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    Crítica | Attila Marcel, de Sylvain Chomet

    Attila Marcel, de Sylvain Chomet

    Homeopatía contra el olvido

    crítica de Attila Marcel | Sylvain Chomet, 2013

    Attila Marcel constituye la primera película de acción real de Sylvain Chomet, tras sus dos alabados y premiados largometrajes de animación titulados Bienvenidos a Belleville y El ilusionista. En esta ocasión, el imaginativo cineasta galo recurre a la comedia musical de ficción y nos enamora a través de una absoluta perfección estética, haciendo uso de ilimitados recursos visuales y un abanico de espectacularidad cromática para contarnos una historia sobre la memoria, la palabra y la identidad. El protagonista de este onírico cuento cinematográfico se llama Paul (Guillaume Gouix), testigo a la tierna edad de dos años del traumático acontecimiento de la muerte de sus padres, suceso que lo privó para siempre de las facultades de hablar y recordar con precisión. Su vida rutinaria de hombre de 33 años se focaliza en tocar el piano de su salón para clases de vals y convivir con sus tías, dos ancianas pretenciosas y aristócratas cuya mayor ilusión es ver como se convierte en un laureado y virtuoso pianista. El primer punto de giro de su historia es su encuentro con la señora Proust (Anne Le Ny), una mujer alocada, revolucionaria y budista que tiene un su poder la receta de un mágico té de hierbas, que junto a la música, es capaz de rescatar los remotos recuerdos de su portador. Así, el mudo pero expresivo Paul, que transmite sus sensaciones a cámara mediante su amplio espectro de gestos y la mirada de sorpresa, terror o tristeza de sus ojos sobrenaturales, emprende ese viaje espiritual hacia los confines de su memoria, en el intento por revisionar su infancia y descubrir que le sucedió realmente a sus padres. En el transcurso de una vida tan monótona y plagada de incertidumbre como la suya, conocer la idiosincrasia de Madame Proust y sus novedosas técnicas que mezclan melodía y plantas para desafiar al olvido, suponen un giro de 180 grados para Paul, y filosóficamente hablando, comportan un replanteamiento radical de su existencia.

    Attila Marcel, de Sylvain Chomet

    Sin llegar en ningún momento a abordarse con características de drama, Attila Marcel (que debe su nombre al padre de su protagonista Paul) parte de una premisa de trauma emocional y de dificultad para forjar la propia identidad debido a una educación monótona y autoritaria basada en la ostentación social del arte, junto a la incapacidad absoluta de desenterrar los recuerdos infantiles. Pero todo ello lo hace desde la más absoluta comicidad a la francesa, desplegando un humor absurdo, ácido en la boca de Madame Proust y fundamentalmente gestual y visual en el rostro de Paul, mostrando por lo tanto inevitables reminiscencias a la comedia de cine mudo de mediados del pasado siglo. Extravagantes y genuinos secundarios añaden una nota de diversidad a la trama, que discurre en espacios parisinos luminosos (tanto exteriores como interiores) cargados de simbolismo, y abundante carga onírica y psicológica, en algunas secuencias alucinógena y rayana al surrealismo. Tanto la magnífica (y de notable presencia en el celuloide francés) Anne Le Ny como el carismático y dulce Guillaume Gouix protagonizan sólidas interpretaciones acordes a la atmósfera del metraje, salpicada de colores brillantes y psicodélicos como un cuadro de Miró, de planos de belleza indiscutible trazados con escuadra y cartabón, y de la clásica estética gala que conjuga ilusionismo, croma y detallismo, factor visual que puede traernos a la cabeza filmes como la famosa Amélie, o la maravillosa Jeux d'enfants. En cuánto a la dimensión más puramente narrativa, el elemento de mayor constancia es el flashback, un recurso empleado para mostrarnos la memoria del confuso Paul, convirtiendo sus recuerdos en oníricas fantasías musicales cargadas de angustia, pavor, alegría o euforia, y filmados a través de una atractiva cámara subjetiva. La vivaracha, irónica y hedonista Madame Proust a su vez, encarna valores espirituales innovadores, frescos y opuestos a la mentalidad tradicional de una sociedad pomposa y conservadora, polo completamente opuesto a ella y representado en el rol pesado, pretencioso y anacrónico de sus dos tías (entre ellas, la recientemente fallecida y estrella del cine francés Bernardette Lafont). La música de piano ocupa, tanto en fragmentos exclusivamente instrumentales, como en canciones propias de la comedia musical, una gran parte del transcurso de esta historia, que al no tener una duración excesiva, no adolece de lentitud ni alarga la trama más de lo debido.

    Attila Marcel no es una película con un enorme guión, no cuenta una historia especialmente potente, ni es la comedia más graciosa del año, ni su banda sonora me ha enamorado a diferencia de otras películas de tipología musical. Sin embargo, tiene encanto, es divertida y genuina, provoca curiosidad y sobre todo, merece que nos rindamos a los pies de su estética colorida, virtuosa y evocadora. Da ganas de sentarnos en el florido y maravilloso jardín de Madame Proust a sorber las cualidades mágicas de sus pócimas de té hechizante, contagiarnos de la capacidad de la música para hacernos volar, zambullirnos en el laberinto de nuestra memoria, profundo como los ojos de Guillaume Gouix, y desenterrar los tesoros empolvados de tiempo y olvido de nuestra infancia y alrededores. Chomet ha conseguido hacernos sonreír con este suave y sinestésico conglomerado de recuerdos. | ★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela

    Francia, 2013, Attila Marcel. Director: Sylvain Chomet. Guión: Sylvain Chomet. Música: Sylvain Chomet, Franck Monbaylet. Fotografía: Antoine Roch. Productora: Eurowide Film Production. Reparto: Guillaume Gouix, Anne Le Ny, Bernadette Lafont, Hélène Vincent.

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