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    Jason Reitman
    Jason Reitman
    || Críticas | Americana 2025 | ★★★★☆
    Saturday Night
    Jason Reitman
    Un detonador ante la cámara


    Luis Enrique Forero Varela
    Barcelona |

    ficha técnica:
    ​Estados Unidos, 2024. Título original: Saturday Night. Dirección: Jason Reitman. Guion: Jason Reitman, Gil Kenan. Compañías: Columbia Pictures, TSG Entertainment. Festival de presentación: Festival de Cine de Toronto 2024. Fotografía: Eric Steelberg. Montaje: Dana E. Glauberman. Música: Jeff Richmond. Reparto: Matt Wood (John Belushi), Dylan O'Brien (Chevy Chase), Rachel Sennott (Gilda Radner), Nicholas Braun (Dan Aykroyd), John Mulaney (Lorne Michaels). Duración: 109 minutos. ​

    Tras la mediocre Ghostbusters afterlife (2021), lo que parecía un trabajo por encargo con la nostalgia como leitmotiv, el estadounidense Jason Reitman hace una muestra rotunda de talento recobrado con Saturday night (2025), obra frenética, verborrágica y orquestada de manera limpia y brillante, que recrea (casi) en tiempo real los minutos previos al primer episodio del célebre y vanguardista show de comedia homónimo, el tres de octubre del 1975.

    El show homónimo al que el título de la película hace referencia, prácticamente una institución de la cultura pop estadounidense, cumple este octubre precisamente cincuenta años de emisión; y lo interesante de aquella coyuntura en octubre del 75 radicó no tanto, o no solamente en otorgarle voz y oportunidad a una nueva generación de cómicos y cómicas —que definirían el género durante las dos décadas siguientes—, sino en lo inesperado, en la sorpresa del formato y su contenido: un pandemónium abarcador y excesivo que revestía de irreverencia y contracultura un producto tan canónico, hasta el momento, como el late show.

    Uno de los principales aciertos de la película es destilar un aspecto, una emoción concreta y construir, a partir de ahí, el total de la obra. Reitman decide centrarse en el estrés, en la tensión inmediatamente anterior a la primera emisión del show; de modo que la película no se define únicamente a través de este elemento, pero vertebra su desarrollo entorno a él, con una cohesión y un compromiso narrativo tremendos. Por lo tanto, todos los elementos propios del lenguaje se vuelcan en este compromiso.

    Los hechos narran un espacio temporal muy concreto, entre las diez y las once y media de la noche de aquel once de octubre, lapso durante el cual, el entonces desconocido Lorne Michaels (Gabriel LaBelle) deambula de aquí para allá, junto con su mitad creativa Rosie Schuster (Rachel Sennot), por los corredores del plató de los estudios NBC, intentando desesperadamente sostener la programación de su Saturday night, con todo en su contra, con la desconfianza de los directivos de la cadena, la imposibilidad de hacer caber tanto y tan variado contenido —sketches, actuaciones musicales, falsos anuncios, monólogos— en el reducido espacio, la actitud arrogante y/o errática de algunos miembros del equipo técnico, enfrentándose además a la dificultad de controlar a algunos miembros su elenco, hasta arriba de egomanía y cocaína.

    Como en toda recreación basada en personas o situaciones identificables en la realidad del cine estadounidense reciente, la sombra del guionista Aaron Sorkin es alargada, y su presencia se intuye aquí en cada espacio para tomar aire, en el dinamismo de las líneas de los personajes, cruzando invectivas, réplicas, preguntas, órdenes, con una furiosa vitalidad que encaja a la eficazmente con la cinética de la narración, pero con el conocido sarcasmo que definió desde sus inicios la filmografía de Reitman —gracias, además, a sus colaboraciones con Diablo Cody, cuya presencia se echa en falta—. El libreto (firmado por Gil Kenan junto a Reitman), que no concede más sobreexplicaciones a los espectadores que situarles en el contexto básico, se encarga de generar en espacios y situaciones verídicas —se pueden ver las similitudes con las secuencias reales de aquella primera emisión— una entidad propia, ahora dentro de otro plano. En este sentido, muy al amparo de Sorkin, las personas se convierten en personajes. Por lo tanto, el excesivo John Belushi (Matt Wood), el arrogante Chevy Chase (Cory Michael Smith), el agresivo George Carlin (Mathew Rhys), son, de algún modo, ellos mismos, sí; pero, sobre todo, son ahora otros, unos ellos bajo las leyes de la Ficción, casi disparadores y dinamizadores del desarrollo del film. Este guion no evita ciertos caminos recorridos, cierto desarrollo en el arco narrativo de alguna manera predecible; y, sin embargo suple este descuido al integrarse en el conjunto engrandeciendo sus partes.

    Tras el telón, todo es cinética, movimientos acelerados y torpes entre sala y sala. El avance de un minutero, que prácticamente va de la mano con el devenir del tiempo real, funciona aquí no como un mero capricho formal; muy al contrario, contribuye a sumergirnos en las emociones descritas, operando de hecho como la cuenta regresiva del detonador de una bomba a punto de explotarnos en la cara. Y es que este deambular desesperado del protagonista está grabado con largos y muy bien orquestados planos secuencia, cuya cámara fluye con su mirada nerviosa entre los personajes que forman parte del cast del show. Este brillante trabajo de fotografía de Eric Steelberg se confabula con el montaje de Nathan Orloff y Shane Reid y el diseño de producción de Jess Gonchor, para transmitir esa tremenda ansiedad, una sensación de presión que quien escribe estas letras no recordaba en el cine estadounidense desde Diamantes en bruto (Uncut gems, 2019), de los hermanos Safdie.

    Todo lo que podría salir mal sale aún peor: los focos se caen a pedazos sobre el escenario; la visita del ejecutivo de la cadena asoma en el momento menos adecuado y amenaza con cancelar la emisión y poner en su lugar un diferido del Show de Johnny Carson —más o menos, el enemigo, la representación del establishment—; no parece haber público con intención de acudir al estreno; y, para colmo, los cómicos con más peso mediático se distancian de su responsabilidad para con el proyecto, haciendo lo que mejor saben hacer, comedia aparte: ingerir toda sustancia a la que tengan acceso. Michaels se resiste, sin embargo, a detenerse en su esfuerzo, a dejar caer los brazos, tratando de convencer a los jefes mientras se convence a sí mismo de que tanto trabajo vale la pena, a pesar de ni siquiera estar seguro de saber qué es lo que está orquestando, qué tipo programa será este Saturday night.

    Reitman consigue una simbiosis entre los diversos elementos narrativos y estéticos, dando forma a la que probablemente no sea su mejor obra, pero sí la más ambiciosa. Consigue que las actuaciones de O’Brien como Arkroyd, Smith como Chase o Wood como Belushi transmitan un carisma incontestable tanto para quienes conocen a estos tres referentes del entretenimiento estadounidense del último tercio del siglo XX, como para los que solo los identifican dentro del contexto delimitado dentro de las paredes de la pantalla. Por lo tanto, Saturday night asume una entidad propia, más allá de los condicionantes de la no-ficción, de los hechos reales en los que se basa, y se convierte en un producto más brillante que la suma de sus partes, demostrando la buena mano de su director. ♦


    por Luis Enrique Forero Varela
    marzo 24, 2025

    Crítica | Saturday Night

    por Luis Enrique Forero Varela | marzo 24, 2025

    La nostalgia hecha ectoplasma

    Crítica ★★☆☆☆ de «Cazafantasmas: Más allá», de Jason Reitman.

    Estados Unidos, 2021. Título original: «Ghostbusters: Afterlife». Dirección: Jason Reitman. Guion: Jason Reitman, Gil Kenan (Personaje: Dan Aykroyd, Harold Ramis). Productores: Ivan Reitman, Eric Reich. Productoras: The Montecito Picture Company, Columbia Pictures, Ghostcorps, Bron Studios, Sony Pictures Entertainment (SPE). Distribuidora: Sony Pictures Entertainment (SPE). Fotografía: Eric Steelberg. Música: Rob Simonsen. Montaje: Dana E. Glauberman, Nathan Orloff. Reparto: Carrie Coon, Mckenna Grace, Finn Wolfhard, Paul Rudd, Logan Kim, Celeste O´Connor, Bob Gunton, J.K. Simmons, Dan Aykroyd, Bill Murray, Annie Potts, Ernie Hudson, Sigourney Weaver. Duración: 124 minutos.

    Hay una prueba que a todas las películas les toca superar para conocer cuál es el verdadero alcance de sus logros, y no es otra que la del tiempo. Con Los cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984) el tiempo ha sido, no solo clemente, sino que ha evidenciado que lo suyo se trató de algo más que un éxito de temporada. Con 292 millones de dólares recaudados en todo el mundo –solo fue superada en taquilla su año por Eddie Murphy y su Superdetective en Hollywood–, la historia de aquellos estrafalarios parapsicólogos que abrían una empresa dedicada a limpiar Nueva York de presencias fantasmales se convirtió en todo un fenómeno sociológico, gracias a su perfecta combinación de terror y humor, cortesía de un guion escrito a seis manos por tres de los cómicos protagonistas de la cinta: Dan Aykroyd, Rick Moranis y Harold Ramis. La emblemática música de Elmer Bernstein –y la pegadiza canción de Ray Parker Jr.–, sus muy eficaces efectos especiales, capaces de “dar vida” a criaturas como aquel gigantesco Marshmallow Man y Slimer y sus mocos verdes, detalles de guion tan ocurrentes como que el vehículo de los protagonistas sea un coche fúnebre tuneado para la ocasión y, sobre todo, unos actores perfectos en sus roles, desde ese brillante Bill Murray como el irónico Peter Venkman a una encantadora Sigourney Weaver dando vida a Dana, su interés amoroso y víctima de los espectros, pasando por un Rick Moranis robaescenas como el vecino contable y algo friki de Dana, fueron los ingredientes de una receta triunfal que tendría su inevitable continuación en Cazafantasmas 2 (Ivan Reitman, 1989). En aquella ocasión, el impacto fue considerablemente menor, ya que el factor sorpresa había desaparecido y el guion tampoco repitió la frescura del de la primera parte. Aun así, los años la han colocado como una secuela simpática, que podía presumir de un villano tan logrado como Vigo el Carpatiano y de algún gag visual brillante, como el de ese Titanic fantasmal llegando a puerto siete décadas después de su hundimiento. El carácter errático de esta continuación no hace sino engrandecer la leyenda de la cinta inaugural, nominada a los Globos de Oro a mejor película y actor de comedia (Murray) y considerada ya un clásico del cine de entretenimiento, marcando a aquella generación que creció en los añorados 80.

    En las últimas décadas, los cazafantasmas han seguido generando beneficios, ya sea a costa de las ventas de su merchandising basado en la película, cómics o series animadas que también alcanzarían cierta popularidad. En 2016, los artífices de la divertidísima La boda de mi mejor amiga (2011), el realizador Paul Feig y las cómicas Kristen Wiig y Melissa McCarthy, acometieron una versión femenina de la historia, que llegó a los cines con el poco original título de Cazafantasmas. Los más puristas y fanáticos de las películas originales atacaron sin piedad a un proyecto salpicado de ese humor típico del Saturday Night Live –Kate McKinnon, Leslie Jones y un desatado Chris Hemsworth arrancaron más de una risa–, a pesar de que buena parte del elenco original realizara pequeños cameos interpretando, eso sí, personajes diferentes a los que desempeñaran antaño, y no se escatimara en divertidos guiños monstruosos a las primeras películas y en unos efectos especiales muy notables, que dejaban ver cada dólar de los 144 millones invertidos. Tras aquel relativo fracaso (228 millones de recaudación tal vez no fuesen rentables, pero tampoco el desastre esperado tras tan malas críticas) parecía que la franquicia estaba definitivamente muerta, pero ha llegado Jason Reitman con la intención de insuflar nueva vida a la misma. El hijo de Ivan Reitman, director de las dos primeras entregas, ya se ha labrado una trayectoria ciertamente interesante en Hollywood, con obras como Juno (2007) o Up in the Air (2009), muy presentes en temporadas de premios, y ahora se dispone a devolver la “dignidad perdida” a unos personajes que muchos añoran, sirviendo, de paso, de sentido homenaje a uno de los precursores de la leyenda, Harold Ramis, quien encarnara al introvertido cerebrito Egon Spengler, fallecido en 2014. Cazafantasmas: Más allá llega con la doble intención de complacer a los fans, a golpe de nostalgia pura y dura, y, a la vez, aun siendo secuela directa de Cazafantasmas 2, funcionar como posible reinicio, atrapando a nuevas generaciones que, tal vez, no estuvieran demasiado familiarizados con los títulos clásicos. El gancho, para esto último estaría en el protagonismo de Finn Wolfhard, una de las estrellas juveniles de la popular serie Stranger Things, también visto en el díptico de Andy Muschietti sobre It, algo que le otorga comprobada experiencia en moverse en aventuras de tintes ochenteros. ¿Ha conseguido Reitman su objetivo? Más bien, se ha quedado en una prudente tierra de nadie. No se puede decir que su película sea mala, en absoluto. La realización, la puesta en escena, la fotografía de Eric Steelberg, estos apartados técnicos hacen gala de un mayor cuidado que en las obras de Reitman padre.

    Hay que reconocer que la historia parte de un concepto adecuado, mostrando un prólogo bastante terrorífico –aunque sin nada de la genialidad de aquellos fenómenos paranormales en la biblioteca que abrían el primer filme– que muestra el destino de un Egon que había pasado sus últimos años en una destartalada casa, en la perdida ciudad de Summerville. A continuación, el protagonismo pasaría a su hija, una inmadura madre –en la tradición de la Mavis Gary de Young Adult (2011), algo que casa muy bien con el universo Reitman– interpretada por la estupenda Carrie Coon, y sus dos hijos, Trevor, un adolescente con las hormonas revolucionadas (Finn Wolfhard), y la inteligente Phoebe (Mckenna Grace, fantástica, el mejor acierto de casting), versión femenina e infantil de su abuelo, con quien comparte una incomprendida pasión por la ciencia. Ellos heredan la casa de Egon y allí se toparán con un nuevo regreso de tenebrosas fuerzas fantasmales que amenazan con provocar un apocalipsis. La película carece casi por completo del tono gamberro y desprejuiciado de sus modelos originales, revelándose como una experiencia considerablemente más seria e incluso intimista. A la acción le cuesta arrancar, ya que su director se preocupa de presentar a su nueva fauna de personajes, con sus rarezas y especiales circunstancias, así como los ambientes en los que les tocará desenvolverse, esa nueva ciudad en la que empiezan como inadaptados y terminan encontrando sus correspondientes intereses amorosos (Paul Rudd en modo profesor cañón y Celeste O´Connor como la chica por la que suspira Trevor) y alguna amistad incondicional (Logan Kim, como Podcast, es toda una sensación, recuperando la tradición carismática de infantes de los 80 como Corey Feldman o Ke Huy Quan). En esta primera mitad de función, el humor está presente, pero está muy lejos de la ironía y la facilidad para entregar fabulosos gags visuales de Los cazafantasmas, resultando una comedia bastante sosa, lastrada por una extraña ambición de sus guionistas, el propio Reitman y Gil Kenan –director con experiencia en el género, con obras como la animada Monster House (2006) o el descafeinado remake Poltergeist (2015)–, de dotar de profundidad dramática a un material que nunca lo ha pedido. Si omitiéramos las comparaciones con las dos primeras películas, Cazafantasmas: Más allá podría ser considerada una buena fantasía familiar, más en la línea de Stranger Things o Super 8 (J.J. Abrams, 2011) que en sus antecesoras.

    por José Martín León
    diciembre 05, 2021

    Crítica | Cazafantasmas: Más allá

    por José Martín León | diciembre 05, 2021

    Los límites de lo público y lo privado

    Crítica ★★★★ de «El candidato», de Jason Reitman.

    Estados Unidos, 2018. Título original: «The Front Runner». Director: Jason Reitman. Guion: Jason Reitman, Matt Bai, Jay Carson (Libro: Matt Bai). Productores: Helen Estabrook, Aaron L. Gilbert, Jason Reitman. Productoras: Bron Studios / Right of Way Films / Creative Wealth Media Finance. Distribuida por Columbia Pictures. Fotografía: Eric Steelberg. Música: Rob Simonsen. Montaje: Stefan Grube. Reparto: Hugh Jackman, Vera Farmiga, J.K. Simmons, Sara Paxton, Mark O'Brien, Molly Ephraim, Chris Coy, Alfred Molina.

    Desde su brillante debut con Gracias por fumar (2005), Jason Reitman ha conseguido labrarse una apreciable filmografía en la que tuvieron excesivo peso la presencia en los Oscar de Juno (2007), ganadora de la estatuilla por el guion de Diablo Cody, y Up in the Air (2009), candidata a seis premios. Con semejante listón, era normal que sus siguientes cintas fuesen consideradas “menores”, al no colmar todas las expectativas que se habían creado sobre el director, aun cuando estamos hablando de títulos tan apreciables como Young Adult (2011) o Tully (2018), dos sorprendentes comedias que regalaron a Charlize Theron los mejores personajes que le ha tocado interpretar en los últimos años. Es más, incluso en sus peores trabajos hasta la fecha, Una vida en tres días (2013) y Hombres, mujeres y niños (2014), también quedaría patente la buena mano de Reitman para la dirección de actores, consiguiendo, en el caso del segundo filme citado, una meritoria interpretación dramática del casi siempre denostado Adam Sandler. El candidato (2018), su última obra que ha llegado a las carteleras, supone un auténtico giro de 180 grados a todo lo que el cineasta nos tenía acostumbrados, aparcando su humor sarcástico y crítico habitual para sumergirse en las pantanosas aguas del biopic de una controvertida figura política, empleando un estilo sobrio y clásico muy de agradecer, que emparenta el filme con aquellos dramas políticos que triunfaron en la década de los setenta, con El candidato (Michael Ritchie, 1972), protagonizado por Robert Redford y con el que, curiosamente, comparte título en español y muchas similitudes argumentales, o Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976), toda una obra maestra del género que contó las pesquisas periodísticas que desencadenaron el polémico “caso Watergate”, a la cabeza. Este proyecto llega en un momento en el que este tipo de cine parece vivir un saludable auge, si nos atenemos a otros estrenos cercanos en el tiempo como Los archivos del Pentágono (Steven Spielberg, 2017), El escándalo Ted Kennedy (John Curran, 2017) o El vicio del poder (Adam McKay, 2018), esa estupenda sátira que, probablemente, ha hecho sombra a la cinta de Reitman, provocando que su presencia en la última carrera de premios fuese prácticamente nula.

    Nunca sabremos cómo le habría ido a Estados Unidos si, en vez de Bush padre hubiese tomado posesión de la Casa Blanca Gary Hart. Con un brillante pasado como estudiante en la Universidad de Yale y una sólida trayectoria en la abogacía a sus espaldas, este candidato a la presidencia por el Partido Demócrata, fue saludado, por su gran atractivo físico, carisma arrollador y una integridad personal que cautivó a millones de ciudadanos, como digno sucesor de los Kennedy para acabar, en las elecciones de 1988, con ocho años de mandato republicano de Reagan. Pero un contratiempo surgió en su meteórico camino al poder en forma de lío de faldas con la joven modelo Donna Rice que la prensa sensacionalista no dudó en airear, destrozando la inmaculada imagen pública de Hart, la de un buen hombre felizmente casado y padre de familia ejemplar. La presión de los medios empujó al candidato a ser reemplazado por un Michael Dukakis que no tuvo la fuerza ni el carisma suficientes para tumbar a George Bush en las urnas y, así, poner fin a una carrera presidencial que se presumía imparable. El candidato adapta el libro All the Truth is Out, escrito por el periodista Matt Bai, aquí uno de los responsables del propio guion, y pone el foco de atención, no solo en el afectado aspirante a presidente, sino también en el grupo de personas que trabajaron codo con codo con él para tratar de alcanzar su sueño, en aquellos periodistas ávidos de noticias escandalosas con las que vender más periódicos, en la esposa de Hart, sufridora en silencio del linchamiento que sufre su marido, e, incluso, en esa joven amante a la que las circunstancias acaban superándola y se convierte en una mujer señalada por el dedo acusador de todo un país. La película pone sobre la mesa varios temas interesantes de debatir: ¿hasta qué punto interesa la vida privada de un político y por qué se le exige una conducta moral intachable, como si esto fuese incompatible con saber desempeñar sus funciones profesionales con ética y disciplina? ¿Dónde están los límites de la intimidad de los personajes “públicos” y hasta dónde tiene derecho la prensa de someterles a un acoso mediático con el fin de indagar en sus miserias, ya sean sexuales o de cualquier otra índole, sin medir los daños que puedan ocasionar?

    Y es que el caso de Gary Hart está considerado todo un antecedente a lo ocurrido con Bill Clinton y Mónica Lewinski, suponiendo una ruptura de ese respeto que la prensa guardaba hacia los políticos, hasta entonces nada acostumbrados a la persecución de unos paparazzis que encontraban mejores objetivos en las estrellas de cine o de la música. El candidato es una cinta que destaca por la elegancia y sutileza con las que aborda las presuntas correrías extramatrimoniales de su protagonista (en ningún momento el adulterio está mostrado de forma explícita en pantalla, otorgando el beneficio de la duda a la versión de un Hart que jamás reconoció sus debilidades), y que maneja diferentes puntos de vista y una gran cantidad de información para que el espectador pueda crearse su propia opinión acerca de los hechos que relata sin. A pesar de la densidad de una historia que se mueve continuamente entre los pormenores de la campaña electoral, las decisiones que se toman en las redacciones de los periódicos y las grietas familiares que surgen a raíz de la noticia, Reitman sabe plasmarla en imágenes de una manera clara y concisa, haciendo alarde de un pulso narrativo excelente que le revela como dignísimo sucesor de maestros como Pakula o Lumet. Hugh Jackman, actor todoterreno que ha dado sobradas muestras de sus capacidades interpretativas más allá de su Lobezno de la saga X-Men, aprovecha esta oportunidad para entregar uno de sus mejores trabajos hasta la fecha, contenido y carismático, que consigue hacer cercana la impotencia y vulnerabilidad de su personaje. A su alrededor, Vera Farmiga, Sara Paxton o J.K. Simmons también están más que convincentes y funcionan como perfecto apoyo del protagonista, a pesar de que sus personajes no están todo lo bien perfilados para destacar lo suficiente. Jason Reitman ha conseguido aquí una de sus mejores películas, un atractivo drama biográfico que invita a la reflexión (¿todo vale para lograr una exclusiva?), magníficamente ambientado, que sabe conjugar con eficacia el conflicto interior que vivió Hart con una acertada denuncia de la falta de escrúpulos de cierto periodismo amarillista que, en nuestros días, continúa dejando cadáveres en el camino, aferrándose a la libertad de prensa sin ningún tipo de compasión | ★★★★


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    por José Martín León
    febrero 20, 2019

    Crítica | El candidato

    por José Martín León | febrero 20, 2019

    Desconexiones en vida

    Crítica de Men, Women and Children | dirigida por Jason Reitman, 2014

    Lo último de Jason Reitman se esperaba con ciertas expectativas. A pesar del tibio recibimiento crítico de Labor Day (2013), Men, Women and Children (2014) era la cita con mayúsculas del segundo día en el TIFF, acrecentada por buenos comentarios en su primer screening privado. La prensa estaba ansiosa por comprobar si el director había recuperado el toque que, paulatinamente, en cada muesca de su filmografía iba perdiendo. Por más que algunos queramos a Reitman no hay que negar que Hollywood le ha mimado más de la cuenta, pero también es cierto que uno de sus filmes más ácidos, divertidos y crueles, curiosamente es uno de los más denostados. Young Adult (2011) llegaba a un nivel de amargura que remitía al Todd Solondz de Happiness, ése que no temía exponer las vergüenzas de sus personajes, ridiculizándoles sin dejar de mostrar cierto cariño hacia su miseria. Reitman parece querer solventar la indiferencia que han despertado sus últimos trabajos optando por un discurso más populista e inmediato. Algo que hoy día esta en boca de varios cineastas jóvenes: las redes sociales y el deterioro de la comunicación, la ironía de que, tras esta hiperconectividad de la gozamos en la actualidad, el contacto humano se ha perdido casi por completo y los silencios y la soledad parecen ser mayores.

    Men, Women and Children aborda ese tema, a partir de los esbozos de David Fincher, y continuando los juegos visuales de mostrar el ordenador en la pantalla, algo ya convertido en canon en el nuevo cine digital. Un grupo de padres y adolescentes de una zona residencial, las uniones y choques entre unos y otros, sus secretos ocultos en un perfil de facebook, o el estricto control paterno a través de las herramientas que la gente de hoy usa para relacionarse, el ordenador o el móvil. Por un lado, una madre que mantiene una estricta vigilancia en todos los dispositivos de su hija; por otro, un joven introvertido que desahoga sus frustraciones en un videojuego de rol masivo online; entre ellos, una animadora con un book online de fotos de corte sensual; y, por último, un chico con gustos sexuales fuera de la tangente. En los dormitorios, los padres aburridos de su propia rutina recurren a una agencia de amantes para buscar fuera lo que han perdido en su matrimonio. La estructura de historias corales domina toda la cinta. Ya desde el mismo título hay una conciencia de colectividad que Reitman remarca con insistencia a través de la metáfora, muy poco sutil, de una sonda espacial enviada a los confines del universo.

    por Unknown
    septiembre 09, 2014

    [TIFF] Crítica | Hombres, mujeres & niños

    por Unknown | septiembre 09, 2014
    Una vida en tres días, de Jason Reitman

    El sufrimiento es bello

    crítica de Una vida en tres días | Labor Day, de Jason Reitman, 2013

    Comentaba con un compañero, poco después del pase de Una vida en tres días en el Festival de Londres, lo bien que se le da a Kate Winslet ejercer de mujer sufridora, pero no con glamour, elegancia y maquillaje perfectísimo, sino de sufridora real, con sudor, con la cara hinchada de llorar y hecha unos zorros de la cabeza a los pies. Y es cierto: Kate Winslet es lo más cercano que Hollywood jamás estará de la mujer normal y corriente, con sus imperfecciones, sus (supuestos) kilos de más y su capacidad de pasar de parecer una auténtica estrella a la señora de la casa de la esquina a la que los críos matan a disgustos. Y Una vida en tres días se beneficia, precisamente, de la habilidad de sus dos actores protagonistas para encarnar dos estereotipos muy concretos: el ya mencionado en el caso de Winslet, y el del tipo violento apenas contenido con el que ha hecho lo propio Josh Brolin (bueno, en este último caso no tengo claro que sea un estereotipo encarnado: Brolin tiene pinta de poder arrancarte la cabeza si lo cabreas). Ambos son los ejes sobre los que gira la película, los protagonistas de una historia de amor vulgar y corriente (con cierto énfasis por parte del director Jason Reitman en lo de “vulgar”), que sin embargo resulta menos irritante y más emotiva que las anteriores —y muy gafapásticas— películas del hijo de Ivan Reitman. El elemento humano, que diría el Steve Coogan de Philomena.

    Basada en la novela de Joyce Maynard (publicada en España por Duomo, con el título de Como caído del cielo), Una vida en tres días tiene por protagonista a Henry (Gattlin Griffith), un chaval preadolescente que vive con su madre, Adele (Winslet), en uno de esos vecindarios suburbanos que tanto gustan a los anglosajones. Ésta, por cierto, vive sumida en una profunda depresión desde que se divorció del padre de su hijo (Clark Gregg), y se ha convertido prácticamente en dependiente de la compañía del muchacho. Es por eso que hará todo cuanto esté en su mano para protegerlo cuando, en un día de compras, Henry es retenido por Frank (Brolin), un preso fugado y perseguido por la policía de medio estado, que ve a hijo y madre como su billete a la libertad. A lo largo de tres días de 1987, durante el puente del Día del Trabajo (el Labor Day del título original), Adele y Frank establecerán una compleja relación que cambiará sus vidas, y, de paso, también la de Henry. Está claro que estamos ante la película más “convencional” de Jason Reitman, si por convencional entendemos dejar atrás la comedia ácida (que, para quien esto escribe, sólo tocó realmente en Young Adult), y abrazar los cánones del drama 100% “made in Hollywood”. ¿Es esto malo? Pues, la verdad, a mí no me lo parece. He dejado claro en numerosas ocasiones que no tengo nada en contra del “cine de Hollywood”, un apelativo que algunos esgrimen hacia ciertas películas casi como si fuese un escupitajo. Es más, creo que el cine de Hollywood, así sin comillas, puede llegar a ser un producto no sólo la mar de digno, sino muy necesario. ¿Qué hay de malo en películas que nos proporcionen un mínimo de evasión, ya sea a base de superhéroes, de comedias románticas o de dramones? Evidentemente, todo tiene unos límites, y no voy a defender ni Los 4 fantásticos, ni las películas de Adam Sandler, ni ciertos productos que están a un actor famoso de ser telefilmes Hallmark. Pero tampoco voy a caer en la tan manida costumbre de despreciar, por venir de la gran industria, una historia que probablemente hubiese hecho llorar sangre a cierto tipo de aficionados al mal llamado “cine con mayúsculas” (con comillas), si hubiese venido de la mano de un director coreano/polaco/austrohúngaro y con actores cuyos nombres pronunciados podrían despertar al gran Cthulhu.

    por Unknown
    marzo 14, 2014

    Crítica | Una vida en tres días

    por Unknown | marzo 14, 2014

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