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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Tótem

    || Críticas | Berlinale 2023 | ★★★★☆
    Tótem
    Lila Avilés
    La última ofrenda


    Luis Enrique Forero Varela
    73ª Berlinale |

    ficha técnica:
    México, Dinamarca, Francia, 2023. Título original: «Tótem». Dirección: Lila Avilés. Guion: Lila Avilés. Compañías productoras: Limerencia Films, Laterna, Paloma Productions, Alpha Violet Production. Fotografía: Diego Tenorio. Música: Thomas Becka. Intérpretes: aíma Sentíes, Montserrat Marañon, Marisol Gasé, Saori Gurza, Teresa Sánchez, Mateo García, Iazua Larios, Juan Francisco Maldonado, Marisela Villarruel, Galia Mayer, Lukas Urquijo, Manuel Poncelis. Duración: 95 minutos.


    anexo| Cobertura de la Berlinale 2023


    Tras un exitoso debut (La camarista, 2018), la directora mexicana Lila Avilés ha presentado Tótem, su nuevo filme, en la sección oficial en la Berlinale, proponiendo una historia de tintes teatrales, situada íntegramente en una misma localización y a lo largo de un día de celebración, cuyo ritual festivo-funerario dispara una progresión narrativa y dramática paciente, sostenida con inteligencia.

    La acción se desarrolla dentro de una enorme casa familiar, cuyos muros comienzan a reflejar la decadencia física y económica de sus habitantes. La pequeña Sol (Naíma Sentíes) llega a este espacio, al que no pertenece, en el que no vive, a celebrar el cumpleaños de su padre. Se ha puesto un disfraz de payaso y carga un racimo de globos de helio, ansiosa, esperando la reacción de su sorpresa. Desde los primeros minutos del metraje, Sol manifiesta una curiosidad atípica sobre la muerte, preguntando a los adultos acerca del tema con insistencia o buscando en internet la fecha exacta del fin del mundo. Aunque tal vez no acabe de entender lo que significa, pues parece equiparar este concepto abstracto con la fecha de un cataclismo, su mente inocente está contaminada de la información que conoce de manera parcial y simplificada: Tonatiuh (Mateo García Elizondo), su joven padre, está enfermo y recluido en casa con sus dos hermanas (notables Monserrat Marañón y Marisol Gasé), tías de Sol, y el abuelo. Pintor de profesión, ha ordenado destruir todos los cuadros que ha hecho a lo largo de su vida, incapaz ya de mantener esperanza alguna.

    Lejos de antojarse opresivo, el interior de la casa, distribuido en varios espacios, ofrece a Sol algo así como una manifestación visual que representa a sus tías, primos y primas, con quienes no tiene un contacto habitual. Deambula por las habitaciones, transitando a veces pasivamente como un espectro, sin que nadie le explique algo del terror arcano que asola el ambiente. Pregunta y pregunta hasta el cansancio y la respuesta siempre es la misma: su padre no puede verla ahora mismo; luego tampoco, porque necesita reposo para estar fuerte durante la fiesta. La habitación a la que no la dejan entrar, como negada por una fuerza superior, es la de Tonatiuh.

    En cada rincón de la casa ocurren pequeñas cotidianidades impregnadas de una promesa funesta a vuelta de la esquina. El adusto abuelo de Sol, marcado por un cáncer lejano que se le llevó la garganta, está obcecado únicamente en podar el bonsái del invernadero trasero, mientras espanta a escobazos a un ave rapaz —de evidente simbolismo— que se ha encaprichado con el techo de cristal. Las tías se ocupan de los preparativos y reciben la visita de una curandera, que limpia la casa de malos espíritus en un espectáculo entre lo patético y lo cómico que deja perpleja a la niña. Pese a los esfuerzos, todo apunta hacia la ruina y la desaparición; no queda más que esperar. Todos saben o intuyen lo que está por ocurrir y finge —o se esfuerza por fingir— estar organizando todo para una celebración cualquiera. El débil Tonatiuh yace tirado en su habitación, oculto por la tremenda vergüenza de mostrar su cuerpo menguante a sus allegados, convertido casi en un objeto, castigado por el dolor. Cuando consigue recuperar por fin un aliento y está próximo a su descenso hacia el patio, a la última fiesta a la que han venido además todos sus amigos y conocidos, comparte en la habitación antes prohibida un sencillo momento de cariño e intercambio de regalos con su hija. Ella le regala a él un pequeño recipiente con semillas cuyas formas aleatorias al caer sobre una superficie se pueden interpretar; él le regala a ella su último cuadro, el único no destruido, pintado en la convalecencia y con enorme dificultad, en el que figuran todos sus animales favoritos: un tótem destinado a convertirse en futuro consuelo, en único vestigio.

    La enfermedad parece en esta película no solamente una eventualidad trágica, sino también una suerte de compañía intrínseca a la familia, a cada uno de sus miembros. El cáncer vive en el cuerpo de Tonatiuh, como lo hizo anteriormente en la madre fallecida y el padre, cuya voz ha sido sustituida por un aparato electrónico. La fiesta, por lo tanto, se presenta entonces con un cariz funeral absoluto como una parte más del proceso hacia el Apocalipsis, hacia la destrucción del hogar. Él se encuentra en un estado físico y emocional casi de no-existencia, habiendo rechazado cualquier tratamiento médico como la quimioterapia, decisión que, bromea, se debe a su vanidad y el deseo de continuar conservando su pelo intacto, y, en consecuencia, abocado únicamente a la morfina y la ayuda de Cruz (Teresita Sánchez), enfermera, confidente y trabajadora del hogar, cuyos ojos cariñosos y serviles sí parecen ser capaces de ver claramente esta progresiva destrucción de la familia que, consigo, acarreará la de la casa misma, al soplar las velas de la última tarta de cumpleaños.

    El guion, que ha firmado también Avilés, consigue un correcto equilibrio entre lo natural y el artificio, las palabras orgánicas y el contenido más meta-argumental, y se sostiene gracias a la dinámica de los episodios conversacionales. La relación simbiótica de cada personaje con el espacio que ocupa aporta dinamismo al discurrir de la trama, a modo de pequeños compartimentos que van encajando uno encima de otro, formando una torre condenada al colapso. Si bien presta atención sobre todo a la niña protagonista, consigue alternar con solvencia el desarrollo de los hermanos y hermanas, y sus mecanismos de conducta para hacer frente a la situación. Además impregna a la cinta de pequeñas secuencias y elementos cargados de simbolismo —por ejemplo la mantis religiosa sobre la mano del enfermo, casi inerte como una planta—, que sacan lustre al resultado en su conjunto. Así Tótem se erige como un trabajo sólido, un segundo gran paso en la filmografía de Avilés, cuya presencia en el festival atestigua no solo su talento, sino la inventiva y creatividad del cine latinoamericano actual.


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