Ladrón estrella
Crítica ★★★★ de Apuntes para una película de atracos (León Siminiani, España, 2018).
España, 2017. Título original: Apuntes para una película de atracos. Dirección: León Siminiani. Guion: León Siminiani. Producción: Avalon. Dirección de fotografía: Javier Barbero, Giusseppe Truppi. Montaje: Cristóbal Fernández. Duración 85 minutos.
Corría 2012 cuando León Siminiani sorprendió al mundo (o, a España, que tampoco hay que exagerar) con el insólito documental
Mapa, donde, tras perder tanto su trabajo como a su novia, hizo un viaje de ida y vuelta a la India para regalarnos un diario íntimo en el que, conforme reflexionaba sobre una cultura tan lejana a la nuestra, se descubría a sí mismo. Contemplar al propio Siminiani replantearse la existencia con plena sinceridad sin dejar nunca de grabar (dado el bajísimo presupuesto y el personalísimo carácter del proyecto, él era al tiempo protagonista, guionista, productor, director, montador y todo lo que hiciera falta, fundiéndose todos estos títulos en uno solo: narrador de la propia historia) fue tan enriquecedor como emocionante. En
Apuntes para una película de atracos, su siguiente arrebato, el aún joven creador retoma aquel rompedor estilo para seguir plasmando su vida (impulsada por toda una efeméride: el nacimiento de su primera hija) mientras ofrece a su vez a otro la posibilidad de explicar la suya más allá de superficiales titulares de prensa. Para esto último, ha elegido nada más y nada menos que al en su día famoso y hoy casi olvidado (como casi todo lo que es noticia, a fin de cuentas) “Robin Hood de Vallecas”, líder de “la banda de las alcantarillas”, un grupo que, como respuesta a la crisis, se dedicó a robar bancos aprovechando el arcaico sistema de alcantarillado de Madrid. Apodado “el Flako”, el objeto de estudio de la película nunca llega a revelar su identidad (ni el nombre, ni el rostro, oculto bajo una emblemática máscara), quizá asustado por dos mujeres: su abogada, que afirma que dejará de representarle si sigue colaborando con el documental, recordándonos así el peso de una ley que no atienda a subjetividades, y su mujer, quien, preocupada como está por su hijo, suplica a Siminiani que los deje en paz (bastante daño ha hecho ya, ¿no?). Sí oímos, no obstante, su castiza voz en forma de una conmovedora sinceridad que vuelve fácil empatizar con él aun cuando robar bancos es algo que, por encumbrado que haya sido por el séptimo arte, evidentemente está mal.
Como ya sucedía con
Mapa, estamos ante una obra sobre sí misma: el proceso creativo está presente de principio a fin, del mismo modo que lo está un Siminiani plenamente involucrado en lo que está contando. De hecho, su creciente amistad con “el Flako” (a quien une, entre otras cosas, la paternidad) es clave, al desarrollarse poco a poco ante nuestros ojos e, innegablemente, afectar al punto de vista de la realización. Ambos aportan, además, mucho humor, a veces conscientemente (a fin de cuentas, hay guion, aunque sea libre), pero por lo general de forma espontánea, confeccionando, casi sin quererlo, una de las mejores comedias españolas del año. Y lo hacen sin recurrir a broma fácil alguna, amparándose siempre en la inteligencia que, de distintas maneras, los dos poseen.
Apuntes para una película de atracos es desde el propio título pura ironía, y es justo eso lo que nos lleva a tomárnosla mucho más en serio que, digamos, la popular serie
La casa de papel, que presume de ingenio y termina convirtiéndose en parodia de sí misma. Por no hablar del ritmo de ambas: estirado hasta la saciedad en esta última, aun siendo su finalidad el entretenimiento, pero perfectamente gestionado en la segunda cinta de Siminiani gracias a un montaje fresco y dinámico que vuelve imposible aburrirse (obra de Cristóbal Fernández, montador también de
Mimosas, de Oliver Laxe, 2016). Ambas obras acontecen, por cierto, en Madrid, cuya geografía urbana tiene un fuerte impacto en la cinta que nos ocupa, desde lo más bajo (esas intrigantes alcantarillas llenas de sucias posibilidades) hasta lo más alto (esa bella colina donde, con la ciudad por testigo, “el Flako” se sincera más que nunca y termina de ganarse nuestra empatía con algo tan sencillo como un repentino dolor de pierna por haber estado demasiado tiempo sentado en el suelo). Y es que no vemos a un criminal, siquiera a un ladrón: sólo a un hombre con virtudes, defectos… y una ternura que jamás imaginaríamos pese a rara vez mostrar arrepentimiento. Es gracias a eso también que el propio Siminiani queda poco a poco al margen para ceder el protagonismo a una figura que lo mismo evoca a James Cagney que a José Luis López Vázquez.