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    Mel Gibson
    Mel Gibson
    || Críticas | ★★★☆☆
    Amenaza en el aire
    Mel Gibson
    ¿Una película menor?


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2025. Título original: Flight Risk. Director: Mel Gibson. Guion: Jared Rosenberg. Productores: Mel Gibson, John Davis, John Fox, Allen Cheney, Bruce Davey, Walter Josten, Patrick Josten, Alex Lebovici, Jarrett Mahoney, Natasha Stassen, Paul J. Díaz, Nick Guerra, Kristopher Beaulieau. Productoras: Lionsgate, Media Capital Technologies, Hammerstone Studios, Blue Rider Pictures, Icon Productions, Davis Entertainment. Fotografía: Johnny Derango. Música: Antonio Pinto. Montaje: Steven Rosenblum. Reparto: Michelle Dockery, Mark Wahlberg, Topher Grace.

    Tanto da si es un entrenamiento para coger la forma de cara a la secuela de La Pasión de Cristo (The Passion of the Christ, 2004) como si es un ejercicio consciente de serie b, lo que deja en claro Amenaza en el aire es que Mel Gibson no ha perdido un ápice de su pulso como narrador. La premisa es manida (una oficial escolta a un testigo protegido en un vuelo con gato encerrado) y el presupuesto (25 millones de dólares) se queda corto para las necesidades de un thriller de suspense rodado en Alaska. Y sin embargo, qué planificación tan precisa, qué ritmo tan medido, qué montaje tan limpio, qué escalada de la tensión tan modélica, qué personajes tan bien construidos desde el sarcasmo y la réplica. Qué buena-mala película le ha salido al australiano con tan solo 22 días de rodaje, una única localización (el interior de una avioneta) y tres actores que prácticamente han cobrado el salario mínimo.

    Amenaza en el aire no pasará a la historia como una de las grandes películas de Gibson porque se la ha catalogado (mal) como un producto típico de plataforma. Tampoco de Mark Wahlberg, y eso que estamos ante uno de sus papeles más ásperos, incómodos y arriesgados. Una pena, porque la realidad, para quien quiera verla, lo que nos dice es que está mejor dirigida, fotografiada y montada que la colección de películas de «prestigio» que nos han colado en los Oscar. Si un aspirante a director quiere conocer los fundamentos de su oficio, que deje de meterse en vena el neorrealismo y la Nouvelle Vague, y estudie cada escena de esta cinta. Quizá no encuentre grandes verdades sobre el mundo o el alma humana, pero a cambio obtendrá un curso intensivo de narrativa en el que cada elemento del lenguaje audiovisual se activa cuando es necesario y cumple su función con eficacia. Aprenderá las formas, tan denostadas en nuestro cínico mundo de ideas y discursos de conveniencia.

    Si seguimos pensando que un cineasta muestra su personalidad en la elección del punto de vista, Amenaza en el aire tiene más de cine de autor que El brutalista (The Brutalist, Brady Corbet, 2024). Empecemos por el final para probarlo: el aterrizaje forzoso. En apenas tres minutos, Gibson saca adelante una escena en la que alterna tres puntos de vista particulares (la oficial, el testigo y el piloto), otorgándoles una planificación concreta que anuncia el destino de cada personaje. Planos frontales para Mads (Michelle Dockery), que se enfrenta a sus errores. Planos ladeados, a derecha e izquierda, para Winston (Topher Grace), a quien torturan sus dudas morales. Y planos picados para Daryl (Mark Wahlberg), que encuentra el mismo final que sus víctimas. A modo de costura, un montaje quirúrgico que combina estos tres puntos de vista con la mirada de Gibson como narrador omnisciente: Mads, los cuernos de la avioneta, la pista de aterrizaje; Winston, la sangre de sus heridas, los coches de policía y las ambulancias; Daryl, el cuchillo y los pedazos rotos de avioneta.

    Podrían parecer decisiones obvias, hasta que uno repasa el estado actual del cine de acción y suspense, y cae en la cuenta de la mediocridad reinante. Incluso en el blockbuster, porque ya quisiera la atroz Capitán América: Brave New World (Captain America: Brave New World, Julius Onah, 2025) acercarse siquiera a las virtudes narrativas de lo último de Gibson. Las voces que han etiquetado Amenaza en el aire como cine de plataforma, o ven poco cine de plataforma, o sencillamente le siguen pasando a su director la factura por su pasado. Insisto: contará muy poco o nada, pero lo cuenta muy bien. Y eso lo saben hacer muy pocos cineastas. Si a Hitchcock se le aplaude La soga (The Rope, 1948), no entiendo a qué vienen tantos reparos con una película que se mira en el mismo espejo de la banalidad del mal.

    Por las mismas razones, tampoco es un telefilm ni una película de VOD. El guion del novel Jared Rosenberg nos enfrenta a tres personajes a cuál más despreciable. No hay dudas con Daryl, el anzuelo de la trama, un tipo hosco y vil que lleva la Parca tatuada en la frente desde que le quitan la gorra. Si bien una mirada atenta a Mads y Wilson nos revela a dos caracteres tan o más reprobables en cuanto a vulgaridad moral e idiotez supina. Él se lamenta por haber escogido el mal camino, cuando es incapaz de decir una sola verdad. Y ella, falsamente empoderada como agente de la ley, colecciona muertos por su ineptitud a la hora de juzgar a los demás. Los tres merecerían la muerte. Gibson, de hecho, coquetea con esta idea en la última escena. Pero decide hacer lo predecible para situar la película en el mismo territorio nietzscheano que sus trabajos anteriores. Si el mundo es un lugar cruel e inhóspito, se debe no tanto a que el mal campe a sus anchas como a que el bien sea el refugio de los imbéciles. Al final, Gibson sí tenía algo que contarnos. A su manera. ♦


    por Raúl Álvarez
    febrero 28, 2025

    Crítica | Amenaza en el aire

    por Raúl Álvarez | febrero 28, 2025
    Hacksaw Ridge

    Como única arma, una biblia

    crítica ★★★★ de Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, Mel Gibson, Estados Unidos, 2016).

    Se confirma: hemos recuperado a Mel Gibson. Tras años condenado por la industria de Hollywood a purgar por sus pecados, siendo confinado a artefactos tan poco relevantes como Machete Kills (Robert Rodriguez, 2013) o Los mercenarios 3 (Patrick Hughes, 2014), en los que desempeñó las funciones de villano más bien secundario, parece que 2016 le ha devuelto a la estrella venida a menos gran parte del crédito perdido en el camino, tanto como actor –Blood Father (Jean François Richet)– como en su faceta como director, aquella en la que, con solo cinco títulos hasta la fecha, ha demostrado desenvolverse con excelencia. Veintitrés años han pasado desde que Mel se pusiera por primera vez detrás de las cámaras en El hombre sin rostro (1993), un drama sensible e íntimo que le reportó estupendas críticas. Sería su épica y emocionante visión de la cruzada del escocés William Wallace contra la ocupación inglesa en Braveheart (1995) la que elevara al realizador a los altares, consiguiendo 5 Oscars entre los que estaban los de mejor película y mejor director. Después de aquel gran éxito, lejos de dormirse en los laureles, demostró su capacidad para asumir retos y levantó dos proyectos tan suicidas y polémicos como la ultraviolenta cinta religiosa La pasión de Cristo (2004) –rodada íntegramente en latín, hebreo y arameo, algo que no impidió que recaudara 612 millones de dólares en todo el mundo– y Apocalypto (2006), su monumental e hiperrealista aventura ambientada en la época del imperio maya y hablada en aquella lengua. Diez años ha tardado desde entonces en decidirse a volver a dirigir. Diez años de silencio como cineasta que llegan a su fin con el estreno de Hasta el último hombre (2016), una ambiciosa producción bélica basada en la inspiradora historia real de Desmond Doss, un joven médico militar que se convirtió en uno de los héroes de la Batalla de Okinawa, durante la Segunda Guerra Mundial, al salvar la vida de setenta y cinco soldados sin necesidad de disparar ni una sola bala, ya que sus férreas creencias religiosas (además de respetar, como miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, su sabbat) le impedían matar a otra persona.

    "En paz, los hijos entierran a sus padres; en guerra, los padres entierran a sus hijos". Esta dolorosa reflexión salida de la boca de uno de los jóvenes soldados de la nueva película de Gibson describe a la perfección las terribles consecuencias de toda contienda bélica, en la que no hay ni ganadores ni perdedores, sino muertos y supervivientes que tienen que aprender a vivir con los horrores vividos. Desmond lo ha sufrido de manera indirecta, a través de la figura de su padre (magnífico Hugo Weaving), un veterano de guerra transformado en un hombre violento y alcoholizado después de volver de su misión, que propina constantes palizas a su esposa (Rachel Griffiths desprendiendo calidez maternal) e hijos. Durante una pelea con su hermano que casi acaba en tragedia, el joven toma la decisión de no utilizar nunca más la violencia, algo que no le impedirá alistarse en el ejército, empujado por su vena patriótica, con la intención de salvar todas las vidas posibles durante la acción bélica pero sin empuñar un arma. La primera mitad de Hasta el último hombre sorprende, más que por su clasicismo de la escuela Eastwood, por cierto maniqueísmo a la hora de presentar a los personajes. El Desmond Doss de Andrew Garfield abusa de candor y sonrisas bobaliconas y su romance con la guapa enfermera Dorothy (encantadora Teresa Palmer) no dista demasiado de la ñoñería del de la vilipendiada Pearl Harbor (Michael Bay, 2001), cayendo en todos los tópicos y lugares comunes –su manera de conocerse en el hospital o la cita en el cine son momentos que hemos visto con anterioridad en multitud de títulos similares–, enfatizados por una música de Rupert Gregson-Williams de lo más melosa. Tampoco escapan del arquetipo los compañeros a los que Desmond conoce en la academia, desde ese macarra Smitty Ryker (estupendo Luke Bracey) que ejerce de gallo del corral poniéndole las cosas difíciles al protagonista, pero que acaba siendo su mejor amigo, al gordito gracioso de turno, pasando por el guaperas que teme destrozar su precioso rostro con el que se lleva de calle a las jovencitas, el soldado de ascendencia india o el italoamericano bajito y con malas pulgas. Los superiores, el Capitán Glover (un Sam Worthington más inspirado que de costumbre) y el malhablado Sargento Howell (excelente Vince Vaughn, el mejor del reparto) –una especie de versión buenrollista de El sargento de hierro (Clint Eastwood, 1986)–, sorprendidos por la negativa del objetor de conciencia a usar armas, tratarán, en principio, de hacerle la estancia imposible en el cuartel, pero acabarán ganados por sus valores y espíritu fuerte y bondadoso.

    por José Martín León
    diciembre 08, 2016

    Crítica | Hasta el último hombre

    por José Martín León | diciembre 08, 2016
    Mel Gibson en Venecia

    De ídolos, placer y monstruos

    Crónica de la quinta jornada de la 73ª edición de la Mostra de Venecia.

    Hoy era un día de expectativas en la Mostra, muy especialmente a razón de la última película de Mel Gibson, que los medios americanos ya se han apresurado a citar como el ‘comeback’ que el director necesitaba. Sin llegar a ser del todo unánime, es curioso que la doble moral del realizador no haya llamado lo más mínimo la atención de sus compatriotas periodistas, raudos en calificar Hacksaw Ridge (30/100) como una trepidante obra pacifista que hará olvidar todos los pecados de su creador. Pero lejos de chovinismos idolatrados, el resultado que obtiene Gibson viene trazado por una mirada estrábica que, tan pronto canoniza a su protagonista, un soldado paradigmático que reniega del uso de las armas, como se regodea salvajemente en la ferocidad idiosincrática del ejército estadounidense. El resultado final se asemeja bastante a Más allá de la cúpula del fracaso (Beyond Blunderdome, Los Simpsons. Temporada 11, capítulo 227, 1999), episodio en el que Homer y Mel formaban equipo para convertir un inocente remake en un caótico festival de sangre abocado al fracaso. Un producto tan incongruente y encomiástico de la falaz coartada militarista americana que hace incomprensible muchas de las muestras de apoyo surgidas tras el estreno, donde pudimos ver a un esforzadísimo Andrew Garfield defendiendo a corazón abierto el sacrificio familiar y patriótico con algo tan contradictorio como el pacifismo armado. Al margen de su contradictoria fachada y su frenético avance narrativo, tan violento como descarnado, es evidente que el director no ha sabido (como de costumbre) escapar de la estructura clásica y poco inspirada del biopic bélico-romántico a la que nos tiene acostumbrados, con un primer acto más pausado y un segundo mucho más entregado la hipertrofia audiovisual.

    Poco después Mariano Cohn y Gastón Duprat consiguieron relajar a la platea gracias a las risas provocadas por la argentina El ciudadano ilustre (65/100), una sátira sobre la cultura, el orgullo artístico y las raíces que dividía a la crítica española; escuchándose en los espacios comunes una gran diversidad de opiniones entre los que la consideran demasiado amable y otros que la ven incluso televisiva. Cierto es que la estética planteada por los directores resulta alarmante, tanto por su insustancialidad dispositiva, como por el hecho de que no se aprecien en ningún instante esfuerzos por corregir esta situación; cediendo así todo el peso narratológico al guion, un libreto ácido y demasiado consciente que, pese a no dar lugar a equivocaciones argumentales o giros inesperados, funciona desde su cómica sencillez y su ingenuidad. En él se narran las vicisitudes de un escritor que, habiendo alcanzado la cima de su éxito ganando el Premio Nobel, decide tomar una arriesgada decisión regresando a su ciudad natal tras más de cuarenta años ausente. En casa, tendrá que hacer frente a la brutalidad provinciana y a ese malsano ambiente de habladurías, cotilleos, rumores y suspicacias propio de las pequeñas poblaciones donde todos los vecinos se conocen y no terminan de sentirse cómodos con la llegada de exiliados capitalinos, considerados como seres hostiles que amenazan con destruir el ecosistema de apacible rutina construido de forma tan metódica. Los prejuicios y resentimientos del retornado siempre han sido un buen tema de discurso en el cine y es una de las bases que maneja el filme de Cohn-Duprat. Tanto tiempo ausente borra las huellas que dejaron conversaciones, muchas de ellas inconclusas, que terminarán por perseguir al protagonista a lo largo de los cinco capítulos que componen esta película, jugando con los sentimientos del espectador al enfrentar al héroe a sus propias miserias y sacándole de su zona de confort. Un protagonista que renegará de su cuna, pero no dudará en aprovechar los momentos de inspiración y fuerza creativa que emanan salvajes de los recuerdos que le atormentan.

    por Unknown
    septiembre 05, 2016

    Mostra de Venecia 2016 (V) | Críticas: El ciudadano ilustre / Hacksaw Ridge / La región salvaje / Réparer les vivants / David Lynch: The Art Life

    por Unknown | septiembre 05, 2016
    Crítica de Vacaciones en el infierno - Get the Gringo review
    LA PLAUSIBLE LIBERTAD DE MEL GIBSON
    Vacaciones en el infierno (Get the Gringo, Adrian Grunberg, 2012)

    Soy culero porque el mundo me ha hecho así”, anuncia el vocalista de la cumbia que cierra Vacaciones en el infierno (2012), un título certero para definir el impacto abrasivo de un filme tan disfrutable como sinuoso en su ejecución. Noventa minutos antes, escuchamos 50,000 Miles Beneath My Brain de Ten Years After mientras dos payasos vestidos de amarillo intentan darse a la fuga en coche, con un suculento botín. El conductor pisa a fondo; su compañero –o socio, que dirían en la jerga– vomita sangre en los asientos traseros. Desde el cielo contemplamos la persecución, el vaivén de los coches atravesando ese páramo en donde se erige un muro a duras penas salvable: la frontera entre México y Estados Unidos. Seguidamente el coche se precipita hacia un montículo de tierra y se eleva y vuelca en el aire, aterrizando en la zona mexicana. El conductor, ya sin careta, es Mel Gibson. El actor, productor y director que representa el enigma del cine. El pasado año pudimos disfrutar de su inquietante poderío frente a una cámara en El castor, cuya historia –dirigida meritoriamente por Jodie Foster– sacaba a relucir al Gibson más turbador y, sin embargo, hipnótico de los últimos tiempos. El de Peekskill (Nueva York) había regresado meses antes al género de acción –de tintes negros– con Al límite. Un ejemplo de ese magnífico imán, tal vez excesivamente polarizado, que desconocíamos a finales de los 70, cuando se estrenó la primera entrega de Mad Max.

    por Anónimo
    octubre 29, 2012

    VACACIONES EN EL INFIERNO | CRÍTICA

    por Anónimo | octubre 29, 2012

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