PRÓLOGO
«Indiana Jones y la última cruzada»:
01| Sobre el saber.
Hace unos años, en un Congreso de la Asociación Española de Historiadores de Cine, recuerdo escuchar a Manuel Vidal Estévez darnos un sabio consejo a la chavalada que por aquel entonces presentábamos nuestras primeras ponencias: Es bueno volver a analizar las mismas películas, diez, quince, veinte años después. Una película no está nunca totalmente analizada, siempre queda una suerte de exceso significante —es, afortunadamente, el misterio de la experiencia estética— que invita, que recoge, que abre un nuevo espacio en el análisis. Aquí me permiten una verdad de Pero Grullo: al pasar del tiempo, y si las cosas van bien, nuestra mirada no es la misma sino que del desplazamiento que otorga la vida surgen, como un chispazo, nuevas e inesperadas significaciones. Por eso no hay nada tan absurdo como pretender un «análisis fílmico objetivo», y a su vez, nada tan peregrino como cerrar un artículo o una crítica pensando que se ha escrito la última palabra sobre una cierta película.
Con Spielberg pasa, por otro lado, como con gran parte del cine clásico. Su capacidad para sintonizar con las grandes audiencias a base de reescribir una y otra vez un esquema narrativo aparentemente ingenuo —pero indudablemente efectivo— ha servido para que sirviera como ejemplar mayor del tiro al blanco desde los años ochenta, y especialmente desde una crítica autoproclamada marxista o cosa similar. Ahora bien, la paradoja —con Spielberg, con Lucas, con Zemeckis, con tantos otros— es que mi generación de críticos aprendió el poder del cinema precisamente a través del encuentro infantil, inesperado, abrasador con sus textos fantásticos mayores. Si yo pudiera trazar mi trayectoria de cinéfilo —y creo que puedo—, la punta en la que se apoya por primera vez el compás es, digámoslo de una vez,
Indiana Jones y la última cruzada.
Ahora bien, aquí estriba el centro mismo del problema. Nada tan aburrido e improductivo como la nostalgia. No pretendo, en los párrafos que siguen, aburrir al lector con la letanía de los tiempos perdidos, el simbolito de
Cazafantasmas y la oda coñazo a los ochenta. Muy al contrario, contra la nostalgia lo que se impone precisamente es el análisis fílmico. Porque en el análisis fílmico se pone a prueba lo que la película sigue diciendo tantos años después y lo que no, lo que hemos olvidado, lo que podemos recordar. No lo que la película es —cosa, queda dicho, imposible— sino lo que
somos nosotros. Así que calémonos el sombrero y vamos allá.
EL MITO QUE NO ES (DESCENSOS)
La película arranca, sin la menor duda, en el territorio del mito.