acerca de las representaciones de poder y la irónica grandilocuencia. Por lo demás, este cortometraje podría tener un espacio más cómodo en el MACBA o el Museo Reina Sofía, donde generar un análisis más exhaustivo entre los visitantes. (50/100)

    Paulina (Ricardo León, Perú, 2015).

    Tal y como se pudo ver en la pasada Berlinale, el cine documental latinoamericano actual propone una línea estética minimalista, que no distraiga en exceso al espectador de lo realmente importante: agitar la conciencia, estimular el pensamiento, denunciar la barbarie y la injusticia social. Es este último aspecto el que emparenta Eldorado XXI (Salomé Lamas, 2016) o Tempestad (Tatiana Huezo, 2015), dos de las más interesantes producciones del género, con Paulina, cortometraje del director peruano Ricardo León, merecedor de la distinción como Mejor Cortometraje Documental Internacional en el pasado Festival Internacional de Cine de Guanajuato. Esta pequeña película parte de unos elementos muy sencillos para ejecutar una cartografía de la miseria. La distribución de sus veinte minutos de duración demuestra el talento del director por aprovechar la atmósfera al máximo, permitiéndose incluso una estructura formal sumamente interesante. Las imágenes en blanco y negro muestran la cotidianidad de una población con una grave problemática de extrema pobreza y exclusión social. Asistimos a la repartición de ropa y bienes de primera necesidad en una barriada peruana donde el trabajo infantil es una de las realidades habituales. Irrumpen entonces las imágenes a color, marcando el inicio de los caóticos acontecimientos siguientes. Un inclemente incendio arrasa con varias manzanas de chabolas. El público suelta un discreto alarido de consternación no antes ni después de lo observado, sino en el preciso momento en el que emerge de entre el humo un perro desesperado, consumido por las llamas entre terribles gemidos. Funde a negro y los siguientes cortes, alternancias entre color y blanco y negro, ofrecen una descripción enciclopédica del proceso y peculiaridades químicas del propio fuego. Las imágenes posteriores muestran la crudeza del suceso. ¿Qué ocurre tras la desgracia producida en la absoluta miseria? No hay consuelo para quien lo ha perdido todo. Y las propias condiciones de vivienda infrahumanas han podido causar el incendio, pero algunos de los damnificados, al borde de la desesperación y la locura, exigen que la responsable, la señora Paulina, sea desterrada de aquel infierno cotidiano en el que viven. Es tan desgarrador lo que se ve, que ni siquiera hace falta ningún añadido para generar una profunda sensación de angustia en los espectadores. La desgracia es una presencia constante. (70/100)

    Jay entre los hombres (Jay parmi les hommes, Zeno Graton, Bélgica, 2015).

    Jay entre los hombres es el sencillo título del nuevo trabajo del director Zeno Graton. Si hubiese que adscribirlo a una corriente, podría compararse, en el campo de la Literatura, con las novelas de iniciación o Bildungsroman, relatos en los que se narra el inicio de la vida adulta y la siempre tan estimulante como terrorífica etapa de autodescubrimiento por la que han transitado las obras de Goethe, Hermann Hesse o J.D Salinger, entre muchos otros. Jay, el protagonista de esta historia, es un adolescente sumergido en un mundo rudo, tosco; visita poco el colegio, roba chatarra de la nave industrial donde trabaja su padre, hombre violento y en absoluto cariñoso que forma parte de algo así como una manada de trabajadores cavernarios. Este grupo animalesco parece diametralmente opuesto al frágil Jay, que intenta a toda costa encontrar una identidad propia mediante el contacto con las cosas, los objetos —los planos oscuros y sucios prestan especial atención a las manos y el sentido del tacto—. La figura materna brilla por su ausencia y lo más parecido que tiene el joven a un modelo de conducta es el padre, a quien intenta imitar y también repudia, reflejando una serie de contradicciones muy complejas, más aún en la edad en la que se encuentra. El despertar sexual llega como una prueba más de autoafirmación frente a la autoridad, y poco o nada tiene que ver con la intencionalidad propia o el libre albedrío. De modo que, en una discusión ante el fracaso de un rito de paso tan importante como conducir un coche, Jay huye hacia el hedonista mundo nocturno que apenas conoce, intentando encontrar sosiego con la terapia de choque. Ni siquiera su torpeza en la discoteca lo disuade de esforzarse al máximo por ser alguien válido en tal escala de valores y comportamientos. El acierto de Jay entre los hombres es centrarse precisamente en eso, en lugar de pretender trazar un recorrido más complejo y rico en información. Lo poco que deja traslucir es suficiente para que la historia se desarrolle de una manera humana y convincente. La empatía con el adolescente se produce rápida y adecuadamente. (69/100)

    Notre Dame des hormones (Bertarand Mandico, Francia, 2015).

    El hecho que conduce a Edipo a automutilarse los ojos en un afán expiatorio no es per se haber asesinado a su padre y contraído matrimonio con su madre; es la angustia ante la liberación de sus impulsos. Este haya sido quizás el punto de partida para el director francés Bertrand Mandico —llamado por la crítica “Réalisateur-terrible”— y su nueva propuesta, Notre Dame des Hormones. Técnicamente, destaca el uso del formato súper 16mm y el efecto se nota en cada fotograma. Estamos ante un despliegue excesivo, y manierista, en el mejor sentido de las palabras; Algo así como una comedia erótico-salvaje-surrealista, que destila simbolismo por todas partes. La estética, que recuerda al “Giallo” y las producciones de la Hammer nos presenta el increíble acontecimiento que presencian dos actrices mientras pasean por el bosque ensayando un guion. Una de ellas encuentra una especie de criatura carnosa, más parecida a un hígado que a un animal, con una antena como referencia fálica ineludible —o al menos eso dirían los psicoanalistas—. Por extraño que parezca, genera en las mujeres un atractivo irresistible y una de ellas decide adoptarlo y llevarlo a vivir con ella. Aquí irrumpen elementos que acercan esta propuesta al cine del canadiense David Cronenberg, en especial a su primera época y su concepto “Nueva carne”. Las mujeres entablan una relación poliamorosa con la criatura, la alimentan de sangre del director que ellas mismas han asesinado y crean una complicada codependencia, lo cual tensará la situación “cotidiana”. Todo esto, además, rodeado de un ambiente onírico y delirante donde los árboles son cuerpos vivos pintados de color tierra y las metáforas de orificios llevan hacia una expresión del subconsciente y la sexualidad a través de las veladuras de este disparatado y cautivador exceso que es Notre Dame des Hormones. Divertida y muy inquietante, esta es una de las más arriesgadas propuestas vistas hasta la fecha. (75/100)
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