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    Cannes 2015 | La bella senectud

    La juventud de Paolo Sorrentino

    Prestigio en la Croisette

    editorial/previa de la octava jornada de la 68ª edición del Festival de Cannes

    Día grande en Cannes con la proyección de dos de los pesos pesados de la Competición. Primero aparecía Jia Zhangke, con la Carroza de Oro otorgada por la Quincena de Realizadores bajo el brazo. En la primera presentación del día, se situaba en el proscenio con una sonrisa pícara, de esas que subrayan a los ganadores. Sorprende su desparpajo, y su expresividad. Es el efecto de la confianza. Zhangke lleva toda una semana en la Riviera francesa, entre premios, masterclass y alabanzas. Además, tiene un último as en el manga: forma en la Sección Oficial, y, encima, con la que posiblemente sea la mejor película de su carrera, y eso, ya es decir mucho. Zhangke es uno de esos cineastas que siempre suena como ganador de la Palma de Oro. Pudo haberlo logrado con la notabilísima Un toque de violencia (2013), pero se tuvo que conformar con el premio al mejor guion. Sus anteriores visitas, Placeres desconocidos (2001) y Ciudad 24 (2008), pasaron desapercibidas. Entremedias, Zhangke obtuvo un León de Oro por Naturaleza muerta (2006), lo que afianzó su apellido en el circuito de festivales europeos. Con Mountains may depart (Shan he gu ren) espera dar el salto definitivo en territorio francés. La acogida por parte de la crítica no ha podido ser mejor; cercana a una unanimidad que también constata que lo mejor de Zhangke está por llegar. Mountains may depart es un apéndice del discurso de Un toque de violencia: retrato coral de los males endémicos que asolan China y que aparecen por esa dualidad de un estado comunisto-capitalista que favorece las desigualdades en una tierra ya de por sí plena de contrastes. Zhangke, para ello, nos acerca la dicotomía de una joven cortejada por sus dos mejores amigos a través de los efectos de sus actos desde el pasado al futuro. Una mirada tan bella como descarnada que ratifica a uno de los estandartes del cine oriental.

    Y, precisamente, del futuro nos habla el segundo protagonista del miércoles: Paolo Sorrentino. Lo hace desde la senectud, desde la decadencia de dos directores (uno de orquesta y otro cinematográfico) encarnados por unos soberbios Michael Caine y Harvey Keitel. Al igual que Zhangke, La juventud (La giovinezza) es una extensión de la anterior obra del cineasta napolitano. Uno de los posibles subterfugios que tomó o tomaría Jep Gambardella. Un filme valiente, sutil, emotivo, que desbroza un periodo de la vida donde no debería haber lugar para la duda. Sin embargo, está repleta de ella. Como era de esperar, la crítica se ha dividido a la hora de exhibir valoraciones ante este ejercicio de sobredotación técnica. Un clásico en el cine de Sorrentino. Oscilando entre el negativismo (Un lugar donde quedarse, 2011) o el positivismo (La gran belleza, 2013, Gran Premio del Jurado y posterior ganadora del Óscar a Mejor película de habla no inglesa), pero no dejando ni un ápice de indiferencia. Es su quinta visita a la Croisette –aparte de las nombradas, presentó Las consecuencias del amor en 2004 e el Il divo en 2008, con la que obtuvo el Premio Especial del Jurado—, y, con dos actores como Caine y Keitel encabezando su proyecto, espera no irse de vacío. Un intérprete de la talla de Michael Caine merece el Prix en su rutilante hoja de servicios. Ojalá el jurado nos dé ese gustazo. La juventud, con o sin galardón, seguro que será una de las grandes películas del 2015. Sorrentino y sus egotrips son garantía del mejor cine.

    Emilio Martín Luna
    Redacción Madrid



    El fulgor efímero

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