Un Munchausen extremo
Crónica de la sexta jornada de la 70ª edición del Festival de Cannes.
Cuando todavía nos estábamos intentando sobreponer del maestro Haneke, esta mañana era el turno de uno de sus discípulos más aventajados. Yorgos Lanthimos abría el día con
The killing of a sacred deer, la más terrorífica de todas sus distopías, la más
kubrickiana de todas sus perturbaciones. El realizador griego es un hueso duro de roer, y puede que por ello hayamos escuchado los primeros (aunque tímidos) abucheos tras un pase de prensa en el Grand Théatre Lumiére. Cierto es que los aplausos pesaban mucho más, pero este hecho viene a confirmar la disparidad de opiniones que crea y las discusiones sobre hasta dónde llegará la dirección macabra y desestabilizante que está adoptando desde hace unos años el cine que puebla los festivales. Por suerte, Hong Sangsoo iluminaba la tarde para destensar un poco el ambiente y, con sus juegos narrativos y temporales, aliviarnos de tanta sobrecarga y devolvernos al cine de la sencillez mágica y emotiva. Mientras, por la Quinzaine se ha paseado Sean Baker con
The Florida Project, su mirada pueril sobre la infancia en un barrio marginal en la puerta trasera de Disneylandia. En Un Certain Regard, un Cantet menor por aun así certero y humanista, con otro gran guion firmado junto a Robin Campillo, regresaba a la Croisette con
L’atelier; y el irregular debut del director eslovaco Györg Kristóf.