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    Crítica | La camarista

    Escalar en la pirámide

    Crítica ★★★☆☆ de «La camarista», de Lila Avilés.

    México, Estados Unidos, 2018. Título original: «La camarista». Directora: Lila Avilés. Guion: Lila Avilés, Juan Carlos Márquez. Fotografía: Carlos F. Rossini. Edición: Omar Guzmán. Reparto: Gabriela Cartol, Teresa Sánchez, Alan Uribe. Diseño sonoro: Guido Berenblum. Productor: Tatiana Graullera, Lila Avilés. Productores ejecutivos: Pau Brunet, Jana Díaz Juhl, Axel Shalson. Compañías productoras: Foprocine, Limerencia, Bambú Audiovisual, La Panda, Bad Boy Billy. Distribución: El Sur Films. 102 minutos.

    Con inteligencia y sensibilidad, la película La camarista de Lila Avilés, centrada en un único personaje de entidad, permite trascender de lo particular a lo general para tomar conciencia, si es que ésta nos falta, de las desigualdades económicas que crean un muro, o un foso, infranqueable para quien nació en la pobreza y va a permanecer en ella por más horas de trabajo que dedique o por más esfuerzos empleados en agradar a la dirección. Eve (diminutivo de Evelia) trabaja como camarera de piso en un hotel de lujo en México D.F. Las alturas desde las que contempla la extensión de viviendas que se prolonga a sus pies es ficticia, son las alturas de un mundo al que desearía pertenecer, pero tiene que contentarse con un proyecto, el de llegar a la planta 42, la mejor y más selecta del hotel, aquélla en la que se supone hay un aumento de sueldo y la posibilidad de recibir propinas más generosas. Conseguir ese ascenso a la planta 42 y que se le entregue en propiedad un vestido rojo que encontró en una de las suites olvidado por una huésped son sus deseos más inmediatos para soportar las largas jornadas de trabajo, los desplantes y egoísmos de los clientes, y la falta de tacto de los superiores. Como en toda lucha de clases, también deberá estar vigilante a su izquierda y derecha, ascender implica privar de esa posibilidad a otra compañera. La competición entre los más humildes siempre beneficia la cuenta de resultados de la empresa.

    Abrir cada puerta de las habitaciones es abrir un mundo de sorpresas o de envidias, apreciar los equipajes, lo ordenado o desordenado que es el ocupante, los libros que lee, y, también, conforme se va ascendiendo en la escala social del propio hotel, darse cuenta del diferente status económico en función de los apreciables cambios de espacio, decoración y servicios que ofrecen las habitaciones. Admirar y desear lo que está al alcance de muy pocos, aprovechar la ausencia del huésped para soñar con ser el cliente y no la camarera. No parece, por tanto, tan difícil, imaginar la progresiva alienación de un personaje introvertido cuando las semanas pasan y el deseado progreso no se produce, unido a que las agotadoras, e interminables, jornadas de trabajo apenas dejan tiempo para dormir, sacrificando el crecimiento de un hijo dejado al cuidado de extraños. Los gestos, los movimientos, las presencias de Eve son siempre discretas, como de quien no quiere ser percibida en el interior de espacios privados por los que siente especial atracción, una voyeur de intimidades ajenas en ausencia de los moradores. Comodidades de las que no disfruta en su vida personal se abren a sus ojos día tras día, y día tras día su atrevimiento irá en aumento, incapaz de darse cuenta de que vive en un mundo donde sobran camaristas y faltan sueldos dignos.

    La camarista, Lila Avilés.
    Presentada en Nuevos Directores del Festival de San Sebastián.



    «El relato de Avilés entra de lleno en la monotonía de la repetición, en la abulia de la ausencia de empatía del personaje por lo que le rodea; pero para que ello no difumine la película, su cuidada distancia a todos los personajes, su nula intención de recalcar lo evidente y la huida de cualquier efectismo de corte social con fines de didactismo vulgar hacen que La camarista mantenga su interés con el retrato de una vida anónima e insignificante».


    La frialdad del personaje y la del entorno recuerdan los de Bird people de Pascale Ferran o de La camarera Lynn de Ingo Haeb, relatos donde el trabajo dentro de un hotel busca juegos perturbadores más extremos que los de La camarista, en la que hay un componente sociopolítico inherente a la existencia misma de la película. En la propuesta de Lila Avilés hay la confrontación directa con una comodidad que ha sido ganada con dinero y no con afecto, elementos que se adueñan de un relato en el que la insatisfacción del personaje va en aumento cuanto más se acerca a ese sueño de la planta 42, pues cuanto más arriba se encuentra en el espacio mayor es su conciencia de que el abismo económico va aumentando entre trabajador y élite capaz de pagar esos espacios. Las jornadas de trabajo se suceden sin fin, el monótono trabajo de cambiar sábanas, limpiar baños, reponer suministros, parece detener el tiempo, que sólo asoma fugazmente a la realidad exterior con las llamadas de teléfono que la empleada hace a la persona que cuida a su hijo, el único momento del día en que puede oír su voz, apagada por el sueño tanto cuando se marcha a trabajar como cuando regresa. Es cuando el rostro de Eve se ilumina con una sonrisa espontánea que permite olvidar la realidad de una vida de trabajo sin provecho.

    Su tímido acercamiento a algún residente termina por confirmar esa enorme diferencia que provoca tener o no tener, su aspiración de ascenso no va acompañada de un aumento en su reconocimiento. Las escasas relaciones sociales que genera su trabajo están maquilladas por un interés ególatra de quien no deja de servirse del inferior para su comodidad. Eve sospecha que su futuro está más cerca de esas compañeras que, durante la jornada de trabajo, intentan vender juguetes o utensilios de cocina para completar su sueldo, que con el de los ocupantes de esas habitaciones de lujo que cuentan con piscina interior y vistas desde un ventanal sobre la ciudad. Abandonarse a la ensoñación de pertenecer, por un instante, a un mundo prestado, es un breve bálsamo que no sirve de ayuda para superar la confirmación de que hay un espacio para los ricos y otro para los pobres y la realidad de la camarista se encuentra en esas breves llamadas de teléfono nocturnas en las que puede oír brevemente la voz de un hijo que está creciendo sin madre. Someterse o renunciar, dar un portazo con el que nadie va a sufrir por su ausencia para encerrarse definitivamente en la pobreza de su barrio o mantenerse en la rueda de la mano de obra sin cualificar del mundo capitalista. El relato de Avilés entra de lleno en la monotonía de la repetición, en la abulia de la ausencia de empatía del personaje por lo que le rodea; pero para que ello no difumine la película, su cuidada distancia a todos los personajes, su nula intención de recalcar lo evidente y la huida de cualquier efectismo de corte social con fines de didactismo vulgar hacen que La camarista mantenga su interés con el retrato de una vida anónima e insignificante, la vida de una trabajadora necesaria para que unos pocos disfruten mucho más y mejor | ★★★☆☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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