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    Lila Avilés
    Lila Avilés

    El pasado 1 de marzo se estrenó en los cines de España Tótem, segunda película de Lila Avilés. La cinta, narrada desde el punto de vista de la niña protagonista, funciona como un laberinto de silencios y miradas que se acechan, se superponen y se devoran en su intento de expresar un dolor metálico e incomprensible. Charlamos con su directora.


    Entrevista a Lila Avilés, directora de Tótem
    Texto de Rubén Téllez Brotons | | Madrid


    Cómo surgió la idea de la película?

    Surgió hace un ratito. Yo fui mamá jovencita. Pasé por ese proceso de duelo: el papá de mi hija murió cuando ella era pequeñita. A raíz de eso, me interesó escribir esta historia, en la que obviamente hay una esencia muy cercana, pero también en la que cambié mucho, jugué mucho. Es la chulada de los procesos: empiezan muy cerquita y luego ya se van desprendiendo.

    ¿Fue muy difícil sacar el proyecto adelante?

    No, no fue tan complicado. Mi primera película, La camarista, fue muy difícil, porque yo no venía de la escuela de cine, ni traía un cortometraje ni nada; pero gracias a que le fue muy bien, ayudó a que le fuese mejor a Tótem en cuestión de financiamiento.

    La película está narrada desde el punto de vista de la niña protagonista, ¿cómo trabajaste esta perspectiva?

    Para mí es muy importante la frase de “infancia es destino”. Hay algo en esos primeros años que nos marca, que nos transforma, que nos hace ser quien somos; y me interesaba ahondar también en esos días especiales. Cuando uno cambia, de alguna forma, hay un suceso que nos pasa, que a partir de ahí nos hace ser otra persona. Como una serpiente, hay un cambio de piel. Lo bueno es que uno continúa cambiando a veces. Hay un cambio constante, para bien y para mal. Uno se tiene que acomodar y adaptar más a la vida, porque en esas subidas y bajadas, no sabes dónde te toca.

    La cinta reflexiona sobre cómo, pese a que los adultos no les cuentan toda la verdad de una situación desagradable a los niños para protegerlos, ese silencio o esas palabras maquilladas también les afectan y les duelen.

    Creo que como adultos a veces no tienes el secreto de las cosas y se le pone un estigma o un prejuicio a la infancia, como si ellos (los niños) no supiesen. Yo creo que la infancia sabe más que uno mismo, encuentra la forma más directa. La película también habla en su esencia primaria sobre la comunicación. Nadie es perfecto, pero al menos puedes dar tu opinión y darte a entender; decir, soy esta personita, concuerdo con tu punto de vista o no, pero creo esto. Esa frase milenaria de “hablando se entiende la gente” puede acabar con muchos problemas. A veces, tú, como niño o como niña, tienes que encontrar respuesta, ya sea sobre una historia de tu vida misma o sobre cualquier otra curiosidad que otro tenga. Hay que ejercer ese sentido crítico y ese sentido de curiosidad constante. No porque nos digan que así son las cosas, van a ser así. Hay que tener esa chispita, esa llama viva.

    Decías que la película trata sobre la comunicación, ¿cómo fue trabajar con los actores adultos, cuyos personajes transmiten más a través de las miradas y los gestos que a través de las palabras, esa comunicación?

    Cada cabeza es un mundo y cada uno tiene su forma de ser. En el caso del abuelo de la película, tiene su educación y su forma de actuar…y no es el mejor comunicador, pero comunica a su forma. Creo que esa parte es muy linda. Cada uno tiene que tener esa capacidad de respeto con los otros. Yo odio la palabra tolerancia… bueno, odio, jamás; pero me gusta más la palabra respeto. Cuando uno respeta, hay una identificación con el otro, aunque no concuerdes con él. Hay una forma más empática de acercarse a él. Eso es lo lindo de estos procesos que son frágiles: cada uno tiene su forma de ser. A veces uno piensa que tiene que llorar o ser sensible ante una cosa o la otra, pero no; cada quien que reaccione como quiera.

    ¿Fue complicado trabajar con las niñas?

    Siempre hay este estigma de “nunca trabajes ni con niños ni con animales”. Me tocó ambas y es una maravilla. Las niñas trajeron un júbilo y una belleza al set, que todos los que estuvimos involucrados disfrutamos. Fue un constante gozo el regresar a esa parte primaria que se nos olvida cuando crecemos.

    La película también reflexiona sobre cómo la infancia se va rompiendo a medida que los problemas del mundo exterior se cuelan en ella.

    Cuando uno es niño, tiene ese miedo a que las personas que son más cercanas para ti, los padres, se vayan. Hay algo ahí, como una arquitectura, a la que si le quitas la parte más primaria, se derrumba. Creo que hay un miedo que está, pero lo que es muy lindo de estos procesos es el cómo los habitas y cómo los vives. A veces te puedes sorprender por la resiliencia que podemos tener. La existencia trata sobre estos momentos de la vida cotidiana que son tan únicos y especiales, y a los que tenemos que dar luz.


    por Rubén Téllez Brotons
    marzo 05, 2024

    Entrevista | Lila Avilés, directora de «Tótem»

    por Rubén Téllez Brotons | marzo 05, 2024
    || Críticas | Berlinale 2023 | ★★★★☆
    Tótem
    Lila Avilés
    La última ofrenda


    Luis Enrique Forero Varela
    73ª Berlinale |

    ficha técnica:
    México, Dinamarca, Francia, 2023. Título original: «Tótem». Dirección: Lila Avilés. Guion: Lila Avilés. Compañías productoras: Limerencia Films, Laterna, Paloma Productions, Alpha Violet Production. Fotografía: Diego Tenorio. Música: Thomas Becka. Intérpretes: aíma Sentíes, Montserrat Marañon, Marisol Gasé, Saori Gurza, Teresa Sánchez, Mateo García, Iazua Larios, Juan Francisco Maldonado, Marisela Villarruel, Galia Mayer, Lukas Urquijo, Manuel Poncelis. Duración: 95 minutos.


    anexo| Cobertura de la Berlinale 2023


    Tras un exitoso debut (La camarista, 2018), la directora mexicana Lila Avilés ha presentado Tótem, su nuevo filme, en la sección oficial en la Berlinale, proponiendo una historia de tintes teatrales, situada íntegramente en una misma localización y a lo largo de un día de celebración, cuyo ritual festivo-funerario dispara una progresión narrativa y dramática paciente, sostenida con inteligencia.

    La acción se desarrolla dentro de una enorme casa familiar, cuyos muros comienzan a reflejar la decadencia física y económica de sus habitantes. La pequeña Sol (Naíma Sentíes) llega a este espacio, al que no pertenece, en el que no vive, a celebrar el cumpleaños de su padre. Se ha puesto un disfraz de payaso y carga un racimo de globos de helio, ansiosa, esperando la reacción de su sorpresa. Desde los primeros minutos del metraje, Sol manifiesta una curiosidad atípica sobre la muerte, preguntando a los adultos acerca del tema con insistencia o buscando en internet la fecha exacta del fin del mundo. Aunque tal vez no acabe de entender lo que significa, pues parece equiparar este concepto abstracto con la fecha de un cataclismo, su mente inocente está contaminada de la información que conoce de manera parcial y simplificada: Tonatiuh (Mateo García Elizondo), su joven padre, está enfermo y recluido en casa con sus dos hermanas (notables Monserrat Marañón y Marisol Gasé), tías de Sol, y el abuelo. Pintor de profesión, ha ordenado destruir todos los cuadros que ha hecho a lo largo de su vida, incapaz ya de mantener esperanza alguna.

    Lejos de antojarse opresivo, el interior de la casa, distribuido en varios espacios, ofrece a Sol algo así como una manifestación visual que representa a sus tías, primos y primas, con quienes no tiene un contacto habitual. Deambula por las habitaciones, transitando a veces pasivamente como un espectro, sin que nadie le explique algo del terror arcano que asola el ambiente. Pregunta y pregunta hasta el cansancio y la respuesta siempre es la misma: su padre no puede verla ahora mismo; luego tampoco, porque necesita reposo para estar fuerte durante la fiesta. La habitación a la que no la dejan entrar, como negada por una fuerza superior, es la de Tonatiuh.

    En cada rincón de la casa ocurren pequeñas cotidianidades impregnadas de una promesa funesta a vuelta de la esquina. El adusto abuelo de Sol, marcado por un cáncer lejano que se le llevó la garganta, está obcecado únicamente en podar el bonsái del invernadero trasero, mientras espanta a escobazos a un ave rapaz —de evidente simbolismo— que se ha encaprichado con el techo de cristal. Las tías se ocupan de los preparativos y reciben la visita de una curandera, que limpia la casa de malos espíritus en un espectáculo entre lo patético y lo cómico que deja perpleja a la niña. Pese a los esfuerzos, todo apunta hacia la ruina y la desaparición; no queda más que esperar. Todos saben o intuyen lo que está por ocurrir y finge —o se esfuerza por fingir— estar organizando todo para una celebración cualquiera. El débil Tonatiuh yace tirado en su habitación, oculto por la tremenda vergüenza de mostrar su cuerpo menguante a sus allegados, convertido casi en un objeto, castigado por el dolor. Cuando consigue recuperar por fin un aliento y está próximo a su descenso hacia el patio, a la última fiesta a la que han venido además todos sus amigos y conocidos, comparte en la habitación antes prohibida un sencillo momento de cariño e intercambio de regalos con su hija. Ella le regala a él un pequeño recipiente con semillas cuyas formas aleatorias al caer sobre una superficie se pueden interpretar; él le regala a ella su último cuadro, el único no destruido, pintado en la convalecencia y con enorme dificultad, en el que figuran todos sus animales favoritos: un tótem destinado a convertirse en futuro consuelo, en único vestigio.

    La enfermedad parece en esta película no solamente una eventualidad trágica, sino también una suerte de compañía intrínseca a la familia, a cada uno de sus miembros. El cáncer vive en el cuerpo de Tonatiuh, como lo hizo anteriormente en la madre fallecida y el padre, cuya voz ha sido sustituida por un aparato electrónico. La fiesta, por lo tanto, se presenta entonces con un cariz funeral absoluto como una parte más del proceso hacia el Apocalipsis, hacia la destrucción del hogar. Él se encuentra en un estado físico y emocional casi de no-existencia, habiendo rechazado cualquier tratamiento médico como la quimioterapia, decisión que, bromea, se debe a su vanidad y el deseo de continuar conservando su pelo intacto, y, en consecuencia, abocado únicamente a la morfina y la ayuda de Cruz (Teresita Sánchez), enfermera, confidente y trabajadora del hogar, cuyos ojos cariñosos y serviles sí parecen ser capaces de ver claramente esta progresiva destrucción de la familia que, consigo, acarreará la de la casa misma, al soplar las velas de la última tarta de cumpleaños.

    El guion, que ha firmado también Avilés, consigue un correcto equilibrio entre lo natural y el artificio, las palabras orgánicas y el contenido más meta-argumental, y se sostiene gracias a la dinámica de los episodios conversacionales. La relación simbiótica de cada personaje con el espacio que ocupa aporta dinamismo al discurrir de la trama, a modo de pequeños compartimentos que van encajando uno encima de otro, formando una torre condenada al colapso. Si bien presta atención sobre todo a la niña protagonista, consigue alternar con solvencia el desarrollo de los hermanos y hermanas, y sus mecanismos de conducta para hacer frente a la situación. Además impregna a la cinta de pequeñas secuencias y elementos cargados de simbolismo —por ejemplo la mantis religiosa sobre la mano del enfermo, casi inerte como una planta—, que sacan lustre al resultado en su conjunto. Así Tótem se erige como un trabajo sólido, un segundo gran paso en la filmografía de Avilés, cuya presencia en el festival atestigua no solo su talento, sino la inventiva y creatividad del cine latinoamericano actual.


    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 01, 2024

    Crítica | Tótem

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 01, 2024

    Escalar en la pirámide

    Crítica ★★★☆☆ de «La camarista», de Lila Avilés.

    México, Estados Unidos, 2018. Título original: «La camarista». Directora: Lila Avilés. Guion: Lila Avilés, Juan Carlos Márquez. Fotografía: Carlos F. Rossini. Edición: Omar Guzmán. Reparto: Gabriela Cartol, Teresa Sánchez, Alan Uribe. Diseño sonoro: Guido Berenblum. Productor: Tatiana Graullera, Lila Avilés. Productores ejecutivos: Pau Brunet, Jana Díaz Juhl, Axel Shalson. Compañías productoras: Foprocine, Limerencia, Bambú Audiovisual, La Panda, Bad Boy Billy. Distribución: El Sur Films. 102 minutos.

    Con inteligencia y sensibilidad, la película La camarista de Lila Avilés, centrada en un único personaje de entidad, permite trascender de lo particular a lo general para tomar conciencia, si es que ésta nos falta, de las desigualdades económicas que crean un muro, o un foso, infranqueable para quien nació en la pobreza y va a permanecer en ella por más horas de trabajo que dedique o por más esfuerzos empleados en agradar a la dirección. Eve (diminutivo de Evelia) trabaja como camarera de piso en un hotel de lujo en México D.F. Las alturas desde las que contempla la extensión de viviendas que se prolonga a sus pies es ficticia, son las alturas de un mundo al que desearía pertenecer, pero tiene que contentarse con un proyecto, el de llegar a la planta 42, la mejor y más selecta del hotel, aquélla en la que se supone hay un aumento de sueldo y la posibilidad de recibir propinas más generosas. Conseguir ese ascenso a la planta 42 y que se le entregue en propiedad un vestido rojo que encontró en una de las suites olvidado por una huésped son sus deseos más inmediatos para soportar las largas jornadas de trabajo, los desplantes y egoísmos de los clientes, y la falta de tacto de los superiores. Como en toda lucha de clases, también deberá estar vigilante a su izquierda y derecha, ascender implica privar de esa posibilidad a otra compañera. La competición entre los más humildes siempre beneficia la cuenta de resultados de la empresa.

    Abrir cada puerta de las habitaciones es abrir un mundo de sorpresas o de envidias, apreciar los equipajes, lo ordenado o desordenado que es el ocupante, los libros que lee, y, también, conforme se va ascendiendo en la escala social del propio hotel, darse cuenta del diferente status económico en función de los apreciables cambios de espacio, decoración y servicios que ofrecen las habitaciones. Admirar y desear lo que está al alcance de muy pocos, aprovechar la ausencia del huésped para soñar con ser el cliente y no la camarera. No parece, por tanto, tan difícil, imaginar la progresiva alienación de un personaje introvertido cuando las semanas pasan y el deseado progreso no se produce, unido a que las agotadoras, e interminables, jornadas de trabajo apenas dejan tiempo para dormir, sacrificando el crecimiento de un hijo dejado al cuidado de extraños. Los gestos, los movimientos, las presencias de Eve son siempre discretas, como de quien no quiere ser percibida en el interior de espacios privados por los que siente especial atracción, una voyeur de intimidades ajenas en ausencia de los moradores. Comodidades de las que no disfruta en su vida personal se abren a sus ojos día tras día, y día tras día su atrevimiento irá en aumento, incapaz de darse cuenta de que vive en un mundo donde sobran camaristas y faltan sueldos dignos.

    por Miguel Martín Maestro
    marzo 09, 2020

    Crítica | La camarista

    por Miguel Martín Maestro | marzo 09, 2020

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