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    Emir Baigazin
    Emir Baigazin

    Bajo un agua opaca

    Crítica ★★★★☆ de «The River», de Emir Baigazin.

    Kazajistán, Polonia y Noruega, 2018. Presentación: Festival de Venecia 2018. Título original: «Ozen». Dirección: Emir Baigazin. Guion: Emir Baigazin. Productoras: Kazakhfilm Studios / Madants / Norsk Filmproduksjon A/S / Emir Baigazin. Fotografía: Emir Baigazin. Montaje: Emir Baigazin. Diseño de producción: Sergey Kopylov. Música: Justyna Banaszczyk. Vestuario: Aidana Kozhageldina. Reparto: Zhalgas Klanov, Zhasulan Userbayev, Ruslan Userbayev, Bagdaulet Sagindikov, Sultanali Zhaksybek, Kuandyk Kystykbayev, Aida Iliyaskyzy, Eric Tazabekov. Duración: 108 minutos.

    El cine kazajo ha vuelto a brillar en el circuito de festivales gracias a Emir Baigazin, uno de los pocos nombres que ha traspasado las pantallas del país asiático anhelando un hueco en Occidente. El director, que ganó el rubro a Mejor Director en la Sección Horizontes de la pasada Mostra de Venecia, reconoció explícitamente que The River, su nueva película, constituye el cierre de la trilogía de Aslan, cuyas integrantes lo encumbraron en lo más alto del pabellón del cine autoral. La precedían Harmony Lessons (2013) y The Wounded Angel (2016), dos historias completamente distintas que sin embargo conectaban en su cruda reflexión alrededor de los orígenes del crimen y la crueldad en la vida de niños y jóvenes. Si bien en The River no se perpetra ningún asesinato (aunque se fantasea con él, de forma más o menos directa), los ejes formales y temáticos de las dos cintas anteriores perviven y se refinan, superando con creces ese pequeño bache que supuso The Wounded Angel en cuestión de calidad.

    En una granja en medio del desierto vive Aslan (Zhalgas Klanov), un chico de 13 años al que su estricto padre (Kuandyk Kystykbayev) encomienda la supervisión de las tareas que sus cuatro hermanos menores llevan en los quehaceres de la granja. Aslan debe vigilar que se mantengan eficaces y disciplinados en su rutina: abastecer el ganado y fabricar ladrillos de barro, día tras día y sin fin alguno a la vista. Pero el hermano mayor es un tanto menos severo que su padre, por lo que consiente que sus hermanos se inventen toda clase de juegos rudimentarios para pasar el rato cuando su padre se encuentra lejos –una permisividad que es recibida a base de reprimendas verbales y latigazos a los hijos menores cada vez que este vuelve y se encuentra el trabajo sin terminar. Un día, Aslan les descubre un río muy ancho, con una corriente fuerte e incesante, del que nadie les había hablado antes. A partir de entonces, ese río va a convertirse en el «locus amoenus» particular de los chicos; el lugar donde podrán alejarse de lo duro de su cotidianidad simplemente nadando o descansando mientras se tuestan al sol.

    Baigazin introduce cada elemento de la trama con la tranquilidad de alguien que se sabe detrás de una obra con suficiente peso visual como para aplazar el conflicto dramático hasta después de haber desarrollado un cierto ánimo en su espectador. Así es que durante la primera media hora la cinta constituya un mero ejercicio de contemplación estilizada de los entresijos de la vida en el desierto. Sin embargo, tras esta pausada introducción, aparece un elemento que dinamitará toda la trama: la inesperada visita de un primo proveniente de la ciudad. Kanat (Eric Tazabekov), de unos diez años, aparece en el hogar de Aslan como si fuera un alienígena –subido a un segway, con ropa completamente plastificada y con unos calcetines de color amarillo chillón– frente a los harapos que los hermanos llevan por ropa. Por sorpresa para ellos, este lleva consigo una tablet repleta de videojuegos, un objeto que les resulta prácticamente desconocido y al que enseguida se engancharán, cual polillas en la luz. Con Kanat en la casa, el relato se temporaliza y lo que parecía una sencilla historia popular sobre la pureza de la reclusión en el campo, se convierte rápidamente en una metáfora de cómo el progreso y la tecnología, mal empleados, pueden trastocar las dinámicas más esenciales dentro de la convivencia familiar. Son puntos de comunión con Lazzaro feliz (Alice Rohrwacher), a grandes rasgos otra historia sobre cómo enmarcar un relato dentro de una cronología concreta puede empeorar una situación ya de por sí muy precaria. El día que Kanat desaparece misteriosamente en el río queda claro que la suavidad poética del primer acto se verá inevitablemente remplazada por el cinismo que Baigazin ya había demostrado en las dos otras películas de la trilogía. Tanto es así que el pacto que realizan los hermanos para no revelar el final de su primo a sus padres, en lugar de unirlos más, empieza a dividirlos tanto como las peleas para ver quién se queda con la tablet que el desaparecido niño ha dejado detrás. A partir de ese día, el río dejará de ser lugar de diversión y de juegos fraternales para convertirse en unas aguas acechadas por la muerte.

    por Mariona Borrull Zapata
    junio 30, 2019

    Crítica | The River

    por Mariona Borrull Zapata | junio 30, 2019
    Harmony Lessons, de Emir Baigazin

    TERROR SUBREPTICIO

    crítica de Harmony Lessons | Uroki garmonii, Emir Baigazin, 2013

    48º Festival de Karlovy Vary | Horizons

    El abuso escolar revela lo peor de la naturaleza humana, un comportamiento desarrollado a una temprana edad que por tanto no puede explicarse racionalmente pero que surge por una necesidad inconsciente y animalesca de supervivencia y superación. Varias son las películas que en los últimos años han mostrado la cara más oscura e indignante de este censurable fenómeno, destacando por ejemplo Después de Lucía (Michel Franco, 2012), un turbio y pausado retrato sobre las penurias de una adolescente que ha perdido a su madre. Harmony Lessons (Uroki garmonii, 2013), el debut del kazajo Emir Baigazin, recuerda en algo a aquella película, pero más en la superficie y en la técnica que en los temas que verdaderamente toca. La historia se inicia efectivamente desde el punto de vista de un adolescente huérfano, sin problemas aparentes en su colegio, hasta que un suceso concreto vuelve a sus compañeros en su contra. Además, ello está narrado con una depuración similar a la de Franco, constituyendo una sorprendente muestra de madurez estilística y estética por parte de Baigazin. Sin embargo, como hemos adelantado, a partir de ahí la historia toma otros derroteros: el protagonista no sufre las vejaciones que se espera y son otros de los alumnos los que son realmente abusados, ampliándose ese tema inicial casi hasta dar lugar a una trama criminal que afecta a toda una sociedad. De hecho, esta película le da un giro a casi todos los tópicos que se han podido ir formando recientemente en torno a tal fenómeno, de tal forma que los acosadores son acosados y los personajes aparentemente fuertes acaban siendo los débiles, pero sin mostrarlo de una manera consecuente y didáctica, sino desviando la narración hacia otro tipo de horror.

    por Ignacio Navarro
    junio 30, 2013

    Crítica | Harmony Lessons

    por Ignacio Navarro | junio 30, 2013

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