Uherské Hradiště es una pequeña ciudad de la República Checa, cerca de su frontera con Eslovaquia, que sería totalmente desconocida para los profesionales y amantes del cine si no fuese por su festival de verano. Cada año, y van 40 ediciones, la población dobla sus habitantes al acoger a un público fiel a dicho evento, una muestra no competitiva de cine de todo tipo, desde grandes clásicos restaurados a películas más recientes de la región. Jóvenes cinéfilos abarrotan las salas y muestran un interés inaudito por la proyección y la presentación previa o coloquio posterior que ofrecen invitados relacionados con la película en cuestión. Y en
El Antepenúltimo Mohicano hemos tenido el privilegio de formar parte de este intercambio, elaborando y presenciando uno de los ciclos dentro de la temática general del cine español a la que este año se dedicaba el certamen.
En concreto, un servidor ha podido estar presente durante la última semana de julio presentando las películas que habíamos seleccionado, programadas en primer pase en este orden: La mujer sin piano (Javier Rebollo, 2009), Diamond Flash (Carlos Vermut, 2011), Con la pata quebrada (Diego Galán, 2013), La soledad (Jaime Rosales, 2007), En la ciudad de Sylvia (José Luis Guerin, 2007), Elisa K (Jordi Cadena & Judith Colell, 2010), De tu ventana a la mía (Paula Ortiz, 2011) y La herida (Fernando Franco, 2013). Además, no faltaría tiempo libre para asistir a otras proyecciones de ciclos alternativos. Uno se centraba en el cine social inglés, que incluía la aceptable Redención (Tyrannosaur, Paddy Considine, 2011). Otro giraba en torno al Porn Art, o cine pornográfico con vocación artística, en el que elegiría padecer L.A. Zombie (Bruce La Bruce, 2010). Y, por ejemplo, también se exhibían recientes películas checas, entre las que optaría por ver la interesante Cesta ven (Petr Václav, 2014).
Pero volviendo al marco de la temática dedicada a nuestra cinematografía nacional, la misma ofrecía asimismo una selección de la filmografía de Agustí Villaronga (Mallorca, 1953), un director de reciente reconocimiento en nuestro país pero ya de contrastada experiencia, cuya valoración merece ser reivindicada. Tras un par de días disfrutando del ambiente festivo de la ciudad, y justo después de haber presenciado juntos un espectáculo de cine mudo checo con música en directo, me reúno con él en el cómodo hotel Grand para charlar un poco sobre su trabajo. Un lujo que resulta tanto más apreciable por su sorprendente simpatía y familiaridad.
texto y entrevista| Ignacio Navarro
lugar| Uherské Hradiště
Desde joven tuviste experiencias relacionadas con el cine, luego estuviste en una compañía de teatro y más tarde trabajaste en varios departamentos en varias películas, antes de obtener financiación para rodar Tras el cristal. ¿Cómo fue esa etapa previa a tu primer largometraje? ¿Tenías claro que querías dirigir tu propia película o tuviste ocasión de especializarte en otro departamento?
No, yo tenía claro que quería dirigir desde los 14 años o así. Era claramente una vocación, desde el colegio. Quería ser director de cine. Así que terminé los estudios, y quería estudiar cine, pero no había escuelas en España. La EOC (Escuela Oficial de Cine) ya había desaparecido, y no había otras opciones. Pedí entrar en la escuela de Rossellini, pero no me aceptaron, decían que era muy joven todavía. Entonces fui a estudiar a Barcelona, me metí en Historia de Arte, que era lo más parecido, para aprender algo. Y nada más llegar me empecé a meter en grupos de teatro y a hacer cosas. Creo que al año de estar allí me metí en la compañía de Nuria Espert, estuve mucho tiempo con ella dando giras por todo el mundo, hasta que un día me despedí. Entonces hice cortos, que es lo que hace mucha gente, y luego empecé a trabajar en la película, que igual tardé 4 años en conseguir financiar.
Sí, porque desde tu último corto hasta el estreno de Tras el cristal en 1986 pasaron unos 6 años o así, un periodo largo para reunir el dinero necesario…
Exacto, porque era una película además que salió gracias a la legislación que había en aquel momento, pero se hizo con nada. Yo creo que fue medio millón de pesetas, muy poco dinero. Luego la película salió en Berlín aquel año, dio que hablar y fue como una carta de presentación. Y a partir de ahí he podido trabajar más o menos, tampoco te creas que ha sido muy fácil…
Claro, además compaginando el largo con proyectos de televisión. Pero centrándonos en tus películas, varias de ellas cuentan con un protagonismo de niños o jóvenes. Y muchas veces los directores dicen que trabajar con menores es complicado. Quería saber entonces por qué tu sí has contado con ellos, y cómo ha sido ese proceso.
Sí, era Hitchcock el que decía que no hay que trabajar ni con niños ni con animales. [risas] Además meterlos en el mismo saco ya es fuerte. Pero no sé, es casualidad. Bueno, casualidad no debe ser. Me atrae el mundo de la infancia. Y luego ya, aparte, hay películas que son de encargo: por ejemplo Pan negro. Creo que ya me la encargan porque deben pensar que soy bueno para dirigir niños. Pero con ellos siempre ha sido muy fácil la dirección de actores, porque es un poco asistir al proceso juntos. Es complicado a veces, porque no son niños que se van a jugar con un globo, sino a quienes les pasan cosas muy fuertes. Entonces lo pueden entender hasta un cierto punto. Intentas explicarles lo más posible, y luego ellos tienen mucha naturalidad. Yo al principio los dirigía mucho: das tres pasos aquí, respiras, miras arriba… Es decir, que funcionan casi como un perrito. Pero cada vez menos: me he dado cuenta que no, que les puedes dar mucha responsabilidad emocional. Los puedes ir dejando libres poco a poco. Además, antes no había sonido directo, con lo cual tú podías dirigirles a la vez. Y ahora no, hay que callarse. Pero la verdad es que los niños nunca han sido un problema para mí, siempre ha sido fácil.