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    Cannes 2015 | Día 5. Críticas: Louder than bombs / Mon roi / Journey to the shore (Kishibe no tabi)

    Rooney Mara, protagonista del día

    Apuntes en piedra

    crónica de la quinta jornada de la 68ª edición del Festival de Cannes

    Empezaba la jornada con la directora francesa Maïwenn, lanzando un potente mensaje feminista con fuerte dosis de humor decadente. Posteriormente, entrábamos en la última película del prolífico Kiyoshi Kurosawa, un apacible retrato del universo y las consecuencias de nuestros actos. Las temperaturas seguían subiendo en La Croisette y eso dificultaba las esperas en las colas al aire libre, pero hoy tocaba aguantar para lograr sentarnos en frente de la última cinta del noruego Joachim Trier, quien trenza un gran trabajo de dirección aunquese le ha notado una cierta ausencia de personalidad por la comercial producción estadounidense. Seguimos en la brecha.

    Rooney Mara, protagonista del domingo en Cannes, se postula como aspirante al premio interpretativo femenino y ya suena para el Óscar por su labor en Carol. | «Un relato apasionado y lleno de fuerza que se apoya en dos pilares básicos: Cate Blanchett, dando vida al personaje epónimo del filme, una exitosa mujer muy decidida, segura de sí misma, atractiva y lo suficientemente poderosa como para no pestañear a la hora de coger lo que cree que le pertenece por pleno derecho, y Rooney Mara, representando a Therese Belivet en una de las interpretaciones más extraordinarias de su carrera. Ambas lograrán a partes iguales, una total empatía y convicción, y una actuación sublimemente atractiva con cierto aire a las heroínas clásicas —con una Mara hepburiana—. Dos actrices que se complementan de maravilla gracias a la fantástica labor de un director capaz de dar vida a un género tan empalagoso como el melodrama, que se vio rejuvenecido con la mencionada Lejos del cielo, gracias a la eliminación de la demagogia barata y diálogos interminables y vacíos». Crítica de Carol.

    Mon roi

    MON ROI

    Maïwenn Le Besco, Francia / Competición

    Mon Roi cuenta la típica historia del canalla. La directora Maïwenn realiza un retrato del embaucador mujeriego, charlatán, encantador y, por encima de todo, eterno mentiroso compulsivo que vive de su adicción a los placeres carnales tratando de contentar a toda la gente que le rodea, para contrarrestar, de esa manera, su absoluta soledad y su insoportable vacío emocional. La realizadora francesa elije a Vincent Cassel para representar a este carismático personaje que, muy pronto, comenzará a despertarnos un simpático aborrecimiento hacia su persona, dos términos tan antagónicos que hacen de su actuación una realidad absoluta. El espectador se convertirá desde el comienzo en el reflejo de la protagonista: Tony, una mujer que se deja agasajar por el glamuroso mundo epicúreo que Georgio pone al alcance de su mano. Las constantes risas del público con las desmedidas y extravagantes demostraciones de vanagloria prepotente confirman que nos encontramos atrapados, como la propia Tony, en la inestable red de seguridad emocional tendida por el generoso Don Juan.

    Lo más importante de esta situación es la elección del tipo de mujer en cuestión, la directora no selecciona a la clásica mujer provinciana, perteneciente a una familia ultraconservadora de raigambre incestuosa, y cuya reclusión no le ha permitido conocer mundo, por lo que se entregará apasionadamente a los brazos del primer macarra que la invita a cenar. La figura de Tony, muy al contrario, corresponde a la de una persona cultivada, conocedora de las leyes y las letras, por lo que su reacción, completamente autodestructiva, al ser incapaz de poner término a la relación cuando ha sufrido numerosas ofensas y vejaciones, resulta un impetuoso grito de protesta feminista contra la actitud sumisa de la mujer que se deja pisotear por su complejo de inferioridad, un complejo le que ha sido infundido por una mente fría y manipuladora como la del detestable sujeto del que hablábamos al comienzo. Un Georgio al que cada vez vamos detestando más conforme demuestra el placer intrínseco que le produce el sufrimiento y el control de su pareja. La peor parte de la crítica se la lleva, por lo tanto, la mujer, cuyo comportamiento resulta inaceptable en la lucha diaria por la igualdad de derechos, ya que la figura del hombre sinvergüenza, hipócrita y mentiroso ya la teníamos más asimilada y resulta mucho más asumible. Afortunadamente, la realizadora acierta a impartir una sutil justicia poética al final que pondrá a cada uno en el lugar que le corresponde.

    Una puesta en escena muy agradable, y el constante humor francés, que terminará por ridiculizar ese encanto y carisma del comienzo por medio de un hombre incapaz de decir nada sensato sin montar un circo a su alrededor y, por lo tanto, ofrecer una imagen contrapuesta a la que antes habíamos visto, con él en lo más bajo y abyecto de la humillación y la inferioridad cultural, cerrará perfectamente esta atractiva tragicomedia que absorbe el estilo temático de Ozon y la rapidez dialéctica del cine gamberro galo. [70/100]

    Louder than bombs

    LOUDER THAN BOMBS

    Joachim Trier, Estados Unidos / Competición

    Joachim Trier es un director que transita por la senda de la ambigüedad más sutil, de lo abstracto, y de una melancolía y sensibilidad única a la hora de componer la condición idiosincrática de sus personajes; unos seres solitarios y desamparados que caminan sobre una difusa línea divisora entre la elocuencia y la majadería. Tiene en la mirada un suspicaz pesimismo y sus personajes están alienados a consecuencia de su incapacidad para conectar con la belleza de la vida, se sienten hastiados o decepcionados por su incapacidad de hacer que el resto del mundo comprenda sus emociones. Louder Than Bombs muestra de manera muy acertada este estrabismo perceptivo inexorable en la figura del adolescente marginado: Conrad. El actor Devin Druid logra ser el epicentro de toda la acción, pues su mirada, su flemático caminar y su laconismo emanan tal fuerza narrativa que el resto de los actores sólo tienen que hacer de “sparring” ante ese gran peso pesado pubescente.

    Así juega Trier sus cartas, tratando de confundir al espectador, a través de un truco de percepciones, haciéndole partícipe, a medias, de los acontecimientos, que volverán a ser posteriormente explicados desde otra perspectiva que nos proporcionará toda la información necesaria para que reinterpretemos algo que ya habíamos dado por sentado y asumido anteriormente. Este recurso se fundamenta en la idea de que el público no dé nada por sentado de forma precipitada, así también se valdrá de analepsis, imágenes oníricas y monólogos internos para ayudar en un proceso exegético final, que mostrará un punto de vista completamente diferente a la idea preconcebida que nos habíamos hecho tras la presentación de los personajes.

    El guion, que vuelve a correr a cargo del gran Eskil Vogt, presenta a un viudo que trata de rehacer su vida tras perder a su mujer en un accidente de tráfico dos años antes. El conflicto principal vendrá con una exposición a modo de homenaje a la mencionada fallecida, considerada una de las mejores fotógrafas de guerra del mundo. Y el problema será el enfoque que se quiere dar a dicho conflicto, al buscar una sobreexposición de la vida privada de la periodista, que puede originar malentendidos con los hijos: Jonah, un inteligente profesor de universidad que acaba de ser padre, y Conrad. La vida de los tres personajes masculinos principales se irá desarmando para crear una percepción periférica de su entorno, al menos de dos de ellos —la de Conrad aparece bastante transparente desde el comienzo—, y crear, por fin, la fotografía panorámica definitiva. [75/100]

    Louder than bombs

    KISHIBE NO TABI

    Journey to the shore, Kiyoshi Kurosawa, Japón / Un Certain Regard

    Kishibe No Tabi compone un viaje iniciático trascendental en el que el director japonés Kiyoshi Kurosawa lleva hasta un nivel dhármico el concepto de la aceptación de la pérdida en las familias clásicas japonesas. Un día, mientras Mizuki preparaba su cena tranquilamente, su marido regresa a casa de forma inesperada tras un largo tiempo desaparecido. La reacción de la mujer refleja una clara estupefacción, debida evidentemente a que Yosuke murió ahogado en el mar. Pese a esta insólita situación, la mujer parece mucho más inquieta, no porque se le haya manifestado el cadáver de su esposo, sino por lo demorada de su visita.

    La película de Kurosawa trasciende en los cánones de la cultura oriental, dejando que su estilo taimado y reflexivo se apodere del argumento y lo absorba hasta el límite de forzar al espectador a adentrarse activamente en el filme como única manera de alcanzar el entendimiento absoluto de su mensaje. Sólo hay una forma de llegar a este nivel de coordinación: la relajación absoluta y mantenimiento de la menta completamente fresca y abierta. La narración se fundamenta en la repetición de diálogos muy similares en los que se van cambiando los emisores, los receptores y el concepto dándole, de esta manera, nuevos y diferentes sentidos en cada situación. La cámara es primordialmente estática —con algún movimiento de barrido muy armónico—, el guion es denso y el sonido se mantiene a la misma intensidad durante las más de dos horas de metraje, lo que hace que aunque la asimilación sea costosa, merezca la pena para aquellos espectadores acostumbrados al flemático transcurrir del cine japonés, merecerá la pena por el asombroso mensaje optimista sobre la vida, la redención, el arrepentimiento y las segundas oportunidades. Teoría del fin del mundo explicada de manera metafórica con el abandono personal. [70/100]

    Alberto Sáez Villarino
    Enviado especial a la 68ª edición del Festival de Cannes


    El fulgor efímero

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