Hasta hace no mucho, el cine de animación (comercial y en 3D) vivía un agradable, y quizá merecido, monopolio a manos de Pixar, cuya maquinaria despachaba un éxito tras otro, logrando así que sus vitrinas en Emeryville se vistieran de Oscars. Justo antes de atravesar el ecuador de los años 90, los estudios —ahora bajo el distintivo de Disney— de John Lasseter y su plantel de fabulosos creadores iniciaron un período de esplendor que se extiende hasta nuestros días. El pasado mes de febrero sumaron una estatuilla más por su notable labor con Brave, un cuento de princesas ambientado en los perennes bosques de Escocia. Avisé entonces —a título personal, por supuesto— del punto de inflexión que suponía esa obra facturada bajo el sello Disney, ya que ambas vertientes parecían desembocar más cerca del universo del Ratón. Su principal competidor, DreamWorks Animation, se acercaba poco a poco con cintas de carácter familiar y extremadamente ligeras como
Kung Fu Panda, y ya sí, cogía el rebufo definitivo gracias a Cómo entrenar a tu dragón, un monumento al cine de aventuras sin concesiones, amparado en su público objetivo pero atento a las exigencias lúdicas de adultos y reticentes a eso tan infantil de los
“dibujos animados”. Desde el punto de vista técnico —y sin obviar las insuperables texturas de
Rango, producida por Nickelodeon—, Dreamworks rompió esa amable dictadura impuesta, paradójicamente, por los réditos emocionales y taquilleros. El corazón colectivo está con Pixar; aunque ya se adivinan ciertos síntomas desalentadores. A la espera del regreso de Pete Docter (
Up) y Andrew Stanton (
Wall-E y la fracasada
John Carter), todo apunta a que han cedido terreno a las tentaciones de la franquicia: tanto
Cars 2 como la esperada precuela de
Monstruos S.A. sobre la época universitaria de Mike y Sulley, y los crecientes rumores de una cuarta entrega de
Toy Story, invitan a pensar en una segunda división dirigida principalmente a los acérrimos y al cine de probeta. Es decir, aquel que, a modo de transición entre proyectos, sirve para mejorar la técnica e invita a soñar con nuevos y apasionantes hallazgos. Tal vez sea el momento de discutirle el título a Pixar. A una productora que, tras culminar tres cimas tituladas
Wall-E, Up y Toy Story 3, ha adquirido un compromiso ineludible con su espectador potencial: se miden a sus expectativas, a su propio legado reciente. Y eso, en un mercado acosador que actúa a modo de juez y parte, se traduce en una exigencia continua.