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    Oliver Stone
    Oliver Stone

    Surfeando el celuloide

    Crónica de la sexta jornada de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

    Sexta jornada ya del 64 Festival Internacional de Cine de San Sebastián y seguimos inundando nuestras pupilas de sueños e historias que nos han traído emoción y polémica, división de opiniones y grandes nombres del cine. Este año han desfilado por la Zurriola un actor con aroma a clásico, Ethan Hawke, y una actriz que ya lo es, la gran Sigourney Weaver, la cual llegaba ayer mismo levantando una expectación y una admiración equiparables a la que pocos días antes había provocado su compañero a la hora de recibir los Premios Donostia de este año, galardones otorgados como reconocimiento a toda una carrera, si bien las de nuestros dos protagonistas aún distan mucho de llegar a su fin. Una brillante manera de combinar con esta elección todo el glamour del viejo Hollywood con una calidad y categoría artísticas indiscutibles. Si las diatribas más importantes se han centrado en la necesidad o no de mostrar escenas explícitas hasta la brutalidad o lo pornográfico, y en si es bueno o contraproducente que se generen estos debates en el seno del Festival, hay algunas más pequeñas, casi invisibles, pero que afectan de manera importante a los espectadores más sufridos y silenciosos, aquellos que no gustan de dar su opinión en voz alta aunque en algún momento no pueden contenerse y dejan oír su tembloroso sonido en las salas reclamando un poquito de comprensión. Porque, ay, esa altura a la que quedan en algunas ocasiones los subtitulados electrónicos de las películas son un pequeño infierno. Espectadores removiéndose en sus butacas buscando la posición a veces imposible desde la que poder leerlos sin problemas, levantándose a mitad de proyección para cambiarse de sitio porque desde donde están no hay manera de verlos o rezando al momento de sentarse para que el más alto o el más melenudo de la sala, tampoco tienen ellos la culpa de serlo, claro está, no se siente justo delante. Una molestia menor pero no baladí que se compensa con el entregado trabajo del personal de los cines, siempre amable y dispuesto a responder cualquier pregunta y solventar la más mínima duda con una sonrisa y eso que somos conscientes de que algunas de ellas deben de llegar a sus oídos cientos de veces al día, de igual forma a quien durante toda la jornada nos atiende con los tickets y las entradas que temerosos de que se hayan agotado pedimos en las taquillas y en las mesas del Kursaal. También a todo ese equipo que se preocupa de que las películas estén listas justo a su hora sin que haya un minuto de retraso y que todo se encuentre en orden para que podamos disfrutar de las proyecciones. Sirvan estas líneas como un pequeño aplauso a esas personas que realizan el trabajo más oscuro del Festival, aquel del que casi nadie habla o tiene en cuenta en sus discusiones cinéfilas, pero que si no estuvieran ahí… ¿de qué demonios íbamos a polemizar? Todos compartimos estos días que pasarán como una ensoñación, todos surfeando las olas de celuloide del Festival. (J.L. Forte).

    por EAM
    septiembre 22, 2016

    Festival de San Sebastián 2016 | Día 6. Críticas: El invierno, Jesús, Snowden & Rara

    por EAM | septiembre 22, 2016
    Crítica de Salvajes, de Oliver Stone - Savages review
    LAGUNA VICE
    Salvajes (Savages, Oliver Stone, 2012)

    Adalid de la crítica a cualquier estamento que se precie, Oliver Stone ha forjado su extensa filmografía – desde 1974, cuando debutó en el largometraje con ‘Reina del Mal’ – a golpe de controversia. Una controversia tan necesaria en el cine de los años ochenta y noventa que lo erigieron en uno de los cineastas contemporáneos más respetados. Con la huella de su participación en Vietnam siempre latente, Stone ha acercado al espectador el horror de la guerra y la deshonra – ‘Platoon’ (1986), ‘Nacido el 4 de julio’ (1988), ‘El cielo y la tierra’ (1993) –; ha retratado a líderes que marcaron el destino de una nación – ‘JFK’ (1991), ‘Nixon’ (1995), ‘Looking for Fidel’ (2004), ‘Al sur de la frontera’ (2009) –; y ha caricaturizado el capitalismo salvaje – Wall Street (1987) y su posterior secuela, ‘El dinero nunca duerme’ (2011) – . Nada ha escapado al foco de este cineasta neoyorquino nacido hace 66 años. Ni siquiera la música (‘The Doors’, 1991), ni el deporte (‘Un domingo cualquiera’, 1999), ni el más triste episodio de la historia reciente de su país (‘World Trade Center’, 2006). Lo que si se le ha escapado, tristemente, es su cine.

    Producción tras producción, la veraz (y voraz) mirada de Stone se ha ido apagando dejando como único argumento aspectos extra-cinematográficos – su reciente visita a las FARC es buena prueba de ello –. Su postura política y social aun conserva seguidores entre la prensa estadounidense. En cambio, su oficio lleva apolillado demasiado tiempo. Es el poder de un apellido que en busca del eterno renacimiento. Caso similar al de otros ilustres coetáneos como Brian de Palma o Francis Ford Coppola. Mirar al pasado como única alternativa es señal inequívoca de que no existe presente. Y Stone lleva más de diez años paseando sus últimos filmes por festivales y carteleras sin producir ninguna sensación. Solo curiosidad envuelta en una parafernalia vacía y frívola. Es la ‘versión móvil’ de un cine que ha sabido templar todas las inquietudes de un país. Ahora solo es sombra. Su nueva película, Salvajes (Savages, 2012), intenta a la desesperada cambiar esta constante pero sin demasiada suerte.

    por Emilio M. Luna
    octubre 08, 2012

    SALVAJES (OLIVER STONE, 2012) | CRÍTICA

    por Emilio M. Luna | octubre 08, 2012

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