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    Philippe Lesage
    Philippe Lesage
    || Críticas | SEFF 2024 | ★★★★☆ |
    Comme le feu
    Philippe Lesage
    Colosal por comparación


    Yago Paris
    Sevilla |

    ficha técnica:
    Canadá. 2024. Título original: Comme le feu. Director: Philippe Lesage. Guion: Philippe Lesage. Productores: Galilé Marion-Gauvin. Productoras: Productions l'unité centrale. Fotografía: Balthazar Lab. Música: Cédric Dind-Lavoie. Montaje: Mathieu Bouchard Malo. Reparto: Noah Parker, Aurelia Arandi-Longpre, Antoine Marchand-Gagnon, Arieh Worthalter, Paul Ahmarani, Sophie Desmarais, Laurent Lucas, Irène Jacob.

    El panorama cinematográfico actual está comandado por una clara ideologización de las ficciones. Esto provoca dos claras consecuencias. Por un lado, los temas del relato se convierten en los grandes protagonistas, imponiéndose con firmeza a las formas. Esta relación no es inevitable, como así lo demostró, sin ir más lejos, el cine clásico, donde a la trama y sus temas siempre se le dio más importancia que a la propuesta audiovisual, sin que por ello esta fuera dejada de lado. Por tanto, que las formas se ninguneen quizás está relacionado con la segunda de las consecuencias anteriormente anunciadas: la explicitud de dichos temas. Si lo importante es el «qué» y no el «cómo», se podría argumentar que, cuanto más claros queden los temas, mejor. De nuevo se puede deslegitimar esta argumentación acudiendo al cine clásico, un modelo claro y cristalino en sus intenciones, pero en absoluto evidente en la manera de llevar a cabo sus planteamientos. Sospecho que es la lógica de la ideologización la que ha provocado que se haya llegado a este escenario. A nadie se le debería escapar que el grueso del cine de festivales actual se realiza teniendo en mente los temas candentes, y resulta tentador arrimarse al sol que más calienta, pues ya hay suficiente evidencia de que aquellas películas que dicen lo que toca decir de la manera que más gusta reciben vítores, sin importar los medios que se hayan empleado. «Películas necesarias», se les suele llamar. También se podría argumentar que, cuando el cine se ha utilizado como herramienta propagandística, el valor audiovisual del medio se ha visto resentido, pero existen sobrados ejemplos a lo largo del siglo XX para demostrar que esto no es necesariamente cierto. Por tanto, nada de lo que sucede en esta época del cine tendría por qué estar sucediendo, y, sin embargo, sucede.

    En este panorama ciertamente discreto, tan acotado a las modas ideológicas del momento, y con tan poca visión de lo universal y lo atemporal, las películas están condenadas a no sobrevivir al paso del tiempo. En muchas ocasiones, los filmes se confeccionan como armas arrojadizas o soflamas más propias de una manifestación. Parece faltar pausa, observación y reflexión –por no decir que quizás falta talento detrás de las cámaras–. Estas dinámicas se manifiestan con especial fulgor en los festivales, donde la programación de los mismos parece estar plenamente condicionada por estas dinámicas. ¿Cuál es el riesgo de no programar películas que aborden los temas sociales del momento? ¿Cuánto se puede beneficiar un festival a nivel mediático si sí lo hace? Desde hace años, cada vez resulta más complicado encontrar en las parrillas de los festivales obras que sigan la lógica de la complejidad y que busquen activamente no explicitar el tema del relato. Se trata de filmes que se toman su tiempo para desarrollar su propuesta, que confían en el poder de sugestión de la imagen y que consideran que el tempo narrativo es más importante que agasajar el ego identitario del espectador. No me refiero necesariamente a los grandes autores, pues su capacidad para narrar en imágenes todavía les permite desarrollar propuestas complejas, incluso alienadas del contexto social más trendy. Me refiero a esa clase media, a esas películas cuyos autores todavía no se conocen o nunca llegarán a ser programados en la sección oficial de Cannes, por tomar un ejemplo paradigmático de la cumbre del cine de autor. Este tipo de cine es el que se ve más afectado por las tendencias, ya que su selección en grandes festivales no está garantizada –y con ello, la obtención de presupuesto para futuros filmes–. El gran perjudicado de todo este contexto es aquello que supuestamente se celebra en los festivales: el cine. Por tanto, cada vez resulta más importante reivindicar aquellas películas cuyos responsables se esfuerzan por desarrollarlas en términos cinematográficos, sin miedo a no resultar claros.

    Comme le feu (2024), la nueva película de Philippe Lesage, es un claro ejemplo de estas circunstancias. La obra se ha programado en la Sección Oficial del Festival de cine europeo de Sevilla, donde destaca notablemente por encima del resto de competidoras por sus aspiraciones audiovisuales. No nos llevemos a engaño: no se trata de un filme inmenso; simplemente se trata de una película, es decir, de una obra creada en términos de lenguaje cinematográfico. La cinta canadiense comparte espacio con filmes evidentes, de formas insulsas y escaso recorrido reflexivo como Alpha. (Jan-Willem van Ewijk, 2024), Ernest Cole: Lost and Found (Raoul Peck, 2024), Meet the Barbarians (Les barbares, Julie Delpy, 2024), The Girl with the Needle (Magnus von Horn, 2024) o Transamazonia (Pia Marais, 2024). La narración se abre con un prólogo mudo, que consiste en un viaje en coche acompañado de una sugestiva música electrónica. Algo tan básico como crear un estado de ánimo a través de los sentidos, basado en la construcción de un certero tempo narrativo que acompañará al filme durante el resto del metraje, se convierte, por comparación, en un logro cinematográfico mayúsculo. Abrir una película de esta manera, y desarrollarla durante dos horas y cuarenta minutos sin miedo a aburrir demuestra la confianza de Lesage en sus imágenes, y con ellas, en sus construcciones narrativas.

    El prólogo da lugar al planteamiento de la premisa narrativa del filme: dos viejos amigos directores de cine se reúnen en la cabaña de uno de ellos para pasar unas pequeñas vacaciones. Albert (Paul Ahmarani) lleva a sus dos hijos, Aliocha (Aurélia Arandi-Longpré) y Max (Antoine Marchand-Gagnon), y a Jeff (Noah Parker), un amigo de este último; Blake (Arieh Worthalter) cuenta con un grupo de amigos y colaboradores de su nuevo proyecto fílmico. Todos ellos convivirán durante varios días tanto en la cabaña como en la naturaleza, en lo que parecen unas vacaciones de ensueño, pero que, sin embargo, evolucionarán por caminos bien distintos. La duración tan extensa, poco habitual en el cine de festivales –y temeraria en una parrilla donde resulta sencillo agrupar cinco sesiones por día–, resulta uno de sus mayores valores. Cuando a los mandos se encuentra alguien con algo que decir y con capacidad para transmitirlo de manera efectiva y compleja, el minutaje deja de resultar relevante, pues lo sencillo es entregarse a la ficción que se desarrolla ante los ojos del espectador. Así se alcanza la primera hora de metraje sin tener del todo claro cuáles son las verdaderas intenciones del filme: ¿se trata de un coming of age, de una tensión entre distintas generaciones, de un contenido thriller con ecos del survival? Nada queda claro, pero la sensación no es de indefinición, sino de que se está construyendo algo tan grande que necesitamos tomar perspectiva para terminar de comprender lo que está sucediendo. Esta sensación de estar perdido, de comprenderlo todo pero aun así no tener clara la dirección del filme, y que tan poco habitual es en el cine de festivales actual, resulta una de las sensaciones más estimulantes que un crítico de cine puede experimentar en una sala.

    El metraje extendido del filme le permite a Lesage desarrollar una compleja estructura narrativa en torno a tres cenas, que suceden en el comedor de la cabaña con los mismos personajes. A medida que las escenas se van desarrollando, comienzan a aparecer tensiones. La más evidente es la que se produce entre los dos viejos amigos, que se mantienen unidos a base de no solucionar sus diferencias. La lógica es la de guardar debajo de la alfombra hasta que ya no cabe más, y la solución por la que siempre optan cuando esto sucede consiste en pisotear la mierda acumulada, en lugar de limpiarla. De esta manera, Lesage parece querer reflexionar sobre las lógicas relacionales masculinas, tan basadas en la incomunicación, las bromas pesadas, la humillación y la dominación. El hecho de que se trate de dos directores de cine, cuyos egos tienden a sobresalir, no ayuda en absoluto. Las tres cenas sirven para plantear el conflicto, tratar de resolverlo, y terminar de joderlo. Las otras tensiones las protagonizan Aliocha y Jeff, quien acude a las vacaciones por ser amigo de Max, pero que sin embargo le presta toda su atención a la joven. Aquí se establece el habitual tira y afloja de las relaciones entre miembros de distintos sexos en estas edades, que se podrían reducir al ritual de seducción del hombre, lo que deja todo el poder en manos de la mujer a la que se aspira a seducir, quien, de quererlo, podrá manejar a su pretendiente cual títere. En estos casos, la incomunicación es todavía menor, pues por definición la seducción solo es posible si no se rompe la magia verbalizando las intenciones, voluntades y deseos de cada parte, en ese habitual juego que consiste en hacer como si no estuviera pasando nada.

    Tenemos, por tanto, conflictos en ambas generaciones, y todo se complica enormemente cuando los intereses de Jeff y de Blake colisionan, lo que da lugar a un nuevo conflicto, el intergeneracional. A través de esta propuesta narrativa, Lesage prepara el terreno para establecer profundas reflexiones en torno a la condición humana, sus mezquindades, sus debilidades y sus patetismos, que conviven con su nobleza, su capacidad para cuidar y para perdonar. Y todo ello solo puede trascender verdaderamente si se utiliza el lenguaje cinematográfico para transmitirlo, pues, en el fondo, la forma cinematográfica es la conexión emocional más potente con el espectador. La cinta se caracteriza por la utilización de planos de larga duración, donde los personajes se desarrollan más allá de los márgenes del encuadre. El director juega con el fuera de campo y la rigidez o la fluidez de la cámara, dando lugar a una serie de tensiones audiovisuales que permiten sugestionar al público. Al mismo tiempo, el autor demuestra conocer cómo construir un determinado tempo narrativo con el que transmitir las vibraciones concretas de la escena en cuestión. Así, las dos cenas tensas se filman con un plano general fijo, sin cortes de montaje, que encuadra a todos los miembros de la escena, mientras que la restante, que transcurre en un ambiente distendido, se narra con una cámara que se mueve con gracilidad, saltando de uno a otro personaje. Sin embargo, donde más destaca el filme es en sus escenas musicales. El tempo es musicalidad implícita, por lo que las escenas anteriormente descritas, a su manera, bullen con ritmo. Sin embargo, las más gratificantes para la audiencia son aquellas donde la música es literal. Cada una de ellas sirve como transición emocional con la que lograr que los personajes pasen a la siguiente etapa de sus respectivos arcos, dando por el camino momentos audiovisuales verdaderamente notables, como la escena donde, de manera improvisada, todos los personajes comienzan a bailar en el salón de la cabaña, al ritmo de un vinilo. Al mismo tiempo, resulta imprescindible señalar que Lesage no parece tener del todo claro como cerrar cada una de las ramas de su relato, de ahí que el acto final parezca avanzar dando pasos en falso, no estando a la altura de todo lo construido previamente. Comme le feu es, por tanto, un filme lejos de la excelencia, y, de hecho, sus propias formas transmiten que no existe la aspiración de crear una obra colosal, pero en un panorama como el actual resulta difícil no sentir que sí lo es. ♦


    por Yago Paris
    noviembre 27, 2024

    Crítica | Comme le feu

    por Yago Paris | noviembre 27, 2024

    El guionista y director quebequés Philippe Lesage revolucionó la Sección Oficial del Festival de San Sebastián en 2015 con Los demonios y el año pasado conquistó el palmarés de la Seminci con Génesis, de estreno comercial el próximo viernes. Aprovechamos la ocasión para hablar con un realizador que parece utilizar el cine para luchar contra sus demonios internos.


    Entrevista a Philippe Lesage, director de «Génesis»
    Texto de Juan Roures | Madrid-Dublín.

    Esta película es un pequeño retorno a Los demonios, cuyo protagonista regresa en un giro de guion muy peculiar. ¿A qué se debe esto?

    Génesis es una película muy distinta a Los demonios pero de alguna forma es una continuación, no sólo por el regreso de ese personaje, sino porque aborda las mismas cuestiones en torno al despertar sexual. Ambas son muy autobiográficas. Estaba escribiendo Génesis y me vino a la cabeza la idea de terminarla en un campamento de verano, o sea, en un lugar completamente distinto adonde acontece el resto de la acción. De repente, la película empieza de nuevo, con otros personajes, pero en realidad sigue siendo la misma; podría decirse que es una continuación poética. Mi propia experiencia en un campamento en Estados Unidos fue la clave. Y, como el Félix de Los demonios es mi alter ego, decidí convertirlo en el mismo personaje. Contacté al mismo actor, Édouard Tremblay-Grenier, preguntándome si seguiría siendo apropiado para el personaje, porque, aunque ha seguido trabajando en el cine y la televisión, evidentemente ha crecido y ya no es el mismo, y la verdad es que seguía siendo perfecto para el papel. En el propio rodaje de esa parte final tuvieron lugar coincidencias muy locas: me di cuenta de que realmente el actor estaba enamorado de la chica de la que se enamora el personaje; ellos ya se conocían de antes y de hecho la canción que él canta en la película la escribió en la vida real para ella. Fue un caso mágico de realidad fusionándose con la ficción.

    Hay muchas más canciones en la película, incluso tú escribiste varias de ellas...

    Desde el principio quise que Génesis fuera una especie de musical. La adolescencia es un momento en la vida en que la música tiene un gran impacto: empiezas a generar la banda sonora de tu vida y descubres la sensación masoquista de escuchar canciones de amor mientras piensas en la persona que amas, el placer masoquista de poner sal en tus propias heridas. Me parece una parte clave de ser adolescente y quería que estuviera presente. La música en sí es muy importante para mí: cada película que hago empieza escuchando música para inspirarme. Y sí, en la película hay alguna que otra canción mía que compuse hace tiempo pero no había visto la luz hasta ahora.

    Llama la atención especialmente una canción popular que se repite al principio y al final, ¿qué simboliza?

    Es una antigua canción folk que se está perdiendo. En Quebec tenemos la tradición de cantar canciones en la mesa; esta en concreto ya está olvidada, pero estando en el campo, preparando la película, la tuve muy presente y decidí recuperarla. La letra es muy inquietante, además, y conecta muy bien con la película, porque, aunque busca ser divertida, trata de un hombre que para beber lo vende todo, ¡incluyendo a su novia!

    Esa parte final, en la que se repite la canción, también es un nuevo comienzo dentro de la película. Toda la estructura es muy peculiar y arriesgada, ¿la tuviste clara desde el principio?

    Siempre iba a ser así. Mi editor, cuando se encontró la película así, lloró durante la parte final, estaba muy emocionado. Lo enseñé a mi hermano, a un amigo... y tuvieron la misma reacción, Claro que ellos quizá empatizan conmigo para hacer la conexión y aceptan esa historia que parece aparecer de la nada (aunque no lo hace: comparte los temas del génesis). Para mí tiene pleno sentido pero entiendo que haya espectadores sorprendidos. Sé que es una estructura que te deja descolocado, pero como espectador debes confiar en la película que tienes delante, aceptar que llega un momento en que se convierte en otra cosa, en una nueva historia que completa lo que se ha visto hasta entonces. Hay espectadores a los que no gusta ese final, que no entienden qué hace ahí, y no puedo culparlos: si les gustó la otra parte, que cojan esa parte, no hay por qué tener un compromiso con todo el filme, aunque por supuesto me alegra que haya gente que sí abraza el conjunto.

    Dices que la película es autobiográfica, pero son tres historias, con tres personajes de distintos géneros y orientaciones sexuales...

    Empatizo con los tres protagonistas plenamente. Con la chica también, claro: cuando descubres lo que supone salir de fiesta con tus amigos por primera vez, estar decepcionado por alguien, saber que alguien no es bueno para ti y aun así perseguirlo... Eso va más allá del género. Yo quería acercarme a la violencia sexual, un tema inspirado por gente a la que quiero y respeto; esa parte no es autobiográfica, pero hace tres o cuatro años me di cuenta de que una mujer muy cercana a mí había sido víctima de violencia sexual y me sentí estúpido por no estar al tanto del tema. Casi como disculpa, me pareció interesante abordarlo.

    Esta relación con la violencia, sutil pero a la vez poderosa, evoca Los demonios...

    Sí, en ambos filmes hay un monstruo. En Los demonios no vemos nada pero hay algo horrible ocurriendo y lo sabemos. A veces no mostrar es más potente que mostrar. En Génesis sí somos testigos del horror, pero está todo muy oscuro y el punto de vista es distante. El sonido es inquietante, pero quise ser sobrio con las imágenes. Que el chico haga algo tan horrible pero se niegue a verlo, actuando incluso con dulzura, me parece revelador de los tiempos que corren. Eso sí, que unos momentos antes ella le haya pedido un beso que él pueda interpretar como una vía libre para la violación no fue idea mía sino de mi asistente de dirección, que es mujer y vio claro que tenía que añadir ese detalle para volver todo aún más perturbador.

    Con tu cine, ¿estás lidiando con tus propios demonios?

    Siempre. Siempre voy a lugares que son dolorosos para mí; si no, estaría perdiendo mi tiempo y el de los espectadores. Al final, mis películas se me antojan dolorosas por muchos motivos, pero sólo así me siento honesto; de lo contrario las historias que cuento no me llegarían y no llegarían. Manipular para entretener no es mi estilo.


    por Juan Roures
    julio 17, 2019

    Entrevista: Philippe Lesage, director de «Génesis»

    por Juan Roures | julio 17, 2019

    La (des)educación sentimental

    Crítica ★★★★★ de «Genèse», dirigida por Philippe Lesage.

    Canadá, 2018. Presentación: Festival de Locarno 2018. Título original: «Genèse». Dirección: Philippe Lesage. Guion: Philippe Lesage. Productoras: A Productions / L'Unité Centrale. Fotografía: Nicolas Canniccioni. Montaje: Mathieu Bouchard-Malo. Dirección de arte: Marjorie Rhéaume. Diseño de producción: Julie Prieur. Vestuario: Caroline Bodson. Reparto: Noée Abita, Théodore Pellerin, Pier-Luc Funk, Paul Ahmarani, Édouard Tremblay-Grenier, Maxime Dumontier. Duración: 130 minutos.

    Genèse, que ganó la Espiga de Oro de la 63ª Seminci, puede verse como una secuela espiritual de Los demonios, película con la que en 2015 el quebequés Philippe Lesage se daba a conocer como una de las voces más potentes de su generación. No es de extrañar, pues ambas cintas comparten numerosos actores y temática, siempre escudriñando entre las sombras de la clase alta. Pero si Los demonios sacaba a la luz los peores miedos de un niño en un ambiente suburbano, Genèse ofrece un opresivo retrato de la corrupción del deseo juvenil en manos de los férreos esquemas de género y de clase. Esta es la historia de Guillaume (Théodore Pellerin) y Charlotte (Noée Abita), dos hermanastros cuyas vidas solo se cruzan puntualmente en el metraje. Es Guillaume quien abre la película: subido en un pupitre, animando a todos sus compañeros a cantar una canción popular. Es la presentación perfecta para el “notas” de la clase, con esa típica faceta arrogante y provocadora que en el fondo esconde un carácter sensible e inseguro. Ávido lector y sociable a medias, tiene a Nicolas (Jules Roy Sicotte), un simpático jugador de futbol americano, como su único amigo. Los problemas aparecerán cuando Guillaume se dé cuenta de que siente por él algo más que amistad. El viaje de nuestro protagonista es de doble sentido. Por un lado, hay el proceso de descubrimiento de su sexualidad, que Lesage plantea a partir de gestos discretos (aunque tremendamente significativos) que culminan, cómo no, en una oleada de deseo reprimido. Pronto Guillaume decidirá exponer sin tapujos y delante de toda la clase el amor que siente por su amigo, en un monólogo brillantemente ejecutado por Pellerin, pero he aquí el doble sentido de su arco: a pesar de que en un primer momento sus colegas reciban con aplausos esta declaración, al salir del aula, todos empiezan a ignorarle. La admiración se convierte en recelo y la sensación de falsa seguridad que le brindaba el entorno escolar se destruye.

    A pesar de que lo que pueda aparentar, la vida de Charlotte no es mejor que la de su hermanastro. Los desengaños empiezan cuando su novio Maxime (un Pier-Luc Funk menos sombrío que en Los demonios) le pide, con muy poca suerte, que abran su relación –algo a lo que la chica parece reaccionar con una mezcla de sorpresa y decepción. Pero, estando rodeada de amigas que la apoyan, enseguida toma consciencia de su lugar y decide encontrar a alguien que sustituya a su pareja. Conseguirlo no mejora su situación porque, pasada la euforia inicial, su nuevo y más experimentado «ligue» Theo (Maxime Dumontier) se revela como un hombre abusivo y sin ningún sentido de la responsabilidad. Es a base de frustraciones que Charlotte, quien una vez fue una joven con una vida emocional sana, acaba metiéndose en una especie de círculo vicioso que ella misma ha creado, quizás para sentirse deseada, quizás por algo más. Es un vaivén que, si bien parte de la decisión de hacer prevalecer su libertad sexual, termina siempre condicionado por su relación con los hombres que la rodean: por su novio, triste y dependiente, y por Theo, del que nada bueno se puede esperar. Lo que lleva a dos jóvenes bien situados y empoderados a vivir un infierno personal, aparentemente por culpa de sus propias decisiones, es un sistema que maniata el incipiente deseo juvenil en función de unas estructuras de poder invisibles y, a la vez, peligrosamente normalizadas. En lo que a Guillaume respecta, esto resulta más evidente: en su vida escolar, se les enseña lo natural de la escala de poder, así como la inutilidad de actuar según unos principios. En un instituto donde el deporte de prestigio es el futbol americano, se denigra también a todo aquel que se salga de los estereotipos de la masculinidad, como se demuestra de forma bastante explícita con la reacción de sus compañeros ante su declaración abiertamente gay. Lo peor es que estos mecanismos de poder se perpetúan a través de una figura de autoridad a priori tan carismática como ese profesor Perrier (Paul Ahmarani), al que de forma frecuente le gusta ensalzar a los «listillos» y castigar a Guillaume con las excusas más livianas.

    por Mariona Borrull Zapata
    junio 30, 2019

    Crítica | Génesis

    por Mariona Borrull Zapata | junio 30, 2019

    Tras dos años deambulando por el circuito de certámenes, paso por la competición de la 63ª edición del Festival de San Sebastián incluido, por fin llega a nuestras carteleras Los demonios (Les démons, 2015), primera película del cineasta canadiense Philippe Lesage que se adentra en el tenebroso territorio de la infancia.


    «Los demonios» ha tenido un buen recorrido internacional, pero, ¿cree que le perjudicó que fuera programada tan tarde en el Festival de San Sebastián y pasara desapercibida para la prensa?

         No diría que pasó desapercibida para la prensa internacional. Durante el Festival de San Sebastián, Variety y The Hollywood Reporter publicaron críticas increíbles, lo que no está nada mal. Por supuesto, no ayudó en absoluto que el filme se estrenara el último a la hora de crear un mayor impacto mediático. Antes de nuestra selección en el certamen, no teníamos un agente de ventas para negociar un mejor lugar en el programa. Aprendí de mis errores y ahora contamos con él. La película ha viajado a sesenta festivales por todo el mundo y ha sido vendida a muchos países. No me puedo quejar, este es mi primer largometraje de ficción. La premiere en San Sebastián fue estupenda, a pesar no de no saber a ciencia cierta si, en ese momento, las personas que nos aplaudían en las escaleras del Kursaal lo hacían solo por educación. Posteriormente, «Los demonios» fue bien recibida en todos los lugares donde se exhibió, especialmente en los países anglosajones. En Estados Unidos y Reino Unido tanto la crítica como el público fueron muy entusiastas.

    ¿Cómo nace el filme? ¿Cuáles fueron los primeros pasos?

         Quería volver al oscuro período de mi infancia, donde vivía constantemente con miedo, torturado por mis demonios internos. Para ello, necesitaba reconciliarme con mi Yo infantil, porque estaba avergonzado de algunos aspectos de mi vida de por aquel entonces y tenía que volver atrás para revivirlos. Al igual que cualquier niño, yo era capaz de alcanzar altas cotas de crueldad; los chavales no son tan inocentes, no son esos puros y lindos cachorros que aparentan ser a primera vista. Ellos son egoístas y su comportamiento, en situaciones concretas, está cercano al de un psicópata. En la película, Félix es capaz de ser despiadado solo como salida del aburrimiento –el aburrimiento puede ser la puerta de la Maldad—, pero tras ello él es consciente de su sentimiento de culpabilidad y, también, como me ocurría a mí, de vergüenza. En el filme asistimos al despertar de un yo reflexivo, producto de la maduración de su conciencia. En la edad donde algunas personas comienzan una terapia psicoanalista, yo hice una película sobre mi infancia. Esto me ha salido más caro, pero en parte está financiado por el estado. Tengo la creencia de que la cinta es otro tipo de terapia. Explorar las neurosis de mi infancia a través de la ficción ha sido un lujo del que me siento afortunado de haber disfrutado.

    ¿Se basó solo en sus propias experiencias o en teorías educacionales y psicopedagógicas?

         Todo procede directamente de mi propia infancia. No hay lugar para las teorías, para la investigación o cosas similares. Esto sería terrible y extremadamente aburrido para mí. No estoy intentado demostrar precepto o pensamiento alguno. El arte no debería ser así, y yo sigo creyendo que el cine es una de las grandes expresiones del arte. Incluso cuando hago películas documentales no realizo una gran investigación previa. Mi investigación surge durante el propio proceso, eso es todo. Tampoco soy un periodista o un académico. Solo estoy intentando compartir una experiencia humana con honestidad a partir de mi propia percepción y sensibilidad. Yo indago dentro de mí. Tengo una rica vida interior que no me permite la posibilidad de aburrirme. Mediante esta, yo espero que el público también alcance una experiencia personal con la película. Y, cuando hablo de experiencia, no estoy hablando de solo entretenimiento. Estoy hablando de ser transformado, desafiado y estar profundamente involucrado en la trama. Amo ese tipo de cine donde siento que se me cede un espacio para ser creativo como espectador, para rellenar los huecos de mi propia vida, para ser, al fin al cabo, un protagonista de la ficción, no un elemento pasivo. Hable con varias personas tras las proyecciones, y muchos de ellos se veían reflejados en Félix; se sintieron, viendo «Los demonios», como si estuvieran sentados en el diván, es una especie de terapia. Esto es un ejemplo de lo poderoso que puede ser el cine y el mejor cumplido que puede obtener un cineasta. No hay números en taquilla que igualen esto.

    ¿Cómo recuerda usted su infancia? ¿Y su primer amor?

         La forma en la que recuerdo ahora mi infancia es diferente a hace dos años y será diferente dentro de dos años también. La memoria es compleja, está en constante movimiento y transformación. Es gracioso que me preguntes sobre mi primer amor porque este es el tema de mi próximo filme. El primer amor en un adolescente: normalmente un desastre.

    ¿Cómo fue el proceso de casting para el personaje de Félix?

         Quién mejor que un chico imaginativo y sensible para encarnar el papel de un chico imaginativo y sensible. Conocí cerca de mil niños en audiciones y, finalmente, encontré a mi joven álter ego. Edouard seguirá siendo Félix en mi próxima película. Él resultó ser mucho más de lo que pudiera imaginar en un principio.

    por Emilio M. Luna
    mayo 08, 2017

    Entrevista: Philippe Lesage, director de «Los demonios», una de las grandes películas del año

    por Emilio M. Luna | mayo 08, 2017
    Les démons

    La infancia es un thriller psicológico

    crítica ★★★★ de Los demonios (Les démons, Philippe Lesage, Canadá, 2015).

    El pequeño Félix, protagonista de Los demonios, aparece sentado ante la mesa de una fiesta de cumpleaños, con los invitados al fondo desenfocados. Al cortar al contraplano, la cámara, situada a la altura del niño sentado, panea con cautela siguiendo los movimientos del ritual de entrega de regalos. Dado que se trata de una fiesta adulta, rigen las normas de cordialidad distendida en el intercambio de gestos y palabras. Pero la perspectiva es la de alguien que no termina de comprender esas normas. La vista en leve contrapicado, sumada a las continuas irrupciones de movimientos en primer plano que imposibilitan cualquier equilibrio en el encuadre, denota pues lo ajena que resulta para Félix la situación filmada. Él se encuentra, literalmente, a otra altura y nivel. Escenas similares, descriptivas y alejadas de cualquier trazo de conflicto argumental, abundan en la primera mitad de Los demonios, dedicada a exponer el estado de confusión inherente a la infancia que vive nuestro protagonista. Lo vemos, por ejemplo, acompañar en una quedada a su hermano mayor y sus amigos. Siguiendo en silencio la conversación de los mayores e hilando lo que capta con algo que ha oído antes en clase, llega a la conclusión de que haber jugado a los novios con un compañero le convierte en homosexual y, en consecuencia, en afectado por el VIH. O lo vemos mediar, junto a sus dos hermanos mayores, en una pelea entre sus padres que amenaza con tornarse violenta. En ambos casos, y aunque Félix nunca la manifieste, somos conscientes de su incapacidad para entender del todo lo que pasa a su alrededor, de su carencia de un esquema mental que le permita distinguir la gravedad de una crisis conyugal de la de unos prejuicios de adolescentes.

    Viene bien tener en mente este estado mental de su protagonista para enfrentarse a Los demonios esquivando las expectativas de género, que con esta película llevan sin remedio a la frustración. Dado que el maridaje entre coming of age y thriller con asesino incluido con el que podríamos clasificarla atendiendo a su sinopsis está lejos de abarcar la riqueza que contiene la ópera prima de Philippe Lesage. El segundo componente, de hecho, no sirve en absoluto en términos de recepción, pero sí en términos de psicología del personaje. Es Félix, y no nosotros, quien vive todo lo narrado como un espectador de thriller. Esto es, como alguien capaz de intuir en la atmósfera que le rodea una amenaza que espolea miedos no demasiado definidos, pero incapaz de discriminar entre toda la información que procesa cuál es aquella que realmente constituye una amenaza. El miedo de Félix, pues, es el más inevitable de todos: aquel al que no se le puede poner nombre. ¿O acaso, cuando mirábamos debajo de la cama temerosos de los monstruos, teníamos la mínima idea del aspecto que podían tener? Así, la división de Los demonios en dos episodios claramente diferenciables (aquel en el que se describe la rutina de Félix plagada de miedos inconcretos, y aquel en el que aparece la amenaza real y definible) existe solo ante nuestros ojos, no ante los de un Félix para el que las leyendas urbanas sobre el VIH y la existencia de un asesino de niños en su vecindario son asuntos igual de preocupantes. De hecho, el mayor arrebato de alegría catártica, de liberación de uno de esos miedos para nuestro protagonista (una escena arrebatadora al son de Miriam Makeba), se inserta en el montaje justo antes de la escena en la que la amenaza real se manifiesta por primera vez de manera directa y muy próxima a él.

    por Miguel Muñoz Garnica
    mayo 06, 2017

    Crítica | Los demonios

    por Miguel Muñoz Garnica | mayo 06, 2017

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