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    CRÍTICA | MAPA

    Mapa, de León Siminiani
    LA PANTALLA INVERTIDA
    Mapa | León Siminiani, 2012

        Hace unas semanas asistí a uno de los muchos coloquios que el joven director León Siminiani ha estado organizando con motivo del estreno de su última película, de la que es además protagonista, guionista, montador, operador… Una obra en definitiva prácticamente unipersonal. La mayoría de los asistentes a su debate ya la habían visto, por lo que le inquirieron acerca de la recreación de una determinada escena o sobre la manipulación que podía haber detrás de la película, etiquetada en principio como un documental. En este punto el cineasta insistió que todo lo retratado en pantalla era real, aunque por supuesto él debía utilizar los recursos propios de la puesta en escena y composición cinematográficas, por lo que cada escena estaba, por así decirlo, oportunamente preparada y visualizada. De hecho para él no debía tener importancia si lo narrado era real o ficticio, siempre y cuando funcionase y transmitiese lo que debía. Nos encontramos pues ante un trabajo que desafía los convencionalismos y propone un diálogo con el espectador como ninguno otro filme que se haya visto. Lejos de ser un documental al uso, con entrevistas, imágenes de archivo y datos oficiales, Mapa (2012) sigue la estela del enfoque documental que han llevado a cabo autores como Chris Marker (influencia reconocida por el propio Siminiani), aunque adoptando igualmente elementos propios del cine de ficción que se ligan explícitamente a la obra de Truffaut y de Hitchcock. Pero estas son solo las principales referencias de una película única en su fondo y en su forma.

    La clave para ello es que este cineasta nacido en San Sebastián revierte el funcionamiento usual del cine. Normalmente éste parte de un lenguaje propio, con su estética, su técnica y sus reglas, para contarnos algo en un lenguaje universal, ya sea relativo al amor, la amistad, la guerra u otras miserias humanas. En cambio, aquí nos encontramos con el camino inverso: se parte de un tema universal, como es el amor y su abandono, para encajarlo en la estructura propia de una película, expresando directamente sus distintos componentes, desde el encuadre hasta la banda sonora, pasando por el montaje y los diálogos. Esta propuesta tan rompedora como arriesgada es una bendición para los estudiosos del séptimo arte, pero logra igualmente la complicidad de un público mayoritario que ya está familiarizado, a estas alturas del mundo digital, con los intríngulis de la creación audiovisual. Esto último lo consigue Siminiani huyendo de la abstracción teórica, insertando dichos componentes en una narración accesible, ágil y repleta de humor y sentimiento. Seguimos así el viaje a la India que realiza este cineasta, en busca de nuevas expectativas de trabajo y sobretodo de un amor perdido, hasta que en la segunda parte del metraje vuelve a Madrid para darle cuerpo a esas experiencias y a la vez seguir buscando. Con este breve marco, los 85 minutos de metraje consisten en una multitud de escenas aparentemente desligadas entre sí y completamente heterogéneas, como si Siminiani estuviese dudando sobre qué tipo de película quiere realmente hacer. Sin embargo, ocurre que la propia película va de eso, de construir un relato prácticamente desde la nada, a medida que transcurren unas vivencias, y compartir ese proceso con el espectador, mediante un diario en primera persona que no pretende circunscribirse a la propia persona que lo escribe.

    Mapa, de León Siminiani
    Y lo maravilloso es que Siminiani encuentra el éxito en todos esos propósitos. Consigue dotar de coherencia a una historia sin rumbo aparente, que acaba teniéndolo precisamente porque el director se empeña en delimitarla con los elementos clásicos de un guión más o menos académico: con sucesivos puntos de giro colocados estratégicamente, tres actos bien diferenciados, un personaje con un conflicto claro que va evolucionando… Pero todo ello adquiere un nuevo significado cuando se envuelve con tanto ingenio, con hallazgos realmente sorprendentes que son los que se aseguran ya plenamente la complicidad del espectador y a la vez sintetizan fragmentos anteriores de la narración para lograr dicha coherencia. El ejemplo más claro lo constituye la secuencia del “rito del olvido”, en la que Siminiani nos propone compartir con él un rito que consiste en borrar de la memoria las experiencias que hemos vivido con él hasta entonces, que le recuerdan a su amor perdido. Volvemos así a varios planos anteriores, que el protagonista funde en blanco con el objetivo mencionado, amenizando este proceso con la canción de Nat King Cole Aquellos ojos verdes. Con esta última opción Siminiani también es consciente de que nos está remitiendo a la célebre cinta Deseando amar (Wong Kar Wai, 2000), pues en un momento anterior del metraje ha hecho una alusión directa a la obra del cineasta chino. Mapa también puede ser vista entonces, aunque ello supondría detenerse solo en su superficie, como una carta de amor al cine, como una especie de homenaje nostálgico y romántico materializado sobretodo en ese póster de Jules et Jim (François Truffaut, 1962) que cuelga de la habitación del protagonista, y que sirve para introducir una secuencia posterior en la que él y su anterior novia recrean los juegos bucólicos de los personajes de la cinta francesa.

    Por otro lado, el mérito que hay detrás de este trabajo tan complejo y a la vez sencillo es doble si tenemos en cuenta las patentes limitaciones presupuestarias del mismo. Ello queda manifiesto en el acabado visual de la película, rodada con una pequeña cámara digital que distancia la cinta de todas las demás producciones en cartelera. Pero ello, más que echar para atrás, aporta un valor mágico al producto, refuerza la identificación que uno pueda sentir con las vicisitudes de este cineasta (en mi caso la identificación era plena), y está plenamente justificado al dejar claro que nos está mostrando directamente lo que está grabando. No es ciertamente la primera película de la Historia que rompe la cuarta pared, pero sí puede ser la primera que lo hace de una forma tan honesta y desinteresada, dando pie a un proceso creativo que apenas requiere esfuerzo por nuestra parte pero en el que nos sentimos inevitablemente implicados. Y a la vez estamos frente a una película plenamente satisfactoria siguiendo los cánones o estándares de la “estructura cinematográfica”, no solo por los elementos anteriormente mencionados, sino también con un eje simétrico y un suspense casi constante, derivado de una brillante dosificación de la información. Compruébese para ello, por poner un último ejemplo, la secuencia de montaje de cuatro minutos exactos que Siminiani se obliga a realizar, por razones que también deja claras, para plasmar los momentos más relevantes de una elipsis de dos años que se cuela en la narración. Es asimismo otro ejemplo de genial metalingüismo y novedoso entretenimiento. Pues, efectivamente, donde quizás pueda radicar el mayor logro y la mayor originalidad de Mapa es que entretiene con pasión y fervor en base a recursos estrictamente cinematográficos. Pero por supuesto tampoco se olvida de los distintos temas que trata, que, al margen de la trama central en torno a la relación amorosa, tocan desde el caos tercermundista hasta la crisis económica y social actual. Todo ello con unos humildes valores de producción y en unos escasos 85 minutos… para una de las mayores y más refrescantes obras de arte que ha dado nuestro cine reciente. ★★★★

    Ignacio Navarro.
    director & crítico cinematográfico.

    España, 2012. Director: León Siminiani. Guión: León Siminiani. Productora: Avalon/Pantalla Partida. Fotografía: León Siminiani. Música: Matthew Sweet, Nat King Cole…

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