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    Valeska Grisebach
    Valeska Grisebach
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★★★★
    The Dreamed Adventure
    Valeska Grisebach
    La historia continúa


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Alemania, 2026. Título original: «Das geträumte Abenteuer». Título internacional: «The Dreamed Adventure». Dirección: Valeska Grisebach. Guion: Valeska Grisebach y Lisa Bierwirth. Compañías productoras: Komplizen Film (Jonas Dornbach, Janine Jackowski, Maren Ade). Coproducción: Alemania, Francia, Bulgaria, Austria. Fotografía: Bernhard Keller. Montaje: Bettina Böhler. Reparto: Yana Radeva (Veska), Syuleyman Letifow (Saïd), Stoicho Kostadinov, Nikolay Shekerdjiev, Denislava Yordanova, Tiana Georgieva. Duración: 167 minutos.

    The dreamed adventure bien podría formar parte de un programa doble junto con Pacifiction, de Albert Serra. Ambas tienen por protagonistas a sujetos que intentan conocer la lógica interna de un país para ellos desconocido. La paradoja de ambas películas está en que convierten los reflejos abstractos que surgen de la visión que sus personajes tienen de un espacio y sus habitantes en imágenes que concretan un estado de ánimo al mismo tiempo que formulan una serie de apuntes sobre el mismo. Este tipo de relatos atravesados por una sensación de desarraigo y no pertenencia tienden a exotizar los paisajes (humanos) que atraviesan sus protagonistas debido a que su punto de vista y el de la narración es uno y el mismo. Por eso, el mérito de Serra y Grisebach radica en no quedarse en la superficie de la abstracción —es decir, en no trabajar el espacio como un mero escenario de tramoya impenetrable cuyos “misterios” funcionan como pretextos para crear una tensión autosuficiente que nunca se termina de resolver— para indagar en lo que hay detrás. En sus obras se trata de entender un mundo, no de reproducir acríticamente las subjetividades de un personaje. El objeto de estudio se filma como una realidad viva en vez de como un fondo opaco que termina subordinado a los caprichos del protagonista. El acierto está en el distanciamiento.

    Precisamente por eso, Grisebach dedica los primeros minutos de la película a cuestionar las posibilidades de entender el funcionamiento de un pueblo desde sus márgenes. Su protagonista no deja de mirar, de escrutar calles y edificios, pero su expresión de desconcierto nunca varía. Con la cámara siempre situada dentro de los coches en los que viajan los dos personajes principales —muestra de la distancia que hay entre ellos y un país en cuyo presente no saben situarse debido a que interpretan el papel del observador ajeno, del entomólogo que quiere conocer sin implicarse—, un hombre regresa al pequeño pueblo de Bulgaria —situado en la frontera con Turquía y Grecia— en el que vivió hace años y que está controlado por una mafia que opera en las sombras. La dislocación personaje-espacio es total: ha pasado tanto tiempo desde su marcha que, pese a recordar el funcionamiento del mecanismo turbio que oprime al pueblo, es incapaz de identificarlo con precisión, de situarse frente a él para enfrentarlo. Por eso, su viaje se resume en una búsqueda de la nada. Intenta encontrar los restos del pasado del que huyó para poder entender el presente, pero lo único con lo que se encuentra es con el silencio. Su desligamiento con respecto al espacio es total: o los espectadores lo ven a él mirando o ven lo que mira. No hay un diálogo entre el hombre y el espacio; sólo un intento de penetrar unas calles en las que no encuentra aquello que busca.

    Cuando el personaje desaparece, el protagonismo recae sobre una vieja amiga suya que trabaja como arqueóloga en unas excavaciones cercanas al pueblo. Su oficio no es casual: desenterrar el pasado es un paso ineludible que debe realizar si quiere comprender el presente. Sin embargo, uno de los mafiosos de la zona admite que se han llevado todo lo que había allí que pudiese tener algún valor. Ese todo en realidad hace referencia a metales y demás materiales del estilo, pero no a las ruinas de las civilizaciones antiguas. Sin percatarse de ello, el personaje admite que la Historia, en la actualidad, no vale nada: el “todo” se reduce a un valor de cambio inexistente. Precisamente por ello, la investigación de la arqueóloga adquiere una doble significación: en el plano literal, le devuelve un valor no mercantil a aquellos objetos que permiten conocer la Historia; en el plano metafórico, supone una indagación en el pasado reciente del país que le permitirá entender el funcionamiento de la actualidad. Así, The dreamed adventure se termina desvelando como un relato sobre el después de la caída del muro de Berlín. O, en palabras de un personaje, sobre la situación del país tras la llegada de la “democracia”.

    La Historia no se clausuró con la desaparición de la URSS, como pretendió Fukuyama, y el sistema que la sucedió es lo que Grisebach pone en cuestión. A medida que la arqueóloga vaya entablando amistad con los habitantes del pueblo, la película dejará de desarrollarse en exteriores opacos y entrará en interiores oscuros. El cambio es significativo, porque las imágenes ya no refutan esa concepción del espacio como escenario exótico, por hermético, sino que intentan seguir el recorrido de las relaciones subterráneas que definen el devenir de los ciudadanos. Las carreteras secundarias, sin asfaltar, las rutas secretas y los edificios abandonados se convierten, junto con unos interiores definidos por la pobreza y el abandono, en las principales localizaciones que recorre la protagonista. El erratismo que define su forma de moverse por esas localizaciones contrasta con la tranquilidad que caracteriza los paseos que los niños del pueblo dan por esos mismos lugares: han nacido allí, conocen las rutas secretas y escuchan las historias de los mafiosos con fascinación. Para ellos, de momento, todo eso no es más que un juego; cuando crezcan será diferente. Sólo la hija del líder de una de las bandas puede disfrutar del privilegio de la inocencia, gracias, en gran medida, a los esfuerzos que hace su padre por mantenerla alejada de la violencia que sustenta su forma de vida.

    Que Serra únicamente fuese capaz de identificar de forma elíptica al poder que operaba por detrás de su protagonista al final de Pacifiction se debía a que dicho poder era el de un Estado colonialista cuya presencia sólo podía filmarse a través de las huellas que dejaban sus múltiples tentáculos —ese coronel interpretado por Marc Susini. En The dreamed adventure, por el contrario, las fuerzas que condicionan la vida en el pueblo —las mafias que monopolizan, por medio del robo y la intimidación, el mercado de la gasolina, metales y demás materias primas de valor— no tienen la envergadura de ese Estado y, por tanto, no pueden ocultar su presencia con tanta efectividad. Las consecuencias son evidentes: no resulta tan difícil ponerle cara y cuerpo. Al ser menor su magnitud, es mayor la facilidad con que Grisebach puede no sólo señalarlo, sino adentrarse en sus mecanismos. De ahí que el tercio final de la película resulte más esclarecedor que el de la cinta de Serra. Sin embargo, algunos críticos han calificado la película como “opaca”; pero nada de eso hay en sus imágenes. La cineasta indaga en el manto de opacidad que recubre una realidad desesperada, pero no la reproduce, no afirma la imposibilidad de conocerla y, además, desmonta la fantasía del espacio pobre como escenario para el turismo exótico, principal recurso narrativo a través del que muchos cineastas ocultan una realidad incómoda que no les interesa filmar. Los personajes de The dreamed adventure están atrapados en un sistema que sólo les deja tres caminos: convertirse en matones de la mafia local, prostituirse en sus fiestas o ser aplastados por su violencia. Las promesas de bonanza que llegaron tras la caída del muro se desvelan puras falacias en cada plano de Grisebach. Su mirada hacia la oscuridad ofrece imágenes muy lúdicas. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    junio 09, 2026

    Crítica [Cannes 2026] | The Dreamed Adventure

    por Rubén Téllez Brotons | junio 09, 2026

    De la triste figura

    Crítica ★★★★ de Western, de Valeska Grisebach.

    Alemania. 2017. Título original: Western. Director: Valeska Grisebach. Interpretes: Meinhard Neumann, Reinhardt Wetrek, Vaneta Fragnova, Syuleyman Alilov Letifov, Viara Borisova, Kevin Bashev, Aliosman Deliev, Momchil Sinanov. Guion: Valeska Grisebach. Productores: Maren Ade, Jonas Dornbach, Valeska Grisebach, Michel Merkt, Janine Jackowski. Productoras: Coproducción Alemania-Bulgaria-Austria; Komplizen Film, KNM, Arte, ZDF, Chouchkov Brothers, Coop 99 Filmproduktion. Fotografía: Bernhard Keller. Montaje: Bettina Böhler. Diseño de producción: Beatrice Schultz. Diseño de vestuario: Veronika Albert. Dirección Arte: Michael Randel.

    Hasta en los recodos más inverosímiles el western se define a sí mismo como parábola circular del nacimiento de un mito. El primer western había mostrado interés por el mito de América en unos orígenes espaciales o geográficos siempre yuxtapuestos a la conquista del paisaje por parte de lo masculino. Sigue sorprendiendo que todavía ahora recurramos a los arquetipos mayores del género, no solo en la construcción de paisajes o tropos estéticos, sino en la alegoría masculina y en la fascinación por lo telúrico, para abordar exactamente igual que hace décadas una indagación universal alrededor de las fronteras, tanto físicas, como emocionales. Hemos escuchado decir a Godard que le bastaba una mujer y una pistola para hacer cine. Esas palabras podrían cambiar sensiblemente en el western si a la pistola le añadiésemos un caballo y un horizonte. La mujer funcionaba en el western más como fábula materna, las raíces de una tierra fértil, próspera, evocada constantemente por los hombres en su partida hacia remotos lugares. El western en cierto modo solo hablaba de hombres, giraba en torno a su pensamiento y a su carácter errabundo. Ese recuerdo del hogar dialoga con lo contemporáneo, siendo espejismo de un mundo abocado a las fronteras ideológicas, al choque cultural y a las barreras invisibles que hacen de nuestro tiempo trinchera de un hogar difuso que ya no existe, o si lo hace es fruto único del deseo, de la fantasía. Resulta interesante que sea la mirada de Valeska Grisebach la que reinterprete esos conceptos masculinos y los armonice con la actual idea que tenemos del paisaje. Western (2017), ganadora del premio especial del jurado en la pasada edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, y que llega estos días a nuestras carteleras, subraya lo que ya expone su título de forma clarividente; un estudio vigoroso sobre los conflictos del hombre hacia su entorno. Todas las Europas posibles tienen cabida en el relato; la nueva, aquella que atraviesa una crisis emigratoria, y la vieja, donde aún asolan vestigios de colonización. Los códigos del western están sujetos a alusiones contemporáneas, puesto que nunca se han dejado de elaborar las mismas preguntas. Sobre ese horizonte hay que saber gestionar los silencios y secretos del hombre, y hacer cuentas con lo que nuestra vista u oído no puede alcanzar a comprender frente a los estereotipos del género. La realizadora alemana combate la dolorosa reconstrucción de la masculinidad fraguando un relato que acecha a la imagen triste y derrotada del hombre, a la misma vez que le tiende manos a una imagen de hombre también profundamente desconfiada con su historia.

    No hace mucho, el crítico Manu Argüelles hablaba acerca de lo sorprendente que resultaba hallar en El hombre del oeste, western del 1958 dirigido por Anthony Mann, psicologías y expresiones próximas a lo crepuscular, en una cinta que por época debería encontrarse muy lejos todavía de aquellos westerns melancólicos y pesimistas de finales de los sesenta. Al revisionar la cinta de Mann, descubriremos que esa fuerza abrasadora estaba presente en los tristes mensajes cifrados de un hombre (Gary Cooper) que va adquiriendo un sentimiento de culpa brutal a lo largo de la película debatiéndose entre el pasado y el presente. El ciudadano de Mann es un hombre recto que quiere realizarse, formar una familia, contribuir al progreso de una nación civilizada en continuo desarrollo. Hay un plano de los muchos que podríamos señalar de este bellísimo filme que nos muestra una escisión clara en el espacio del encuadre, separando dos mundos en una sola imagen. Tenemos a Cooper y a una chica refugiados en un establo para pasar la noche, al otro lado en el exterior se aleja el hombre que crio a Cooper convirtiéndole en un bandido, y que amenaza con su mera presencia desestabilizar todo aquello que tanto le ha costado construir. Ese plano circunda la terrible dimensión del pistolero, la de su vida anterior, señalada por Mann en tenebrosa profundidad de campo, su miedo a recaer en ella, y la del presente de una mujer a la que debe proteger de las garras de los que antes fueron su única familia. Es precisamente en este lugar, en este espectacular reencuadre típico del western, en el que Mann hace habitar todos y cada uno de los espacios y tiempos de la historia. La historia de un hombre que más que sumirse en la historia de la confrontación con el otro se ve abocado a la lucha con uno mismo. Al amanecer volveremos a fijarnos en la colocación del personaje de Cooper, una imagen intercambiable con la anterior, en la que Mann enfoca la mirada hacia el horizonte. Una imagen que prefigura la sombra de un jinete acercándose. La estrategia es parecida. Una doble dimensión espacial, la del nuevo mundo y la vieja que se acerca, cabalgando en torno a los fantasmas del protagonista. Tarantino colocaría en Los odiosos ocho (2015) una idéntica planificación visual al filmar desde un establo la oscuridad del interior y las figuras en claroscuros de los hombres, mientras la profundidad de campo nos deja ver otro mundo, en este caso la nieve, al fondo. Muchos cruzaron esos bordes queriendo explorar así la idea un tanto excesiva de que el paraíso y el infierno son la misma cosa en el western. El paralelismo con la película de Grisebach resulta inevitable porque cuando ella mira al hombre, mira al cielo y al infierno que danza junto a su memoria. La cineasta berlinesa repasa los estados y delimitaciones del hombre oriundo que ha tenido que palidecer conquistas, lograr victorias y sufrir derrotas, que ha pasado de ser colonizador a colonizado, de figura invasora, cruel y despiadada, hasta cruzado de causas perdidas y fundador de nuevas naciones. Western socava la identidad masculina tejiendo una urdimbre de narraciones cruzadas calibrando todas las variables y motivos históricamente atribuibles a sus universos. Podríamos decir que su obra deconstruye unos mitos que con el tiempo perdieron cualquier arraigo con la realidad, enfrentando su visión con la naturaleza, con lo biológico, con lo más simple y mundano.

    por David Tejero Nogales
    junio 18, 2018

    Crítica | Western

    por David Tejero Nogales | junio 18, 2018

    Hibridación genérica

    Crónica de la segunda jornada de la 70ª edición del Festival de Cannes.

    La septuagésima edición del festival ha arrancado con un considerable incremento de la seguridad en los controles previos a cada proyección, lo que ha originado atascos significativos esta mañana a la altura del Grand Théâtre Lumière. Superado ese momentáneo trance matutino, hemos podido disfrutar de Wonderstruck, una fábula edificante y con cierto aire naíf que posiciona a Todd Haynes como uno de los grandes autores románticos del siglo XXI. Con Western hemos asistido a una singular visión femenina de un conflicto puramente masculino en una región fronteriza entre Bulgaria y Grecia y, en el extremo opuesto de la perspectiva, encontramos a Barbara, un mockumentary metacinematográfico sobre Monique Andrée Serf, de nombre artístico Barbara, que se presenta como la visión masculina de la famosa cantante parisina. El imprevisible Mathieu Amalric logra aportar toda la originalidad y la confusión a un relato que inauguraba la sección paralela, Un Certain Regard. De ahí nos hemos desplazado hasta Chile para presenciar el fantástico drama social que Marcela Said ha enarbolado sobre la lacerante situación que el país acarrea desde la dictadura de Pinochet: Los perros. No ha faltado la acción más brutal con la presentación de la nueva película de Takashi Miike quien, con Blade of the Immortal, alcanza el centenar de películas. Una nueva historia sobre el honor y la venganza en el Japón del período Edo que adapta el manga homónimo de Hiroaki Samura. Por último nos despedíamos, no sin antes adentrarnos en ese oscuro e inenarrable ejercicio de experimentación genérica llamado Sicilian Ghost Story, con la última película de Kornél Mundruczó, Jupiter's Moon, una alegoría pseudo-bíblica que ha generado el principal gran debate del certamen por la notable discrepancia de opiniones y la división de críticas que ha recibido.

    por EAM
    mayo 19, 2017

    Festival de Cannes 2017 | Día 2. Críticas: Wonderstruck / Jupiter's Moon / Western / Los perros / Barbara / Blade of the Immortal

    por EAM | mayo 19, 2017

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