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    Crítica | Génesis

    La (des)educación sentimental

    Crítica ★★★★★ de «Genèse», dirigida por Philippe Lesage.

    Canadá, 2018. Presentación: Festival de Locarno 2018. Título original: «Genèse». Dirección: Philippe Lesage. Guion: Philippe Lesage. Productoras: A Productions / L'Unité Centrale. Fotografía: Nicolas Canniccioni. Montaje: Mathieu Bouchard-Malo. Dirección de arte: Marjorie Rhéaume. Diseño de producción: Julie Prieur. Vestuario: Caroline Bodson. Reparto: Noée Abita, Théodore Pellerin, Pier-Luc Funk, Paul Ahmarani, Édouard Tremblay-Grenier, Maxime Dumontier. Duración: 130 minutos.

    Genèse, que ganó la Espiga de Oro de la 63ª Seminci, puede verse como una secuela espiritual de Los demonios, película con la que en 2015 el quebequés Philippe Lesage se daba a conocer como una de las voces más potentes de su generación. No es de extrañar, pues ambas cintas comparten numerosos actores y temática, siempre escudriñando entre las sombras de la clase alta. Pero si Los demonios sacaba a la luz los peores miedos de un niño en un ambiente suburbano, Genèse ofrece un opresivo retrato de la corrupción del deseo juvenil en manos de los férreos esquemas de género y de clase. Esta es la historia de Guillaume (Théodore Pellerin) y Charlotte (Noée Abita), dos hermanastros cuyas vidas solo se cruzan puntualmente en el metraje. Es Guillaume quien abre la película: subido en un pupitre, animando a todos sus compañeros a cantar una canción popular. Es la presentación perfecta para el “notas” de la clase, con esa típica faceta arrogante y provocadora que en el fondo esconde un carácter sensible e inseguro. Ávido lector y sociable a medias, tiene a Nicolas (Jules Roy Sicotte), un simpático jugador de futbol americano, como su único amigo. Los problemas aparecerán cuando Guillaume se dé cuenta de que siente por él algo más que amistad. El viaje de nuestro protagonista es de doble sentido. Por un lado, hay el proceso de descubrimiento de su sexualidad, que Lesage plantea a partir de gestos discretos (aunque tremendamente significativos) que culminan, cómo no, en una oleada de deseo reprimido. Pronto Guillaume decidirá exponer sin tapujos y delante de toda la clase el amor que siente por su amigo, en un monólogo brillantemente ejecutado por Pellerin, pero he aquí el doble sentido de su arco: a pesar de que en un primer momento sus colegas reciban con aplausos esta declaración, al salir del aula, todos empiezan a ignorarle. La admiración se convierte en recelo y la sensación de falsa seguridad que le brindaba el entorno escolar se destruye.

    A pesar de que lo que pueda aparentar, la vida de Charlotte no es mejor que la de su hermanastro. Los desengaños empiezan cuando su novio Maxime (un Pier-Luc Funk menos sombrío que en Los demonios) le pide, con muy poca suerte, que abran su relación –algo a lo que la chica parece reaccionar con una mezcla de sorpresa y decepción. Pero, estando rodeada de amigas que la apoyan, enseguida toma consciencia de su lugar y decide encontrar a alguien que sustituya a su pareja. Conseguirlo no mejora su situación porque, pasada la euforia inicial, su nuevo y más experimentado «ligue» Theo (Maxime Dumontier) se revela como un hombre abusivo y sin ningún sentido de la responsabilidad. Es a base de frustraciones que Charlotte, quien una vez fue una joven con una vida emocional sana, acaba metiéndose en una especie de círculo vicioso que ella misma ha creado, quizás para sentirse deseada, quizás por algo más. Es un vaivén que, si bien parte de la decisión de hacer prevalecer su libertad sexual, termina siempre condicionado por su relación con los hombres que la rodean: por su novio, triste y dependiente, y por Theo, del que nada bueno se puede esperar. Lo que lleva a dos jóvenes bien situados y empoderados a vivir un infierno personal, aparentemente por culpa de sus propias decisiones, es un sistema que maniata el incipiente deseo juvenil en función de unas estructuras de poder invisibles y, a la vez, peligrosamente normalizadas. En lo que a Guillaume respecta, esto resulta más evidente: en su vida escolar, se les enseña lo natural de la escala de poder, así como la inutilidad de actuar según unos principios. En un instituto donde el deporte de prestigio es el futbol americano, se denigra también a todo aquel que se salga de los estereotipos de la masculinidad, como se demuestra de forma bastante explícita con la reacción de sus compañeros ante su declaración abiertamente gay. Lo peor es que estos mecanismos de poder se perpetúan a través de una figura de autoridad a priori tan carismática como ese profesor Perrier (Paul Ahmarani), al que de forma frecuente le gusta ensalzar a los «listillos» y castigar a Guillaume con las excusas más livianas.

    «Para connotar una violencia que corre por debajo de la normalidad, Lesage vuelve a apostar por una puesta en escena sobria y aparentemente realista, que encuentra en el plano general su mejor espacio de trabajo».


    Para connotar una violencia que corre por debajo de la normalidad, Lesage vuelve a apostar por una puesta en escena sobria y aparentemente realista, que encuentra en el plano general su mejor espacio de trabajo. Esta escala de plano, que favorece el montaje interno y la profundidad de campo, se presenta como la más indicada para retratar una dinámica social de la que los personajes no pueden escapar, un sistema de relaciones que puede ser terrorífico (como lo es cierta escena en un callejón), pero que nunca dejará de ser visible. Como comprobábamos en ese inquietante plano de Los demonios, con Pier-Luc Funk paseando incesantemente por el borde de la piscina, una forma especialmente eficaz de hacer aparecer un horror intangible es, simplemente, no dejar que nada escape del encuadre: una visibilidad distanciada, a la vez que incómoda y opresiva. Esta apuesta formal no resulta desconocida para Marjorie Rhéaume (directora de arte) y Nicolas Canniccioni (director de fotografía), que ya trabajaron con Lesage en su anterior película. Aunque, por muy sencillo que sea comparar el estilo visual de ambos títulos, Genèse parte de un suelo mucho menos crudo que su predecesora (al fin y al cabo, quiere contar una historia de deseo). En este sentido, el cineasta, con más de un documental en su filmografía, no tiene miedo de hacer evidentes algunos de los elementos más expresivos de su propuesta formal, empezando por la presencia de la cámara en secuencias de seguimiento de los personajes (desde huidas al estilo 400 golpes hasta la fatal incursión de una Charlotte ebria en una fiesta). También el uso recurrente de la canción «Outside», de TOPS, como «leitmotiv» en momentos de trance emocional, muy al estilo de las secuencias musicales de su conciudadano Xavier Dolan. Con todo ello, a primera vista, quizás resulta menos evidente, a nivel temático, ese final –en el cual recuperamos a Félix (Édouard Tremblay-Grenier), protagonista de Los demonios, durante los últimos días de una acampada donde vivió su primera experiencia amorosa. Pero es allí, entre tiendas de campaña y festivas hogueras donde proviene la auténtica génesis que da título a la historia. Es en estas primeras etapas de la educación sentimental, en el mismo momento en que un niño se pregunta cómo conseguir el amor de una niña, que el mecanismo patriarcal empieza a funcionar. Y, a partir de ahí, todo es caída | ★★★★★


    Mariona Borrull
    © Revista EAM / Festival de Las Palmas


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