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    Crítica | El amor es más fuerte que las bombas

    Louder than bombs

    Guilty pleasures

    crítica de El amor es más fuerte que las bombas (Louder than bombs, Joachim Trier, Noruega, 2015).

    Lánguidamente avanza la vida del inadaptado, turbado por la incomprensión social que despiertan sus acciones; esperando paciente a sus felices momentos de soledad, disfrutando de su verdadero yo alejado de miradas juiciosas, esquivas, jocosas, de reproches a media voz, de sentir vergüenza por ser el causante de tantas, a su vez, vergüenzas ajenas, conocedor de que su fallo no lo es tanto, de que su inadaptación no es tal, sino una profunda y reprochable lacra del sistema educativo; ese que nos obliga a aceptar sumisos un modelo de vida, un patrón, una camisa, de algún modo opresiva y limitante, que impide al sujeto expresarse libremente y se adhiere a él inflexiblemente, con un exceso de almidón —siguiendo con la metáfora textil—, mientras su cuerpo pugna con fiereza por desembarazarse de ese lastre que le obliga a estar estático cuando quiere moverse, o a estar en silencio cuando necesita gritar. Así se origina, por sacudidas incontroladas de ira e inconformismo, lo que comúnmente se conoce como mal temperamento, rebeldía o inmadurez, a fuerza de impulsos espasmódicos y erráticos cuyo origen radica primordialmente en la propia fuente de su corrección. La severidad y la mano dura son la principal causa de que adolescentes como Conrad Reed, que se niegan rotundamente a permanecer inmóviles en su fase de modelación, sean llamados inadaptados sociales o “misfits” herméticos para los que la sociedad no tiene tiempo. Jonah, hermano de Conrad, es el ejemplo opuesto; desde joven ha aceptado las reglas según le eran planteadas, obteniendo así una proyección muy alentadora y, al mismo tiempo, entendible, en función del inmaculado sistema de enseñanza americano; logrando con sacrificio y esfuerzo los tres fundamentos básicos del ciudadano modélico: carrera, familia y empleo. Pero Louder Than Bombs evita desde el comienzo mostrarse clara en sus intenciones, por lo que la apología del conservadurismo institucional no parece que vaya a durar mucho tiempo.

    Gracias a las diferentes narraciones y a su perspectiva múltiple, la película nos ofrece un sorprendente mapa difuso de las apariencias y la necesidad de encontrar recompensas a todas nuestras acciones. La narración nos confundirá, no sólo por los mencionados trucos de (mala)interpretación, sino también por ocultar aspectos fundamentales de la trama que saldrán a relucir con posterioridad para evidenciar lo vago e impreciso de las percepciones cuando éstas son tomadas a primera vista y en base a las apariencias. Gracias al fantástico uso de las analepsis y las escenas oníricas, el realizador nos introduce en su juego de segundas intenciones. Joachim Trier es un poeta melancólico que responde con sutil naturalidad y despiadada honestidad a la falsedad espiritual que abunda en nuestra sociedad. Doctorado, gracias a sus dos obras anteriores: Reprise (2006) y Oslo, 31 de agosto (2011), en la composición de esquemas individuales de fuerte tendencia abstracta, consigue con su última película un acertado nivel de sensibilidad al expandir esos retratos a la pluralidad de un planteamiento coral, donde el protagonismo no queda tan bien definido como en esos anteriores trabajos. Pese a ello, no renuncia a definir la alienación de sus personajes a consecuencia de su incapacidad para conectar con la belleza de la vida, originando una irreversible decepción frente al mundo, incapaz de hacer frente a sus diferencias genuinas. Esta situación promueve la constante humillación personal, lo que insta a los perjudicados a cerrarse interiormente y levantar un sistema defensivo a prueba de preguntas indiscretas. Mentiras piadosas que se convierten en secretos indómitos. Trier retoma nuevamente el tema del suicidio como uno de los desasosiegos imperantes de su cine, un cine visceral de magnetismo hipnótico y sentimientos a flor de piel.

    Louder than bombs

    «Joachim Trier es un poeta melancólico que responde con sutil naturalidad y despiadada honestidad a la falsedad espiritual que abunda en nuestra sociedad».


    La simplicidad inicial de la trama, que aparentemente se centra en los preparativos de un homenaje conmemorativo para la difunta madre de familia, una fotoperiodista que falleció dos años atrás, pronto comenzará a revelar una amplitud dramática ineludible que esconde la peligrosidad de los secretos, las consecuencias de las mentiras y, sobre todo, lo arriesgado de aceptar ese molde antinatural que nos fuerza a crecer y comportamos traicionando nuestra propia idiosincrasia, convirtiéndonos en esclavos de nosotros mismos y haciendo del mundo nuestra propia cárcel; la libertad estaría entonces fuera de ésta, fuera de un mundo del que nunca se sale premeditadamente por las buenas, al menos no antes de tiempo, como queriendo buscar una libertad condicional que nos permita respirar. Entonces caemos en la cuenta de que, en efecto, un acto que a primera vista puede parecer egoísta, cobarde y mezquino, podría ser el único sacrificio posible para lograr la salvación espiritual de nuestros seres queridos. El conflicto para Trier es debatir la permisividad de las acciones y el grado máximo de implicación de éstas para lograr un cambio perceptivo necesario en el planteamiento de las vidas de los seres allegados: el resto de personajes (vivos) de la película cuyo nexo común parece el desasosiego personal y la claustrofóbica sensación de reclusión ontológica. De ahí la fijación de Conrad por las animadoras, cuyos cuerpos, flotando ingrávidos en el aire mientras ejecutan sus perfectas acrobacias, ejemplifican el ideal de libertad y desligazón a las normas establecidas. También podría tratarse de una mera atracción sexual propia de la revolución hormonal adolescente pero, ¿qué sentido tendría? De igual manera, la potencia fotográfica de parajes devastados, mostrada a través de las desazonadoras y aclamadas instantáneas de la omnipresente protagonista, ofrece una visión contradictoria del estrés y el sufrimiento; la escalofriante calma y apacibilidad de las imágenes evidencia un estado de placida lucidez en el momento de ser capturadas, y confirma la teoría de la obsesión por el trabajo de la reportera, o su necesidad de huir de la rutina familiar, que al mismo tiempo se presenta como una analogía de la placentera soledad del fotógrafo entregado a su obra y al drama por completo, incapaz de aceptar la felicidad de su entorno tras las horribles visiones inhumanas que quedaron grabadas por su retina y por el diafragma de su cámara; siendo así el horror y la desdicha su verdadera libertad.

    Afortunadamente, Trier se caracteriza por esa honestidad de la que hablábamos, y al final cada uno será puesto en su lugar, las peras serán peras, las manzanas, manzanas y las bombas sonarán con la intensidad del amor, la única conexión lo suficientemente poderosa para desarticular el mecanismo de seguridad creado en torno a los protagonistas. Unos actores que trenzan unas interpretaciones memorables, siendo reseñables las del joven Devin Druid y la siempre ejemplar Isabelle Huppert. Poco quedará por añadir al final del metraje, pues la historia se cierra y regresa a un inicio sin cabos sueltos pero con muchas fallas y errores que permanecerán como cicatrices, reminiscencias de lo mucho que perdieron por la falta de aceptación, la de los demás y la de ellos mismo. El proceso de redención pasa por la autoestima y la transigencia. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Festival de Cannes


    Ficha técnica
    Noruega. 2015. Título original: Louder Than Bombs. Director: Joachim Trier. Guion: Joachim Trier, Eskil Vogt. Productores: Tim Bevan, Eric Fellner, Anne Harrison, Tom Hooper, Gail Mutrux. Productoras: Co-production Norway-France-Denmark; Bona Fide Productions / Memento Films Production / Motlys / arte France Cinéma. Preestreno: Festival de Cannes 2015. Fotografía: Jakob Ihre. Música: Ola Fløttum. Vestuario: Emma Potter. Montaje: Olivier Bugge Coutte. Dirección artística: Gonzalo Cordoba. Reparto: Jesse Eisenberg, Gabriel Byrne, Isabelle Huppert, David Strathairn, Rachel Brosnahan, Devin Druid, Amy Ryan, Ruby Jerins.

    Louder than bombs
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